ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 13

Clarke cerró la puerta del dormitorio al salir y se encontró cara a cara con Finn Collins, que se encontraba en el pasillo a un metro de la habitación. La joven arqueó las cejas en un gesto interrogante.

–¿Necesita algo?

–A Marcus le gustaría hablar con la comandante.

–Ahora no. Está durmiendo.

Si a Collins le sorprendió la respuesta, no lo demostró. Se limitó a asentir y se dirigió al extremo opuesto del vestíbulo. Allí se colocó en una posición desde la que podía ver la ventana y todo el pasillo, más allá de la puerta cerrada de Clarke, hasta el resto de la casa. Clarke se fijó enseguida en que en el salón había un hombre desconocido junto a la puerta principal, en el lugar que antes ocupara Reyes. Blake estaba recostada en el sofá con los ojos entrecerrados. Parecía cansada, pero seguía mostrando una sonrisa eléctrica.

–¿No puede dormir? –preguntó, sorprendida al ver a Clarke. No se le había pasado por alto que, cuando Lexa Woods entró por la puerta, la primera persona por la que preguntó fue por Clarke Griffin. Tras dar unas cuantas órdenes terminantes, Woods desapareció por el pasillo en dirección a la habitación de Clarke. Blake no sabía bien qué pensar de lo que podía haber pasado después, pero no era aquello: no esperaba ver levantada a Clarke en mitad de la noche con una expresión tenaz en los ojos y el aspecto de querer pelear diez asaltos con alguien–. ¿Puedo hacer algo por usted?

Clarke ignoró la pregunta y dijo:

–Debería acostarse, agente Blake. Ni siquiera el FBI puede exigirle que trabaje en turnos de veinticuatro horas.

–Estaba pensando en eso –reconoció Blake con una leve sonrisa–. Sólo quería esperar hasta que Grant volviese del hospital. Llevó a Reyes para que la mirasen hace una media hora. Quería... saber cómo está.

–¿Qué aspecto tenía? –Clarke percibió el matiz de preocupación en la voz de Blake.

–Raro y montando un follón con lo de abandonar el puesto –se burló Blake–. No se habría ido si la comandante no le hubiese ordenado que la examinaran o que la relevaran. –Esbozó una sonrisa dulcificada por el sentimiento–. Reyes parece un verdadero boy scout.

Clarke reconoció la nota de afecto en la voz de Blake. «Interesante.»

–¿Dónde está Marcus?

–En el comedor. –Blake indicó la habitación de enfrente–. Al parecer es nuestro nuevo centro de mando. Creo que está esperando a la comandante.

–Entonces, tendrá que esperar –afirmó Clarke sin inflexiones–. Está agotada. Si alguien se acerca a ese dormitorio, tendrá que vérselas conmigo.

«Interesante», pensó Blake, moviéndose para levantarse.

–Muy bien. Iré a decírselo.

Clarke la detuvo con una mano levantada.

–No importa. Ya se lo digo yo.

El tono autoritario de su voz sonaba inequívoco y, durante un momento, los ojos de las dos mujeres establecieron una silenciosa comprensión.

Marcus desvió los ojos del ordenador portátil cuando Clarke entró en la habitación. Lo alivió ver que no tenía nada más que un cansancio imposible de disimular. Teniendo en cuenta la destrucción provocada por la explosión, ni siquiera era capaz de imaginar lo que podría haber ocurrido si Clarke hubiese estado a cinco metros del vehículo cuando explotó.

–Por Dios, Marcus, siéntese –se apresuró a decir Clarke cuando el agente iba a levantarse. Parecía muy despejado a primera vista, pero tenía unas ojeras que Clarke jamás le había visto antes y la ropa manchada de hollín.

–¿Cómo se encuentra, señorita Griffin? –preguntó cortésmente.

–No sé cómo responder a esa pregunta. –Clarke soltó una risa forzada–. Lo único que puedo decir es que me siento como si hubiese caído en medio de una espeluznante película de terror, pero bien en líneas generales.

–Ha sido un día infernal, y mañana también habrá mucha agitación. –Sonrió, comprensivo, y retiró unas carpetas de la silla que tenía al lado–. Puede sentarse. Estoy seguro de que la comandante querrá ponerla al corriente en persona.

