—1—
ABISMO DE ESTRELLAS
Los Desdichados amantes
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Un abismo para las estrellas
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El comienzo puede ser tormentoso.
Pero entre nuestro caos hacemos la perfección.
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—¡Tsukiyo-sama! —gritó una de las sirvientas al verla en esas fachas.
Estaba embarrada de los pies a la cabeza, el cabello antes blanco ahora era una mata marrón con reflejos plateados. Intento mostrar buena cara, a la vez que giraba la cabeza un tanto asustada. Estaba enfadada. Lo sabía.
—¿¡Pero que le ha ocurrido!? —volvió a gritar la sirvienta. Era una señora de alrededor de cuarenta años, siempre la había cuidaba cuando era niña por lo que se preocupaba por ella, y más cuando no tenía una conducta digna de una "princesa".
—Nos tropezamos con una rama —su yegua, Ayami, relinchó al lado suyo mientras bufaba. «Claro ahora todo era mi culpa». La miró de mala gana, pero ella apoyó la cabeza en su hombro en una muestra de cariño. Nunca podría enojarse con Ayami, básicamente era como una hermana—. En mi defensa estaba camuflada. Ya sabes… hay hojas y… verde… mucho verde.
Otras sirvientas caminaron al lado de ella reprimiendo una risa. Por favor como si fuera algo anormal, se dijo. La mayoría de las veces cometía estas acciones inapropiadas. Aunque, y estaba en todo su derecho de decirlo, se debía a la curiosidad por casi todo lo que le rodeaba.
Shiori suspiro, sus brazos apoyados en su cadera y negando repetidamente. Tsukiyo bajó la cabeza en gesto sumiso y arrepentido. Entendía que fuera un dolor de cabeza para la mayoría de las personas y es por eso que no la culpó.
—Joven princesa, debe entender que es muy peligroso andar sola por los alrededores. Y aun más sin compañía.
—Lo sé —murmuró por lo bajo.
—Sabe usted lo que ocurriría si se encontrara con los otros.
Los otros eran demonios provenientes del inframundo. Es difícil saber con exactitud su origen, pero se dice que atacaron naciones enteras solo para sublevar a la raza humana. Tsukiyo nunca había visto uno de ellos, aunque tampoco es que quisiera.
Su tía, la princesa Kaguya, le contó como ellos asesinaron a sus padres la noche en que nació. Aun recordaba las lágrimas de su tía al recordar a su madre y que según le había dicho era una mujer dulce y amable. Es por eso que le hubiera gustado conocerla, dicen que se parecía a ella, aunque pensaba que habrá sido más educada.
Observó a Ayami ladeando la cabeza, ella asintió. Le alegraba saber que los animales tenían una gran mentalidad, aunque preferiría que hablaran, quizás algún día eso pase. Tal vez cuando la humanidad este tan jodida como para crear una fórmula que permita a los animales tener diálogos con ellos... seguramente debatirían el tema de sus comodidades, también podrían querer té.
—No me pasara nada, sabes que no atravieso las fronteras que nos dividen.
—Pero ellos podrían atacarla desde la suya.
—Pues no lo harán a menos que quieran empezar otra guerra —intentó sonar tranquila, aunque no pudo evitar que la voz sonara algo nerviosa— Además, sé defenderme, tengo mi arco y flechas.
«Mis mejores amigas» pensó. Nunca salía de la mansión sin ellas, antes muerta. Desde chica se convenció que esas armas la ayudarían a sobrevivir. Por lo general, el Clan no utilizaba armas, pero si ese extraño poder vital que provenía del interior de su ser. Sin embargo, prefería la forma convencional, era más divertido que mover un montón de marionetas con hilos provenientes de sus dedos de un color azul... sin duda algo anormal; a veces se preguntaba por qué dios nos dotó de estos dones.
