ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 8

Lexa sabía que debía irse. Clarke había buscado intimidad y paz en un rincón tranquilo de su minúsculo santuario, y ella había llevado el peligro y la incertidumbre hasta allí. Por primera vez en su vida, le pesaba su trabajo.

–Siento haber sacado el tema –dijo para sorpresa de ambas–. Debería dejarla trabajar.

–No tiene por qué sentirlo y no hace falta que se marche.

Antes de que a Lexa se le ocurriese decir nada, sonó su audífono. Volvió la cabeza ligeramente para escuchar. Se puso seria, pero su voz no acusó inflexiones mientras hablaba al minúsculo micrófono que llevaba en la muñeca.

–Que venga. –Volviéndose hacia Clarke, explicó–: Parece que tenemos compañía.

Clarke miró a un hombre alto que se dirigía hacia ellas a través del parquecillo.

–Supongo que debe de ser del FBI –comentó con una expresión de ligera repugnancia en el rostro. A pesar de la situación, Lexa se rió.

–Muy observadora, señorita Griffin. Tal vez debiera pensar en una futura carrera en el servicio de inteligencia.

–Créame, comandante, a estas alturas puedo reconocer cualquier rama de sus estimadas agencias de inteligencia por el corte del traje de un agente y la arrogancia de su paso. –Clarke sonrió ligeramente, pero no había alegría en sus ojos–. Al menos el Servicio Secreto siempre ha sido educado.

–Señorita Griffin. –El hombre corpulento ignoró a Lexa a propósito–. Soy el agente especial en jefe Charles Pike, de la Oficina Federal de Investigación. Quería conocerla en persona, pues voy a encabezar su equipo de seguridad hasta que detengamos al sujeto no identificado.

Clarke observó que Lexa se ponía rígida a su lado y dijo con gran frialdad:

–Señor Pike, de mi seguridad se encarga la comandante Woods. Si tiene que comunicarme algo en ese aspecto, le sugiero que lo haga por mediación de ella. No tolero más de una reunión diaria.

Recogió su bloc de dibujo y sus lápices y se levantó bruscamente, obligando a Pike a retroceder. Clarke miró a Lexa, cuya expresión era más indescifrable que la de Pike, pero vio un asomo de regocijo en su mirada. Sonrió a Lexa con dulzura y se volvió para marcharse.

–Les dejo que se repartan el territorio entre los dos.

Charles Pike giró en redondo y vio cómo la hija del Presidente se alejaba. En su mandíbula sobresalió un músculo cuando hizo rechinar los dientes. Luego se enfrentó a Lexa, con la furia teñida de desprecio y condescendencia.

–No sabe lo que es bueno para ella. Supongo que usted cree que sí.

Lexa se levantó y ambos quedaron frente a frente.

–No pretendo saber lo que es bueno para la señorita Griffin, pero le advierto una cosa: sé muy bien lo que es bueno para su seguridad. También le indico que si tiene sugerencias o recomendaciones sobre el particular, me las comunique a mí. Ésa es la cadena de mando y le ruego que la siga.

El hombre dio un paso adelante, tratando de hacerla retroceder sin éxito. Sus pechos casi se tocaban.

–Escuche, Woods –gruñó con el rostro lívido–. Se ha interpuesto en mi camino en este asunto, y podría haber algunas filtraciones a los medios sobre lo que le gusta hacer en sus horas libres y con quién.

–Ya hemos recorrido ese camino antes, Pike –respondió Lexa sin apartar la vista–. Está perdiendo el tiempo.

–Los directores de Washington tal vez no piensen eso si sus actividades afectan a la hija del Presidente.

–Pike, es usted realmente tonto si cree que puede meter en cintura a Clarke Griffin. –Le sonrió con una sonrisa fina, fría y dura como el granito–. Se lo comerá.

Ignorando su bravuconería, Lexa lo rodeó y salió del parque por el camino por el que había entrado. Miró la calle y supuso que Clarke se encontraría segura en su apartamento. Se le pasó por la cabeza ir tras ella, pero se detuvo cuando reconoció el motivo. Ya la echaba de menos.

