ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 14

–Nos reuniremos a las nueve, agente Blake –dijo Lexa cuando Blake salió de la cocina con una taza de café. Mantenía la voz firme, pero su sistema nervioso autónomo aún respondía a las manos de Clarke sobre su cuerpo. Le temblaban sus propias manos y las hundió en los bolsillos de los vaqueros.

–Sí, señora –respondió Blake desde la puerta. La comandante la miró fijamente, pero sus ojos verdes resultaban completamente ilegibles. Sin embargo, no costaba tanto trabajo entender la expresión de Clarke Griffin, que seguía mirando a Lexa Woods como si quisiese devorarla. Blake se imaginó que, de no haber entrado en un momento tan inoportuno, Clarke habría podrido disimular sus sentimientos. Al parecer, solía hacerlo.

–¿Necesita algo de mí por adelantado, comandante? –preguntó Blake retirándose a un terreno más seguro. Supuso que la intimidad era difícil para aquellas mujeres, y su trabajo no consistía en violar la poca que compartiesen.

–No creo que tenga usted un informe del equipo de campo del FBI diciendo cuándo me entregarán las cintas de vídeo del parque, ¿o sí?

Durante un momento, Blake desvió la vista, incómoda. No quería reconocer que estaba fuera de onda y que llevaba así desde que le había dicho a Pike que se alegraba de trabajar desde dentro con el equipo de seguridad de Egret, pero que no le pasaría información ajena a los canales. Pike se había enfadado, aunque no podía ordenarle que lo hiciera. Se trataba de una situación compleja, pero seguía perteneciendo al FBI y mantendría oculta la ropa sucia de la Oficina. Negó con la cabeza.

–No he tenido novedades desde que llegué aquí, comandante. Lexa no esperaba otra cosa. Sabía que Pike haría todo lo posible para que no pudiese ver sus informes de inteligencia.

–Entonces, eso es todo.

Blake salió sin pronunciar palabra, y Lexa se volvió hacia Clarke con una pacífica sonrisa en la cara. En los ojos de Clarke aún vibraba el deseo, y Lexa tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no tocarla otra vez.

–Será mejor que me ponga a trabajar. Nos traerán provisiones pronto y tu ropa llegará más tarde. He enviado a Grant a la ciudad esta mañana. Supuse que ella sabría lo que necesitabas.

–¿Y qué hay de Reyes? ¿Se encuentra bien? –preguntó Clarke con la garganta tensa por el dolor de la excitación. «Si esta tortura se prolonga, me voy a volver loca.»

–Le han dado de alta, aunque me parece que escatima los síntomas –dijo Lexa, distraída por los dedos de Clarke, que acariciaban su tazón de café. «Tiene unos dedos muy sensibles. Siempre encuentra el lugar adecuado y entonces lo acaricia...» Tragó saliva y apartó la vista–. Como no vamos a movernos durante unos días, se pondrá bien.

Clarke desvió los ojos de la boca de Lexa, que imaginaba sobre su piel. Esforzándose por parecer oficial, preguntó:

–¿Cuentas con que sea una estancia prolongada?

–Aún no lo sé.

El espacio era demasiado pequeño, y Clarke se encontraba muy cerca. Lexa no podía concentrarse. Se movió y se apoyó en la encimera opuesta, pero el metro de distancia no solventó el problema. En aquel momento le costaba pensar en cualquier cosa que no fuera la forma en que Clarke la había tocado cuando estaba ansiosa.

–¿Cuánto calculas? –Clarke se mesó los cabellos con la mano, frustrada. «Me volveré loca si tengo que permanecer aquí encerrada contigo. El año pasado fue una agonía y aún no me había acostado contigo.»

–Pues como mínimo otro día. Espero tener informes preliminares del centro de explosivos del Departamento de Alcohol y Tabaco dentro de unas horas. Supongo que el perfilador del FBI y el comandante del Departamento de Alcohol vendrán en algún momento para celebrar una reunión. Todas las cintas de vídeo de nuestras cámaras y del FBI, si coopera, llegarán con nuestro equipo informático esta tarde.

–¿Por qué no puedo irme a casa? –preguntó Clarke, pensando que allí podría al menos tocarla, sólo tocarla, sin que hubiese siempre gente alrededor.

