ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 3

A las 12.55 Lexa se dirigió al edificio de Clarke para reunirse con ella. Y ocurrieron dos cosas al mismo tiempo: el audífono conectado al transmisor de radio dio señales de vida mientras veía cómo Clarke Griffin paraba un taxi Checker, se deslizaba en el asiento posterior y desaparecía cuando el vehículo se mezclaba con el tráfico.

–Comandante, se informa de que Egret vuela sola –dijo la voz de Marcus–. Hemos enviado la unidad uno, pero no la localiza visualmente.

Lexa dio la vuelta bruscamente, salió a la calle y paró uno de los numerosos taxis que pasaban poniéndose delante, de forma que el vehículo tuvo que detenerse. Abrió la puerta y, con la mano extendida, mostró la placa.

–Necesito que siga a ese taxi de ahí delante.

El taxista la miró, asombrado.

–Está de broma, ¿verdad?

Lexa negó con la cabeza y se sentó al lado del hombre, mientras seguía con los ojos al taxi de Clarke, que daba la vuelta a la plaza.

–Ojalá. Va a perderlo si no se pone en marcha.

La absoluta serenidad del rostro de Lexa y la calma antinatural de su voz hicieron que el taxista reaccionase. Se enderezó y, sujetando el volante con fuerza, ejecutó una representación de la conducción en Nueva York que en Daytona le habría valido un trofeo. Frenó a tres metros, con veinticinco segundos de diferencia, del taxi que había llevado a Clarke a un pequeño café del centro de Greenwich Village.

–Gracias. –Lexa le dio un billete de veinte dólares al salir.

El taxista se inclinó en el asiento para mirarla. Los rasgos esculpidos, el cabello castaño y la voz profunda le resultaban familiares, y creyó entender lo que pasaba.

–Está haciendo una película, ¿verdad?

Lexa no respondió. Ya había cruzado parte de la acera. En cuanto entró en el pequeño café, localizó a Clarke, acompañada por otra mujer, ante una mesa de dos en la parte de atrás. Clarke alzó la vista al oír la campanilla de la puerta y sus ojos tropezaron con los de Lexa, pero no dio señal de reconocerla. Lexa avanzó entre las escasas mesas hasta el mostrador y pidió un café exprés doble. Mientras esperaba, echó un vistazo al local y se fijó en la ubicación de las salidas y en la posición de los pocos clientes, la mayoría de veintitantos años, que leían periódicos o trabajaban con sus ordenadores portátiles. Pagó, cogió la taza de café y se sentó en el extremo opuesto a Clarke. Eligió una mesita circular en la parte delantera, de espaldas a la pared. Desde allí podía vigilar la puerta principal y la de atrás y a todos los que se encontraban en el establecimiento sin entrometerse en la conversación de Clarke. Habría preferido tener un coche fuera por si debía salir a toda prisa y esperaba que la unidad uno –Raven Reyes y su compañero– llegasen en cualquier momento. Se habían metido en uno de los Suburban camuflados apostados frente al edificio de Clarke cuando la chica subió al taxi. Afortunadamente, la mayoría de la gente no reconocía a Clarke cuando salía con ropa informal: sin peinar y con muy poco o ningún maquillaje. Aquel día, con vaqueros, un jersey marinero con el cuello en pico encima de la camiseta blanca y unas botas raspadas, se parecía a los jóvenes del barrio. La gente de la calle solía reconocer a los personajes públicos sólo cuando iban ataviados oficialmente y se encontraban en los lugares apropiados. Ese hecho facilitaba el trabajo de Lexa, porque Clarke, desde luego, no lo hacía.

–¿Comandante? –preguntó la voz de Raven Reyes en su oído.

–Sí –murmuró Lexa, e inclinó ligeramente la cabeza mientras Reyes la informaba de su posición. Le dio a Reyes su localización exacta y la advirtió de que se quedaría dentro con Clarke–. Que el coche esté fuera.

–Entendido –repuso Reyes con aire taciturno, imaginándose el cabreo de la comandante al ver que habían dejado que Clarke Griffin saliese del edificio sin escolta. La hija del Presidente no había recurrido a uno de sus viejos trucos, sino que había llamado el ascensor y anunciado que iba al vestíbulo a recoger el correo: por eso no tenían el coche fuera con antelación. Cuando se dieron cuenta de que había salido del edificio y estaba parando un taxi, perdieron dos minutos de movilización. Reyes suspiró y se recostó para vigilar la puerta del café y a la gente que entraba y salía.

