ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.
CAPÍTULO 5
Once horas después, Lexa se encontraba de regreso en Nueva York, tras revisar toda la información sobre las recientes actividades de Loverboy a la que pudo acceder por distintos canales. Sabía que había más, pero tardaría algún tiempo en conseguirla. Al fin entendía por qué la habían llamado de Florida y podía comenzar el trabajo. Pero primero necesitaba solucionar un asunto personal y llamó resueltamente a la puerta del penthouse. Fue recibida inmediatamente, se detuvo nada más cruzar la puerta y miró a Clarke, que no la esperaba y estaba vestida para salir por la noche con una chaqueta de seda con dibujos sobre una blusa transparente de color marfil y pantalones negros. Lexa se preguntó de pasada si iría a reunirse con alguien, pero apartó esa idea porque no se encontraba en posición de cambiarla.
–¿Qué ocurre? –preguntó Clarke con una repentina punzada de miedo producida por la expresión pétrea de los ojos de Lexa–. ¿Qué ha pasado?
–¿Por qué no me lo contaste? –Lexa empleó un tono peligroso. Luchaba tanto para reprimir su ira que apenas podía pronunciar las palabras.
–No sé muy bien a qué te refieres –espetó Clarke esperando que no fuese lo que pensaba, aunque sabía que podía ser eso; no podía tratarse de otra cosa. Había confiado en que, al estar Lexa lejos de Nueva York y fuera de su equipo de seguridad, la mantendría al margen. La mantendría alejada. Segura.
–Me dejaste hacer el amor contigo, me permitiste esa intimidad, pero ¿no podías contarme que él seguía detrás? –preguntó Lexa, furiosa; su aprensión por la seguridad de Clarke y su furia al ser excluida tanto por Clarke como por el FBI la estaban volviendo loca–. En nombre de Dios, ¿cómo pudiste hacerme eso? Creí... –Estuvo a punto de decir: «Creí que significaba algo más que eso para ti. Creí que compartíamos algo». Lexa suspiró profundamente, cerró los ojos un segundo y recompuso sus fuerzas. No se trataba de ella. Su relación con Clarke ya no entraba en cuestión. Tenía que separar sus sentimientos personales de lo que ocurría en aquel momento. El peligro claro y presente de Loverboy era lo que importaba. No lo que ella sentía, su decepción, su sensación de haber sido traicionada. Se concentró en su deber, lo único que siempre la centraba, lo único a lo que podía recurrir para ahuyentar su furia. Se enderezó con un esfuerzo y procuró ocultar su agitación. Aflojó los puños y, cuando volvió a hablar, su voz sonó fría (su voz de mando), tranquila y firme, sin inflexiones, impersonal e infinitamente profesional. –Debería haber informado a Marcus cuando el acosador se puso en contacto con usted hace tres meses, señorita Griffin, y yo tendría que haberlo sabido ayer. A la vista de la nueva información, tenemos que adoptar un nivel más alto de alerta. A la mayor brevedad posible he de revisar los protocolos de seguridad. Si puede comprobar su agenda para confirmarlo, por favor... Me gustaría hacerlo por la mañana, lo antes posible.
El silencio se ahondó.
Mientras Lexa hablaba, Clarke observaba la ráfaga de emociones que atravesaban su rostro. La vio pasar de la ira y la frustración a aquella implacable fachada que reconocía como la barrera que Lexa erigía entre sus emociones y todo lo demás para hacer su trabajo. Con la parte racional de su mente, Clarke comprendió que aquella capacidad para compartimentar sus sentimientos era lo que hacía que Lexa fuese tan buena en su trabajo, pero no se correspondía con lo que Clarke deseaba que hubiese entre ellas. No quería que Lexa se distanciase para cuidarla. No sabía exactamente lo que quería, pero estaba segura de que no era eso. Su propia frustración y el miedo la quemaban y replicó en tono cáustico:
–Ésa es tu solución para todo, ¿verdad, Lexa? Aumentar la seguridad, apretar las restricciones a mi alrededor. Se trata de una simple respuesta, muy fácil para ti. Sin embargo, no funciona conmigo.
–No estamos ante algo negociable.
–Ya lo veremos.
Haciendo un esfuerzo, Lexa explicó con calma:
–Ese hombre va en serio: es persistente, inteligente y tiene talento, y se ha centrado en usted. Debería permanecer aislada en alguna parte hasta que lo capturen.