–Tu edificio tiene que ser registrado de nuevo para cerciorarnos de que no haya ningún fallo de seguridad. –Lexa quería abrazarla, únicamente para consolarla–. Ya sé que es difícil.

Clarke intentó asimilar la magnitud de la investigación y se dio cuenta de que aquello no iba a desaparecer de la noche a la mañana. Se había puesto en movimiento una compleja maquinaria y no se podía parar. Todo se centraba en ella y lo único a lo que podía aspirar era que le dejasen intimidad para respirar, y robar unos momentos junto a Lexa.

–Entonces, ¿esta noche? –preguntó, llena de esperanza.

Lexa negó con la cabeza.

–Aún no sabemos gran cosa. Suponemos que la bomba del coche fue una especie de mensaje de Loverboy, pero podría tratarse de un atentado terrorista contra tu vida... o de una advertencia al Gobierno por parte de algún grupo extremista que desea notoriedad. También podría ser la primera de una serie de bombas que no tienen nada que ver contigo.

Se calló para tomar aliento y deseó tener mejores noticias que comunicar. Según la ley, no debería contarle nada, pero había demasiadas cosas entre ellas.

–Aquí estás a salvo y, hasta que no tengamos información de la CIA y de las divisiones antiterroristas de la Agencia Nacional de Seguridad y del FBI, además de un análisis de la bomba y unos cuantos detalles más, no puedes irte a casa. No resulta fácil conseguir información de los otros servicios de seguridad. Lo siento, pero durante los próximos días voy a utilizar este lugar como centro de mando. Me gustaría que te quedaras aquí al menos ese tiempo.

Lexa esperó; sabía que lo que había dicho asustaba más a Clarke que un ataque físico contra su vida. Aquellas actividades implicaban un asalto aún mayor a su intimidad y una cosificación más convincente de su vida. Quedaría muy poco tiempo y apenas lugar para que viviese normalmente en medio de semejante escrutinio.

–¿Es que puedo escoger? –Clarke sintió que su furia se desbordaba. Le costaba imaginarse rodeada de desconocidos las veinticuatro horas del día. Ya no en la sombra, sino literalmente en la misma habitación que ella.

–Podemos disponer de un helicóptero que te lleve a la Casa Blanca, y allí sería responsable de tu seguridad la guardia de la Casa Blanca.

Lexa contuvo la respiración pues comprendía que, en teoría, Clarke se encontraría totalmente a salvo en la Casa Blanca. Pero sabía muy bien que Clarke no quería estar en la Casa Blanca y que allí no había nadie en quien ella confiase para que la protegiera. Además, se volvía loca al pensar que Clarke podría esquivar a su equipo de seguridad y meterse, sin darse cuenta, en un lugar peligroso. Y no creía que soportase separarse de ella en aquel momento.

–¿Por qué no puedes ir conmigo a Washington? –preguntó Clarke arriesgándose a una decepción, pues necesitaba desesperadamente estar con ella.

–Tengo que quedarme aquí, Clarke. –Lexa odió pronunciar las palabras que sabía que le dolerían–. Al menos hasta que esté segura de que tengo toda la información que necesito. Marcará una diferencia de cara al futuro. Antes o después, volverás a hacerte visible. –No dijo lo evidente: que Clarke sería otra vez vulnerable.

–Ya –repuso Clarke sin ánimo, esforzándose por ocultar el dolor del rechazo–. Vale más enemigo conocido. Me quearé.

–Gracias –dijo Lexa con ternura–. Unos pocos días y procuraré que vuelvas a casa.

La rabia y la decepción se mezclaron con el deseo.

–Eso espero, porque no sé cuánto tiempo aguantaré esto.

–Clarke –susurró Lexa con la voz enronquecida por la necesidad de consolarla–. Haría todo lo posible para que esto fuera diferente para ti. –No soportaba el dolor de sus ojos, como tampoco ser la causa del mismo otra vez–. Pero no puedo.

–Dios, Lexa. No lo entiendes, ¿verdad? –Clarke avanzó un paso, apretando los puños para apartar las manos de ella–. No quiero que lo arregles, sino que me toques. –Temblaba, sin saber si gritar o llorar. «¡Te deseo tanto!»

Lexa no tuvo valor para mirar a Clarke a los ojos y mentirle. No podía decirle que no porque no iba a decirle que no la deseaba. Aquella vez no. Se tambaleó ligeramente, perdiendo la batalla contra el sentido y la razón.