Para algunos de ellos se les hacía difícil maniobrar esa fuerza vital, sin nombrar el hecho de que puede ser peligroso si te descontrolas o emocionas. Debían tener cuidado de que el poder no sea más grande que su propia consciencia y limite. Algunos pueden volverse adictos a ese don. Y aunque lo digan, la única persona que conocía que podía controlarlo a la perfección era su tía. No se deja vencer por el deseo de poder y eso los llenaba de respeto hacia ella.
Era una gran líder para el clan. Su sabiduría era superior a la de cualquier sacerdote y su habilidad para cualquier actividad son el detalle extra.
Muchos esperaban que Tsukiyo fuera como ella. Pero era imposible porque eran tan distintas. A veces pensaba que era demasiado rebelde, pues es aquel deseo de llevar la contra a cada cosa que digan.
«No soy digna de poseer tal estatus.»
«No soy digna de ser una Princesa.»
La palabra se le hacía insoportable, un incordio.
—Para la próxima tenga más cuidado —dice Shiori mientras que con un trapo húmedo limpiaba el rostro de Tsukiyo. Esta se dejó hacer complacida por las suaves caricias. En el clan no estaban muy acostumbrados a las muestras de afecto, por lo que lo mejor era dejarse llevar por tales mimos.
—Prometido.
—Muy bien, ahora dese un baño y descanse. Las clases de etiqueta se cancelaron por su imprudencia.
Asintió observándola irse.
Detrás de su espalda tenia los dedos índice y medio cruzados.
Una vez se había alejado lo suficiente se giró y miró a Ayami con una sonrisa traviesa.
—Dijo próxima... nunca me dijo que no podía volver allí —Ayami relinchó retrocediendo—. Oh vamos. Tú te quedaras en el establo, mientras yo inspecciono la zona —le guiñó un ojo—. Necesito encontrar el collar de mi madre.
Caminaron a paso lento siendo observadas por las y los sirvientes. Regresó a su habitación con el barro seco en el cuerpo e incómoda por la sensación. Buscó un cambio de ropa y se dio un baño. El kimono fue remplazado por ropas más cómodas y adecuadas para adentrarse en terrenos que requerían ligereza.
Observó el arco y flechas, ubicados en una esquina de la habitación, con detenimientos. Se asegure de que todo estuviera en orden antes de salir de la habitación. Los pasillos en absoluto silencio mientras caminaba. Al momento de poner un pie fuera de la residencia observo a los costados antes de escapar hacia el bosque.
Con total certeza supo que nadie la estaba viendo, pues el Byakugan le daba un amplio panorama de los alrededores. También, por precaución, había dejado una de sus marionetas tapada entre las mantas con una peluca fingiendo ser ella misma tomando una siesta.
Entonces, como si hubiera tenido como intención distraerla, observo al zorro con hermoso pelaje rojizo que le miraba desde la otra orilla. El árbol sagrado dividiendo los territorios y la suave briza moviendo su cabello.
Incitándola... Provocándola.
El mismo zorro que hoy a la mañana le había robado el collar de su preciada madre. El único recuerdo que tenía.
Por culpa de ese animal tuvo que saltarse las clases, mientras lo buscaba por todas partes, y ahora por su culpa fue regañada.
Tsukiyo elevó la cabeza hacia el cielo. El sol se había movido de su punto máximo. Si se apuraba llegaría para la hora del té y con suerte nadie se daría cuenta de su escapada.
Frunció el ceño volviendo la vista hacia el zorro. En su boca la brillante cadena.
Tensó la flecha amenazante. Detestaba tener que apuntar a un indefenso animal, sus ojos de un atrapante color ámbar provocaron que su pulso temblara.
Bajó el arco sintiéndose débil. Maldijo por lo bajo. El zorro se había sentado en sus patas traseras, moviendo la cola.
—Muy bien, tú ganas.