Ante semejante idea, todos los instintos de supervivencia de Clarke se convirtieron en una oleada de terror irracional. No harían de ella una cautiva. Llevaba toda su vida presa de una u otra forma. No había nada más importante que su libertad, nada excepto una cosa.
–No la quiero en el equipo, agente Woods. No puedo trabajar con usted. No trabajaré con usted. Si no dimite, haré lo que sea para que la despidan.
–He hablado con su padre esta tarde –explicó Lexa–. Por lo visto, él piensa que soy la persona más adecuada para este trabajo. Yo también lo pienso. En esta ocasión su influencia no surtirá efecto.
Clarke la miró, boquiabierta y asombrada. Cuando pudo controlar su voz, preguntó en tono incrédulo:
–¿Ha hablado con mi padre?
Lexa se acercó a un sofá y se apoyó en el respaldo para aliviar parte de la tensión del cuerpo. Se sentía tan profundamente herida que temía perder el control y, en aquel momento, todo el futuro de Clarke dependía de lo que ocurriese entre ellas. Necesitaba la cooperación de Clarke, aunque no consiguiese que comprendiera por qué había aceptado el trabajo.
–Fue algo inesperado. Apareció en la reunión que manteníamos sobre esta... situación. –Al recordarlo, le pareció un encuentro muy raro.
El Presidente había actuado como si Lexa y Pike no estuviesen a punto de abalanzarse uno sobre otro, limitándose a saludar con una mano a los reunidos y a decir:
–Siéntense, por favor.
Le obedecieron, procurando no mostrarse inquietos. Evidentemente, nadie esperaba aquella visita. El representante de la Agencia Nacional de Seguridad presentó a los demás y se apresuró a asegurarle al Presidente que estaban haciendo todo lo posible por proteger a su hija. Jake Griffin no dijo nada, sino que examinó en detalle los rostros mientras escuchaba. Tras uno o dos minutos, habló:
–No dudo de que todo se hace de la mejor manera. Espero que mi director de seguridad en la Casa Blanca reciba información de todos los detalles. Tengo una agenda muy apretada, y me gustaría hablar con la agente Woods si la reunión ha concluido.
Se trataba de una clara despedida. Luna Ryan se levantó enseguida y comenzó a recoger sus cosas, al igual que Gustus Carlisle. Pike y Azgeda permanecieron un momento dudosos y luego, con expresiones contrariadas, salieron de la habitación. Cuando la puerta se cerró, Lexa se quedó sola frente al Presidente de los Estados Unidos por primera vez en su vida. Las miradas de ambos coincidieron y Lexa preguntó:
–¿Qué puedo hacer por usted, señor Presidente?
Una sonrisa levísima parpadeó en el atractivo rostro del Presidente. Lexa reconoció a Clarke en él cuando sus rasgos se suavizaron brevemente, y en ese instante su ira se convirtió en fuerte resolución. No permitiría que Clarke se convirtiese en el peón de un ambicioso juego político y burocrático ni dejaría que fuese el objeto de una obsesión psicótica.
–Creo que tengo que confiar de nuevo en usted, agente Woods, para que cuide de mi hija. Sé que el grupo del FBI está haciendo todo lo que puede, pero conozco a mi hija y no le pondrá las cosas fáciles a nadie.
–Señor –empezó Lexa, que quería defender a Clarke. Sabía mejor que nadie lo mucho que sufría Clarke debido a la vigilancia constante de desconocidos.
El Presidente alzó la mano como si supiera lo que Lexa iba a decir y miró hacia otro lado, como si viese algo que ella no podía ver.
–Ella no ha elegido esta vida, agente Woods. Yo la elegí por ella. Ha sido duro para ella, lo sé. Es fuerte, obstinada y no quiero que cambie. Cuento con usted para que se sigan combinando su libertad con su seguridad.
–Sí, señor Presidente –dijo Lexa en voz baja, sin apartar los ojos de los de él–. Lo haré, señor. Puede estar seguro.
El Presidente asintió, le dio las gracias y abandonó la habitación.
Aunque no hubiese tenido motivos particulares para participar en la misión, la orden no expresa del Presidente habría sido suficiente. Pero Lexa tenía sus razones, y eran muy personales. Lexa habló dulcemente.