–Por la mañana, Marcus.

La miró, sorprendido y totalmente confundido.

–¿Cómo?

–¿La ha visto? –Clarke no pudo reprimir la irritación de su voz. «¿Qué le pasa a esta gente?»–. Se caía de pie y está herida. Ahora está durmiendo y nadie va a despertarla.

A la incrédula expresión de Marcus siguió un inconfundible gesto de respeto.

–Por supuesto. No pasa nada por esperar unas horas.

–No podría contarme gran cosa –suspiró Clarke, y se sentó en la silla de respaldo recto, frente a Marcus–. ¿Qué heridas tiene?

–Pues... –Marcus desvió la vista, incómodo al hablar de algo que sabía que Lexa no quería que se tratase. Ella misma. Marcus habría preferido que Clarke le pidiese que revelase secretos reservados. Durante unos segundos, Clarke creyó que Marcus no iba a responder.

–¿Marcus?

Luego, el agente buscó su mirada y respondió en voz baja:

–Por lo que sé, sufre quemaduras graves en el brazo derecho, el hombro y el cuello. Un policía del Estado que estaba cerca de la explosión la agarró y la arrastró lejos del coche, donde se habría expuesto a heridas peores.

No iba a contarle lo aterrorizado que se había sentido mientras miraba, impotente, desde el vehículo de vigilancia. Primero, había visto cómo el coche de Jeremy se balanceaba sobre sus ejes, y luego estallaba en llamas. La gente cayó al suelo en un radio de quince metros por la onda expansiva. Cuando miró la zona, no vio al grupo de Clarke, sino únicamente una nube de humo. Durante un momento lo paralizó el miedo de que hubiesen muerto todos. Por suerte, Grant era fría en los instantes de crisis y ya dirigía el coche de apoyo hacia la última localización conocida de Egret. El aire se aclaró un poco casi de forma inmediata, y vio cómo la comandante corría hacia aquel terrible infierno como si no reparase en las llamas. Luego, la voz de Reyes sonó en su oído comunicando que Egret se encontraba a salvo y, mientras intentaba despejar a toda costa las líneas de comunicación y dirigir la evacuación, se fijó en un corpulento policía que se metía entre el fuego y se enfrentaba a Lexa Woods. Mientras Grant abandonaba a toda velocidad el escenario, el policía arrastró a la comandante lejos del coche devorado por las llamas, golpeando la chaqueta quemada de la mujer con su sombrero. Marcus tuvo la fantástica sensación de que si el oficial no la hubiese arrastrado, ella no se habría movido. Respiró a fondo para disipar la inquietante imagen.

–Me costó casi dos horas conseguir que dejase que los equipos de emergencia la atendiesen. Pero la miraron y la vendaron sobre el terreno.

–¿Qué dijeron en el hospital?

Marcus la miró, inexpresivo.

–¿No la llevaron al hospital?

–Pues... Estábamos muy ocupados, señorita Griffin. Yo...

–No me lo puedo creer. –Su voz se volvió grave y en su corazón se agitó una mezcla de rabia y miedo. El horror del parque, las horas de espera, el recuerdo de la última caricia de Lexa con la muerte tan cercana, todo ello superaba su capacidad de control–. ¿A ninguno de ustedes se le ha ocurrido pensar que es de carne y hueso? ¿Cuánto cree que puede aguantar?

Clarke se levantó rápidamente, fue hasta la ventana y le dio la espalda a Marcus. No quería que la viese llorar.

–Yo... no creo... Yo...

–Lo siento –interrumpió Clarke, y se volvió, aliviada al comprobar que mantenía la voz firme y que las sombras ocultaban la humedad de sus mejillas–. No es culpa suya. Estoy segura de que ni una orden presidencial la habría obligado a abandonar.

Marcus se rió cuando la tensión se disipó.

–Estoy de acuerdo en eso.

–¿Hubo heridos graves, aparte del agente Finch? La doctora Coleman, una amiga mía, estaba conmigo.

–Aún no tengo números. –Marcus se había puesto serio–. Había transeúntes con golpes, cortes y diversas fracturas, pero, por lo que sé, Jeremy fue la única víctima.

Clarke percibió el ligero temblor de la voz de Marcus y, con repentina claridad, se dio cuenta de que el agente había perdido a un amigo y a un colega el día anterior.

