Pues ya estamos a viernes de nuevo, ergo fanfic.
Vamos avanzando poquito a poquito, pero os advierto que el fic no será muy largo.
Al volver a la celda se encontró con Kimura despierto, sentado en la litera inferior. Daiki le abrió y él entró, para después cerrar e irse, recolocándose la gorra. Kimura se levantó y le echó un vistazo indiferente, como se ve a un amigo todos los días, aunque se percató enseguida de la marca. No dijo nada, hizo la pregunta con sus ojos. Kazunari se ruborizó y desvió la vista, no tenía sentido explicarle aquello. Kimura asintió.
Gracias a aquella marca los días siguientes fueron un poco más calmados. Todos los que le habían visto se habían percatado de ello, pero nadie había comentado nada. Seto y Hara habían dejado de molestarle, temiendo las represalias. Hanamiya todavía le insultaba, pero durante dos semanas no le dio ni un solo empujón. En cambio, a la tercera semana, comenzaron de nuevo los insultos por parte de los otros dos y sin la presencia de guardias Hanamiya volvía a empujarle.
–Zorrilla, ¿piensas qué con una simple marca te librarás? ¿Para empezar de quién eres la puta? –el reo había aprovechado el momento en el que Takao iba a su evaluación con el oficial y él volvía a su celda para la hora de descanso.
Kazunari se hizo a un lado y no contestó nada, siguió su camino. El otro preso observó como él se dirigía a la oficina de Midorima.
Al darse cuenta de esto, en la cena de ese mismo día, Hanamiya fingió chocarse con Takao, provocando que las bandejas de ambos casi se cayesen. Todo el tiempo observó al oficial Midorima, a quién le tocaba la guardia esa noche.
Sujetó bien su bandeja y pasó hacia su mesa justo por el lado izquierdo de Kazunari, que trataba de evitar que se le cayese todo de las manos. Tan solo al pasar, susurró al frente, para que no se notase a quién hablaba "Te he pillado."
El infierno de Kazunari volvió a partir de ese día, multiplicado por tres. Los insultos, los empujones e incluso algunos golpes se sucedieron. Todo a partir de que los otros presos se hubieran dado cuenta de que Midorima no lo vigilaba como lo hacía el otro guardia con el preso de cabello azulado.
Volvió dónde Midorima como todas las semanas, puntual, ya que no quería broncas. Le hizo las preguntas rutinarias y después preguntó por su vida antes del caso, siguiendo la línea del otro día.
–Ya se lo he contado. – dijo desviando la mirada, sabía que el oficial le miraría con superioridad, porque él era alguien, a diferencia de Kazunari, que no era nadie. Aquello le dio asco.
–No me ha contado la verdad. – Midorima le regañó con su voz profunda, dejando los papeles a un lado. – Dígame por qué me ha mentido.
Takao tragó saliva y frunció el entrecejo, ¿por qué demonios el oficial debía entrometerse en su vida? Levantó la vista, mosqueado, ¿qué derecho tenía a mirarle cómo si fuese alguien mejor que él? Pero cuando sus ojos encontraron el verde de Midorima, no había orgullo, ni arrogancia. Había confusión ante la mentira y un atisbo de comprensión. Takao vio la confianza. No podía mentirle a aquel verde tan hermoso.
–No era del todo una mentira. – Kazunari se acomodó mejor en la silla y clavó la vista en la mesa, le ponía nervioso verle a los ojos. – Mis padres sí están muertos. Sólo viví en una casa de acogida hasta la mayoría de edad. Es un dato irrelevante.
Midorima asintió y apuntó más cosas.
–¿Su padre era político? – Takao bajó un poco la cabeza y resopló.
–Sí, lo era.
–Estuvo involucrado en el caso de hace veinte años sobre narcotráfico y la mafia ¿verdad?
–Sí, lo estuvo. – las respuestas de Takao eran escuetas y complicadas de obtener, Midorima enseguida supo que ese tema sería arduo.
–Sólo terminaré de rellenar la ficha, Takao.
–Era muy pequeño cuando eso ocurrió. No sé qué quiere que le cuente.
–Todo cuanto le pregunte es necesario e importante. –Midorima anotó un par de cosas más y cerró la carpeta. – Ya puede irse, es la hora.
Takao se levantó a la par que Midorima, el cual le abrió la puerta y le hizo un gesto con la cabeza antes de irse.
Midorima salió de la biblioteca cargado de viejas carpetas, en dirección a su oficina. Entró y se sentó, abriendo una por una, revisando cada documento. Con todo eso y la ayuda de un ordenador, consiguió avanzar algo en el caso de Takao Kazunari.
Suspiró y prendió un cigarrillo, muy cansado. Se frotó los ojos y estiró los brazos, mientras fumaba con tranquilidad. Debía averiguar más cosas si quería sacar a aquel joven del penal. La primera vez que lo había llamado se había presentado allí con rapidez, amedrentado, e incapaz de mirarle a los ojos. Probablemente más de la mitad de los presos actuaban así cada vez que los llamaba, y los restantes eran los arrogantes, que le miraban con odio. El reo, llamado Takao, estaba asustado, queriendo irse de allí cuánto antes, podía verlo en sus ojos, pero al preguntarle acerca de su inocencia, su mirada había cambiado drásticamente, se había tornado firme y decidida. Inocente. Reafirmaba su inocencia, siempre, de la misma manera cada vez que él preguntaba. En el momento en que se dio cuenta de ello, dejó de preguntar por eso y se interesó más en su caso. Ya tenía conocimiento de él gracias a las noticias, y no esperó que el preso recayese en su custodia, y menos aún tener las ganas de luchar por él, de sacarlo de allí. Sabía que aquel no era su lugar y que había sido una injusticia.
Se había dedicado a estudiar cada uno de los informes y cada prueba, pero no había nada concluyente. Entonces investigó al propio preso, su procedencia. Los datos que le había dado encajaban, pero sabía que tenía que haber algo más. Y aquel día lo descubrió, el día que Takao le había dicho que era hijo de un político. El mismo día que le había dicho que su padre estuvo involucrado en el caso del narcotráfico.
Hacía ya veinte años, un caso había revolucionado las noticias. Varios políticos habían aparecido muertos, probablemente mientras mantenían una reunión. El escenario estaba lleno de sangre, y los asesinatos habían sido llevados a cabo con extrema brutalidad. Al cabo de un tiempo se relacionó el caso con las mafias y la droga, al parecer habían estado metidos hasta el cuello en ello. Habían mantenido diversos tratos con los mayores jefes y algo no había salido bien, porque aquellas muertes fueron la represalia.
Midorima apagó el cigarrillo contra el cenicero y guardó todos los documentos de nuevo. Se frotó los ojos metiendo la mano debajo de sus gafas y suspiró. Al darse cuenta de la hora que era, recogió su gorra y salió para reunirse con Aomine e irse, en nada llegarían los relevos de noche.
[N. de la A.]: Quería poner cartel que quedaba súper pero resulta que los carteles de droga solo son de origen hispano.
No sé como andaréis porque claro está que no sé de donde son mis lectores, pero he de decir que aquí son las fiestas navideñas y os deseo unas bien felices.
Bueno, algo avanza ya ¿no? ¿Está interesante? ¡Eso espero!
Comentarios, preguntas, gritos, ya sabéis.
Nos leemos el próximo viernes ~
