ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.
CAPÍTULO 10
Reyes miró a Blake e hizo una mueca. Esperaba que su esbelta compañera, que corría sin esfuerzo a su lado, no la viese quedarse sin aliento. «Correr. Odio correr. Una estúpida forma de ejercicio. Terrible para los pies. Una muerte para las rodillas. Que me den una bici, o mejor aún... patines.» Blake la miró de reojo y sonrió con un gesto encantador.
–¿No es estupendo?
–¡Oh sí, fabuloso! Me encanta. –Reyes confiaba en parecer contenta. De ninguna manera iba a dejar que la agente del FBI pensase que no podía aguantar. Antes correría descalza. Y, para demostrarlo, apuró ligeramente el paso.
–Hay trabajos peores –comentó Blake respirando con toda naturalidad. «Y peores compañías.»
Le gustaba su misión con el Servicio Secreto más de lo que había pensado en principio. Echaba de menos la dominante sensación de urgencia que se notaba en todo lo que hacía el FBI, aunque sólo fuera una escucha telefónica rutinaria, pero no podía negar que Woods y su equipo habían organizado muy bien la operación. Y también tenía que reconocer que Raven Reyes era una interesante combinación de recta dedicación y sorprendente ingenuidad. No podía evitar preguntarse si su compañera, tan deliciosamente natural, carecía realmente de noción sobre su atractivo o sobre lo que podían pensar de ella otras personas. Blake se recordó que no debía mirar el culo de Reyes y que tenía que fijar la vista en el objetivo principal, el cual, por casualidad, también tenía un hermoso trasero.
En ese momento, Reyes hacía lo mismo, pero sin obtener las mismas valoraciones. La comandante y Egret iban unos metros por delante, y ninguna de las dos sudaba lo más mínimo. Entre ignorar el dolor de sus pantorrillas y dar la impresión de que le entusiasmaba aquella locura, su primera responsabilidad del día consistía en vigilar a la multitud. «Otra tarea casi imposible, pero mucho más asequible que fingir entusiasmo durante sabe Dios cuántos kilómetros.» Todo el equipo de seguridad tenía fotos de las personas que estarían cerca de Clarke durante la carrera: fundamentalmente, organizadores de la misma, representantes de organizaciones contra el cáncer y varios dignatarios políticos. Cuando Reyes localizaba a alguien que no reconocía, transmitía por radio una descripción verbal a Marcus, que se encontraba en la furgoneta de comunicaciones que seguía a la masa de corredores. Casi siempre Marcus hacía una identificación inmediata. Si había más preguntas o motivos de preocupación, Reyes le enviaba una imagen desde su unidad manual. Marcus y otros agentes reclutados de la oficina local para aquel suceso particular llevaban en el lugar desde el amanecer, fotografiando a las personas que llegaban al parque, y enviaban imágenes de todos los desconocidos, a través de vínculos de ordenador, a la División de Vehículos a Motor, el directorio de las Fuerzas Armadas y los archivos policiales del Estado. Reyes no lo sabía a ciencia cierta, pero suponía que el FBI hacía lo mismo desde su propia furgoneta. Habría resultado más eficaz combinar su capacidad de investigación, pero el FBI no había permitido el acceso a sus bases de datos. «Para que hablen de la cooperación entre agencias. Bah, nada nuevo.» No todo era rutina. La consideración de Egret como sujeto de alto riesgo dictaba precauciones adicionales. Reyes notó el peso de su pistola en la funda de rápida disposición que llevaba sobre el trasero y rezó una pequeña oración de gracias cuando cruzaron por el puente de Brooklyn en dirección a Manhattan. Miró hacia adelante, más feliz que nunca al ver el Bowery.