Cuarenta minutos después, la monumental pelirroja que estaba con Clarke atravesó el local y se dirigió a la mesa de Lexa. Se inclinó lo suficiente para mostrar un escote que no se podía ignorar y dijo con voz grave y gutural:

–¡Qué alegría volver a verla, comandante! Clarke me ha contado que está de nuevo al cargo de su seguridad.

Lexa se movió levemente para no perder de vista a Clarke.

–Yo no lo diría exactamente con esas palabras, señorita Monroe –repuso Lexa con una ligera sonrisa y los ojos clavados en Clarke, que estaba recogiendo sus cosas.

–En realidad, tampoco Clarke lo expresó de esa forma. Lo describió de una manera más... llamativa –comentó Zoe Monroe con aire provocativo. Se había dado cuenta de que Clarke había estado a punto de llorar durante gran parte de la conversación, pero no sabía muy bien si eran lágrimas de ira o de dolor. Aunque tuviera razón, comprendía que Clarke nunca se dejaría llevar por el llanto, sobre todo cuando la mujer causante de su disgusto se encontraba sentada a apenas cinco metros de distancia.

Sólo alguien que conociera a Clarke muy bien habría entendido lo destrozada que estaba. Zoe lo entendía porque Clarke y ella eran amigas desde la adolescencia en la escuela preparatoria y porque, seis semanas antes, Clarke le había pedido que le dejase utilizar su apartamento mientras ella viajaba a Europa. Hacía mucho tiempo que Clarke no llevaba a una amante a casa de Zoe, porque Clarke casi nunca se acostaba con alguien más de una vez y no solía planearlo con anticipación. No le hacía falta planear una relación anónima con una mujer a la que conocía por casualidad en un bar oscuro o en una reunión benéfica de alta sociedad. Cuando Zoe le había preguntado a quien pensaba seducir, el silencio de Clarke había resultado elocuente. Quienquiera que fuera, le importaba. En aquel momento, Zoe se daba perfecta cuenta de quién había sido la mujer. Durante un breve instante de locura, mientras contemplaba a la tremendamente atractiva y castaña agente de seguridad, le pareció que cometía el error más grande de su vida. Si Lexa prefería ser la protectora y no la amante de Clarke, al margen de la nobleza de sus motivos, Clarke nunca se lo perdonaría. Pero Zoe sabía que la mujer no diría nada, ni en aquel momento ni nunca, y no se sentía muy orgullosa de los motivos de aquel silencio. A pesar de su larga amistad con Clarke, siempre las habían atraído las mismas mujeres, y en casi todas las ocasiones se habían tomado la competición de buen grado porque resultaba divertida: la caza, la seducción, la consumación. Aquello era distinto. Para que Clarke admitiese el menor sentimiento hacia una mujer, tenía que tratarse de algo serio. Y, aún sabiéndolo, Zoe no podía negar la rápida punzada de atracción que notaba cada vez que veía a Lexa Woods.

–Me alegro de volver a verla –dijo Lexa levantándose y sin desviar la atención de Clarke, que se dirigía a la puerta principal–. Le ruego me disculpe. –Se apartó para seguir a Clarke.

Ya en la calle, Clarke se había vuelto y observaba cómo Lexa salía por la puerta. Al mismo tiempo, Raven Reyes abandonaba el coche aparcado frente al café. Lexa le hizo un gesto a Reyes y se acercó a Clarke.

–Nos lo pone difícil cuando no sabemos adónde va –afirmó Lexa en voz baja, aunque sabía perfectamente que Clarke se daba cuenta.

–Las reglas de este compromiso pueden cambiar en cualquier momento. –Clarke se encogió de hombros sin conseguir reprimir el tono de amargura de su voz–. Es lo justo.

Lexa asintió y se topó con la mirada encendida de Clarke.

–Sé que debe hacerse así y lo siento. De ahora en adelante, tendremos que afrontarlo.

