ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 9

A las siete de la mañana del domingo, Lexa esperaba en el vestíbulo del apartamento de Clarke con Reyes y Blake. Había enviado a Marcus por delante para que coordinase los detalles en Prospect Park y avisase a los jefes de los equipos de seguridad municipal de que quería verlos personalmente antes del inicio de la carrera. El Departamento de Tráfico de la ciudad de Nueva York iba a estacionar escuadrones de oficiales en el metro, el Departamento de Policía de Nueva York se ocuparía de la seguridad en la ruta de la carrera, y el equipo del alcalde estaría en la tarima de oradores desde donde él, Clarke y otros se dirigirían al público al término de lacarrera. Para el Servicio Secreto era un procedimiento operativo corriente coordinar todas las fuerzas de seguridad cuando un protegido de alto rango hacía una aparición pública. Lexa repasaba los detalles mentalmente cuando la puerta del ascensor se abrió y Clarke salió al vestíbulo. Iba vestida para la carrera casi igual que Lexa: una ligera cazadora de nylon sobre una camiseta, pantalones de correr y zapatos deportivos. Se había recogido el pelo, como solía hacer en sus apariciones públicas, sustituyendo el habitual broche de oro por una cinta oscura. El ligero maquillaje resultaba superfluo en un rostro nacido para las cámaras. Incluso su actitud parecía distinta: caminaba rápido, con decisión y sin mirar apenas a su alrededor. También ella tenía que desempeñar un trabajo, el que llevaba haciendo quince años desde que faltaba su madre. Era la reina de la dinastía de su padre y solía acompañarlo en acontecimientos de Estado o representarlo cuando las circunstancias sociales lo exigían. Aquel día se presentaba como hija del Presidente y, aunque el papel no siempre le resultaba cómodo, lo conocía bien. Cuando vio a Lexa, dudó un instante. Ambas se sonrieron, olvidando durante un momento que había otras personas con ellas. Fue una de esas reacciones automáticas que ninguna de las dos podía evitar, aquella breve punzada de agradable reconocimiento que rebasaba la voluntad o el sentido común. Sus sonrisas desaparecieron enseguida y se saludaron en tono formal.

–Buenos días, señorita Griffin –dijo Lexa, y se puso a su lado, mientras Reyes y Blake ocupaban el lado contrario.

–Comandante. –Clarke hizo un breve gesto y se dirigió hacia la puerta principal sin interrumpir el paso. Reyes mantuvo la puerta abierta por rutina, y Lexa se adelantó un poco, colocándose a la derecha de Clarke. Lexa dudó un instante en la acera mientras miraba la calle arriba y abajo, y luego el parque, como había hecho el día del disparo. Una duda tan sutil que nadie, excepto otro agente, habría notado. Nadie, excepto Clarke. La joven siempre se fijaba en la posición de Lexa entre ella y una amenaza potencial, incluso cuando se limitaban a cruzar la acera juntas. En aquel lugar en particular nunca dejaría de sentir la involuntaria quemazón en el estómago. Lexa se dio cuenta de la tensión de Clarke y murmuró en una voz muy baja que nadie más podía oír:

–Se trata sólo del procedimiento. Procura ignorarlo.

–Ya me gustaría –repuso Clarke en el mismo tono cuando cruzaban la acera en dirección a la limusina negra–. Sería mucho más fácil si pudiese, pero no puedo.

Reyes y Blake fueron hacia el Suburban situado en cabeza para dirigir la caravana. Lexa abrió la puerta del segundo coche para que Clarke entrase, y luego se deslizó tras ella. Detrás iba un vehículo del FBI y, cuando el convoy arrancó, Clarke anunció en tono oficial:

–Me reuniré con algunas personas cuando lleguemos.