–Ven conmigo –dijo al fin, se volvió bruscamente y se alejó.

Clarke dudó durante medio segundo, mientras la miraba, y luego se apresuró a seguirla. La alcanzó al principio del pasillo que conducía a la parte de atrás de la casa, donde estaban la mayoría de los dormitorios.

–Collins está allí –susurró Clarke.

–Ya lo sé –repuso Lexa–. Lo puse anoche.

Llegaron ante la puerta del dormitorio de Clarke y Lexa la abrió; se hizo a un lado para que Clarke entrase, la siguió y cerró la puerta. Cuando Clarke se volvió, con los ojos llenos de confusión y una pregunta en los labios, Lexa la cogió con la mano izquierda, tiró del tejido de la holgada camiseta de Clarke y la arrastró hacia ella. Bajó la cabeza, captó la boca de Clarke y borró con un beso su exclamación de sorpresa. Retorcía la tela con la mano, apretando a Clarke contra sí mientras se dirigía lentamente hacia la puerta abierta del cuarto de baño. Clarke no tenía más opción que aguantar. Levantó un brazo y lo pasó sobre el hombro sano de Lexa, enredando los dedos en los cabellos que le caían a la agente sobre el cuello. Había olvidado por completo a Finn Collins y el hecho de que la casa estuviese llena de agentes federales y otros individuos de diferente índole. En ese momento no le importaba en absoluto. Sólo percibía el calor que emanaba del cuerpo de Lexa Woods y la exigente presión de su boca. El beso fue todo menos suave, pero, a pesar de su prisa, Lexa procuró no hacerle daño. Se encontraban a metro y medio del cuarto de baño cuando Lexa soltó la boca de Clarke, posó los labios sobre su cuello y la mordió con fuerza suficiente para arrancarle un grito de sorpresa.

–Dios, Lexa –exclamó Clarke procurando amortiguar la voz–. Si me dejas una marca, todos los de ahí fuera se darán cuenta.

–Cállate. –Lexa soltó la camiseta y, al mismo tiempo, metió la mano debajo de ella hasta que encontró los pechos de Clarke.

Cuando los dedos de Lexa se cerraron firmemente sobre el tenso pezón, las piernas de Clarke temblaron de tal forma que tropezó. Apoyó la cara en el hombro de Lexa, con los ojos cerrados, esforzándose a toda costa por reprimir un gemido. Iban tambaleándose hacia el cuarto de baño, pero Clarke se interpuso y trató de desabotonar los vaqueros de Lexa. Le temblaban tanto las manos que no lo consiguió.

–Me estoy volviendo loca –jadeó en el cuello de Lexa–. Estoy tan caliente que no lo soporto.

Lexa la empujó contra la pared, junto a la puerta del cuarto de baño, y bajó los pantalones de Clarke, que constituían la última barrera tangible entre ellas. Cuando desnudó los muslos de Clarke, la miró a los ojos y dijo:

–Lo sé.

Luego, sin dejar de mirarla a los ojos, deslizó la mano entre las piernas de Clarke, entró fácilmente a través del calor húmedo y la penetró en un movimiento fluido. Contuvo el aliento mientras observaba cómo se dilataban las pupilas de Clarke y le temblaban los labios entrecerrados.

–Más –logró decir Clarke antes de morderse el labio inferior y arquear las caderas ante el repentino placer. Lexa la empujó más y Clarke se golpeó la cabeza contra la pared antes de sufrir una sacudida en todo el cuerpo. Lexa separó el muslo de Clarke y se apretó, hinchada y dura, contra la pierna de Clarke. Retiró los dedos, añadió otro y la penetró de nuevo más profundamente. Sólo medio milímetro separaba los labios de ambas y sus miradas se fundían.

–Me voy a correr –susurró Clarke con voz rota. Se convulsionó repetidamente contra los dedos de Lexa, agarrándose con desesperación a sus caderas para mantenerse derecha.

–Lo sé –murmuró Lexa, y apoyó la frente en la de Clarke. Luego, se salió casi por completo y volvió a entrar de nuevo, empujando más profundamente cada vez–. Lo sé.

Clarke se agarró a Lexa y se estremeció cuando las oleadas de placer invadieron su cuerpo. Volvió a enterrar la cara en el hombro de Lexa para reprimir los gritos y gimió suavemente cuando las últimas contracciones aletearon en su vientre.

