ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.
CAPÍTULO 7
–Reyes acaba de radiar su posición, comandante –dijo Marcus cuando Lexa se acercó a la estación de comunicaciones del centro de mando–. Egret se encuentra de camino al Aerie.
–Bien –respondió Lexa, mirando la hora–. Son casi las once. La informaré de los cambios de seguridad en la reunión prevista con ella a la una. Confírmele la hora de la reunión cuando ella llegue, por favor.
–Lo haré. –Marcus la observó mientras Lexa examinaba los monitores, intentando descifrar su estado de ánimo. No le había pasado desapercibido el soterrado matiz de tensión de su voz, pero lo atribuyó a la repentina precipitación de la situación de Loverboy. Al pensar en las recientes revelaciones relativas a la cobertura del grupo de trabajo del FBI, cualquiera se enfadaría ante la intromisión exterior y la infracción de su autoridad. Pero Lexa tenía el aspecto de siempre: tranquilo y controlado. «Tal vez demasiado tranquilo. La típica extraña quietud que se percibe antes de la explosión de una bomba.»
–Llámeme si me necesita antes. –Lexa se volvió para marcharse; necesitaba relajar parte de la tensión. Le dolía la cabeza horriblemente, cosa que atribuyó al sueño intermitente e inquieto. Se negó a pensar que el punzante dolor que tenía detrás de los ojos podía deberse a que aún no había dejado de preguntarse si Clarke se habría acostado con alguien la noche anterior.
–Vaya –murmuró Marcus cuando Lexa se marchaba–. Parece que hay problemas.
–¿Qué pasa? –Lexa regresó a los monitores con el corazón en un puño.
Los ojos de Lexa siguieron a los de Marcus hasta la pantalla central, que ofrecía una vista de las puertas dobles de la entrada del edificio y de la mesa del portero en un lado del vestíbulo. Wells, del turno de día, estaba comprobando la identificación de dos individuos, uno de los cuales reconoció Lexa inmediatamente.
–Ahí viene el calvario –murmuró una maldición para sí, se frotó los ojos y suspiró–. Póngase en contacto con Reyes y dígale que la quiero aquí enseguida. Luego, lleve a los visitantes a la sala de reuniones. Que alguien ocupe el lugar de usted aquí.
–Sí, señora. –Marcus observó al hombre y a la mujer que cruzaban el vestíbulo para dirigirse a los ascensores y luchó con una necesidad casi irresistible de plantarse en la puerta del centro de mando y enseñarles los dientes. La primera gran batalla de la lucha interna por el control estaba a punto de empezar.
–Ésta es la agente especial Octavia Blake –anunció Charles Pike en tono oficioso señalando a la mujer que lo acompañaba–. Se ocupará de la protección personal de Egret hasta que se diga lo contrario.
Lexa percibió que Reyes se tensaba junto a ella. Se había impuesto la contención, pero no esperaba menos de su equipo. Cuando observó a Pike, se alegró al ver que empezaba a sudar. Respondió con voz totalmente neutra.
–Agente Pike, tengo un equipo de agentes con gran experiencia. La agente Reyes se ocupa habitualmente de la protección primaria de Egret, y no necesito a nadie más.
Marcus mantuvo la boca cerrada, observando las voleas que ejecutaban sobre la mesa los dos agentes veteranos. Llevaban así media hora, desde que el agente veterano en jefe Pike se había presentado para informar a la comandante de la reorganización de la seguridad de Egret. Era evidente que Pike no tenía carta blanca del director de seguridad de Washington; si no, habría asumido el mando nada más entrar. Pero, de todas formas, estaba intentando abrirse camino hacia arriba a toda costa. La comandante se mostró fría, serena e inflexible como una roca. No cedió ni un milímetro, y Pike empezaba a resquebrajarse. Aquel tipo no estaba acostumbrado a ser implacable.
–Mire, Woods –gruñó Pike con los puños apretados sobre el montón de carpetas que tenía delante–. No puedo dirigir el grupo correctamente sin un agente dentro.
–Pues a mí me parece que hace meses que lo dirige sin ninguno –observó Lexa en tono amable. Esperaba haberlo golpeado–. Aunque, como usted bien dice, no muy correctamente.