–Lo siento, Clarke. Me quedo.
«Me quedo.» Las palabras gritaron en la cabeza de Clarke. Palabras que quería escuchar de aquella mujer, pero no de esa forma. No así. No a causa de aquello. No soportaba más la conversación. Se negaba a pensar en lo que significaba para las dos. «Me quedo.»
–Bueno, pues yo no. –Cogió el bolso de una mesa próxima y afirmó–: Voy a salir.
Lexa no hizo ademán de detenerla. No sería su carcelera. Pero, cuando habló, en su voz había una pregunta:
–¿Clarke?
Clarke se detuvo en la puerta y dio la vuelta, impresionada por el tono de derrota de Lexa. Notó un cansancio que casi nunca había percibido en ella, ni siquiera después de varios días sin dormir. Lexa seguía apoyada en el sofá. Clarke estaba demasiado furiosa para verla bien, pero en aquel momento las sombras de la cara de Lexa revelaron un demacrado alivio y sus ojos reflejaron gran parte de lo que intentaba ocultar; los nublaba la fatiga y los anegaba algo parecido a la desesperación. No tenía aquel aspecto ni siquiera cuando estaba en el hospital recuperándose de las heridas de bala.
–¿Qué? –preguntó Clarke, con más ternura de la que quería utilizar, luchando con una necesidad casi irresistible de salvar la distancia que las separaba. Le costaba trabajo mostrarse furiosa cuando quería abrazarla.
–¿Ha dicho a los de abajo que va a salir? –Lexa se enderezó.
–No –respondió Clarke, irritada al ver que Lexa volvía a asumir su papel oficial.
–¿Se trata de un compromiso personal? –continuó Lexa con voz neutral. El equipo tendría que proporcionar una cobertura más cercana de lo normal, incluso para funciones no oficiales. Debía imponerla para hacer su trabajo, pero no necesitaba ni quería saber los detalles si Clarke iba a ver a alguien–. ¿Le hará falta el coche?
Rebuscó en su memoria el itinerario del día, que había revisado la noche anterior, antes de ir a Washington, antes de saber que Clarke no estaba segura en ninguna parte.
–No había nada previsto para esta noche.
–Ha sido cosa del último minuto. –Clarke odiaba hablar de sus planes privados con el personal de seguridad. Siempre se sentía desnuda. Pero aquello era peor. Añadió de mala gana–: Una fiesta en casa de Zoe.
–Entiendo. –La expresión de Lexa no cambió, pero le resultó fácil descifrar lo que Clarke no le decía. No era algo oficial y, si se trataba de una cita, no le incumbía–. ¿Me permite unos minutos para que localice a alguien? Reyes y Grant están fuera de servicio y preferirá usted a una mujer.
–Collins y Green pueden esperar en el coche, junto al apartamento de Zoe. –Clarke abrió la puerta y salió al vestíbulo–. Siempre lo hacen.
Mientras seguía a Clarke, Lexa activó la radio.
–Collins, traiga el coche, y localice a Emori Grant o a Reyes. Lo antes posible. –Se dirigió al ascensor y dijo en tono apagado–: Necesito a alguien dentro.
–Se trata de Zoe, por amor de Dios –replicó Clarke, irritada, apretando el botón del vestíbulo–. ¿Cree que ese tipo va a aparecer travestido de mujer?
–¡No sé lo que va a hacer! –repuso Lexa en tono alterado–. Hasta hace doce horas, ni siquiera sabía que había vuelto a las andadas.
Clarke no tenía respuesta para eso. Había ignorado los primeros mensajes que había recibido por correo, esperando que fuesen sólo ocasionales cartas de un maniático, sin relación con lo ocurrido antes. Los mensajes demenciales aparecían de vez en cuando y solían enviarlos individuos descontentos a los que no les gustaba la política de su padre. A veces procedían de partidarios demasiado entusiastas. Ocasionalmente eran de personas obsesionadas con ella, que pedían fotos, citas o incluso prendas de ropa. Pero nunca había recibido nada como aquellos mensajes: íntimos, sugerentes y –lo más temible– de alguien bien informado. Luego, cuando empezaron los correos electrónicos, Clarke se lo confió a su amiga del FBI, lo cual había sido un error. La amistad tenía sus límites, y su compinche del colegio decidió no reservarse semejante noticia.