–Lo siento muchísimo.

Marcus asintió en silencio. No había mucho que decir, sobre todo a Clarke Griffin. Supuso que ni siquiera debería haberla informado, pero, durante los meses que había dirigido su equipo de seguridad, había llegado a conocerla mejor que antes. No se le ocurría pensar que fuesen amigos, pero comprendía un poco mejor el aislamiento de la joven. No le parecía bien mantenerla al margen, sobre todo cuando los acontecimientos la tocaban tan de cerca.

–Debería descansar algo, señorita Griffin –dijo Marcus–. Ahora está todo bastante tranquilo, pero dudo que siga así por la mañana, cuando aparezca el FBI con todo el despliegue.

Clarke se dio cuenta de que estaba agotada. Llevaba horas aguantando por pura adrenalina, mientras esperaba saber algo. Y, desde que Lexa había aparecido, viva y más o menos intacta, había dejado que la fatiga aflorase. Lo que realmente quería era regresar a su habitación y tenderse en la cama junto a Lexa. «Tal vez no sea la mejor idea, teniendo en cuenta que la casa está llena de agentes del Servicio Secreto, sin mencionar al FBI. Si entro allí ahora, no creo que puedan ignorar que me he acostado con Lexa Woods.» Casi sonrió ante el completo absurdo de la situación.

–Me parece un buen consejo, Marcus, y usted también debería aplicárselo.

–Creo que lo haré –dijo con una sonrisa. Cuando Clarke se levantó, añadió–: Esta casa es muy grande y, aparte de esta sala, el salón y la cocina, lo demás son dormitorios.

Clarke lo miró, pensativa, pero no descifró nada en sus ojos.

–Gracias, Marcus. Creo que encontraré uno vacío.

Marcus vio cómo la chica abandonaba la habitación, pensando una vez más en lo contento que estaba de no tener la responsabilidad última de salvaguardar su vida.

Poco después de las siete de la mañana, Clarke entró en la cocinita larga y estrecha y encontró a Lexa sirviéndose una taza de café, para lo cual sostenía la cafetera torpemente con la mano izquierda. La jefa de seguridad llevaba vaqueros azules dos centímetros más largos de lo normal, una camisa ancha azul pálido que parecía totalmente de policía y zapatillas de correr. Al menos el calzado era de ella. Sorprendentemente, cuando miró a Clarke y sonrió, sus ojos parecían limpios y descansados.

–¿Cómo diablos haces eso? –refunfuñó Clarke, y fue a trompicones hasta la taza de café que Lexa le ofrecía.

–¿Qué hago? –La comisura de la boca de Lexa esbozó una sonrisa irritante.

–Parecer tan condenadamente bien después de no dormir.

A Lexa le pareció que Clarke estaba estupenda con sus pantalones de chándal grises y la camiseta azul marino, aunque ambas cosas le quedaban un poco grandes. La alegraba que el talante inicial de Clarke fuese más gruñón que asustado. Sabía, por experiencia, que el miedo se alojaba en algún sitio y que acabaría por aflorar, pero, de momento, podían dejarlo descansar.

–No necesito dormir mucho.

Sin hacerle caso, Clarke se apoyó en la encimera y sorbió con ganas el humeante brebaje. Tras los primeros tragos hirvientes, preguntó:

–¿Qué ha pasado con tu ropa?

Lexa dudó un segundo, y luego dijo sin dar importancia:

–Tuve que tirarla. He tomado prestado esto del maletero de un coche patrulla del Departamento de Policía de Nueva York. El oficial me aseguró que estaba limpio.

Clarke no sonrió. Veía bien a Lexa en aquel momento, pero recordaba el agotamiento y el dolor de unas horas antes. Se fijó en la venda que envolvía la mano derecha de Lexa y desaparecía bajo la manga desabotonada de la camisa azul.

–¿Es grave?

Lexa se encogió de hombros y empezó a hablar, pero Clarke la interrumpió, impaciente.

–Y no digas más «no es nada» o juro por Dios que olvidaré que estás herida y te derribaré aquí mismo. –Mientras hablaba, levantó la mano y le dio la vuelta al cuello desabotonado de la camisa de Lexa, soltando un profundo suspiro al ver la horrible mancha de piel con ampollas que se extendía por la parte inferior del cuello hasta el hombro–. Dios mío, Lexa.