Lexa se mantuvo a la derecha de Clarke, sólo un paso por detrás de ella, un punto de ventaja desde el que podía ver a cualquiera que se acercase por la derecha, la izquierda o por detrás. Sin embargo, a quien veía en aquel momento era a Ontari Coleman inclinándose para decirle algo a Clarke mientras reposaba la mano, en un gesto casual, sobre la parte baja de la espalda de la joven. Tal vez fuese un ademán amistoso, pero a Lexa no se lo pareció, por la forma en que la joven doctora había mirado a Clarke durante los últimos kilómetros. Lexa había visto a Clarke con otras mujeres anteriormente. Diablos, la había visto tener relaciones sexuales con otras mujeres. Pero entonces era diferente. No había disfrutado especialmente viendo sus casuales intercambios sexuales con desconocidas, sobre todo porque siempre había creído que Clarke era excepcional y no podía dejar de pensar que se merecía algo más que acoplamientos anónimos. Pero eso no era cosa suya, y había logrado quitárselo de la cabeza y trabajar haciendo caso omiso de aquello. Seguía sin ser cosa suya, pero ahora el problema consistía en que llevaba la impronta de la piel de Clarke marcada en sus terminaciones nerviosas. Se había entregado a ella, la había tomado y conocía el placer de abrazarla cuando carecía por completo de sus defensas habituales. Por eso le resultaba intolerable ver cómo otra mujer la tocaba. Apartó la vista y se fijó en los rostros cercanos, obligándose a repasar de nuevo la agenda del resto del día. Encontraba refugio en sus responsabilidades, así que se instaló en un cómodo ritmo mental y físico. Se hallaban cerca de la Quinta Avenida; ya no faltaba mucho para que accediesen a Central Park por el extremo sur. Una vez allí, la seguridad sería mucho más difícil, y Clarke se enfrentaría a un riesgo máximo. Como todos los días, el parque estaba lleno de gente: corredores, patinadores, personas que empujaban cochecitos y turistas de todos los tamaños y descripciones. Los estudiantes merendaban sobre la hierba y los amantes se encontraban entre los afloramientos rocosos. La carrera terminaba en Sheep Meadow, un extenso campo abierto donde se había erigido un escenario equipado con sonido y vídeo para las actividades de clausura. Hablarían Clarke, el alcalde, miembros de la Sociedad Americana contra el Cáncer y algunos famosos. Resultaba imposible aislar y restringir el área. Clarke se encontraría expuesta todo el tiempo en el podio, sobre todo cuando diese el discurso principal. La Policía del Estado de Nueva York ayudaría al Departamento de Policía de Nueva York con tropas adicionales para controlar a la multitud. El equipo de seguridad del alcalde se concentraba en la zona que rodeaba los puestos de los oradores. Lexa había hablado con la jefa de seguridad del alcalde, y era muy buena, lo cual facilitaba las cosas. Pensaba utilizar a fondo a todos los hombres con los que contaba. Sus planes mentales se interrumpieron cuando Clarke se quedó atrás para correr a su lado.
–¿Lo pasa bien, comandante? –A Clarke le sorprendió comprobar que ella sí lo pasaba bien. Le encantaba el ejercicio, pero el acontecimiento en sí tenía un coste emocional para ella. Le recordaba, incluso después de tantos años, la horrible época de cuando era una niña de nueve años y en su vida todo cambió de la noche a la mañana. Se centró en la cara de Lexa y dejó que el recuerdo se difuminase–. Fastidia sentarse delante de los monitores de vídeo, ¿no le parece?
–Hace un día precioso –coincidió Lexa, sonriendo al mirarla, pues no podía evitarlo. Había un ligero velo de sudor en la cara de Clarke y tenía la camiseta mojada entre los omóplatos. Parecía sana, fuerte y, sobre todo, hermosa–. No podemos quejarnos de la oportunidad de pasar unas horas fuera.
–Ajá –reconoció Clarke con una lenta sonrisa, pensando que Lexa Woods era la mujer de mayor elegancia natural y de más apostura física que había visto. Pero en ese momento había sombras en sus profundos ojos verdes–. Entonces, ¿por qué tengo la impresión de que preferiría usted estar en otro sitio?
–Preferiría que usted estuviese en otro sitio.
–Ya lo supongo. –Clarke cabeceó y frunció ligeramente el entrecejo, pero le brincaban los ojos–. Comandante, es usted de lo más persistente.
Los ojos de Lexa adquirieron más seriedad.
–Doy por supuesto que quiere que le diga la verdad, señorita Griffin. Sobre todo, cuando le afecta.
–Cierto, comandante. –Clarke levantó la barbilla y habló con voz glacial–. Sólo deseo que me informe con antelación antes de decidir algo. Sobre todo, cuando me afecta.