Lexa la miró con cautela, un tanto sorprendida de que le diese la información voluntariamente y, a la vez, un poco molesta por no haber sido informada antes. A Clarke no se le exigía que le contase todo a su equipo de seguridad, por supuesto, pero siempre resultaba útil conocer de antemano la mayor cantidad posible de datos. Sin embargo, agradeció aquella pequeña mejora de la comunicación.

–¿La acompañarán durante la carrera?

Clarke asintió, observando cómo se deslizaba la ciudad a través de los cristales ahumados de la limusina.

–Sí. He invitado a Zoe y a otra amiga.

«No hay detalles. Y no indagaré.» No obstante, Lexa se preguntó si iba a pasarse otro día viendo cómo la innegablemente atractiva doctora Coleman perseguía a Clarke. «Aceptaste el puesto y sabías lo que implicaba», se recordó a sí misma. Pero ni siquiera podía imaginar lo difícil que sería ni había pensado que a las dos les costase tanto hablar. La falta de intimidad no ayudaba, pero había más cosas. Debía reconocer que en parte se trataba de orgullo, en parte de dolor, y en gran medida de una vida de defensas por ambos lados, que se alzaban entre las dos.

–Apuntado. Blake, Reyes y yo estaremos con ustedes en la ruta.

–Formaremos un grupo –murmuró Clarke apartando la vista de la ventana para mirar la cara de Lexa, una cara que nunca se cansaba de observar. Sólo verla la hacía vibrar por dentro, sintiendo algo rápido, punzante y caliente: una mezcla de deseo, añoranza e, inesperadamente, ternura. No encontraba explicación pero, a pesar de todo, le gustaba aquella sensación.

–La agente especial Blake es toda una belleza –añadió Clarke en tono irónico.

Lexa enarcó una ceja, pero decidió no comentar nada. Octavia Blake era, sin duda, una mujer atractiva, si se paraba a pensarlo. No se le había ocurrido antes. En realidad, no le había prestado mucha atención: sólo había pensado qué hacer con ella. Blake se encontraba bajo su mando circunstancialmente, pero aun así bajo su mando, y no podía verla desde otra perspectiva. Cuando se fijó en la apariencia de Blake, se limitó a constatar su fotogénica belleza, que casi palidecía al compararla con Clarke. En la belleza de Clarke sobresalía el fuego de la pasión, su carácter y su absoluta resistencia a ceder. Era hermosa de una forma tan primaria que, cuando estaba cerca, a Lexa le ardía la piel.

–¿Qué? –preguntó Clarke en voz baja.

–¿Cómo? –Lexa parpadeó, sorprendida.

–Está sonriendo –afirmó Clarke en tono ligero–. Pensando en Blake, ¿verdad?

–Pues no –repuso Lexa sin contenerse–. Pensaba en usted.

En el estrecho espacio de la limusina que ocupaban, sentadas una frente a otra, sus piernas casi se tocaron y los ojos de Clarke se tiñeron de color índigo.

–Debería hacerlo más veces –dijo con una voz gutural alterada por la invitación.

Lexa sostuvo su mirada, cautivada por el calor de aquellos ojos. Durante un momento se olvidó de todo lo demás y replicó, ronca:

–No, señorita Griffin, no debería. Me distrae demasiado.

–Bueno, comandante –dijo Clarke muy despacio y en voz baja, mirando los rápidos latidos del cuello de Lexa–. Me gusta cuando está distraída. En realidad, así me gusta muchísimo... ¿O ya se ha olvidado?

«No, no me he olvidado.»

–Me estás distrayendo –se quejó Lexa con aire juguetón mientras trataba de leer el periódico.

–Me gustas cuando estás distraída –respondió Clarke, acariciando el suave tejido de algodón de los pantalones de chándal de Lexa–. La verdad es que me gusta distraerte.

Se encontraban en el apartamento de Zoe, tumbadas en el sofá, a última hora de la tarde. Al fin habían conseguido ducharse y vestirse, cosa que no habían logrado durante las dieciocho primeras horas que pasaron juntas. Cada vez que iban a ducharse, una u otra iniciaban algo y acababan ambas en la cama. El hambre las obligó a levantarse, y Lexa fue hasta una tienda de comestibles cercana para comprar sándwiches, periódicos y algo de beber.