Lexa dejó a un lado la taza de café que tenía en la mano izquierda y miró a Clarke a los ojos.

–Lo han mirado –aseguró–. Sólo es superficial, no demasiado grave. Estará mucho mejor dentro de unos días.

–¿Han dicho eso los médicos?

–Ah... en fin –Lexa volvió a dudar–. No exactamente... no.

–No importa. Ya sé que no fuiste al hospital.

–¿Me controlas? –preguntó Lexa con una ceja levantada y una sonrisa en los ojos.

–¿Tú qué crees? –insistió Clarke, sin dejarse influir por el intento de Lexa de distraerla del tema de sus heridas. Rápidamente acumuló recuerdos de Lexa en peligro, herida o, literalmente, muriendo, y las imágenes no se lo pusieron fácil. El miedo contribuyó a encender su rabia–. Maldita sea, ¿no te importa que te hieran? ¿Crees que a mí no me importa?

Lexa desvió la vista. Había ocurrido todo muy rápido, y luego tuvo tanto que hacer... tantas cosas que comprobar, organizar y confirmar, que lo había apartado de la cabeza.

–No lo pensé –dijo Lexa dulcemente.

Sorprendida, Clarke la miró.

–Tú siempre estás pensando. ¿Qué ocurrió esta vez?

–Yo... –Lexa titubeó, de pronto incómoda. Seguramente Pike aparecería en cualquier momento, y tenía que reunirse con el equipo y hablar de estrategia antes–. Hablaremos de eso en otra ocasión.

–Nunca tendremos otra ocasión –afirmó Clarke sin ambages–, ni un momento mejor, Lexa. Cuéntame qué pasó allí.

–El tableteo del motor me lo recordó –murmuró Lexa.

Una sensación de inquietud aleteó en el pecho de Clarke. Lexa estaba pálida. Clarke se acercó un poco más y descansó los dedos suavemente sobre la mano de la agente, al borde de la encimera.

–Sigue. No pasa nada.

Lexa borró el pasado de su mente y se centró en la cara de Clarke, que sonreía agradecida. La caricia de Clarke la animó y la ancló en el presente.

–Se hacía tarde para ir al colegio, y mi padre dijo que podía ir con él de camino a la embajada. Fue delante a comunicarle al chófer el cambio de planes mientras yo recogía mis libros. Cuando bajé las escaleras, oí que el motor del coche tosía como si se atascase.

Dudó y se pasó la mano rápidamente por la cara. Estaba empapada, del sudor frío del miedo y los malos recuerdos. Unas ligeras náuseas le impidieron hablar. Clarke se obligó a respirar, pero resultaba difícil en medio del terror asfixiante que se impuso cuando comprendió a qué se refería Lexa. Nunca habían hablado de aquello. Tenían muy poco tiempo para hablar de lo que importaba.

–¿Estabas allí?

Lexa asintió.

–A unos seis metros, calculo, cuando la bomba explotó. Me derribó. –Se aferraba a la encimera e hizo un esfuerzo consciente por aflojar la presión y mantener la voz tranquila–. Cuando me levanté, las llamas eran muy altas y hacía mucho calor... y yo... no pude acercarme. –Miró a Clarke con los ojos ensombrecidos por la antigua desgracia–. Estaba demasiado asustada.

–Lexa –susurró Clarke, y levantó la mano para acariciarle la mejilla–. Aunque hubieras... sabes...

–Sí –reconoció Lexa–. Pero debería haberlo intentado.

–Eras una niña –repuso Clarke suavemente–. Y ayer no, y no podías salvar a ninguno de los dos.

Lexa cerró los ojos un momento y vio cómo su padre desaparecía cuando las llamas envolvían su coche. No sabía muy bien qué quería rescatar el día anterior, pero había fracasado. Otra vez.

–Lo sé.

Al notar el peso de la culpa en la voz de Lexa, Clarke cabeceó con frustración y compasión. Saber y creer eran dos cosas muy distintas. Se debatía entre querer sacudirla y desear abrazarla desesperadamente.

–¿Tienes idea de lo loca que me vuelvo cuando haces cosas como lo de ayer?