Nueve pisos más arriba, Clarke se apoyó en el marco de la ventana y contempló a Lexa Woods. Su jefa de seguridad se encontraba junto a las verjas del parque con las manos en los bolsillos y un hombro apoyado en el pilar de piedra que señalaba la entrada del parque. Charles Pike salió como una exhalación por la verja y pasó sin decirle una palabra. «Parece muy cansada.» Clarke se imaginaba lo difícil que debía de ser para Lexa soportar la presencia del FBI. Había estado rodeada de política toda su vida y sabía de las tremendas luchas de poder entre agencias, principalmente de interés personal. Muchas veces, en su afán por mejorar su propia situación, los agentes perdían de vista su objetivo. No tenía la menor duda de que a Charles Pike le importaba mucho menos su seguridad personal que el deseo de detener a Loverboy. No era tan tonta como para pensar que a él le importaba ella, y a Clarke eso le traía sin cuidado. Clarke sabía, más aún, sentía, que Lexa sí se interesaba por ella. Había percibido ese interés la primera vez que Lexa entró en el loft y dejó muy claro que haría su trabajo procurando que a Clarke le resultase llevadero. Sin la menor duda lo había visto claro, con horribles matices, el día que Lexa se puso delante y estuvo a punto de morir por culpa de una bala que le habían disparado a ella. No quería que Lexa se pusiese delante de ella por ningún motivo y, desde luego, menos aún por un motivo que pudiese costarle la vida. «Dios, no quiero que vuelva a suceder. ¿Por qué no le dijiste que no a mi padre?» Se preguntó lo mismo cien veces, pero sabía la respuesta. Lexa no había aceptado el destino sólo porque se lo hubiese pedido el Presidente de los Estados Unidos: lo había aceptado porque era su trabajo. Así era ella. Una parte de Clarke lo respetaba. Una parte incluso lo comprendía. Pero saberlo y comprenderlo no cambiaba sus sentimientos. Le fastidiaba necesitar protección, aunque había llegado a reconciliarse con eso. No la quería ni la necesitaba de Lexa Woods. Lo que deseaba de ella era una cosa a la que había renunciado o que, simplemente, ya no esperaba de otro ser humano. Lexa llegaba hasta un lugar profundo de su ser que otras ni siquiera sabían que existía, y eso era lo que necesitaba desesperadamente. Lexa no le decía que aceptase las circunstancias o agradeciese sus privilegios, como muchos antes. Se mostraba completamente ajena al estatus de Clarke, un bienvenido respiro después de las solícitas atenciones de tantos otros. Y, lo más importante, Lexa comprendía su rabia y perdonaba su furia. Clarke observó cómo Lexa doblaba la esquina de su propio edificio y, tras unos momentos, se volvió hacia el loft vacío. Ver a Lexa y estar tan cerca de ella como en los instantes anteriores la había desasosegado y puesto con los nervios de punta a causa de la pulsión del deseo. Siempre sucedía lo mismo cuando se encontraban juntas. Clarke no quería sentirlo ni quería pensar en ello. Su mirada se posó sobre un gran óleo y lo miró con ojo crítico desde el otro extremo de la habitación. Al principio no reparó en los detalles, sino más bien en la configuración, en el sentido del mismo. Más que verlo, lo sintió. Lentamente, al cabo de uno o dos minutos, centró su atención en los elementos de la pintura: los colores, el contraste y el movimiento del ojo sobre las imágenes. Fue avanzando desde la ventana hasta ponerse delante de su trabajo mientras se planteaba qué debía hacer con él y, entonces, notó la mente clara y el corazón libre durante un rato.

Lexa se alegró de no haber seguido a Clarke. Resultaba mucho más seguro correr, más seguro que ver de nuevo a Clarke tan pronto. Ocurría lo mismo desde que la había conocido: siempre percibía la rebelión de su cuerpo frente al sentido común. En aquel momento se daba cuenta, lo palpaba en la temblorosa tensión que le bajaba por los tendones, los músculos y los nervios de las piernas y que se retorcía en su interior como una fiera hambrienta. Sabía que se trataba de aquello; lo había sentido durante meses antes de acabar por ceder. Estar con Clarke no había borrado la urgencia, tocarla no había reducido el ansia, hacer el amor con ella no había apagado el deseo. Sentía la piel caliente de Clarke debajo de sus manos y su dura vibración entre sus labios. Aún podía saborearla. Había otras formas de afrontar las exigencias del cuerpo, formas seguras, simples y sin ataduras, agradables, mutuamente satisfactorias y emocionalmente estables. Se acordó de la nota de Claire, la que le dejó después de la última noche que habían pasado juntas: «Si alguna vez necesitas... algo, llámame. C.». Lexa tiró la chaqueta sobre la cama, se desprendió de la pistolera y comenzó a desabrocharse la camisa.