Seguía indignada ante la arrogancia de dejar al margen al Servicio Secreto cuando Clarke se encontraba en inminente peligro. Por otro lado, necesitaba el apoyo de la inteligencia de Pike tanto como él precisaba del permiso de ella. Sin embargo, se trataba del juego de Lexa y, por tanto, de sus reglas.
–Me encantará contar con la agente Blake como enlace. Pero no puede ejercer ningún puesto en la seguridad de Egret. No está entrenada para eso, y no la conozco.
Pike se puso colorado. Junto a él, la impresionante mujer de piel color café clavó unos penetrantes ojos verdes en Lexa y una ráfaga de ira endureció su mirada. Lexa continuó, imperturbable.
–Por mi parte, espero informes diarios de cualquier novedad que puedan tener.
–¿Sugiere usted que a una agente del FBI no se le puede confiar la seguridad de la hija del Presidente? –preguntó Pike levantándose a medias de su silla e ignorando de paso el tema del espionaje compartido.
Lexa se levantó y recogió sus papeles.
–No sé cómo reaccionaría una agente del FBI si la vida de Egret estuviese en peligro. Pero sí sé cómo respondería mi gente. –Miró a Pike y continuó, sin darle importancia–: Éste no es momento de entrenamientos.
–Con respeto, comandante –dijo Octavia Blake–. Me encuentro perfectamente preparada para asumir la responsabilidad de la seguridad de Egret. Me gustaría tener la oportunidad de desempeñar mi tarea.
Lexa la estudió, impresionada por su compostura cuando resultaba evidente que la habían ofendido. Aún así, no se trataba de sentimientos personales, sino de la disposición de una persona a morir por otra. Los agentes del Servicio Secreto eran cuidadosamente seleccionados y examinados muy a fondo para determinar su disposición psicológica para sacrificarse por un individuo o, en muchos casos, por una ideología. Para bien o para mal, en eso consistía el trabajo. El FBI y el Servicio Secreto no eran intercambiables, y Lexa no rebajaría sus exigencias en aquel momento, cuando la posibilidad de un sacrificio definitivo parecía más que probable.
–Su solicitud se tiene en cuenta, agente. Sin embargo, la agente Reyes tiene prioridad en la seguridad de Egret. Si ella encuentra la forma de que usted la ayude, lo hará. Y eso es todo lo que puedo hacer por usted.
Dio la vuelta y salió, dejando a los dos agentes del Servicio Secreto y a los dos del FBI midiéndose unos a otros desde cada extremo de la extensión de la mesa de reuniones.
–Quiero un primer plano de su sistema de supervisión y un informe global de sus procedimientos tácticos –le exigió Pike a Marcus, en un intento de recobrar cierta apariencia de dominio. Si no podía conseguir lo que quería de la obstinada agente jefe, lo intentaría con otra persona.
Marcus se levantó cortésmente siguiendo el ejemplo de su comandante.
–Puedo mostrarle la estación de transmisiones y los monitores de circuito cerrado. Ahora mismo.
Marcus ignoró la mirada dura y el evidente disgusto de Pike. No pensaba ofrecer información de la situación de las cámaras de vídeo, los sensores de movimiento del edificio, los protocolos de preparación de eventuales situaciones ni de nada más sin el permiso de la comandante. Los hombres salieron, dejando que Reyes y Blake se mirasen en silencio. Reyes consideró una serie de opciones, incluyendo su favorita, que era inmovilizar a Blake en la sala de control con Marcus. Seguía resentida por haber sido objeto de una investigación interna del FBI y considerada sospechosa del tiroteo que casi había matado a su comandante. Al mismo tiempo, se debatía con su propia culpa por haber permitido que Egret se pusiese en peligro sin darse cuenta al eludir su vigilancia. Si no otros, al menos ella tenía que enmendar errores y no iba a perder la oportunidad de hacerlo. «No aceptaré interferencias del FBI.»
–No intento quitarle el trabajo –afirmó Blake, sorprendiendo a Reyes con su brusquedad–. Sólo trato de hacer el mío.