Lexa miró hacia delante y comprobó la posición. Nada fuera de lo normal. Luego, durante un momento, sólo tuvo ojos para Clarke.
–Lo sé. Disculpe.
–Sí. –A Clarke no la consolaba aquella admisión–. Ya lo dijo antes.
–Tendré que revisar algunas cosas con usted cuando lleguemos al escenario. –Lexa necesitaba que ambas se centrasen en lo más importante en aquel momento. Más tarde, de alguna manera, hablarían.
–Trataré de reservar uno o dos minutos –respondió Clarke en tono irónico. Luego, aumentó la velocidad y se reunió con Zoe y Ontari Coleman.
La zona que rodeaba los puestos de vigilancia era un caos controlado, como había esperado Lexa. Técnicos de sonido y de vídeo se movían por encima y por debajo del escenario, extendiendo cables de último momento y ajustando los micrófonos. El alcalde aprovechaba todas las oportunidades de salir en las fotos, y había más periodistas compitiendo por un comentario suyo de lo que a Lexa le habría gustado. Los medios se identificaban fácilmente por sus insignias, pero resultaba muy fácil falsificar un pase de prensa.
–Subamos por la parte de atrás del escenario –sugirió Lexa cuando Clarke se acercó a la zona–. Delante hay demasiada gente.
–Debería presentarme aquí primero –dijo Clarke con toda naturalidad tras fijarse en los equipos de televisión locales y nacionales. Al ver que Lexa ponía mala cara, añadió en tono amable–: Se me identifica con este acontecimiento. Los americanos conocen la historia de mi vida y la de la muerte de mi madre. Es necesario que me vean. Cuentan con ello.
–La verán millones de televidentes dentro de veinte minutos –señaló Lexa mientras cogía a Clarke por el brazo y la encaminaba a un lado del alto escenario provisional–. Llegará con eso.
–Lexa –dijo Clarke en voz baja. Lexa se paró en seco al oír su nombre pronunciado sólo como Clarke sabía hacerlo. –Él no quiere hacerme daño. Si quisiera, no me mandaría los mensajes que me ha enviado.
Ante la mención del sujeto no identificado, Lexa sintió una repentina aprensión, e inmediatamente se centró en las caras más próximas e imprimió cada una de ellas en su cabeza. Vio a Reyes y a Blake colocadas en extremos opuestos del escenario y a Marcus conversando con la jefa de seguridad del alcalde. Estaba bastante satisfecha de cómo se desarrollaban las cosas. Cuando volvió a mirar a Clarke, no hubo barreras en sus ojos. No existía distancia profesional, ni órdenes, reglas o protocolo entre ellas.
–No sé qué va a hacer. Tampoco sé cuándo va a hacerlo. Apenas sé nada. –Se esforzó para no tocarla y, durante una milésima de segundo, acarició con los dedos la mano de Clarke–. Clarke, sólo quiero que esté segura.
–Sí, ya lo sé –respondió Clarke sin ira ni resentimiento en la voz. No podía enfrentarse a la sincera preocupación que se veía en la cara de Lexa. No quería que las cosas fuesen así y tampoco que ella se preocupase, pero sucedía de igual forma–. Y ha hecho todo lo necesario. Ahora, yo debo hacer lo mío.
Lexa asintió; sabía que nunca se acostumbraría, pero aceptaba que Clarke no dejase que la amenaza interfiriese en su vida o en sus actividades.
–Entonces, vamos a ver al alcalde, señorita Griffin. Los fotógrafos estarán mucho más contentos con usted que con él.
–Vaya, gracias, comandante. –Le sonrió a Lexa, no al alcalde ni a los fotógrafos.
Cuando Clarke subió al podio, Lexa se encontraba en la parte posterior derecha, unos metros detrás de ella. Reyes y Blake estaban abajo, enfrente de Clarke, y varios agentes del FBI prestados por la oficina de Nueva York se habían mezclado con la gente situada cerca del escenario.