–¿Qué imaginas que creen que hago aquí? –se preguntó Clarke mientras sus dedos seguían la costura del interior del muslo de Lexa.

Lexa suspiró con gran parte de la atención centrada en la leve presión de los dedos de Clarke, que recorrían rítmicamente de arriba abajo la misma tenue línea. Se recostó en los cojines y sus músculos se contrajeron ligeramente ante el contacto de Clarke.

–Se supone que no deben de pensar nada en absoluto. –Se le quebró la voz cuando Clarke la acarició más cerca de la fuente de calor situada entre sus piernas.

–Tal vez se suponga, pero son humanos, ¿o no?

Clarke levantó el borde de la camisa de Lexa y acarició en círculos el estómago de la agente, recorriendo con un dedo el centro de su cuerpo.

–Me he corrido tantas veces en las últimas veinticuatro horas que no creí que nada pudiese excitarme –comentó asombrada–. Pero, Dios, tú sí. –Puso la palma de la mano sobre el triángulo que había entre los muslos de Lexa, haciéndola saltar, y luego volvió a moverla sobre el estómago–. ¿Hablabas de discreción?

Lexa respondió con voz grave, teñida por la urgencia del deseo creciente.

–Sus trabajos dependen de eso. Pero la cosa va más allá... –Sabía que se le estaba acelerando la respiración y que hablaba con frases entrecortadas; de nuevo estaba mojada y dura con el hervor de la sangre y la necesidad. Tomó aliento desesperadamente–. Lo creas o no, nos damos cuenta de que cometemos una violación. Lo menos que podemos hacer es no especular acerca de lo que observamos.

Bajó la vista, vio los dedos de Clarke moverse debajo de su camiseta y se admiró de la facilidad con que Clarke conseguía encender cada terminación nerviosa con una caricia. No tenía nada que decir al respecto. Parecía como si su cuerpo sucumbiera al contacto de Clarke, doblando su voluntad como un árbol vencido por el viento–. Clarke –advirtió con voz ronca, preguntándose si ésta tenía idea de lo que estaba haciéndole.

–Tienes un cuerpo increíble –observó Clarke con toda tranquilidad, acariciando el tórax de Lexa y rozándole con la palma el pecho, mientras sonreía al comprobar que los pezones de Lexa se endurecían rápidamente. Ésta gimió y la buscó y, en ese momento, Clarke se apartó–. Creo que deberías leer el periódico y no hacerme caso –dijo con una expresión muy seria.

–Estás de broma. –A Lexa se le desorbitaron los ojos y frotó los brazos de Clarke con sus manos. Sentía la piel ardiendo–. No creo que pueda concentrarme.

–Inténtalo –sugirió Clarke con un matiz de mando en la voz–. ¿Por qué no lees los titulares en alto? No estaría mal un resumen de los acontecimientos del día. A ver si sirves para algo.

–Para que lo sepas –repuso Lexa en tono amenazante–, me han entrenado para resistir la tortura.

Clarke estalló en carcajadas, aflojó los nudos de los pantalones de Lexa y se deslizó hasta el suelo para arrodillarse entre las piernas de Lexa.

–¿De verdad? Muy bien, comandante, hagamos entonces la prueba. Adelante, lee.

–Ay, vamos a ver. –Las páginas del New York Times temblaban en su mano derecha, como sus dedos–. Uf... las acciones de las empresas punto-com suben al fin. –Jadeó cuando Clarke tiró de la piel de su abdomen inferior con los dientes–. Dios...