Reyes se puso colorada y deseó con todas sus fuerzas que se le diera mejor enmascarar sus emociones. Envidiaba la capacidad de la comandante para mantener todos sus sentimientos ocultos, algo que ella aún no había aprendido a hacer. Observó a la otra parte fijamente y se dio cuenta de que Blake no encajaba del todo en el modelo típico del FBI. Naturalmente, llevaba la obligada chaqueta azul marino, pantalones, una blusa azul pálida hecha a medida y el asomo de un bulto sobre la cadera izquierda, donde guardaba el arma. «Con el arma enfundada», pensó Reyes con aire ausente. Y parecía competente y confiada, pero Reyes ya contaba con eso. Con lo que no contaba era con el desafío de sus intensos ojos verdes en los que, sorprendentemente, no había malicia. Se trataba del tipo de reto que ofrecería una oponente valerosa en una lucha, no una rival deseosa de hacer daño. Reyes tampoco podía ignorar que Blake era hermosa –hermosa al estilo de las modelos de portada–, con unas mejillas elegantes y una expresión exótica que sugería el origen islandés por parte de sus antepasados. Reyes trató de no pensarlo cuando respondió:
–Mi trabajo consiste en salvaguardar a la hija del Presidente. No sé muy bien cuál sería su trabajo.
–Mi trabajo es detener a Loverboy. Como tenemos a Egret en común, sugiero que trabajemos juntas.
–Ya tengo una compañera –dijo Reyes, cuya resistencia comenzaba a tambalearse. Costaba trabajo no responder a la desafiante rectitud de Octavia Blake–. Pero hay sitio para una tercera –cedió al fin–, siempre que no interfiera con lo que yo hago.
Octavia Blake estudió a su opositora. Envidiaba a Raven Reyes. Resultaba evidente que su impresionante comandante respetaba su capacidad y la recompensaba con la responsabilidad adecuada. Ella deseaba conseguir lo mismo de Charles Pike, pero no se fiaba mucho. Debía admitir que le gustaba la forma que tenía la joven agente castaña y batalladora de inclinar la barbilla, una postura ligeramente agresiva mientras defendía su territorio. En otras circunstancias, la habría encontrado mona.
–Me parece justo. –Blake se levantó y extendió la mano desde el otro lado de la mesa–. Estoy deseando trabajar con usted, agente Reyes.
–¿Está Egret en el Aerie? –le preguntó Lexa a Jeremy Finch, un agente con gafas y rechoncho sentando ante una tarima de seis monitores que mostraban puntos estratégicos del bloque de apartamentos. Al mismo tiempo estaba viendo un vídeo en tiempo real de las doce horas anteriores, de imágenes registradas por las cámaras instaladas en cada esquina del perímetro externo. Gracias a las cintas de vídeo, Finch podía revisar en cualquier momento, y casi desde cualquier dirección que quisiese, el tráfico peatonal y rodado que circulaba por delante del edificio. A la mayoría de la gente la habría abrumado la multitud de imágenes parpadeantes, pero Finch parecía más a gusto en el ambiente electrónico que en el mundo real. Además de un agente muy sólido, era un mago de los ordenadores, y, como la vigilancia y el análisis por ordenador formaban parte rutinaria de los servicios de inteligencia, los expertos como él resultaban esenciales. Lexa sabía, por su expediente personal, que Finch había sido un hacker informático en la universidad y que había destacado por reventar uno de los códigos cifrados del Departamento de Defensa. En realidad, en vez de considerar delitos hechos semejantes, el Departamento de Defensa y muchas corporaciones civiles de alto rango los estimulaban tácitamente. Si se podía violar un código, se consideraba defectuoso, y saberlo proporcionaba una oportunidad de mejorar la seguridad. Jeremy Finch lo había conseguido, no una vez, sino dos. Y por eso se había fijado en él el servicio del Gobierno. Al parecer, había sorprendido a mucha gente por preferir el Servicio Secreto a otra Agencia Central de Inteligencia más deslumbrante. Lexa estaba encantada con él. La inteligencia humana siempre resultaba esencial, pero en su área de operaciones dependían mucho de los ordenadores, sobre todo a la hora de planear por adelantado salidas públicas de Egret. Una buena inteligencia era especialmente necesaria en lugares internacionales como París, donde la seguridad, las rutas automovilísticas, los planes de evacuación de emergencia médica y el despliegue personal tenían que gestionarse en cuestión de minutos. Sin apartar los ojos de las pantallas, Jeremy respondió:
–No, señora. Egret ha estado arriba durante un rato, y luego ha ido directamente al parque.
Lexa observó el monitor superior de la derecha que mostraba una vista panorámica de Gramercy Park y el parque privado situado al otro lado de una calle estrecha, frente al edificio de Clarke. Elevados edificios anteriores a la Primera Guerra Mundial rodeaban el cuadrado, con abundante sombra e inmaculadamente conservado, cercado por una elevada verja de hierro retorcido. No podía establecer contacto visual con Clarke, pues el follaje era demasiado denso. Sin embargo, la buscaba.