Marcus, que coordinaba los diferentes equipos desde la furgoneta de comunicaciones, se comunicaba por radio con Jeremy Finch, el conductor del coche de Clarke; con Emori Grant, en el segundo vehículo de apoyo; con la jefa de seguridad del alcalde, y también con el capitán de Control de Multitudes del Departamento de Policía de Nueva York. Hasta el momento todo iba sobre ruedas. El equipo audiovisual funcionaba, los oradores se ceñían al programa preestablecido, y los cientos de personas que se hallaban en Sheep Meadow se mantenían en sorprendente orden. Clarke había cambiado su equipo de correr por unos pantalones de chándal y una camiseta seca en una de las tiendas, como Lexa y las demás, y mostraba un aire elegante e informal cuando se presentó ante la masa de espectadores. Cuando empezó a hablar, el sonido de los obturadores de las cámaras fotográficas vibró entre la gente como algo vivo. Todos los ojos y lentes estaban fijos en ella. Mientras parte de la atención de Lexa se centraba en la actividad de los situados en la zona de alcance visual de Clarke, otra parte atendía al discurso. Clarke tenía una bonita voz: profunda, cálida y fuerte. Lexa conocía la historia, naturalmente, como todo el mundo. Un hombre que se presentaba a la presidencia de los Estados Unidos, cuya esposa desarrollaba una valiente batalla contra el cáncer de mama, no podía evitar que el tema saltase durante la campaña. Aquella tragedia personal formaba parte de la imagen pública de Jake Griffin, de su rostro público, al margen de lo íntimo que fuese el dolor. Y, debido a que la vida de su padre estaba sometida a un intenso escrutinio en virtud de su posición, la pérdida que sufrió Clarke también se hizo pública. La hija del Presidente guardaba secretos, pero no aquél. Para combatir en aquella guerra, había expuesto voluntariamente su pena más profunda. Hablaba elocuentemente, pidiendo a los legisladores que destinasen fondos al tratamiento y diagnóstico, animando a las mujeres a mantenerse vigilantes y a ser sus mejores defensoras y, sobre todo, a las personas afectadas por la enfermedad a que nunca perdiesen la esperanza. A Lexa le pareció magnífica. Cuando dejó el podio, Lexa se colocó a su lado inmediatamente, procurando no tocarla, pero a muy corta distancia mientras se dirigían a la parte de atrás del escenario, protegida por unas lonas.
–¿Se encuentra bien? –preguntó con dulzura, pues había percibido las lágrimas entre las palabras. Aunque casi nunca había visto a Clarke abatida, sentía su fragilidad en aquel momento. Había cosas que dolían siempre, sin importar los años que pasasen–. ¿Puedo hacer algo por usted? ¿Agua? Ha aguantado bajo el sol inclemente media hora.
Clarke la miró, entendió lo que Lexa no decía y le agradeció que no hiciese hincapié en su emoción.
–También usted –repuso.
–Sí –murmuró Lexa, y le dio una botella de agua–. Pero yo llevo gafas de sol.
La observación hizo reír a Clarke.
–Eso lo explica todo. Me encuentro bien, pero me gustaría irme ahora mismo.
–Por supuesto. –Lexa se apresuró a hablar por el micrófono–: Egret alza el vuelo.
Clarke esbozó una sonrisa cansada.
–Egret se arrastra en este momento, pero sigue adelante, comandante.
–¿Destino? –preguntó Lexa. Bajaron las escaleras y cruzaron el parque para dirigirse a los coches que esperaban a orillas del césped. El prado era bastante grande y los vehículos se hallaban a cierta distancia en una de las carreteras principales que recorrían el parque de norte a sur. A Lexa no le hacía gracia la extensión de hierba que tenían que cruzar, pero se trataba del terreno que les habían adjudicado. Reyes y Blake iban detrás, y Marcus, después de escuchar el aviso de Lexa, se puso en contacto por radio con los conductores para que se preparasen. –Me gustaría informar a los conductores de adónde desea ir –lo dijo en el tono más indiferente que encontró y esperó que sonase
sólo a interés profesional. Se daba perfecta cuenta de que Clarke había hablado en privado con Zoe y con Ontari Coleman antes de reunirse con los otros oradores en el escenario. Lexa supuso que hacían planes para el resto del día y había procurado no pensar en los detalles de dichos planes.
–A casa –respondió Clarke.