–Te escucho –murmuró Clarke con los ojos casi cerrados. Lamió el punto rojo que acababa de morder y bajó el tejido de algodón sobre las caderas de Lexa. Luego apretó las manos contra el interior de las piernas de Lexa, acercando los pulgares al clítoris visiblemente hinchado. Lexa arqueó las caderas y gimió otra vez. –No hasta que me entere de los resultados deportivos –susurró Clarke, se inclinó hacia delante y besó la suave piel de la parte superior del muslo de Lexa–. ¿Como van los Yankees?

–Clarke, venga –resolló Lexa, y dejó el periódico a un lado–. No puedo... leer. No puedo hablar... Apenas puedo respirar.

Cuando el pulgar de Clarke rozó ligeramente el clítoris de Lexa, ésta se reclinó en el sofá con el cuello doblado y las manos apretadas a ambos lados. Tras otra caricia falsa, profirió un sonido estrangulado. Buscó la cara de Clarke con una mano, le revolvió el pelo con los dedos y la acercó más.

–Estoy lista... Vuelve a hacerlo... Divulgar... Ah sí, ahí mismo... secretos de Estado. –La necesidad quebró su voz–. Chúpame.

Clarke se apartó otro segundo, aunque le costó lo suyo. Estaba temblando.

–Dios –susurró–. Quiero saborearte.

Cuando los labios de Clarke la rodearon al fin, Lexa dio un salto y sus dedos se enredaron en los cabellos de Clarke. Apretó la mandíbula para ahogar un gemido y procuró no pensar en nada más que en las oleadas de placer que recorrían sus piernas, subían por la columna y atravesaban sus entrañas. Quería que nunca acabase. Con premeditación empujó el cuerpo contra la boca de Clarke, sin darse cuenta de que podía hacerle daño, pero procurando no apretar con demasiada fuerza. No podía parar, no le llegaba el aire, no era capaz de contenerse.

–Clarke... –gritó levantándose del sofá cuando sus piernas se tensaron, dominada por la furia del orgasmo que se agitaba en su interior. Antes de recuperarse, Clarke se encontraba en sus brazos, a horcajadas sobre su muslo, balanceándose encima de su pierna con la cara hundida en su cuello.

–Me pones tan caliente... –gimió Clarke, agarrando a Lexa mientras alcanzaba frenéticamente la cumbre–. Me haces... Oh... –Sus palabras se perdieron en un grito ahogado, y Lexa sólo pudo sostenerla, abrazarla con firmeza mientras Clarke disfrutaba de su placer.

La limusina frenó al borde del césped en Prospect Park. Lexa se estremeció ligeramente y procuró no descomponer la voz.

–No me interesa que me distraigan.

–Es su problema, comandante –dijo Clarke con ligereza, mientras leía los ojos verdes y líquidos de Lexa con muda emoción y percibía la excitación que la agente no podía disimular–. No el mío.

Cuando se deslizó en el asiento para salir, acarició con la mano el muslo de Lexa y sonrió cuando ésta dio un leve respingo.

–Ya le dije una vez que su cuerpo nunca miente.

Prospect Park, el punto de partida de la carrera, tenía poco más de la mitad de tamaño que el Central Park de Manhattan, que medía tres kilómetros cuadrados. No obstante, albergaba un centro de flora y fauna, una pagoda para la música, un lago y otras muchas diversiones para los habitantes de la ciudad que querían escapar de las tensiones urbanas durante unas horas. El área de Brooklyn que rodeaba el parque constituía un estudio de contrastes. Por el oeste, el límite se hallaba en Park Slope, un cónclave de casas de piedra rojiza en las que vivían los ricos y privilegiados. La zona este del extendido parque abarcaba Crown Heights y Bedford-Stuyvesant, áreas que en los últimos años se habían convertido en peligrosas tanto para los turistas como para los vecinos. A aquella temprana hora de una mañana de domingo solía haber unos cuantos madrugadores entusiastas que disfrutaban

de la oportunidad de correr o patinar en relativa soledad. Pero no era así ese día. Long Meadow, una parte abierta y circular de treinta y seis hectáreas y más de kilómetro y medio de longitud, bullía de gente. La carrera de la curación arrastraba a muchas personas solidarias, como casi todos los acontecimientos similares, porque la enfermedad afectaba a mucha gente. Se trataba de un suceso mediático como otro, sobre todo porque Clarke era la oradora principal, y ya había numerosos fotógrafos y furgonetas de noticias en el lugar. Lexa se colocó junto a Clarke por el lado del coche y observó a los cientos de participantes reunidos para el inicio de la carrera.