Se acercó lentamente. Los latidos de su corazón incrementaron hasta que fue lo último que escucho. Relamió sus labios ante la extraña sensación de emoción. El pequeño arroyo adornado con piedras le sirvió de camino. Y por un momento pensó que estaban colocadas apropósito.
Los dedos cosquillaron cuando puso un pie en la hierba. Pero, y como si no fuera poco, el zorro escapo.
Apenas fue capaz de volver a respirar cuando se dio cuenta de aquello. Parpadeo impactada. Quiso que una flecha le atravesara el alma. Maldito animal.
—¿Quieres guerra? Pues eso tendrás.
Con gran valentía (que se desvaneció apenas la tuvo) se adentro al bosque.
El verde la rodeó en un abrir y cerrar los ojos, con apenas ver la maleza y la corteza de los arboles pudo notar las diferencia entre su bosque y el de los otros. Se permitió aspirar el sutil olor de la naturaleza. Luego de un momento donde se sentía familiarizada con la vegetación, utilizo el Byakugan para encontrar al ladronzuelo. Sonrió de medio lado al encontrarlo a unos metros, sentado en una alta roca.
Atenta a cualquier sonido fuera de lo normal, comenzó a caminar hacia su dirección.
Debía estar atenta por si los demonios aparecían. Sabía que nos les gustaría su presencia si la encontraban, y menos aun si la veían tratando de matar a uno de sus animales. Pero no se iba a dejar intimidar, todo era culpa de ese zorro. Y seguramente luego se arrepentiría de enfrentar al zorro, ya que son muy territoriales con todo, más aun cuando invadían su hogar.
—Demonios infernales —susurró.
De pronto, el ruido de una rama quebrarse la alertó. Con una velocidad desconocida se giró y tensó la flecha. Sin embargo, no había nadie allí. No bajo la guardia en ningún momento. Podría haber utilizado el Byakugan si quisiera, pero el bosque fácilmente podía engañarla. Más cuando habitan demonios que utilizan magia. Sin duda era mejor utilizar el oído y confiar en su técnica.
A los pocos metros de llegar al lugar donde el zorro se encontraba escucho el sutil sonido de otra rama rompiéndose.
«No estoy sola.»
—Seres territoriales y... Engañosos —se dijo más para sí misma que para su anfitrión.
Y ahora si, en un fluido movimiento le apuntó a la cabeza.
Pero no esperaba encontrarse con aquello.
Ojos ámbar traspasando su alma, como si buscara las debilidades. Las pupilas verticales, y si no fuera por el color negro apenas y seria visible. Sus labios apretados y el ceño fruncido. El pelo largo atado en una perezosa cola de caballo y el flequillo cubriendo su frente y parte de sus ojos.
Tsukiyo retrocedió torpemente. El corazón golpeándole el pecho asustado. Desvió la mirada atormentada por la profundizad de su mirada, encontrándose en el progreso la katana atada en la cintura y el pecho de aquel... ¿Demonio?
Avanzó hacia ella con su rostro inexpresivo. Tsukiyo volvió a tensar las manos buscando un equilibrio... deseando que dejaran de temblar.
Él no retrocedió, ni siquiera se inmuto ante la muda amenaza.
—A-aléjate —tartamudeó ella. Mordió su labio para que dejara de temblar. Estaba aterrorizada.
Entonces, su espalda tocó la corteza del árbol. Finalmente tembló cuando la mano de aquel desconocido atrapó la punta afilada de la flecha (la cual ella todavía no había soltado) y, apretándola apenas, se rompió. De la palma de su mano caía el líquido rojo.
Tsukiyo gimió del miedo. Levantó la mirada encontrándose con una mirada amenazante y unos colmillos asomándose por los labios.
Iba a morir.
Todo en él gritaba que iba a matarla por invadir su territorio.
La distancia entre ellos se acorto y el arco cayó al suelo.
—Vete.
Sus palabras hicieron que cada fibra de su cuerpo temblara. Su voz profunda sonaba amenazadora, peligrosa, firme.
