Después de eso, no volvió a ver a Hanamiya, ni a Hara, ni a Seto, ni a ninguno más. Era como si la tierra se los hubiese tragado. Podía volver a caminar tranquilo, ahora ya no tenía agresores acechándolo. Según le había chivado el oficial Aomine, había sido trasladados a otra cárcel, todos y cada uno de ellos. Ya no necesitaba asegurarse de que no se encontraba solo en algún lugar vulnerable, disponía de un poco más de libertad.

Alzó los brazos y vitoreó mientras agitaba las cartas en su mano, arrastrando todos los cigarrillos hacia sí mismo. Aquella mano de naipes le había valido un buen botín. Todavía tenía moretones por todo el torso, pero con el uniforme no eran visibles. Su ojo hinchado, que le había dificultado la visión los primeros días, se había reducido por completo y vuelto al estado normal, excepto por un poco de morado en la cuenca, por debajo. El corte del labio estaba cicatrizando y ya no era necesario taparlo, tan sólo la marca sobre el puente de la nariz persistía, pero ya pasaría. Todos rieron al ver la alegría de Kazunari, ya que era la primera vez que ganaba una partida importante. Cuando había llegado allí apenas sabía jugar, pero ellos le habían enseñado.

Prendió uno de los pitillos, percibiendo el sabor de la gloria por la primera partida ganada.

–Enhorabuena Takao, ya eres todo un hombre. – bromeó Otsubo.

–Podrías compartir o algo, no sé. – recriminó Kimura, aunque también a broma.

–Eh, eh. Me los he ganado limpiamente. – contestó Takao haciendo un montoncito con ellos y manteniendo el suyo en la boca al hablar.

–Por lo menos ahora ya puedes vivir tranquilo. – Miyaji, quién estaba a su derecha, le palmeó el hombro. Todos habían estado muy preocupados por él al enterarse de lo sucedido, ya que en el momento de la pelea no habían podido intervenir y después Takao estuvo una semana en la enfermería.

–Tienes razón, chico, ya no está Hanamiya jodiéndote más, ni su banda de cabrones. Ya no necesitas al oficial. – Ōtsubo sonrió y trató de robarle uno de los cigarrillos, pero en ese momento el mismo oficial apareció detrás de ellos.

Todos se quedaron callados observándole, amedrentados. Al darse cuenta de ello, Kazunari se giró a verlo también, desde abajo en su asiento, por lo que parecía aún más alto. Estaba serio, muy serio, más que de costumbre. En ese momento casi se le cayó el pitillo de la boca.

–Preso 3062, no puede fumar dentro. – dijo, o más bien ordenó.

–S–Sí, oficial. – el pelinegro apagó el cigarrillo contra el papel dónde estaban todos acumulados y se volvió para ver a Midorima, pero este ya se había alejado de la mesa.

–Joder, qué susto. – comentó entonces Kimura – No sé cómo has conseguido algo de él, Takao, parece un ogro.

Kazunari sólo se encogió de hombros y volvió a girarse, buscando al oficial, quién estaba apostado al lado de una puerta, con Aomine. Su semblante era serio y el otro oficial le estaba hablando, a lo que él contestaba. En ningún momento volvió a dirigirle la mirada a Takao.

Los días siguientes pasaron tranquilos, como pasaban todos desde la marcha de sus agresores. Llevó el último canasto de ropa a la secadora y se fue a comer. Después, cogió la dirección a la oficina de Midorima, cómo siempre hacía. Era martes y el calor había disminuido un poco.

Entró una vez que el oficial le permitió pasar y se sentó en la silla. Observó como Midorima hacía lo mismo y arrugó el entrecejo, no le gustaba verlo tan serio.

Le tiró la carpeta con su nombre delante de él.

–Sé que no recuerdas a Reo Mibuchi. Pero según he descubierto, es el nuevo jefe de la mafia. – tiró otra carpeta encima, con una foto de Reo y sus datos. – Se escapó del orfanato antes de ser dado en acogida y estuvo malviviendo en los barrios bajos. He logrado localizarlo, aunque no ha sido nada fácil.

