Creo que voy a cambiar los días de subida de los viernes al sábado porque últimamente no tengo los viernes disponibles...
Bueno, sexto capítulo, lamento la tardanza u.u
Aquella semana Hanamiya no hizo nada más que mirarlo de mala manera, insultarle y empujarle cada vez que un guardia no le veía, con prudencia. Takao estaba harto de la situación, tan sólo podía defenderse cuando era atacado y aún así no mucho, debido a la altura y fuerza superior del grupo enemigo.
Acudió a la cita con Midorima el siguiente viernes, como todos desde que entró en el penal. El oficial trataba de explicarle algo, pero Takao estaba mosqueado con todo el asunto del trato que recibía así que no conseguía prestar el más mínimo de atención.
–¡Takao! – Midorima golpeó la mesa con la palma de su mano haciendo que el mencionado se sobresaltase – No está escuchando nada de lo que le estoy contando.
Kazunari salió de su trance y clavó su vista en el oficial. El azul platino contra el fulguroso verde. Bajó de nuevo la vista, hasta la mano que todavía permanecía en la mesa, abierta, con los dedos estirados, largos y rematados en aquella perfecta manicura. Shintarõ era la única persona de todo aquel lugar tan infernal que se preocupaba un mínimo de su persona, que quizá creía en su inocencia. Si ya se había postrado ante él, literalmente, acabando las rodillas rojas todas las semanas, ¿qué más daba? Ya no importaba, aquello era lo que pensaba, el pensamiento que hacía acallar todos los demás, la moral y la razón. Como fuese, tan sólo debía hacerlo, tan solo necesitaba que la lujuria consumiese al oficial.
–Quiero que me folle. – lo soltó sin pensarlo, directo, como una bomba. Midorima se quedó sin habla, los ojos abiertos a más no poder. Bajó los papeles que tenía en la mano lentamente hasta depositarlos del todo en la mesa.
–¿Qué?
– Oficial, quiero que me folle. – repitió, no había más que decir.
–Creo que no sabe lo que está diciendo. – Midorima había entrado en un estado de completa confusión ante la declaración del preso, notando como una punzada surgía de sus partes más íntimas.
–Shintarõ, fóllame. – Takao se levantó de su asiento – Lo estoy diciendo en serio.
Midorima suspiró y también se levantó, mirando al reo desde más alto gracias a su estatura.
–Takao, no sabes dónde te estás metiendo. – el oficial tiró a la basura su cortesía y el trato de usted, aquello no podía estar sucediendo. Jamás un preso se le había ofrecido de aquella manera.
–No pienso irme sin que lo hagas. – Kazunari bajó la cremallera de su uniforme y lo abrió, quitándolo de sus brazos y exponiendo la parte superior de su cuerpo, cubierta con la camiseta de tiras blanca.
Midorima rodeó el escritorio y alzó sus brazos para detener al pelinegro, pero este dio un paso atrás y dejó que el uniforme cayese al suelo. Después puso las manos sobre el escritorio y alzó sus caderas, sonrojándose por el nivel al que se estaba poniendo. Necesitaba aquello, el oficial era su billete de salida, debía intentarlo. Tenía que conseguirlo.
Shintarõ se tensó ante la visión, tenía que subirle el uniforme y sacarlo de allí si no quería que aquello acabase en un desastre. Notó como su cuerpo reaccionaba sin que él quisiese, osó una mano sobre la espalda baja de Kazunari, quién se arqueó ligeramente. El más alto contuvo la respiración y coló sus dedos bajo la camiseta del otro, curioso por el tacto que tendría y notando de inmediato la calidez de la piel ajena. No había manera de alejar los pensamientos fuera de lugar que se habían asentado en su cabeza.
Chasqueó la lengua y sujetó las caderas del preso con ambas manos, pegándose a él. Takao sintió el bulto contra su trasero y se sujetó mejor a la mesa. Aquella no sería una gran experiencia.
Midorima le bajó la ropa interior hasta los tobillos, provocando un estremecimiento en Takao ante el toque ajeno y la exposición de su intimidad. Deslizó sus dedos desde la baja espalda hasta los muslos, acariciándolos lentamente. Subió sus manos y sujetó las nalgas de Kazunari, pegándose nuevamente. Estaba excitándose muy rápido y el preso se ofrecía completamente, su mente comenzaba a nublarse. Ensalivó sus dedos y los devolvió al trasero de Takao, hasta el centro e hizo un círculo con el índice, para después desplazar su meñique hasta el interior.