–No, no tenemos que hacerlo. Usted ha tomado la decisión, y yo la llevaré como quiera. –Clarke sacudió la cabeza con gesto despectivo, dio la vuelta y se alejó por la acera.

«Maldita.» Lexa la alcanzó y se mantuvo a su altura, colocándose automáticamente entre Clarke y la calle. Sin necesidad de mirar, sabía que Reyes y su compañero las seguían en el vehículo camuflado.

–No tiene sentido que se ponga en peligro porque se ha enfadado conmigo, Clarke –insistió Lexa–. Si nos deja hacer lo que tenemos que hacer, nos meteremos en su vida privada lo menos posible.

Clarke se detuvo de pronto y miró a Lexa, sin hacer caso de la gente que se quejaba porque había tenido que pararse junto a ellas en la estrecha acera. Con un tono bajo y sereno, preguntó:

–Comandante, ¿no se le ha ocurrido que tal vez quiera que se meta en mi vida privada? Usted. No desconocidos las veinticuatro horas del día. Sólo usted.

Lexa se pasó una mano por el pelo, luchando al mismo tiempo con la frustración y el genio. Quería explicarle a Clarke que ella le importaba, que no había planeado que sucediera aquello y que era una tortura verla y no poder tocarla.

–Clarke...

Alguien la empujó por los hombros al pasar, y ella maldijo para sí. Una acera no parecía el lugar adecuado para aquella discusión. Si hubiera controlado sus emociones la primera vez que le asignaron la seguridad de Clarke Griffin, no sucedería nada de aquello. Primero había cedido a la atracción física, y luego a la relación emocional. Y las había enredado en una situación para la que no había reglas, sólo un desastre potencial. Hizo una mueca porque percibió el dolor en los ojos de Clarke, y en aquel momento no podía permitirse el lujo de dar explicaciones. Al menos en aquel lugar y en aquella circunstancia.

–¿Podríamos hablar de esto en un punto más seguro?

Clarke se rió con pena, incapaz de contenerse. Si de algo se podía estar segura con Lexa Woods era de que nunca nada, ocurriese lo que ocurriese, interfería con su deber. Y odiaba ser el deber de Lexa Woods. Se puso en marcha otra vez.

–No creo que quede nada pendiente. Ha tomado una decisión. No tengo intención de cambiar de vida para facilitarle la suya. Y ahora, si me disculpa, voy al gimnasio a darle una zurra a alguien.

–¿A Ernie's? –preguntó Lexa, recordando el agujero del tercer piso que Clarke frecuentó durante seis meses mientras su equipo de seguridad pensaba que estaba en el masajista de la esquina.

–Ernie's es el único lugar al que puedo ir sin que nadie me conozca y sin que a nadie le importe de dónde vengo o adónde voy. Sólo les interesa lo que hago en el ring. –No le apetecía compañía–. Preferiría que siguiera así.

–Espere un minuto... –Lexa se apresuró para alcanzarla en las calles estrechas del Village, mientras se dirigían al norte, hacia Chelsea. Tuvo que controlarse para no sujetar a Clarke por el brazo y hacerla ir más lenta–. ¿Me está diciendo que nadie ha entrado con usted?

–Hasta arriba no. Si ven a uno de los jóvenes del FBI, la mitad de los tipos que están allí saltarían por las ventanas para largarse.

–Pues eso es lo que me importa, maldita sea. –Clarke no podía quedar desprotegida, ni siquiera en las circunstancias más seguras. De vez en cuando había excepciones, pero raras, y Ernie's no era una de ellas. Se trataba de un lugar duro, frecuentado casi exclusivamente por hombres, y Lexa apostaría a que allí había más de un delincuente–. No puedo creer que Marcus no pusiera a alguien con usted.

–Ya ocurría antes... si lo recuerda.

El tono mordaz de la voz de Clarke transmitió a Lexa lo que quería decirle: Clarke y ella habían pasado cinco noches juntas en el apartamento de Zoe Monroe en el East Side, mientras ésta estaba en Europa; nadie del equipo había estado con Clarke en el apartamento, pero había un coche con dos agentes aparcado en la calle frente al edificio. Si los que estaban en el coche sabían que Clarke no estaba sola, no lo habían comentado. A Lexa no le gustaba colocar a los agentes en una situación en la que se vieran obligados a mentir, pero eso era en la época en la que no tenía a su cargo al equipo de seguridad de Clarke. Las pocas horas que pasaban juntas cada noche eran personales, personales e íntimas y de nadie más. No tenía tanta hipocresía como para negar, ni siquiera ante sí misma, que Clarke y ella habían intentado reunirse en secreto, pero sin eludir a propósito a los agentes del Servicio Secreto.