–Va a haber mucha gente en toda la ruta, sobre todo cuando entremos en Central Park. Le agradecería que no nos perdiera.

–Es usted muy buena en su trabajo, comandante. –Clarke miró a Lexa a los ojos y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, no pudo descifrar su expresión. Aunque habían estado físicamente separadas desde el regreso de Lexa, a ella al menos le quedaba el consuelo de ver lo que había detrás de la fachada profesional cuando miraba sus ojos verdes. Aquella nueva barrera le dolió–. Estoy segura de que se las arreglará.

La hija del Presidente se volvió bruscamente y se dirigió a la zona en la que los organizadores de la carrera habían instalado cabinas de información, mientras que Lexa se quedó sola, mirándola. Reyes y Blake salieron del segundo vehículo, Lexa indicó a las dos mujeres que acompañasen a Clarke y comunicó por radio a Marcus su posición.

–¿Están aquí los comandantes de los otros equipos? –preguntó Lexa sin preámbulos, observando cómo Clarke desaparecía entre la multitud de hombres y mujeres apiñados en torno a las largas mesas de inscripción. Le molestaba que Clarke estuviese fuera de su ámbito de visión y no poder ver quiénes la rodeaban. «Estupendo.»

–Ahora voy –dijo a su micrófono. Su falta de concentración durante el trayecto en coche la había descentrado, al igual que los ardientes restos del deseo. Ignoró la molestia física con esfuerzo y volvió a comprobar la posición de Clarke.

Desde el otro extremo del extenso campo la vio hablando con unas cuantas personas, entre las que se hallaba Zoe Monroe. Lexa reprimió la necesidad de escudriñar los rostros cercanos para ver si estaba la guapísima doctora Coleman. Se aseguró de que Reyes y Blake ocupaban sus puestos y fue a reunirse con Marcus y con los otros jefes de seguridad.

Hacía calor, sol y, algo sorprendente a aquellas alturas de julio, sin la pesada humedad que solía cubrir la ciudad en verano. Después de saludar a las personas oportunas y de permitir que los tipos de los medios dedicasen varios minutos a hacer fotos protocolarias, Clarke encontró un lugar tranquilo a la sombra para estirarse y prepararse para la carrera. Cuando se inclinó, con las piernas bien apoyadas, y estiró los ligamentos de la corva, la voz familiar de Zoe comentó a su lado:

–Veo que te has traído una nueva adquisición. Y muy hermosa, además.

Clarke se movió para mirar a Zoe. No le hizo falta preguntar a quién se refería. Se había fijado en la expresión admirativa y de franca valoración de su amiga cuando apareció Blake minutos antes.

–Es la contribución del FBI a mi equipo.

Zoe se acostó en la hierba, se inclinó hacia delante y se tocó los dedos de los pies sin esfuerzo.

–¿Qué pasa? –preguntó haciendo una postura de yoga.

–Nada. –Clarke cogió un tobillo y lo cruzó sobre la rodilla opuesta, rotando el torso.

–Oye, bonita, ¿me tomas por tonta? –replicó Zoe, respirando profundamente según el estilo ujjay. –Primero Woods hace una aparición sorpresa, y ahora te ronda el FBI. Eso significa algo.

–Ya sé que no eres tonta, por eso no te miento. –Clarke se volvió e hizo diez rápidas flexiones de dedos en perfecta forma. Tras volver a su posición, añadió–: Mera rutina.