–Sí, claro –murmuró, se quedó en ropa interior y sacó unos shorts y una camiseta de un cajón–. Fácil.

Ya no confiaba en que las expertas atenciones de Claire saciasen su hambre. Con todo, el deseo físico era algo que podía solventar de una u otra manera. Pero aquello rebasaba el deseo y ahí radicaba el problema. La atormentaba el dolor de su corazón. Clarke no sólo la excitaba, sino que la despertaba. Todas las emociones cuidadosamente aplacadas revivían con furor cuando pensaba en ella. La voluntad tenaz de Clarke removía sus sentidos de la misma forma que su ternura, invisible para los demás, la consolaba. Clarke la volvía casi loca de frustración, pero la sosegaba con el más leve roce. «Me destruye con una sonrisa. Dios, ¡cuánto la echo de menos!» Salió del edificio y corrió por la acera, desesperada por no pensar. Sólo necesitaba unas semanas para calcular la seriedad de la amenaza de Clarke. Cuando hubiese accedido a todos los servicios de inteligencia disponibles, confiaría a Marcus la seguridad del día a día. Tal vez entonces pudiesen hablar las dos; tal vez entonces pudiesen... «¿Qué? ¿Qué podríamos hacer? ¿Liarnos delante de las narices de Pike? ¿Arriesgar la intimidad de Clarke y la imagen pública del Presidente con un lío amoroso clandestino que los medios convertirían en titulares sensacionalistas? Perfecto. Excelente idea, Woods.» Corrió junto al East River, sin reparar apenas en lo que la rodeaba. Sólo podía pensar en la mirada de Clarke cuando la había informado de que iba a volver a encargarse de su equipo de seguridad. «Le hice daño.» Saber que le había hecho daño, verlo en su rostro, resultaba más insoportable que todo lo demás. Incluso más que la muerte de Costia, porque entonces, durante meses, había estado paralizada. Afortunadamente paralizada, con la frialdad de la insensibilidad, la estupidez y la culpa. Tenía que haberse enterado del ataque aquella mañana. Su trabajo consistía en hacer esas cosas y su

responsabilidad, en saberlas. Pero ella no formaba parte del plan. A pesar de que su equipo y ella habían investigado la misma facción escindida de traficantes de cocaína que las otras agencias, el Departamento Antidroga había organizado el escenario esa mañana. El de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego y el Servicio Secreto sólo habían recibido información de una maniobra inminente en el último minuto. Por una interrupción muy habitual de las líneas de comunicación a la hora de ejecutar las leyes locales y federales, nadie se había dado cuenta hasta demasiado tarde de que la policía metropolitana de Washington tenía una agente de narcóticos encubierta dentro del almacén donde se iba a celebrar el intercambio de dinero falso por un gran cargamento de drogas. Costia se encontraba en el lugar cuando comenzó el asalto. La operación sorpresa había salido mal casi desde el principio. Un vigía con el que nadie contaba vio los coches blindados y se lo comunicó por radio a los colombianos del edificio en el que se llevaba a cabo la transacción. Los hombres que estaban dentro iban fuertemente armados y preparados para defenderse. Los disparos empezaron cuando los arietes echaron abajo las amplias puertas dobles. Costia se encontraba en medio de la línea de fuego. Lexa entró detrás del primer grupo de oficiales tácticos. El olor de la cordita impregnaba el aire, lleno de gritos: órdenes, maldiciones, gemidos de agonía. Costia recibió una de las primeras balas y cayó antes de que Lexa se abriese camino sobre los restos astillados de las puertas reforzadas. Cuando llegó hasta ella, Costia estaba casi muerta. Lexa la sostuvo, pronunció su nombre y le rogó que aguantase. Nunca sabría cómo interpretar la mirada de Costia durante aquellos escasos segundos, mientras la luz de sus ojos se extinguía lentamente. No podía dejar de pensar que era una acusación. «Si lo era, me la merecía.» Corrió por Central Park con el sudor sobre el rostro, ajena a los calambres que empezaba a notar en los muslos o al ligero dolor detrás de los ojos. «Debía haberlo sabido. Tenía que haberla protegido.»