–No tenía por qué saberlo. Ya lo sabía el FBI –se justificó Clarke cuando el ascensor se abrió en el vestíbulo de entrada. Seguía enfadada con A.R. por haber informado.
Lexa no se molestó en señalar que tenía que saberlo por varias razones, no todas profesionales. Se había acabado. Clarke la había dejado al margen y ahora no podía hacer nada excepto recuperar el control de la situación.
Mientras se dirigía hacia la puerta principal, Clarke se dio cuenta de que Lexa se ponía delante de ella para pasar primero. Inesperadamente, vio de nuevo la repetición de la escena a cámara lenta: la brillante luz del sol, los gritos frenéticos de los hombres, el brote rojo que se extendió sobre el pecho de Lexa cuando cayó de rodillas y luego de espaldas en la acera. Los otros agentes arrastraron a Clarke hacia dentro, detrás de las puertas de cristal, y Lexa quedó fuera de su alcance. No pudo sostenerla.
–¿Clarke? –preguntó Lexa, preocupada por la repentina palidez de la joven.
Clarke se sobresaltó al oír la voz de Lexa y se apresuró a cruzar la acera mientras se extinguía la imagen retrospectiva del rostro ceniciento y agonizante de Lexa. La agente abrió la puerta del coche y Clarke acarició ligeramente la manga de Lexa, reconfortada por su sólida presencia. No confiaba en poder decir algo, así que se limitó a deslizarse al interior de la parte de atrás del sedán negro aparcado junto al bordillo.
Zoe Monroe le dio un superficial beso en la mejilla a Clarke cuando la recibió en una habitación ya llena de gente. Las luces tenues facilitaban la conversación; camareras vestidas con camisas blancas, pajaritas negras y pantalones negros hechos a medida se movían cuidadosamente entre la multitud sosteniendo bandejas con entremeses. Una música suave acompañaba al murmullo de las voces.
–Tu elección de escoltas mejora –observó Zoe, con un matiz de sorpresa en la voz mientras contemplaba cómo Lexa iba de un lado a otro del espacioso salón.
–Estoy sola –repuso Clarke, que pasó por delante de ella y se dirigió al bar instalado en un rincón.
Zoe se abrió paso entre la gente para seguir a Clarke y cogió una copa de vino blanco mientras Clarke esperaba a que la guapísima pelirroja que atendía el bar con pantalones ceñidos de cuero negro le sirviese un combinado.
–Si necesitas una cita, puedo conseguírtela fácilmente. Ontari Coleman lleva semanas intentando que salgas con ella. Hay cosas peores que una joven cirujana de prestigio, ya sabes.
Clarke tomó su bebida, sin reparar apenas en la interesante mirada que la encargada del bar le ofreció con la copa, y observó a las otras mujeres de la habitación. Como era habitual en las reuniones de Zoe, había una mezcla de aspirantes a artistas –muchos de los cuales eran clientas de Zoe–, profesionales jóvenes y bolleras de los bares del Village que acudían como acompañantes o se pegaban a alguien que conocían, con la esperanza de tener suerte. Zoe siempre se las arreglaba para proporcionar algo a todas.
–No me interesa una cita –dijo Clarke en tono ácido, haciendo un esfuerzo para no mirar hacia donde estaba Lexa. Tenía años de práctica en ignorar a su equipo de seguridad. Acostumbrada a su ubicua presencia, eran ya como el ruido de fondo. En la preadolescencia ello no le había resultado tan difícil, porque su padre sólo era gobernador. Los agentes del Estado solían llevarla al colegio y aparcaban cerca mientras ella realizaba sus actividades extraescolares; en aquel entonces, había logrado fingir que era como las demás. Luego, su padre se había convertido en vicepresidente, la seguridad que la rodeaba se había intensificado y había desarrollado grandes habilidades para convencerse a sí misma de que no la vigilaban las veinticuatro horas del día. Pero no podía hacer nada para ignorar la presencia de Lexa Woods. La sentía de forma tan intensa como si se tocasen. Zoe sonrió con aire cómplice.
–Intentaba ser amable cuando hablé de la cita. Estoy segura de que a la encantadora doctora Coleman le entusiasmaría pasar la noche contigo, si es eso lo que tienes en mente.