En cierto modo, hablar del asunto lo hacía mucho más real. No quería aquella intromisión en su vida. Salvo las primeras conversaciones llenas de dudas con A.R., del FBI, no se lo había contado a ninguna de sus conocidas. De forma intencionada había evitado las reuniones con el FBI. Sólo le interesaba saber si lo habían capturado.

–Lo creas o no... –Zoe dobló ambas piernas en una posición de loto completa y deslizó un brazo detrás de la espalda, retorciéndolo lentamente en la dirección opuesta–, puedo guardar un secreto si hace falta. Además, herirás mi sentimientos si soy la última en enterarme y me pierdo toda la historia.

Clarke replicó, en tono disgustado:

–Créeme, si te parece un lujo, puedes ocupar mi lugar cuando te apetezca.

Se levantó rápidamente y comenzó a levantar cada pierna de forma alternativa hasta el pecho, en veloz sucesión. Contempló a la multitud creciente y localizó sin dificultad a Lexa, que hablaba con varias personas de aspecto oficial. No había nada chillón ni llamativo en la agente, pero destacaba entre los demás. El aire que la rodeaba parecía cargado. Resultaba sorprendente... y espeluznante. Zoe estudió la cara de Clarke tras seguir su mirada.

–Te fastidia, ¿verdad?

–Pues claro –respondió Clarke sin pensar, y apartó la vista, encogiéndose de hombros–. Ha vuelto porque mi padre quiere que esté aquí. He recibido más correo del normal de mis admiradores, y ya sabes que la gente se toma esas cosas muy en serio. En realidad no es nada.

Zoe asintió; sabía que había más, pero prefería esperar a conocer los detalles. Descansó, se levantó y se puso junto a Clarke, haciéndole señas a una figura conocida que se dirigía hacia ellas entre la multitud.

–Ontari ha preguntado por ti.

–¿Ah sí? –Clarke miró a su amiga, con expresión de sorpresa.

–Sí. –Zoe cogió sendas botellas de agua de una mesa cercana–. Quiere saber si estás disponible.

–Entonces que me lo pregunte ella en persona –repuso Clarke con impaciencia–. Por amor de Dios, somos adultas.

–Creo que quiere evitar un rechazo. El último fin de semana en mi casa tus gestos fueron un poco confusos –señaló Zoe en tono irónico.

Viendo la agradable sonrisa de Ontari cuando se acercaba, Clarke se sintió algo incómoda al darse cuenta de que no había dedicado ni un solo instante a pensar en lo ocurrido en la reunión de Zoe. La había sacudido demasiado la brusca reaparición de Lexa la semana anterior y el caos emocional consecuencia de ella como para dedicar un pensamiento a nada o a nadie más. No se le había ocurrido que tal vez Ontari Coleman tuviese otras ideas pero, al recordar lo sucedido, supuso que podría tenerlas.

Todo empezó cuando Lexa abandonó la fiesta. Clarke observó cómo Lexa se movía entre la gente, le murmuraba algo a Emori Grant y salía por la puerta. No volvió la vista para mirar a Clarke, que seguía inmóvil entre las sombras del balcón. Tras un momento de absurda esperanza en el que había pensado que su jefa de seguridad podía reaparecer, Clarke se unió al grupo que se encontraba en el salón de Zoe. Las luces eran tenues y había parejas bailando. Unas cuantas atrevidas realizaban intercambios más íntimos en los rincones oscuros. La doctora Ontari Coleman, una esbelta morena en la mitad de la treintena, se acercó a Clarke con una sonrisa en la cara y una pregunta en los ojos:

–Hacía un rato que no te veía. Pensé que te habías marchado.

–No –respondió Clarke, con la mente aún fija en la imagen de Lexa en el exterior, sola en la oscuridad, mientras el viento de la noche agitaba sus cabellos. En otra ocasión la había atraído la soledad de Lexa, pero en aquel momento le dolía. La diferencia no era agradable y apartó la idea de su cabeza.