–Me acuerdo. –Lexa se armó de valor, negándose a discutir asuntos personales cuando había una amenaza real contra la seguridad de Clarke y sabía de antemano cómo reaccionaría la joven–. Pero en el gimnasio se da una situación totalmente distinta. Se encuentra en un lugar inseguro con dos docenas de hombres que, aunque no la reconozcan, pueden suponer una amenaza. Si la reconocieran, podría ocurrir cualquier cosa, desde simple acoso hasta secuestro.

Sus palabras se toparon con un silencio pétreo, pero continuó:

–No sé cómo ha conseguido esquivar al equipo y no estoy segura de querer saberlo, pero no puedo dejarla sola.

–Ya lo sé –repuso Clarke, doblando hacia el callejón que conducía a la puerta anónima y sin pintar de la entrada del gimnasio–. Un coche suele esperar al final del callejón. Eso debería bastar. Hace años que vengo. Nadie me molestará.

–Subiré con usted –dijo Lexa en tono grave. Era demasiado tarde para cambiar los planes y, como se trataba de la única persona disponible, la responsabilidad recaía sobre ella.

–Puede subir si quiere, comandante. –Clarke se detuvo con la mano en la puerta y miró a Lexa sin la menor expresión, con los ojos vacíos y apagados–. Pero preferiría que no se acercase a mí.

Tras eso, abrió la puerta y subió la escaleras de dos en dos, dejando que Lexa la siguiese. Poco después, Lexa se encontraba apoyada en una pared con las manos en los bolsillos de sus pantalones de mezcla de seda, observando a dos luchadores que se preparaban para entrenarse en el ring. Automáticamente, examinó a fondo todo el local y sus ocupantes, fijándose en cuántas personas había y en la situación de cada una. El piso alto del almacén estaba tenuemente iluminado por la escasa luz natural que penetraba a través de las ventanas sucias situadas a la altura de las cabezas, aumentada por los artefactos fluorescentes que colgaban de pesadas cadenas del cavernoso techo. La combinación sumía todo el lugar en una neblina espesa y parpadeante. Había cuadriláteros de entrenamiento en tres esquinas. En la cuarta, un pequeño espacio separado de la habitación mayor por contrachapado servía como oficina y vestuario provisional. La primera vez que Clarke y Lexa habían entrado, Clarke desapareció en el minúsculo vestuario de mujeres, que se reducía a un armario con una cortina a modo de puerta. Por diferentes motivos, Lexa no la siguió. Quería ofrecerle a Clarke toda la intimidad posible y, si la seguía hasta el vestuario, sólo conseguiría llamar la atención sobre ambas. Además, había estado allí con Clarke anteriormente y sabía lo pequeño que era y el aspecto de Clarke cuando se desvestía para ponerse el equipo de entrenamiento. No quería estar a medio metro de Clarke cuando se desvistiera porque, al margen de sus intenciones, sabía que se sentiría tentada. Durante seis semanas, no había pasado ni un solo día –diablos, ni apenas una hora– sin que pensara en Clarke. Lo que no podía contarle a ella ni quería pensar de sí misma eran las veces que, durante esas seis semanas, se había imaginado el tacto de la piel de Clarke bajo sus dedos. Por eso, en aquel momento, permanecía en las sombras, donde podía ver todo el local y estar muy cerca de Clarke sin necesidad de subir al ring con ella. A seis metros de Lexa,