Clarke se volvió, miró a Zoe a los ojos y repuso en tono cáustico:
–Cuando decida que quiero joder con alguien, no me cabe duda de que puedo hacer la gestión yo solita.
Si a Zoe la sorprendió la cortante respuesta de Clarke, no lo demostró. Sabía, por experiencia, que la mejor forma de conseguir que Clarke hablase de algo interesante era enfadarla. A Clarke se le daba muy bien ocultar casi todas sus emociones, pero, cuando se enfadaba, perdía sus escudos protectores. Zoe era una de las pocas personas capaces de aguijonearla para que se descubriese, motivo por el cual seguían siendo amigas.
–En fin, si yo tuviera a esa monada de chollo vigilándome toda la noche, sobre todo con esa ardiente expresión en la mirada, seguramente tampoco buscaría a nadie más.
Clarke ni siquiera miró a Lexa para comprobar a qué expresión se refería Zoe. Lexa tenía una forma de mirarla que la hacía sentir como si fuera la única mujer de la habitación... diablos, la única mujer del planeta. Se recordó a sí misma que Lexa sólo hacía su trabajo, pero nadie –ni siquiera Raven Reyes con toda su competencia, y a pesar de la noche que habían pasado juntas– la miraba de aquella manera. A Clarke le temblaba la mano cuando se llevó el martini a los labios.
–No, Zoe. Esta noche no.
Zoe se aplacó. La voz de Clarke sonaba áspera y había dolor en sus ojos. Rozó la mano de Clarke al pasar y dijo:
–No sé qué crees que ocurre entre vosotras dos, pero a ella le importa. No lo disimula mejor que tú. –Cabeceó con un movimiento ensayado y sus cabellos pelirrojos se deslizaron por los hombros–. Tal vez no estés de humor para tener compañía esta noche, pero yo sí. Es hora de que haga mi ronda.
Mientras observaba cómo Zoe se deslizaba sinuosamente entre la multitud, Clarke se preguntó cuánto tardaría en llegar hasta Lexa y se dijo que ojalá no le importase.
Cuando la atlética morena del polo azul marino, vaqueros y Nikes traspasó la puerta poco antes de la una, varias cabezas se volvieron para contemplarla. Parecía una exjugadora de fútbol, como así era, entre otras cosas. Emori Grant había tardado sobre una hora desde que Finn Collins la localizase en casa de su suegra, en Westchester, para que fuera a la fiesta de Zoe Monroe en el Upper East Side. Pensó en cambiarse de ropa, pero decidió no hacerlo, suponiendo que seguramente encajaría con una parte de la concurrencia. Lexa suspiró con un alivio poco habitual cuando vio a su sustituta. No se debía tanto al profundo cansancio que sentía como al hecho de ver a Clarke bailar con la misma mujer durante la última media hora mientras procuraba pasar por alto que la mano de la mujer descansaba sutilmente sobre el pecho izquierdo de Clarke.
–Lo siento, comandante –se disculpó Emori Grant cuando consiguió al fin reunirse con Lexa–. Estaba en la fiesta de cumpleaños de mi marido.
–No hacen falta disculpas, Grant. Lamento la necesidad de separarla de su familia. –Lexa esbozó una leve sonrisa y se pasó la mano por los ojos, frotándolos un instante–. Me temo que esta noche me ha cogido desprevenida. Me saca usted de un apuro.
Grant la miró, preocupada, percibió la tensión de su voz y se preguntó si se encontraría bien. Lexa Woods era una leyenda para todos los agentes de servicio por lo que había hecho aquel día ante el apartamento de Clarke Griffin, pero para su propio equipo se trataba de una heroína de carne y hueso.
–No hay problema. Ya me hago cargo, comandante.
–Sí –dijo Lexa–. Gracias.
En vez de marcharse, Lexa recorrió la habitación y salió a un pequeño balcón con barandillas de hierro que daba a Central Park. Descansó las dos manos sobre la barandilla y percibió el dolor en el costado izquierdo, en la cicatriz de veinticinco centímetros que tenía entre la cuarta y la quinta costilla. No solía molestarla o, al menos, gran parte del tiempo podía ignorarla.
–¿Fuera de servicio, comandante? –preguntó Clarke a su lado.