–Debe de estar ahí –dijo Lexa.
–Entendido –respondió Finch, y tomó nota en una unidad personal de algo que había visto en el vídeo y que quería revisar desde un ángulo diferente.
Lexa se daba perfecta cuenta de que Charles Pike seguía en el edificio, pero no albergaba la menor intención de convertirse en su guía turística. Tenía que trabajar, y su deber más inmediato era informar a Clarke de que tal vez hubiese varias caras nuevas en su equipo de seguridad. Por desgracia, ése era el tema menos difícil de los que debían abordar. Entró en el parque abriendo una de las verjas que permitían el acceso a los que tuviesen permiso y una llave. El parque resultaba lo suficientemente pequeño para abarcarlo con la vista. En el medio, delante de una fuentecilla, distinguió a Finn Collins, que se encontraba parado como una estatua, con todo el aspecto de contemplar el vacío. Lexa sabía, sin embargo, que no perdía de vista a Egret y que, con toda probabilidad, se volvía a intervalos regulares para mantener la vigilancia sobre todo el cuadrado. No había forma de que un agente del Servicio Secreto pasase desapercibido y, en determinadas circunstancias, la invisibilidad tampoco era deseable. La presencia visible de un guardaespaldas resultaba suficiente para disuadir a la gente que quería aproximarse. Por otro lado, Clarke, como la mayoría de las personas de su posición, no quería, comprensiblemente, que cada momento de su vida fuese vigilado. Debido a eso, los agentes del Servicio Secreto estaban entrenados para mantener una línea muy fina entre la realización de su trabajo y la interferencia en el estilo de vida de los que protegían. Lexa hizo un breve gesto a Collins, que la reconoció con un movimiento de cabeza casi imperceptible. Pasó por delante de él por un pequeño sendero de gravilla flanqueado a discretos intervalos por bancos de hierro y madera hasta que llegó a uno de los rincones más aislados e idílicos del parque. Un conjunto de arbustos y flores creaba una barrera natural que ofrecía intimidad. Luz solar en abundancia se filtraba a través de las ramas superiores y realzaba a Clarke con su resplandor pálido y tembloroso. Lexa, que aminoró el paso al acercarse, se dijo a sí misma que no quería asustarla. En realidad, sólo quería unos cuantos segundos para observarla sin que ella se diera cuenta. Clarke se hallaba inclinada sobre un bloc de dibujo, con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Llevaba el pelo suelto, una leonada avalancha de rizos que casi le llegaban a los hombros. Lexa conocía el tacto de aquellos mechones, seda flotante entre sus manos cuando la besaba. Clarke vestía una camiseta sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos, musculados tras horas en el gimnasio y bronceados por el sol. Era impresionante en cualquier momento, admirable en cualquier postura, pero nunca tanto como cuando se encontraba absorta en el trabajo. Los únicos momentos, excepto después de hacer el amor, en que Lexa la había visto en paz.
–Señorita Griffin –dijo Lexa en voz baja.
Clarke apartó el pelo de la cara con una mano y levantó la vista. La luz del sol quedaba detrás de Lexa y dejaba su rostro en la sombra.
–Buenas tardes, comandante.
–¿La molesto?
–No. –Clarke señaló el banco, a su lado.
Lexa se sentó, reprimiendo un suspiro cuando se reclinó, reconfortada por la presencia de Clarke tanto como por el sol de la tarde.
–¿Quería hablar conmigo? –Clarke sabía que sonaba rígida y formal, pero no podía evitarlo. Resultaba demasiado duro estar cerca y fingir que no había nada entre ellas. Y aún más duro darse cuenta de que Lexa estaba cansada. Seguía enfadada con ella (enfadada y dolida), pero, al mirarla en aquel momento, lo único que deseaba era arrastrarla hacia su hombro y acariciarla. Apartó la imagen con irritación. Si Lexa hubiera necesitado consuelo, nunca habría hecho semejante cosa para las dos. Clarke no había buscado aquel dolor casi paralizante que no cedía a menos que Lexa estuviese cerca. No lo quería, no con otra persona. Incluso después de acostarse juntas, desde que se había abandonado a la esperanza, estar cerca de aquella mujer se había convertido en algo muy parecido al dolor constante.