Clarke corría ligeramente sobre la sucia cubierta de lona del ring de tres metros mientras esperaba que su oponente se pusiera los guantes y se colocara el protector entre los dientes. Durante casi tres meses había hecho de sparring libre con algunos hombres de su clase de pesas. Ninguna de las boxeadoras femeninas que frecuentaban el gimnasio tenía experiencia suficiente para entrenarse con ella. Los hombres la aceptaban como uno más y a nadie se le ocurría hacer un amaño con ella. Después de las primeras veces que arrojó a uno contra la colchoneta con una patada circular o con un fuerte cruce directo, olvidaron que era una mujer y pelearon con ella sin ningún tipo de restricciones. El joven que estaba frente a ella se acercó con cierta beligerancia en su actitud. Perfecto. Necesitaba una salida para su frustración física y su agitación mental. El inesperado regreso de Lexa y el cambio repentino de su relación la habían dejado desconcertada. Nada la ponía a prueba ni la distraía tanto como subir al ring con alguien que podía hacerle daño. Se veía obligada a centrarse y necesitaba quemar ansias. No obstante, sabía que Lexa la vigilaba de cerca. No podía verla y tampoco quería verla. Quería olvidarla. Pero la sentía. Y parte de ella deseaba que Lexa estuviese allí, aunque odiase reconocer lo reconfortante que le resultaba la presencia de la agente. A Lexa se le daba muy bien hacer que se sintiese cuidada, por mucho que fuera un aspecto de su trabajo. Desde el principio, había conseguido que Clarke pensase que era ella la que importaba y no los informes de estatus o las evaluaciones de trabajo que parecían motivar a las docenas de agentes que la habían protegido desde su niñez hasta la edad adulta. «Dios. Odio este amor que siento hacia todo lo que se refiere a Lexa Woods.» Clarke alzó las manos enguantadas y las golpeó contra las de su oponente, ávida de establecer el primer contacto y con el desesperado deseo de borrar el rostro de Lexa de su mente. Lexa observaba el baile de Clarke sobre la lona. «Está aún mejor que antes.» A diferencia de la mayoría de los boxeadores masculinos, que confiaban desde el principio en sus golpes para noquear al oponente, Clarke dependía más de sus piernas, que eran –como en casi todas las mujeres– armas más poderosas que sus manos. Eso le daba la ventaja de permanecer fuera del alcance de los golpes de los otros luchadores y, además, con una patada oportuna, podía dejar a un hombre inconsciente. Sin embargo, no podía capear demasiados golpes directos a la cara de un hombre de su talla o incluso más bajo. Como observó Lexa, Clarke aguantaba bien una descarga de golpes y hacía retroceder a su oponente con una patada directa y bien asestada al muslo. Mientras vigilaba constantemente a las personas que se encontraban en su visión periférica, Lexa se permitió el lujo de contemplar a Clarke: llevaba el cabello retirado del rostro y recogido en la nuca y los escasos bucles que quedaban sueltos se contenían con un pañuelo rojo enrollado y atado alrededor de la frente. Vestía unos shorts anchos de color azul marino y una camiseta blanca recortada que dejaba su estómago a la vista; el anillito de oro de su ombligo relucía sobre el sudor lustroso de su piel. Al ver la onda de músculos del estómago, Lexa se fijó en el anillo y se acordó de cómo lo había frotado con la palma de la mano.

Había revivido aquel recuerdo muchas veces desde la primera noche que habían compartido ambas en el apartamento de Zoe, y la intensidad de la imagen permanecía viva. Había estado allí casi una hora, esperando a Clarke. Intentó matar el tiempo leyendo una revista de un cúmulo que había junto al sofá, pero no pudo concentrarse. Demasiado nerviosa. Demasiado preocupada por Clarke. Sabía que los agentes que la habían seguido hasta el apartamento y que vigilaban el edificio se preguntarían que hacía en casa de Zoe. Clarke no mantenía en secreto sus preferencias sexuales, al menos ante su equipo de seguridad, pero no convenía dar mucha información de carácter íntimo a nadie. Y los rumores de que Clarke mantenía encuentros con una agente del Servicio Secreto darían lugar a jugosas conversaciones en la fuente de agua. Lexa se recordó a sí misma que conocía a aquellos agentes y en el fondo creía que se podía confiar en su discreción, pero la costumbre de toda una vida protegiendo sus propios secretos era difícil de cambiar. Y en aquel caso, no se trataba sólo de su intimidad personal: estaba el asuntillo de la imagen pública de Clarke. Si Clarke decidía compartir su vida privada con el mundo (pues a ese nivel llegaba alguien de su posición) sería por su voluntad y no porque no tuviese libertad de elegir. A pesar de los problemas potenciales, no esperaba volver a ver a Clarke. Tras resistirse a ella tanto tiempo, lo único que podía hacer era pensar en ella. Cuando oyó girar la llave en la cerradura, se levantó y cruzó la sala para ir al minúsculo vestíbulo al que daba la puerta principal. Clarke entró, sin aliento y sonriente, y depositó un bolso y una botella de vino sobre la mesita. Durante un momento parecía tímida.

