Era entrada la noche en la posada en la que se encontraba el grupo viajero, había pasado otro día lleno de dolor y preocupación, donde su mente no podía dejarla tranquila. Los dragones estaban durmiendo apretados en la habitación continua mientras, ella estaba sola. Estaba enrollando una y otra vez el lazo de su faja mientras lo veía concentrada, se encontraba sentada en su pequeña silla, en su cuarto mientras su mente daba vueltas. Ya se había tomado 3 tazas de té pero no lograba calentarse.

Sus lágrimas caían surcando su rostro, eran gotas que caían a destiempo, con un dolor el cual desbordaba y a pesar de tantos esfuerzos realizados por la pelirroja, brotaban aunque no quería que nadie las viera.

Estaba cansada, cada día dormía más, pero en las noches no lograba concebir el sueño, Y cuando lo lograba, pesadillas la invadían sin poder descansar. Cada día le costaba más sonreír en frente de sus compañeros y amigos, no quería admitir la verdad, no quería que se preocuparan por ella, ni mostrar sus emociones.

Realmente ninguno podría entenderla, nadie era como él. Se había imaginado toda su vida con él, que nunca estarían separados, desde que eran pequeños, cada discusión había sido superada y aunque se enojen el siempre volvía con ella. Pero esta vez no había resultado como siempre, los días pasaban con pesar y cada vez la soledad aumentaba.

Cada vez le costaba más decir que estaba bien, actuar como siempre. Comía porque debía hacerlo, practicaba porque no quería levantar sospechas, pero a solas como en ese momento ella se dejaba dominar por sus pensamientos.

Sentía que quería renunciar, quería volver a casa con sus padres, cosa que ya no podía, no existía más ese lugar, ya no era bienvenida, ya no existía un hogar. Sentía frio, tanto que aunque se tape o use ropa abrigada aun así permanecía en su interior alcanzándola a cada lugar. Le dolía el pecho, su garganta dolía por evitar salir los quejidos y su estómago estaba cerrado, la comida no tenía sabor, las cosas que la alegraban ya no eran suficientes.

Pensaba en esos momentos felices, y en los tristes, su sonrisa, sus ojos felices, tristes, enojados, las miradas que solo le daba a ella, con ese color claro pero intenso que tantas veces se había quedado observando cuando no se daba cuenta. Las historias y preocupaciones que solo a él le confiaba, la confianza que deposito en el cuándo se fueron de su tierra, la seguridad que sentía cuando Hak estaba con ella. Ya no estaba allí, se sentía sola, aunque sabía que había más gente para ella no deseaba hablar con nadie, no quería y no podía.

En el silencio solo escuchaba el crispar del fuego que la pequeña hoguera del cuarto. Sus pestañas estaban rígidas de tantas lágrimas y sentía la necesidad de un abrazo, pero no cualquiera, uno con el calor, el olor y la altura característica de la única persona que no estaba allí para ella, Hak, pensó mientras lloraba ya sin limpiarse las lágrimas.