–No te retires –dijo al fin con voz ahogada.

Lexa seguía dentro de ella, y ambas se apretaron la una contra la otra, utilizando la pared como apoyo. Le costaba respirar mientras se columpiaba al borde del orgasmo.

–Tú... tampoco.

Con una risa trémula, Clarke consiguió al fin poner los dedos en movimiento. Agarró a Lexa por la cintura, obligándola a calmarse, abrió la cremallera de Lexa y metió la mano dentro de los vaqueros. Inmediatamente, Lexa saltó sobre su mano.

–Oh, Dios –susurró Clarke–. ¡Qué mojada estás!

–Sí –gruñó Lexa apretándose contra los dedos de Clarke. No podía pensar ni ver; lo único que sentía era la tremenda presión que latía entre sus piernas y la desesperada necesidad de relajarla. Clarke se dio cuenta de que Lexa se estremecía y de que estaba a punto. En otra ocasión le habría gastado una broma, pero hubiese durado demasiado, y quería que se corriese. Quería sentir cómo perdía el control y sostenerla. Y quería poseerla por completo durante unos momentos. Metió la mano más profundamente en los vaqueros de Lexa hasta que la abarcó toda. Luego, movió el pulgar lentamente a lo largo del clítoris de Lexa y lo masajeó rítmicamente. Lexa se abrazó con una mano a la cadera de Clarke, con el cuerpo combado y la cabeza baja, jadeando. Le temblaban los muslos mientras parecía que se le cuajase la sangre en las venas y todos los músculos se le contrajesen. La siguiente caricia experta de los dedos de Clarke produjo la explosión, y su aliento salió mezclado con un grave gemido torturado. Tenuemente oyó cómo gemía Clarke, casi exultante, pero sólo fue capaz de aguantar mientras sus huesos se derretían ante la arremetida de sensaciones.

–Oh, sí –murmuró al fin, combándose contra Clarke, con la cabeza a punto de estallar.

Clarke se rió cuando los últimos estremecimientos del orgasmo de Lexa se frotaron contra sus dedos. Acarició la espalda de Lexa con su mano libre para calmarla. Nada la había satisfecho tanto como tener a Lexa entre sus brazos, indefensa y temblando.

–Ojalá hubiese sabido antes que lo único que tenía que hacer era pedirlo –comentó sin aliento, desabotonando la camisa prestada de Lexa para poder acariciarle el pecho.

–No hace falta que lo pidas –suspiró Lexa, y se enderezó echándose hacia atrás para mirar a Clarke a la cara. Continuaban con las piernas juntas y la mera sensación de la piel de Clarke contra la suya la excitaba. Sonrió, pero estaba muy seria–. No puedo estar cerca de ti sin desearlo.

–¿De verdad? –preguntó Clarke, que se dio cuenta de que la cadera de Lexa se movía de forma insistente contra la suya y de que aún no habían acabado. Bajó la camisa por los hombros de Lexa, deslizándola con cuidado por el brazo herido–. ¿Constituye un problema para usted, comandante?

–De momento no –murmuró Lexa mientras clavaba los dedos en el borde de la camiseta de Clarke, la levantaba y se la quitaba por la cabeza. La lanzó detrás de ellas y puso las dos manos sobre los pechos de Clarke, con los ojos fijos en los duros pezones rosados bajo sus pulgares–. Ningún problema.

–Lexa –observó Clarke en tono urgente–. Estás sangrando.

–¿Qué? –Por primera vez, Lexa percibió una ardiente molestia en la mano derecha. La gasa que envolvía su mano estaba empapada de sangre–. No es nada –dijo quitándole importancia, y bajó los labios hacia los pechos de Clarke.

Clarke tomó la barbilla de Lexa entre los dedos y detuvo su movimiento.

–Tenemos que mirarlo.

–Después –repuso Lexa con los ojos peligrosamente oscurecidos y una expresión de impaciencia producto del deseo.

–No. –Clarke se volvió y se escurrió. Agarró la mano sana de Lexa entre las suyas y la llevó al cuarto de baño–. Quiero mirarlo ahora.

–Clarke, maldita sea.