Zoe las había invitado a Ontari y a ella a cenar y tomar unas copas en su apartamento, pero había decidido no acudir. El día se le había hecho largo y la semana también. No tenía ganas de conversación ni de enfrentarse al evidente interés de Ontari. Tal vez tuviera que enfrentarse a él pronto, pero no mientras su armadura emocional estuviese rota. Necesitaba un poco de tiempo para reconstruir sus defensas. Mientras caminaban, Lexa transmitió la información y procuró disimular el alivio patente en su voz.
–Ha sido un excelente discurso. Tenían razón al pedirle que lo diese.
–Gracias. –Clarke sonrió, complacida a pesar del cansancio.
Lexa se limitó a asentir, deseando ver a Clarke en la seguridad del coche que las esperaba. Las separaban diez metros de los vehículos, y Reyes y Blake las acompañaban a cada lado, cuando alguien gritó:
–¡Clarke!
Clarke miró por encima del hombro y se detuvo cuando vio a Ontari Coleman que corría hacia ella. «Esto puede resultar incómodo», pensó, pues Lexa se encontraba a su lado. No quería tener una conversación personal con Ontari delante de ella. No tendría que haber importado; estaba muy acostumbrada a ignorar a sus guardias de seguridad, igual que ellos estaban entrenados para mostrarse completamente sordos y ciegos en tales circunstancias. De hecho, no le cabía la menor duda de que Lexa se comportaría como si nada ocurriese, pero Clarke sabía que escucharía. No sabía qué diría Ontari ni lo que respondería ella. Pero sí estaba segura de que no quería que le pidiese una cita, por muy delicadamente que lo hiciera, delante de Lexa Woods.
–Lo siento –dijo Ontari, nerviosa al ver el grupo de agentes del Servicio Secreto que rodeaban a Clarke. Por primera vez, le quedó muy claro a quién intentaba seducir. «Jesús.» Extendió un sobre blanco y sonrió, insegura, cuando Clarke lo miró con una expresión ligeramente confusa.
–Disculpa... Zoe me ha dicho que no pensabas venir después, así que pensé en darte esto ahora.
Lexa escuchaba con medio oído a los vehículos que encendían los motores detrás de ellas mientras pensaba que la atractiva doctora intentaba captar a toda costa la atención de Clarke. Se dijo a sí misma que su fastidio se debía a las convulsiones del motor de uno de los coches. Tenía que hablar con Marcus del programa de mantenimiento. El coche de Clarke no podía averiarse. Suponiendo que se trataba de un mensaje personal de Ontari, Clarke tomó el sobre, y estaba a punto de guardarlo en su riñonera cuando Ontari añadió:
–Él me dijo que querrías verlo enseguida y que sabías quién lo enviaba.
Clarke se tambaleó y miró alternativamente el sobre y a Ontari.
–¿Él?
–Espere –ordenó Lexa terminante, y se apoderó del sobre cuando se dio cuenta al fin del significado de los trompicones del motor. Sin contemplaciones, agarró a Clarke y la empujó al suelo, gritando–: ¡Todo el mundo al suelo! –Y en ese momento el aire se llenó de una explosión de calor y estruendo.
Momentáneamente atontada por el ruido, Clarke quedó desorientada y abrumada por el esfuerzo de caer al suelo debajo de Lexa. Cuando el peso que la oprimía cedió, oyó la voz de ésta, descarnada y urgente:
–¡Despejen! ¡Despejen! ¡Váyanse! ¡Váyanse!
Luego, Reyes y Blake arrastraron a Clarke. Se encontraba demasiado confundida e impresionada por la visión del coche ardiendo para soportarlo hasta que vio correr a Lexa. Pero Lexa corría en dirección contraria a la evacuación, se apartaba de la seguridad para dirigirse al infierno de lo que había sido el coche de Clarke.
–¡No! –gritó Clarke, luchando por deshacerse de las manos que la sujetaban. El segundo vehículo frenó ante ellas y las puertas se abrieron de golpe. Reyes la empujó hacia la parte de atrás, y Clarke sólo pudo vislumbrar a Lexa metiéndose a propósito en las brasas con un brazo extendido para tocar lo que quedaba de la puerta del coche ardiendo. Luego, ya no vio nada más y sólo oyó el gemido de las sirenas y sus propios gritos apagados.