–Sí. Grant se ha hecho cargo. –Ambas sabían que no era estrictamente cierto. Ella nunca estaba fuera de servicio, tanto por elección como por costumbre.
–Parece que no le vendría mal dormir un poco.
Lexa, que seguía inclinada hacia delante, volvió la cabeza y vislumbró un rápido parpadeo de luz de luna que jugueteaba sobre el rostro de Clarke. La visión le llegó al corazón. Rindiéndose por un instante al dulce matiz de calor en la voz de Clarke y a la preocupación de su mirada, Lexa se relajó.
–Los asientos de avión me resultan demasiado pequeños para dormir en ellos.
Clarke permaneció junto a ella en la barandilla, lo bastante cerca para tocarla, pero procurando no hacerlo. No confiaba en sí misma lo suficiente para una cosa así. Ni siquiera sabía por qué la había seguido hasta allí, pero la noche desaparecía y allí estaban ellas, casi solas. Al día siguiente, la gente volvería a rodearlas, y Clarke no sabía cuándo tendrían de nuevo unos momentos de intimidad. No soportaba verla marchar, aún no.
–¿Y ahora qué va a pasar?
Mientras Lexa observaba cómo los faroles de abajo trazaban dibujos de luz entre las copas de los árboles, pensó en el futuro. Nunca se le había ocurrido no informar a Clarke de sus planes, aunque era contrario a las normas hacerlo. Tras muchos años de costumbre asentada, el Servicio Secreto no discutía el procedimiento con un protegido. Pero la afectada era la vida de Clarke y merecía saberlo.
–Tendremos que imponer un nivel de alerta alta. Hablaré con Marcus y con Reyes mañana. Dentro, habrá al menos dos agentes con usted en todo momento. Fuera, cuatro. Seguridad extra en los actos públicos, y ofreceremos mucha menos información sobre sus planes de viaje a la prensa.
–Todo se cerrará a mi alrededor, ¿verdad? –Clarke parecía casi tan agotada como Lexa.
–En las cosas que la afectan más directamente, sí –reconoció Lexa. Había mucho que hacer y esperaba conseguirlo sin amargar aún más a Clarke–. Lo siento.
Clarke la creía. Entender su corazón iba más allá de la mera atracción física. Lexa la entendía como no lo había hecho nadie. Lexa comprendía cómo se sentía al no estar nunca sola, al no ser libre nunca, al no tener capacidad para la acción espontánea. Lexa lo entendía, a pesar de que no podía cambiarlo.
–Lo sé. –Clarke tocó la mano de Lexa con un leve roce de dedos.
Contuvo el aliento cuando Lexa los retuvo y los acarició suavemente. La ligera presión de sus palmas deslizándose juntas resultaba más dolorosa y dulce que el cuerpo desnudo de otra mujer apretándose contra el suyo en el ardor de la lujuria. Permaneció allí, sintiendo el aire helado de la noche, con la cabeza llena de deseo, sin atreverse a hacer un movimiento, sin atreverse a romper el frágil vínculo. Por fin, Lexa suspiró y la soltó. Estaba demasiado cansada y no confiaba en sí misma estando Clarke tan cerca. Primero había necesitado tocarla. Y en aquel momento necesitaba marcharse. Lo que tenía que hacer a continuación era lo más difícil. Sólo pensarlo resultaba difícil, pero tenía que hacerlo. Entre ellas había cambiado todo de la noche a la mañana. Habían pasado cinco días de frenesí saciando la sed de todo un año y no habían decidido nada al separarse, salvo creer ambas que habría una próxima vez. Lexa creyó entonces que tendrían tiempo de resolver el problema de la notoriedad de Clarke y de su propia ética profesional, pero la reaparición de Loverboy lo había alterado todo. Cualquier relación personal pasaba a ser secundaria. Sabía que Clarke se sentía herida y furiosa, y la había visto en brazos de demasiadas amantes para ignorar lo que hacía cuando se sentía dolida. Se limitó a decir lo que tenía que decir:
–Si planea no volver a casa esta noche, por favor, dígaselo a Grant. Deje que la protejan.
Mirando al frente para no ver la despedida en los ojos de Lexa, Clarke repuso en voz baja:
–Como quiera, comandante.
Y entonces se quedó sola, con el viento azotando sus lágrimas.