–Hola.

–Hola. –Resultaba difícil pronunciar una palabra tan corta con la garganta agarrotada por el deseo. Le parecía que nunca había visto a Clarke tan joven. Cuando Lexa la besaba, quería darle sólo un beso para saludarla. Pero hacía veinticuatro horas que no se veían y les quedaba únicamente una noche de estar juntas. No era suficiente. Y en aquel momento se dio cuenta de que nunca sería suficiente. Una de las dos gimió, y ambas empezaron a desnudarse frenéticamente, aún de pie. Enseguida se fundieron medio desnudas, incapaces de dejar de tocarse el tiempo suficiente para acabar de desvestirse. En un hambriento intercambio de besos y pequeños mordiscos, Lexa encontró los pechos de Clarke. Los levantó, apretándolos un poco más de lo que había querido cuando el increíble estremecimiento de tocarla arrastró todas las precauciones de su mente.

–Oh, sí –jadeaba Clarke, enroscándose en las manos de Lexa mientras intentaba desesperadamente desabotonar los vaqueros de ésta. Ambas se encontraban en peligro de ceder a su avidez y consumirse mutuamente. Por fin, Lexa echó la cabeza hacia atrás sin aliento.

–¡Espera! Debe de haber un dormitorio ahí. Necesito que lo hagamos acostadas.

Con los ojos desorbitados por el deseo, Clarke agarró la cintura de los vaqueros de Lexa y, tras conseguir desabotonar el primer botón, tiró de ella.

–Vamos –ordenó con la voz ronca a causa del ansia–. A la habitación de invitados. Por aquí.

Lexa la siguió mientras deslizaba una mano desde atrás por el cuerpo de Clarke y acariciaba con la palma la sedosa tirantez del abdomen desnudo. El anillito de oro rozó su piel suavemente y le pareció que nunca había sentido nada tan sexy. Detuvo a Clarke en la puerta del dormitorio, apretando sus pechos desnudos contra la espalda de la joven mientras con ambas manos levantaba de nuevo sus senos. Con los labios junto a la oreja de Clarke, movió los dedos sobre los pezones de la chica y los apretó.

–Ayer, me hiciste rogar.

Clarke se agitó en los brazos de Lexa, arqueándose entre sus manos mientras ésta continuaba con la presión sobre los pezones.

–¿No tiene fin, comandante? –Echó atrás una mano, buscando el resto de los botones del pantalón de Lexa.

–A lo mejor te toca a ti rogar –susurró Lexa mordiendo suavemente la piel bajo el lóbulo de la oreja de Clarke. Estaba a punto de deslizar la mano sobre el estómago de Clarke cuando ésta consiguió abrir los vaqueros y meter la mano en ellos.

–Joder –murmuró Lexa cuando los dedos de Clarke se enredaron en el calor húmedo de entre sus piernas. Casi se le doblaron las rodillas cuando Clarke tiró de ella. Lexa abrazó con fuerza a Clarke y hundió la cara en el cuello de la chica, flotando durante un momento en una oleada de placer. Luego se puso rígida cuando el roce persistente de los dedos de Clarke la arrastró de pronto al borde del orgasmo.

–Ah, ah. No –susurró, y, retrocediendo con paso inseguro mientras la sangre le zumbaba en la cabeza, obligó a Clarke a moverse con ella. Cabeceó y se aclaró la bruma de excitación que dominaba su mente. Suspiró a fondo, procurando a toda costa ignorar el latido que notaba en el vientre y atronaba sus miembros–. No tan rápido.

–¿Quién lo dice? –Clarke dio la vuelta en sus brazos y le quitó los vaqueros, dispuesta a hacerlo allí mismo.