Se alejó de ella dándole la espalda mientras lo veía alejarse con el zorro a su lado. Quiso gritar de alegría, saltar y bailar. Pero, lo que primero salió de su boca fue tan estúpido como se lo imaginaba.
—D-de vuelve l-lo que me robaste.
Al momento en que dijo aquello quiso morir. ¿En serio fue lo mejor que se le ocurrió? Sera idiota, lo estaba provocando. Extrañamente, aquel sentimiento de mostrarse superior era lo que iba a llevarla a la muerte.
Él detuvo sus pasos tensando los hombros.
La observó por encima de su hombro y gruño en respuesta. Se arrodilló frente al zorro, el cual se negaba a devolverle el collar, él bufó en respuesta y luego de un momento se lo había arrebatado. Se lo arrojó y no se digno a volver a mirarla. Fue lo mejor.
Viendo como se alejaba y desaparecía de su vista, Tsukiyo empezó a correr de vuelta a casa.
Una vez cruzo el arroyo no pensó en mirar atrás ninguna vez, ya se sentía feliz con tener el collar otra vez y no quería pensar más en aquel encuentro que tuve con ese demonio. Estuvo al borde de la muerte y realmente eso fue suficiente para una vida entera.
Sin embargo... aquellos ojos ámbar... quedaron grabados como fuego en su alma.
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La felicidad no duro mucho.
Sus primos se encontraban con los brazos cruzados y dos pares de ojos opalinos mirándola serios. Se encogió en su lugar esperando el sermón.
—¿Dónde has estado? —preguntaron al unísono. Mordió su labio buscando alguna mentira en lo profundo de su mente que la ayudara.
—Fui al bosque —respondió bajando la cabeza. Esperaba que sus corazones se ablandaran, lamentablemente eso no paso.
—Mientes.
—¡No miento! —gritó, pues en parte era cierto que había ido al bosque... no especifico cual, que era distinto. Ellos levantaron sus cejas como diciendo "¿Te crees que somos tontos?"—.Vale, pero prometen no decirle a nadie, y menos a la tía, en especial a ella.
Se miraron entre ellos y luego asintieron. En un rápido movimiento Tsukiyo los metió a su habitación asegurándose de que nadie nos escuchara.
—Bueno... es difícil de explicar ¿Recuerdan cuando los sacerdotes nos hablaron de la historia de la Sacerdotisa y el Demonio?
—Como olvidarlo —dijo Hamura—, nos retuvieron en la sala por más de tres horas para escuchar esa tonta historia de los enamorados esos.
—Exacto, pero había una parte que nos remarcaron muy seguido.
—¿La cual era? —Hagoromo a su lado lucia pensativo, aunque él siempre era así.
—El árbol sagrado que divide nuestro Clan del de ellos.
De repente, Hagoromo soltó un suspiro cansado. Se masajeaba el arco de su nariz mientras fruncía el ceño. Después miró con gesto molesto a Tsukiyo, ya lo sabía.
—Eres una inconsciente.
Abrió la boca indignada. Iba a replicar pero él la detuvo.
—¿Sabes las consecuencias que pueden conllevar tus actos? Tsukiyo, si se enteran estarás perdida.
—Pero no lo sabrán —le aseguró esperando que tuviera un poco de fe en ella. Aun así, Hagoromo soltó una risa amarga. Frunció el labio exasperado. Hamura los miraba confuso, inclinó la cabeza sin entender a que se debía aquella pelea de miradas.
—¡Alto ahí! ¿De qué diantres están hablando?
Un rato después Hagoromo contesto por ella.
—Tsukiyo cruzó la frontera.
Y como si no fuera suficiente la ira de Hagoromo, Haruma grito incrédulo. Se tapó los oídos observándoles molesta.
—¡¿Que tú qué?! ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Tsukiyo, si se esteran te desterraran!