Quedaron frente a frente en el reducido espacio, Clarke completamente desnuda, y Lexa desnuda de cintura para arriba con los vaqueros abiertos. En el aire que las rodeaba rielaba la urgencia mientras se miraban, se ponían coloradas y respiraban con dificultad. Luego, Lexa avanzó hacia Clarke con expresión decidida.

–No voy a esperar.

–Sí, claro que sí. –Clarke la esquivó rápidamente y tiró de los mandos de la ducha para abrirla al máximo. Se volvió cuando Lexa la iba a coger. Metió los pulgares en la cinturilla de los vaqueros de

Lexa y se los bajó–. Quítate esto.

Lexa cedió y se despojó de los vaqueros mientras Clarke volvía a la ducha. Lexa la siguió, sin quitarle los ojos de encima. La buscó y Clarke, suavemente, tomó la mano herida entre las suyas.

–Déjame desenrollar esto –dijo Clarke con ternura mientras el chorro de agua caía sobre ellas.

Momentáneamente vencida, Lexa extendió el brazo derecho para que Clarke pudiese retirar las vendas. Rechinó los dientes cuando el agua cayó sobre las manchas llenas de grietas y costras. La piel estaba llena de ampollas y en carne viva a lo largo del brazo, en el hombro y en un lado del cuello. La sangre aún rezumaba lentamente en algunas partes.

–¿Qué tal? –preguntó Clarke, procurando hablar con voz firme. Las quemaduras tenían un aspecto terrible, y durante un horroroso momento se imaginó lo que podría haber sucedido si alguien no hubiese alejado a Lexa del coche de Jeremy Finch.

–No duele. –Lexa se volvió un poco para que Clarke no viese la herida y con la otra mano acarició la cara de Clarke–. Sanará.

–¿Por qué no te creo? –murmuró Clarke mientras abrazaba a Lexa por la cintura.

–Porque –susurró Lexa moviendo los labios junto a la oreja de Clarke– no confía usted en el Servicio Secreto, señorita Griffin.

Clarke echó la cabeza hacia atrás y le ofreció el cuello a Lexa.

–Y eso es porque guardan secretos, comandante.

Mientras Lexa acariciaba la mandíbula de Clarke y la columna de su cuello, la joven encontró la mano sana de Lexa y la puso sobre su pecho. Jadeó al sentir la fuerte presión de los dedos de Lexa en el pezón y aceleró, mientras el clítoris se retorcía ante el renovado estímulo.

–Oh, ¡vaya problema!

Lexa se arrodilló lentamente. Cuando se inclinó hacia delante para saborearla, Clarke se abrazó con una mano apoyada en el hombro de Lexa.

–Ten cuidado.

Lexa oyó un tenue gemido mientras movía la boca sobre la joven, que seguía hinchada y dura. Si la arrastraba entre los labios, Lexa sabía que no duraría mucho. Intentó que durase, chupando suavemente y procurando no hacerlo muy rápido ni muy fuerte, aunque no importaba. Ya era demasiado tarde. Clarke estaba demasiado sensible y a punto y, casi inmediatamente, se corrió. Ante la primera vibración de placer, Lexa presionó más y empujó a Clarke enseguida hacia otro orgasmo. Habría seguido si Clarke no le hubiese agarrado el pelo con las manos para apartarla. El agua corría por la cara de Lexa y tuvo que sacudir la cabeza para aclarar los ojos. Vio el rostro tierno de Clarke a través de la cortina de humedad.

–Para –ordenó Clarke con voz ronca–. No puedo.

–Sí que puedes.

Clarke se rió e hizo que Lexa se levantase. Luego se inclinó hacia ella y la abrazó por la cintura.

–Tienes razón. Seguramente podría si tuviera un poco más de tiempo y no pensara que Finn Collins va a irrumpir aquí en cualquier momento para averiguar por qué grito.

–No entrará nadie –aseguró Lexa–. Supondrán que tenemos una reunión privada, cosa perfectamente normal en estas circunstancias.

Clarke besó la base del cuello de Lexa. La deseaba de nuevo. Quería acostarse con ella, tocar cada parte de su cuerpo y saborearla una y otra vez.

–No hay nada normal en estas circunstancias, Lexa. Si dejarte ahora significa que podré volver a tenerte, pararé.

Lexa cerró los ojos y la abrazó con fuerza.

–¿Me crees si te digo que habrá otra vez?

–Lo intentaré, pues no tengo elección –susurró Clarke–. Debo creerte.