–Yo. –Lexa la besó otra vez, tomando el labio inferior de Clarke entre los dientes, y la mordió ligeramente mientras retrocedía paso a paso hacia el dormitorio. Mantuvo los labios firmes sobre los de Clarke y la sujetó por las muñecas, apartando sus manos. No lo resistiría si Clarke la tocaba de nuevo. Ya se estaba retorciendo con los ligeros temblores que avisaban del inminente orgasmo, y con una sola caricia se correría. Cuando tropezaron con la cama y se cayeron sobre ella a la vez, Lexa se puso encima y sujetó las manos de Clarke sobre su cabeza.

–No tan rápido –susurró con voz ronca de nuevo, antes de coger un pezón de Clarke entre los dientes. Clarke gimió, sorprendida, y luchó para soltarse, empujando las caderas contra el muslo que Lexa había metido entre sus piernas.

–Déjame que te toque –urgió al oído de Lexa–. Déjame hacerlo rápido esta vez.

–Pronto –murmuró Lexa sobre su pecho. Hacía mucho tiempo que no tocaba a una mujer de aquella forma y había deseado a Clarke con todas sus fuerzas durante meses. Había resistido mientras estaba al frente de su equipo de seguridad, pero no en aquel momento–. Te deseo muchísimo.

Las manos de Clarke se enredaron en su pelo cuando Lexa se deslizó entre sus piernas y puso la boca sobre ella. Los dedos de Clarke se abrían y cerraban erráticamente mientras Lexa chupaba, la lamía y la torturaba con su lengua. Cuando Clarke rogó, Lexa metió los dedos; cuando imploró, movió la mano más adentro; y, cuando gritó, Lexa dejó que se corriese, mientras la acariciaba, la empujaba y le daba la vuelta suavemente hasta que todos los músculos se agarrotaron y se relajaron una docena de veces más. Entonces, apoyó la mejilla contra el interior del muslo de Clarke, agotada y contenta, sin una pizca de arrepentimiento. Pero, incluso en aquel momento, mientras escuchaba cómo se aplacaba la respiración de Clarke, una parte de ella sabía que era placer prestado, porque la felicidad, en la mayoría de los casos, tenía un precio.

Lexa se encogió cuando Clarke se golpeó contra la lona, y las exigencias del momento disiparon los recuerdos de aquella noche. Con los puños apretados e instintivamente, dio un paso adelante, pero se obligó a detenerse cuando vio que Clarke se levantaba. La chica se tambaleó unos instantes; luego dio la impresión de que superaba el efecto del izquierdazo que había recibido en la cara e indicó a su compañero que continuase. Lexa observó minuciosamente el resto del combate, que por fortuna sólo duró unos minutos. Clarke parecía encontrarse bien cuando recuperó el equilibrio y se movió con rapidez para sumar golpes, e incluso hizo un espectacular avance de pierna que dejó a su oponente tendido boca arriba, mientras ella lo apretaba unos instantes. Lexa se alegró cuando Clarke saltó del ring y desapareció por la parte de atrás del gimnasio. Cuando reapareció con una camiseta seca, lista para marcharse, Lexa se unió a ella.

–Bonito combate –comentó, aliviada al ver claridad en los ojos de Clarke y firmeza en su paso. Clarke se encogió de hombros y esbozó una leve sonrisa.

–Sin embargo, no le di una buena zurra.

–Faltó poco. –Sin poder contenerse, Lexa alzó la mano y rozó con el pulgar un cardenal que comenzaba a formarse en la mejilla de Clarke, donde había aterrizado el guante de su oponente–. Tal vez convenga que lleve casco la próxima vez, señorita Griffin –dijo en tono amable.

A Clarke se le desorbitaron los ojos al sentir la suave caricia. El tacto era tan tierno que resultó más profundo que el deseo. Incapaz de apartar los ojos de la penetrante mirada de Lexa, susurró:

–Lo tendré en cuenta, comandante.

–Bien. No quiero que le pase nada.

–Sí, ya lo sé. Es su trabajo.

No había resentimiento en su voz, y Lexa sonrió, reconfortada inesperadamente por los primeros momentos relajados que compartían aquel día.

–Forma parte de él.

–No vamos a volver a salir. –Clarke la miró sin pestañear–. Puede decirle a su equipo que se relaje. Me voy a casa.