–¿Otro baile? –preguntó Ontari tomando la mano de Clarke entre las suyas.

–Claro –dijo Clarke con aire ausente. Al menos la distraería de la forma en que seguía vibrando su cuerpo ante el menor contacto de los dedos de Lexa, o eso pensaba ella.

Se refugió en los brazos de Ontari, descansó la mejilla sobre el hombro de la otra mujer y cerró los ojos. La música era lenta y sensual, perfecta para perderse. Quería perderse durante unos minutos. No pensar, no luchar, no sufrir. Deseaba no experimentar nunca una decepción. Ontari tenía un cuerpo esbelto y atrayente y se movía contra Clarke con experta intimidad. Había vivido incontables momentos como aquél anteriormente, con otros cuerpos y otras caras; diversiones breves, escapes momentáneos. El acto de placer resultaba satisfactorio en sí mismo, pero Clarke siempre procuraba retener el control. Algo seguro, simple, sin implicaciones emocionales, sin promesas, sólo agradable: la mutua satisfacción de las necesidades biológicas. Cuando Ontari la atrajo hacia sí, girando las caderas lenta e insistentemente contra las de Clarke, se produjo un sutil aumento de la presión que al principio casi no percibió. Y luego sucedió algo inesperado. Sin darse cuenta, sin desearlo de forma consciente, se estaba excitando. Un año antes, incluso seis meses, no habría notado la primera chispa de fuego. Y, aunque la hubiese percibido, la habría ignorado. La excitación se acomodaba en un rincón de su mente como una agradable respuesta, desatendida, a la que no respondía. En aquel momento sus terminaciones nerviosas se hallaban en carne viva y muy sensibles, y le daba miedo saber la razón. Desde Lexa, algo había cambiado: algo que había contenido durante muchos años se había desatado. La experimentada desvinculación que había construido con tanto cuidado entre sus emociones y su ser físico se había disuelto ante el primer contacto de las manos de Lexa. Sabía que su respiración era errática y sintió que el corazón de Ontari latía rápidamente, como un eco del suyo. Cuando Ontari le tocó los pechos, como había hecho esa misma noche en otro momento, sus pezones se endurecieron contra las palmas de Ontari. Se mordió el labio para ahogar un gemido y trató de concentrarse en algo que no fuera el calor líquido que sentía entre las piernas. Ontari bajó la cabeza, y sus labios rozaron el borde exterior de la oreja de Clarke.

–Bailas muy bien –dijo con una voz ronca y casi sin aliento.

Mientras hablaba, frotó los dedos ligeramente sobre el pezón de Clarke. Clarke jadeó cuando una oleada de excitación la recorrió, bajó por su columna y se enroscó en su estómago. La sensación era tan rara que la cogió completamente desprevenida y, antes de que pudiese darse cuenta, separó las piernas y se apretó contra el muslo de Ontari. La presión contra su clítoris hinchado resultaba exquisita y, durante un momento, no pudo pensar en nada más.

–Me encantaría estar sola contigo en este momento –continuó Ontari, encaminándose hábilmente hacia el pasillo que conducía a la habitación de invitados del apartamento de Zoe–. Deseo tanto tocarte que me estoy volviendo loca.

Clarke revivió la última vez que había estado en aquella habitación y, casi al instante, la cara de Lexa, intensa y devoradora, se apoderó de su mente. Durante un momento, sintió la mano de Lexa sobre su pecho y la pierna entre sus muslos, y la sacudió un espasmo cuando la excitación aumentó. Se tambaleó ligeramente, entre temblores.

–No suelo hacer esas cosas en casa de los demás –se apresuró a decir Ontari, abrazando a Clarke–. Pero si no hago algo pronto, corro el riesgo de explotar.