–¿Más buenas noticias? –preguntó en tono sarcástico.
–El FBI ha hecho su aparición oficial esta mañana. –Lexa observó el juego de la luz a través de las hojas de los árboles que las cubrían. Clarke se hallaba a unos centímetros de ella, pero sentía como si la piel de la joven tocase todo su cuerpo. Sabía que se trataba sólo de recuerdos viscerales, pero la sensación era tan aguda que le hervía la sangre. ¿Llegaría el momento en que pudiesen estar juntas sin experimentar nada? ¿Quería que aquellos sentimientos muriesen?
–Supongo que no está encantada –comentó Clarke ante la extraña rigidez de Lexa.
–Eso se considera información clasificada, señorita Griffin. Según varios números de las secciones del manual, las observaciones personales sobre materia interna no se pueden compartir, sobre todo con civiles. –Lexa sabía que sonaba glacial.
No podía pensar, sin que la furia la dominase, en las semanas que Clarke había sido un blanco potencial y ninguno de ellos se había enterado. Ofreció un asomo de sonrisa para compensar, pero Clarke no lo percibió.
–Ya, ambas sabemos lo mucho que aprecia usted el manual –repuso en tono cortante–. Entonces, ¿por qué me lo cuenta?
Lexa no se molestó en protestar. ¿Cómo iba a hacerlo? Había elegido el deber por encima de los deseos de Clarke y carecía de defensa. Habitualmente, no discutía cuestiones de protocolo con alguien a quien protegía, pero Clarke y ella habían sobrepasado con mucho los límites de la conducta profesional aceptable, y era ridículo empeñarse en ceremonias en aquel momento. Ya le costaba no tocarla. Constituía un calvario para ella y aprendería a soportarlo. No pensaba colocar a Clarke en una posición de desventaja porque eso sobrepasaría sus propios límites.
–Creí que debía saberlo.
–¿Por qué?
–Al menos uno de ellos trabajará con nuestro equipo en contacto directo con usted. Supongo que también añadirán su propio coche.
–No me parece demasiado sutil, ¿verdad? –preguntó Clarke con toda la intención–. Si voy por ahí con un desfile detrás, dará la impresión de que me afecta muchísimo lo que él dice.
–Dará la impresión de que está usted bien protegida y no es un blanco fácil –se apresuró a responder Lexa.
Clarke apartó la vista y pensó que ojalá pudiera estar allí sentada sin nada más en la mente que el sonido sexy de la voz profunda de Lexa y disfrutar del deseo que le provocaba encontrarse junto a ella. Y suspiró.
–Supongo que en realidad no importa. Uno más aquí o allí no cambia nada.
–Han estado vigilando durante varios meses y, en realidad, no me importaría aprovecharme de su capacidad para recoger información. Tienen acceso a bases de datos mucho más grandes que las nuestras y, en este aspecto, cogeré todo lo que pueda.
Clarke dibujaba sin objeto mientras hablaban, procurando absorber las palabras sin dejar que le llegasen al fondo. No podía vivir aterrorizada todos los días.
–¿Cree que es serio?
Una pregunta que había evitado hacer durante meses. Lexa era la única a la que se atrevía a preguntar porque, a pesar de todo, era la única en la que confiaba a la hora de mostrarse asustada.
–No lo sé. –Lexa observó cómo las manos de Clarke se movían con gracia y absoluta certeza sobre la superficie de papel y deseó tocarla, sólo para consolarla. Le temblaban las manos de tanto como lo deseaba. El sentimiento era insoportablemente fuerte y apretó las palmas contra los muslos–. Debo suponer que sí.
Clarke asintió, sin hablar. «No puedo hacer nada al respecto ante el lunático que me envía mensajes, el FBI que me sigue los pasos y la determinación de Lexa de realizar la misión que le ha ordenado mi padre.» La impotencia la hacía sentirse incómoda, sobre todo porque había luchado toda su vida por algo parecido a la independencia. Por el momento, sin embargo, no veía otra salida.
–De acuerdo. Puedo vivir con eso... si puede usted.
Lexa se rió con ganas. Había un matiz de ironía en su voz cuando respondió:
–Tenemos algo en común, señorita Griffin. A ninguna de las dos nos han dejado elegir.