–Un poco –admitió Lexa, y le dio la vuelta a las manos para entrelazar sus dedos un momento–. No era mi intención.

–No eres indestructible, ¿sabes?

Lexa se rió.

–Créeme, eso sí que lo sé.

–Supongo que hemos avanzado algo –suspiró Clarke.

–No quiero que te preocupes por mi...

–¡Por favor! No tientes la suerte, Woods –repuso Clarke, retiró la mano y señaló el brazo de Lexa–. ¿Y qué hay del cambio de vendas?

–Tendré que pedirles a Reyes o a Blake que me echen una mano –respondió Lexa encogiéndose de hombros–. Estaba a punto de ducharme. Aún huelo a humo.

–Al infierno con tu voluntad. –Clarke entrecerró los ojos–. Tal vez confíe en Reyes, pero no tengo intención de dejar que Octavia Blake te ponga las manos encima por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia.

–Le aseguro, señorita Griffin, que no tiene por qué preocuparse. –La voz de Lexa era grave e íntima. «¿Es que no lo sabes?»

Mientras hablaban, se habían acercado de forma inconsciente hasta que la mano de Clarke se apoyó en la cadera de Lexa y los dedos de ésta acariciaron con ternura el brazo de la joven. Había espacio entre ellas, pero en aquellos escasos centímetros rielaba el calor.

–Gracias por haber ido a mi dormitorio anoche. –Los labios de Clarke se hallaban a muy poca distancia de los de Lexa–. No creo que hubiese soportado la espera mucho más.

–Siento haber tardado tanto. –Lexa se dio cuenta de que no podía apartar los ojos de los de Clarke, y se estremeció ligeramente cuando Clarke se acercó y sus muslos se tocaron.

–Me estás volviendo loca, Lexa. Primero apareces y anuncias que vuelves a mi equipo... Ahora esto.

–No pretendía hacerte daño, Clarke. –Su voz se volvió de pronto grave y espesa–. Nunca lo pretendí. No conozco otra forma de hacer las cosas.

–Me estás cabreando, comandante –murmuró Clarke levantando la mano y apoyándola sobre el pecho de Lexa–. No digo que me guste esto ni pretendo cambiar de idea de momento. Pero con todo... –Deslizó la mano bajo el cuello de la camisa y acarició la zona ilesa de la nuca de Lexa–. Me vuelves loca.

Esa vez no sonó a acusación. Lexa respondió a la llamada de los profundos ojos azules de Clarke y bajó la cabeza para besarla. Se detuvo al oír unos pasos detrás de ellas.

–Buenos días, comandante, señorita Griffin –dijo Octavia Blake amablemente mientras cruzaba la puerta e iba directamente a la cafetera. Pensaba que la mejor manera de manejar una situación incómoda era pasarla por alto. Y, como su presencia se habría hecho patente enseguida, no podía retirarse.

Lexa se enderezó y se apartó de Clarke.

–Agente Blake –saludó.

En el talante de Lexa se produjo un sorprendente cambio instantáneo, y Clarke lo contempló con más fascinación que rabia. Un segundo antes sentía el calor y el apremio de recorrer el cuerpo terso de Lexa. Ésta se había excitado y estaba a punto de besarla. En aquel momento parecía muy fría, sin la menor señal de molestia o incomodidad en la cara. Octavia Blake sospechaba sin duda lo que casi había ocurrido entre ellas, pero sospechar y ver eran dos cosas distintas. Aunque Clarke suponía que a Blake no le importaba lo que hubiese entre Lexa y ella, tenía que reconocer que, si hubiese entrado Charles Pike, la situación se habría agravado. Se había visto obligada a reconocer muchas cosas desagradables a lo largo de su vida, pues había crecido en medio de la popularidad. No le quedaba más remedio que ser cuidadosa, y a veces había tenido que esconderse. Lo odiaba; nunca lo había aceptado; pero siempre había algo más que su integridad en riesgo. Debía pensar en la carrera de su padre, y su propio sacrificio de silencio le pareció aceptable a corto plazo. Se comprometió a ello porque no tenía una buena razón para luchar. Cuando vio que Lexa se metía sin esfuerzo en su personaje profesional, pensó que tal vez hubiese encontrado al fin el motivo.