Takao observó como el oficial se daba la vuelta y cogía otra carpeta, para después ponerla delante suya también.

– Ha sido detenido esta tarde, acusado de perjurio y de todos tus cargos. El estrado coincide conmigo en que ha sido todo un montaje, su venganza personal. Parece que te echa las culpas del asesinato de su padre, que murió el mismo día que el tuyo, en el caso de narcotráfico.

Tiró una última carpeta, llena de fotos grandes de una habitación que tenía las paredes llenas de documentos, recortes de periódicos y más cosas.

–Te ha estado siguiendo la pista desde que se fue. Piensa que su padre murió por culpa del tuyo, ya que el suyo no hacía tratos con las mafias. Consiguió ayuda de estas mismas y te involucró cargándote el muerto.

Takao tragó con fuerza. No estaba orgulloso de su procedencia y menos de su padre. No sabía si había hecho o no esos tratos, y la verdad no le importaba, porque casi no lo recordaba. Pero ese chico, Reo, parecía recordar todo perfectamente, o quizás sólo buscaba un modo de descargar su rabia, quería una venganza y le había tocado a Takao sufrirla.

–Ofici…– Midorima le cortó antes de que pudiese seguir hablando y extendió la última hoja enfrente de él.

–Tu caso ha sido cerrado: in dubio pro reo, en caso de duda, a favor del reo.

La hoja que Midorima le tendía contenía su puesta en libertad, el permiso de salir de la cárcel y recuperar su vida. Recogió el papel incrédulo, con las manos casi temblándole. La firma de Midorima Shintarõ estaba al final de este, en negro con su perfecto y pulcro trazo.

–Ya puede irse. Es un hombre libre. – le dijo con la misma expresión que el primer día que llegó allí, cuándo no se conocían y era un preso más. El ánimo de Takao bajó de golpe, sabía por qué el oficial se portaba así. Había escuchado su conversación, cómo Ōtsubo decía que sólo lo había usado para conseguir su salvación, cómo todo no había sido nada más que una artimaña desde el principio.

Takao se giró para irse, dispuesto a tragarse sus sentimientos, pero antes de hacerlo reunió todo su valor, volvió a girarse y se acercó al oficial. Se puso de puntillas y desabrochó el primer botón del uniforme negro.

–¡Takao! ¿Qué haces? – a pesar de que intentó zafarse, el pelinegro no se lo permitió. Apartó un poco el cuello de la camisa e hincó los dientes con fuerza, justo como él había hecho hacía ya tantos días.

–¿Qué…? – dijo Shintarõ vagamente, esta vez apartando al pelinegro de verdad.

–No te tocarán. Los presos también entienden estas cosas. Eres mío. – Takao dio un paso a la izquierda y robó un sobre de la mesa, del montón de la correspondencia que siempre se encontraba allí. Señaló la dirección con el índice. – Te espero en casa, Shin–chan.

Después de eso, salió de la oficina sonriendo. Volvía a ser un hombre libre, cómo siempre había sido y como siempre sería.


Sí, este es el capítulo final, no sé si os lo esperabais o no, pero no hay más. Lo siguiente no es necesario leerlo, tan sólo es una nota de agredecimiento:

Empecé este fanfic con mucha ilusión, documentándome para hacerlo lo más realista posible, y aún ahora que ya lo he terminado siento que me han faltado muchas cosas por poner y muchas ideas se me han quedado en el tintero. Lamento deciros que no, una segunda temporada no será posible (me resulta innecesaria, ya que tiene un final) y las única ideas que barajo en mi mente sería un capítulo especial al estilo OVA de anime o como máximo un spin-off, pero de momento es todo in mente.

Lamento haberos hecho odiar a Hanamiya y el equipo Kirisaki en general, y espero que os gustase tanto el fanfic como a mí escribirlo.

Volveremos a leernos.