El dibujo tomaba forma en el cuaderno. Lexa lo miró, sorprendida al ver su propio rostro. Estudió la imagen, impresionada por la expresión tenaz y reservada, y se preguntó si eso era todo lo que Clarke veía en ella. Supo la respuesta cuando las hábiles manos de Clarke dibujaron sus ojos y capturaron las sombras de su alma.
–Clarke –dijo Lexa con ternura.
A Clarke le tembló la mano sobre el papel ante la suave intimidad del tono de Lexa. La forma en que ésta hablaba, los sutiles cambios que revelaba, le rompían el corazón. En un determinado momento la agente se mostraba profesional, independiente y tan impersonal como cualquiera de los numerosos individuos que la habían protegido. Y, de pronto, pronunciaba el nombre de Clarke con todo el sentimiento que se podía esperar oír de boca de otro ser humano. Era todo lo que quería y todo lo que temía. Clarke no levantó los ojos, sino que continuó dibujando los pronunciados rasgos y la mirada salvaje, incapaz de mirar a la mujer, pues sabía que si lo hacía tendría que tocarla.
–¿Sí?
Lexa suspiró a fondo y deseó que no hubiera preguntado.
–Me gustaría que reconsiderara la carrera del domingo y que no fuera.
Clarke se puso tensa y dejó de mover el lápiz.
–Tengo que ir. Soy la principal oradora.
–¿Le importaría llegar sólo al discurso y no a la carrera?
Clarke dejó a un lado el bloc de dibujo y se volvió en el banco hasta que tuvo enfrente a Lexa. Por primera vez la miró directamente a la cara, a los ojos.
–Se trata de un acontecimiento más que político, personal.
Lexa asintió, pues entendía demasiado bien. El domingo se celebraba la carrera anual de la curación, destinada a recaudar fondos para el tratamiento del cáncer de mama. La madre de Lexa había muerto de esa enfermedad cuando Clarke tenía nueve años. Lexa comprendía lo que significaba perder a un padre.
–Le pido, le recomiendo encarecidamente, que no participe en la carrera.
–¿Por qué me pide eso? –Clarke sabía que Lexa no podía ordenarle que no corriese.
Lexa dudó antes de responder. Su trabajo consistía no sólo en proteger físicamente a Clarke, sino también en darle cierta apariencia de normalidad, por muy irónico que pareciese al verlo superficialmente. No quería preocuparla sin necesidad. Para eso le pagaban a ella, por preocuparse. No quería decirle que el acontecimiento sería una pesadilla de seguridad, que incluso coordinándose con la policía de Nueva York y la policía de tráfico y colocando agentes junto a Clarke en la ruta de la carrera, Clarke no se hallaría segura. En cualquier circunstancia, la carrera habría sido difícil. Pero en aquel momento, con la amenaza que suponía Loverboy, la seguridad resultaba casi imposible. «Tal vez pudiese dirigirme al director del Servicio Secreto y solicitarle que se pusiese en contacto con el director de seguridad del Presidente, cerrar el cerco en torno a Clarke y que alguien de más arriba le prohibiese correr.» Pero Lexa sabía muy bien que si ordenaban a Clarke que no participase en algo, mucho más en algo tan importante para ella como aquello, se podía contar con que haría exactamente lo contrario y, probablemente, perdería toda esperanza de cooperación posterior. Rehuyó la respuesta directa y optó por un matiz de frivolidad.
–No sé si podré correr veinticinco kilómetros.
–Tengo que hacerlo –afirmó Clarke sin alterarse–. Además, la he visto correr, comandante. Puede cubrir esa distancia perfectamente. No me pasará nada. –No pudo evitar añadir–: Y disfrutaré de su compañía.
Lexa se quedó callada un momento, considerando las opciones. Aquélla era la razón de que las relaciones personales no se alentasen. No podía pensar con claridad porque le importaban las decisiones que pudiese tomar Clarke. Temía que le importasen más los sentimientos de Clarke que su seguridad, y ese compromiso minaba su posición y su autoridad. Lo peor de todo, nublaba su juicio. Maldijo para sí y consintió.
–Confío en que Reyes también pueda hacerlo, porque tendremos que ir las dos con usted.
–Gracias –susurró Clarke, que sabía que Lexa había cedido en contra de su propio criterio, y le rozó la mano en un gesto de agradecimiento–. Todo saldrá bien –aseguró, deseando que fuese cierto.