En aquel momento se encontraban en el pasillo, solas, y Ontari había acorralado a Clarke contra la pared. Metió las manos por debajo del jersey de ésta, poniéndolas sobre los pechos, y se los apretó mientras acariciaba los pezones con los dedos. En un esfuerzo por mantenerse derecha, Clarke apoyó las manos en la pared, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, al borde del orgasmo. No pensaba en la mujer que la estaba tocando, sino en la que había hecho mucho más que tocar su cuerpo.

–Clarke –susurró Ontari.

No era Lexa.

–Ontari –gimió Clarke, obligándose a abrir los ojos y a retroceder por pura fuerza de voluntad–. Tenemos que... parar.

Los labios de Ontari se posaron en el cuello de Clarke y la mordieron suavemente mientras Ontari se apretaba contra la joven y metía una mano por la cintura de sus pantalones.

–Oh Dios, no quiero. –Desplazó la mano hasta el triángulo situado entre los muslos de Clarke y presionó rítmicamente–. Dios, sé lo poco que te falta. Lo percibo.

Con esfuerzo, Clarke empujó todo lo que pudo, luchando para contener la punzante presión que crecía entre sus piernas, pues sabía que al cabo de un segundo perdería la batalla. Se preguntó vagamente qué importaba y no quiso saber la respuesta.

–Para, por favor.

–Lo siento. –Ontari puso las manos en la cintura de Clarke, la abrazó, pero no la empujó más. Se estremeció, jadeante, con la frente apoyada en el hombro de Clarke–. No sé qué ha sucedido.

–Ni yo tampoco –Clarke soltó una risa temblorosa–, pero no hace falta que te disculpes.

–Suelo controlarme mejor. –Ontari retrocedió, con los ojos aún derretidos de deseo, y esbozó una sonrisa trémula–. Pero me parece que nadie me ha hecho nunca una cosa parecida.

–¿Te refieres a que se burlen de ti tan despiadadamente? –Clarke se rió con más fuerza–. Tal vez sea mejor que me disculpe.

–Oh no, ni se te ocurra. –Ontari acarició con un dedo el borde de la mandíbula de Clarke–. Me refiero a que nadie me ha puesto tan caliente con esta rapidez. Nadie me había hecho perder la cabeza de esta forma.

–No pretendía hacer eso. –Clarke se apartó lo suficiente para dejar espacio entre ellas–. A mí también me ha cogido por sorpresa.

Ontari se atusó los morenos cabellos que le llegaban a los hombros con una mano aún temblorosa.

–Creo que deberíamos volver a la otra habitación. Resulta peligroso estar aquí.

–Una excelente idea, doctora Coleman. –Clarke le dio la mano de forma amistosa, pero no íntima, y se rió–. Vamos.

–Me gustaría que volviese a suceder –dijo Ontari antes de reunirse con los demás–. En algún lugar, alguna vez, cuando no tengamos que parar.

Clarke no miró hacia atrás y tampoco respondió.

–No pretendía enviarle ningún mensaje. –Clarke se puso en marcha–. No pasó nada.

–No es así como ella lo cuenta –repuso Zoe bruscamente–. Para quien la escuche, tú eres la respuesta a los sueños de toda mujer. Parece en peligro de sufrir una combustión espontánea sólo por el hecho de estar en la misma habitación que tú.

–No puedo evitarlo –dijo Clarke con irritación–. No puedo controlar las fantasías de otras personas.

–Estoy completamente de acuerdo, Clarke –respondió Zoe con un tono excesivamente serio mientras seguía a Clarke entre la gente hacia la línea de salida–. Me gusta ella. Y tú también me gustas.

–¿Tienes algún interés? –Clarke la desafió con la mirada.

–Creía que sí. Sólo Dios sabe que sería la última persona en dar un consejo, pero ten cuidado con ella, sobre todo si sabes que no hay posibilidades.

Clarke volvió la vista y vio a Lexa más allá de Ontari. El contraste resultaba impactante. Con el corazón acelerado dijo:

–Ya no estoy segura de nada.