ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 15

–Tienes el pelo mojado –comentó Clarke mientras observaba cómo Lexa recogía su ropa esparcida. Se apoyó en la puerta del baño. Llevaba el albornoz que se había puesto la noche anterior, cuando Lexa había aparecido en su habitación–. Si sales así de mi habitación y te presentas en una reunión, es como si llevaras un letrero diciendo: «Me he acostado con la primera hija».

Lexa sonrió y se abotonó la camisa.

–Me lo secaré mientras me visto. Tengo en la otra habitación una maleta que me trajo Marcus. –Se metió en los vaqueros y esbozó una leve sonrisa–. No sé cómo anoche me quedé dormida antes de deshacer el equipaje.

–Porque no te tenías en pie –explicó Clarke con una mezcla de irritación y preocupación–. ¿Alguien se va a ocupar de tus quemaduras?

–Se lo pediré a Reyes. El Servicio de Emergencias Médicas dejó una cosa para que me la pusiera. –Se dirigió a Clarke y apoyó las manos en su cintura–. Me ocuparé de ellas, te lo prometo.

–Será mejor que lo hagas –dijo Clarke con voz ronca. Odiaba hacerlo, pero tuvo que decir–: Deberías irte.

–Sí –suspiró Lexa, sin ganas de marcharse–. Me voy a pasar el día metida en reuniones. Reyes se ocupará de cualquier cosa que necesites.

Clarke sonrió irónicamente.

–Mientras no me obligue a jugar al pinacle con ella. Hasta ahí podíamos llegar.

–Entendido. –Lexa rozó la frente de Clarke con los labios. No se atrevía a más porque temía que, al sentir la suavidad de los labios de Clarke, no pudiese conformarse con un beso. Ya no se controlaba como antes; no dejaba de desear a aquella mujer. Por fin se apartó y se dirigió a la puerta, donde se detuvo con una mano en el pomo.

–A propósito, la doctora Coleman se encuentra bien. Creo que acabó debajo del montón cuando todos nos tiramos al suelo. Quedó un poco aturdida por la explosión, pero en buenas condiciones.

Clarke la estudió durante un momento, buscando alguna señal que contuviese un mensaje oculto en las palabras de Lexa. Debería haber sabido que no la había. Lexa Woods no se andaba con juegos.

–Gracias. Estaba preocupada.

–Ya lo supuse. –Lexa asintió y abrió la puerta.

–¿Lexa? –se apresuró a llamar Clarke, y la agente se volvió–. Sabes que no hay nadie, ¿verdad?

–Eso espero –replicó Lexa tiernamente, y luego se marchó.

Dos horas después, Clarke se encontraba en la puerta del centro de mando provisional y observaba a la gente agrupada en torno a la larga mesa de comedor que ocupaba el centro de la estancia. Lexa, vestida con un traje gris oscuro y una camisa de seda plateada, ocupaba un extremo de la mesa, mientras que Charles Pike se sentaba en el extremo opuesto. Marcus estaba a la izquierda de Lexa, y Reyes, con una venda en la frente y un corte muy aparatoso en un lado de la cara, se hallaba junto a él. Frente a ellos se encontraban un hombre y una mujer que Clarke no conocía. Blake parecía un poco incómoda, sentada entre Reyes y Pike. Charles Pike frunció el ceño y preguntó lacónicamente:

–¿Puedo hacer algo por usted, señorita Griffin?

Clarke lo observó un momento, y luego, tras dar la vuelta a la mesa, ocupó una silla junto a Lexa.

–Me gustaría tener una idea de lo que sucede.

Pike, fastidiado, se aclaró la garganta y ordenó unos papeles que tenía delante. Cuando levantó la cabeza, le dirigió una mirada glacial.

–Creo que en este momento todo lo que le cuente sería prematuro. Pondré en su conocimiento algunos hechos que tiene que saber en una cita posterior.

Clarke tenía muy claro que Pike no la quería allí, pero no le asustaban las opiniones de aquel hombre. En silencio se volvió hacia Lexa. Nadie podía echarla de la reunión, aunque no era habitual que asistiese a ellas.

–¿Comandante?

–Acabamos de empezar. –Lexa ni siquiera miró a Pike; en vez de eso, presentó a la pelirroja sentada junto a Clarke–. Señorita Griffin, ésta es la agente especial Luna Ryan, experta en perfiles, de la División de Ciencias de la Conducta de Quantico. Le he pedido que viniera para que nos diese una idea de lo que podemos esperar de Loverboy en el futuro.

–Creo que deberíamos hablar de las pruebas de la escena del crimen y analizar los restos de la bomba –contrarrestó Pike inmediatamente–. Lo que necesitamos son datos puros y duros, no teorías.

Lexa lo miró a través de la mesa, pero respondió en tono ecuánime:

–Todo es importante. Sin embargo, mi primer objetivo en esta reunión consiste en prever una amenaza potencial contra la señorita Griffin...

–Ella no debería estar aquí –repuso Pike–. El protocolo...

–Y en ese punto –Lexa continuó como si Pike no hubiese dicho nada–, me gustaría tener toda la información posible sobre el autor del atentado. –Señaló al atractivo hombre de piel oscura sentado junto a Ryan y continuó–: El capitán Lane es nuestro enlace de la División de Explosivos del Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, y en breve nos ofrecerá toda la información que usted quiera, agente Pike.