—¡Pero nadie lo sabrá! —volvió a gritar cansada de todo aquello. Ya sabía que sus actos podrían llevar incluso la muerte, pero por lo menos esperaba que sus primos no le delataran, confiaba en ellos con su vida. Además, no iba a volver a hacerlo—. Escuchen —habló más calmada—. Un zorro de sus tierras me robo el collar de mamá. Fue un error, nada más. No volveré allí, lo prometo.
Los miró con la mejor expresión de ternura que podía hacer. Al parecer funciono, pues unos segundos después se relajaron.
—Sabes que no queremos que te pase nada —dijo Hagoromo envolviéndola en un abrazo, al que poco después se unió Hamura.
Las muestras de afecto también eran poco frecuentes entre nosotros, pero cuando se necesitaban ahí estaban. Eran hermanos provenientes de diferentes madres, y aun así el vínculo que los unía era tan grande como irrompible.
Ella asintió correspondiendo el abrazo. No quería preocuparles y sumar un peso más a sus espaldas; ya tenían suficiente con las tareas de príncipes y herederos.
Una vez el abrazo termino Hamura preguntó:
—¿Y tu arco?
Los ojos de Tsukiyo se abrieron asustados percatándose de aquello.
—¡Oh no, no, no! ¡Todo por culpa de ese Demo- —Se cayó apenas se daba cuenta de lo que iba a decir—. Quiero decir, la perdí porque me asuste, pensé que había algún demonio. Supongo que tendré que hacerme uno nuevo.
Hamuro carcajeó.
—Tú sí que eres especial.
Sonrió ocultando una gran mentira.
—Por cierto. Mamá se va hoy de viaje a visitar otros clanes.
—Oh cierto —dijo volviéndose hacia ellos—. Debemos ir a despedirla.
Salió de la habitación casi trotando. Intentó reprimir el sentimiento de tristeza al darse cuenta de que había perdido su arco, pues tenía un gran valor sentimental. Pero era mejor darlo por perdido que volver allí. La verdad le daba mucho miedo pensar que podría encontrarse con aquel demonio otra vez. El solo acordarse de su aura amenazante la aterraba.
Aunque no podía dejar de pensar en esos ojos ámbar, aquellos que poseían un leve tono rojizo alrededor. Supuso que aquel sentimiento se debía a que era la primera vez que veía tal color de ojos. Tan exóticos.
No debería tener esos pensamientos por un demonio. Debería sentir ira, furia, rechazo. Pero no había nada más que un deseo de curiosidad.
No le gustaba.
Uno de ellos había matado a sus padres. Solo tendría que sentir el odio.
¡Olvídate de él!
¡Ahora!
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En la noche soñó con bosques, zorros... y ojos color ámbar.
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¡Ey! Ha pasado un largo (muy largo) tiempo. Sí, lo sé, tienen todo el derecho de estar molestos conmigo, e incluso yo también lo estoy. La Universidad ha ocupado mucho de mi tiempo y he dejado de hacer muchas cosas que amo hacer, una de ellas escribir, espero puedan perdonarme.
A su vez, ha ocurrido que tenia escrito el siguiente capitulo y Fanfiction me lo borró, ya saben los noventa días y todo eso, pues ahora tengo que reescribirlo (en parte también es culpa mía por no haberlo escrito en Word). Sin embargo, me alegra decirles que tengo buena memoria para lo que escribo por lo que no sera un trabajo tan tedioso.
Quiero decirles, en casos de que tengan miedo, no podría jamas dejar este fanfic inconcluso, principalmente por que en mi cabeza ya he finalizado la historia y seria frustrante no terminarla y segundo por que me gusta compartir con ustedes lo que escribo.
Ahora si, espero que les haya gustado este pequeño comienzo de "Los desdichados amantes". Muchas gracias por los comentarios, que quizás me dedique a contestar al final de cada capitulo. Se agradecen ;D
Un saludo.