–Oficial, ¿qué…
–No te tenses. No haremos nada si no te relajas. – el tono de Midorima era dominante, con el toque de la excitación por el momento que estaban pasando. Cambió al índice y con la otra mano bajó un poco la cadera del pelinegro, para que la altura fuese la adecuada. Poco a poco el cuerpo de Takao cedía y sus tres dedos entraban y salían con libertad. Se limpió con un pañuelo y sacó la cartera, de la cual extrajo un preservativo. Desabrochó su cinturón y el pantalón, bajándolo un poco.
– Relájate, Takao. No voy a ensartarte y que no puedas caminar por semanas.
El mencionado tragó saliva y cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes. El dolor le invadió, sintiendo como el oficial entraba en él con lentitud, frío al principio por el condón pero calentándose enseguida. Apretó los bordes de la mesa, tensando los músculos de sus brazos, reprimiendo cualquier sonido. Comenzaba a replantearse y verdaderamente podría hacer aquello cuando notó las manos de Midorima en los huesos de su cadera, apretando de la misma manera, retirándose hacia atrás y comenzando a embestirle.
Se movió ligeramente hacia delante por la fuerza que aplicaba el más alto y trató de soltarse por la incomodidad; entonces, una mano de Shintarõ se posó sobre su nuca, empujando hacia abajo, obligándole a dejarse hacer, diciéndole adiós a su dignidad. Su cara resbaló contra la superficie de madera, aplastando su mejilla y goteando sudor sobre el mueble. No había escapatoria.
Midorima continuó, en la misma posición, creando un vaivén con las caderas, viendo la unión de sus cuerpos, como entraba y salía. El cuerpo de Takao temblaba bajo sus manos, con los músculos tensos, pero sin resistirse. Inclinó la cabeza hacia atrás, apartando el pelo con la misma acción, gruñendo y moviéndose con más fuerza, rozando el orgasmo con sus dedos. Con el último movimiento, hundiéndose hasta lo más hondo, se vino.
Soltó a Kazunari, dejando la impresión de sus grandes manos en sus caderas, marcas rojas de dedos largos atenazándolas. Se retiró el preservativo y lo tiró a la papelera, mientras se colocaba los pantalones de nuevo. Takao hizo lo propio, se subió la ropa interior y volvió a ponerse el mono naranja, notando algo de incomodidad.
El ambiente podía haber sido tenso, o así lo esperaba Kazunari, pero no fue así.
–No estuvo mal para una primera vez. – fue lo único que comentó Shintarõ subiéndose las gafas. Claramente no el oficial sabía lo que estaba haciendo, por lo que no le había producido ninguna lesión.
–Podemos repetir cuando quiera, oficial. – Takao forzó una sonrisa y apuntó con su dedo al pecho del más alto, dándole un ligero toque.
La actitud de Midorima no cambió, se acercó a la puerta y la abrió, diciéndole al pelinegro que llegaría tarde. Éste se despidió y se marchó por el pasillo, caminando quizá un poco más lento y con un poco más de cuidado que otras veces.
Aquel fin de semana permitieron visitas, por lo que no vio a su pandilla. Se sentó solo en el sitio de siempre, mirando el patio. No le quedaba tabaco y no tenía nada qué hacer, la biblioteca estaba cerrada. Apoyó la cabeza entre sus manos, viendo a otros presos jugar al baloncesto. Los días de visitas le deprimían, a él no le quedaba nadie, ni una sola persona que velase por él, nadie vendría a verlo. Le gustaría estar con el oficial, él se preocupaba, lo demostraba con todo lo que estaba haciendo por su caso, pero no le había visto en ningún momento.
Aspiró aire profundamente y exhaló, tenía tiempo para pensar. El anterior viernes se había dejado hacer en el despacho de Midorima. Había dolido, bastante, aunque estaba seguro de que hubiese sido peor si él no le hubiese preparado. El oficial, sabía que ese hombre era la clave para salir de allí. Pero era difícil. Era la persona más seria y regia había conocido en su vida, y a la vez la más atrayente. Takao sacudió la cabeza nada más pensar eso, no podía ser que Shintarõ le resultase atrayente. Suspiró, él no se había portado mal, tan siquiera quería hacerlo, si no fuese por como se le puso Kazunari. Un poco de color se esparció por sus mejillas, aquello había sido una locura. Joder, cómo añoraba un mísero cigarrillo.
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¡Nos leemos!