A Pike se le subieron los colores y, aunque parecía que quería seguir poniendo objeciones, resultaba difícil y políticamente inadmisible afirmar que la seguridad de Clarke no constituía la preocupación principal. No cabía duda de que estaba furioso por haber sido desbancado con tanta sutileza. Se limitó a apretar la mandíbula y a hacer un breve gesto de asentimiento.

–Continúe, agente Ryan, por favor –pidió Lexa.

Luna Ryan se enderezó en la silla.

–Después del incidente de ayer, estudié toda la información que tenemos sobre el sujeto no identificado, empezando por el primer contacto a principios de año. Tenía intención de indagar su conducta y buscar algún tipo de comportamiento cíclico o repetitivo. Esperaba identificar un desencadenante que nos permitiese predecir lo que hará a continuación. Esto es una cronología resumida. –Entregó varias páginas a cada uno de los sentados a la mesa.

–Lo que vemos –continuó, con voz experta y firme– es un comportamiento temporal muy errático marcado por hechos secuenciales predecibles. Por ejemplo, intenta seducir y, cuando no lo logra y sus insinuaciones son rechazadas, sigue con castigos agresivos.

–¿Eso explica que alguien presumiblemente obsesionado con la señorita Griffin quiera hacerle daño? –preguntó Marcus frunciendo el entrecejo.

Ryan asintió.

–En principio dejó un mensaje escrito en la puerta de la señorita Griffin, en el que insinuaba que él merecía todas las atenciones por parte de ella. Entre líneas había ira, pues sugería que estaba equivocada al entregar su afecto a personas indignas. En esencia, se ofrecía a sí mismo como pretendiente.

Esperó a que la ligera agitación que se produjo en la mesa se calmase.

–Naturalmente, cuando sus aproximaciones fracasaron, aumentó su furia y atentó por primera vez contra la vida de la señorita Griffin. Esto no se contradice con su obsesiva atracción, pues muchas veces los pretendientes rechazados recurren a la agresión. Se trata del típico caso de «O mía o de nadie más».

–¿Y qué significa el cambio de métodos? Primero un francotirador y ahora una bomba. –Lexa no miró a Clarke, pero percibía sus brazos sobre la mesa a escasos centímetros de ella. A Clarke tenía que resultarle difícil oír cómo hablaban de ella de forma tan impersonal unos desconocidos. Ojalá hubiese podido ahorrárselo. Sin embargo, sabía que no era posible ni deseable. Clarke tenía derecho a conocer la amenaza que la afectaba, y mantenerla en la ignorancia sólo conducía a perder su cooperación. Y si Clarke no colaboraba con ellos, se expondría a un peligro aún mayor–. ¿No se contradice con la opinión de que los reincidentes siempre atacan de la misma forma, que si empiezan con una pistola siguen con otra?

–Por desgracia, en este caso parece que no –afirmó Ryan–. No parece apegado a ninguna forma concreta de expresión violenta, como algunos psicópatas. Creo que eligió un método más aparatoso de expresar su disgusto porque su tolerancia al fracaso está disminuyendo. No ha funcionado nada de lo que ha hecho, y por tanto quiere asegurarse de que ella lo tome en serio desde ahora.

Lexa sintió un fuerte nudo de ansiedad en el pecho.

–Entonces, ¿lo que quiere decir es que contemos con un aumento de la violencia?

–Probablemente, tanto en el tiempo como en la forma. Su acción más reciente es una declaración. Nos recuerda que tiene poder, control y que no deberíamos ignorarlo. En realidad, me sorprende que no haya intentando ningún contacto personal antes.

–Sí que lo ha intentado –dijo Clarke en voz baja.

Lexa la miró y se le tensó un músculo de la mandíbula. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no levantar la voz.

–¿Se ha acercado a usted?

–No exactamente –dudó Clarke antes de toparse con la mirada penetrante de Lexa–. Me mandó un mensaje diciendo que quería que yo me reuniese con él.

Pike se levantó a medias de la silla y rugió:

–¿Cuándo fue eso? ¿Por qué no lo sabíamos? –Fulminó a Lexa con los ojos–. Woods, si se trata de una especie de treta del Servicio Secreto para dejarnos fuera de onda, voy a...

–No se lo conté a nadie –lo interrumpió Clarke, y Pike se hundió en la silla, mudo.

–¿Por qué no? –preguntó Lexa en tono amable.

–En ese momento no me daba cuenta de lo que significaba. –La preocupación nubló los ojos de Clarke–. Me enviaba mensajes a menudo, sobre todo correos electrónicos y... vídeos. Ya sabe que... informé de eso. Creí que sólo era más de lo mismo.

A Lexa se le encogió el estómago al recordar las explícitas imágenes sexuales que Clarke había recibido y los gráficos mensajes que describían con terrorífico detalle las fantasías de aquel hombre

anónimo con ella.

–¿Qué fue en esa ocasión?

–Sólo otro mensaje. Al menos eso pensé. –A Clarke le tembló un poco la voz–. Entré en el correo y apareció en la pantalla. Decía... decía que me había esperado y que ya no podía esperar más a que me decidiese, que tendría que hacerlo él por mí.

Reyes miró a Pike con gesto acusador.

–¿Y qué le pasó al poderoso programa Carnivore del FBI? Creí que su gente podía controlar los servidores de la señorita Griffin selectivamente y filtrar todos los mensajes. ¿Cómo entró ese mensaje sin que lo supiéramos?

–Eso está fuera de lugar, agente –gruñó Pike.

–Reyes tiene razón, y mucha –afirmó Lexa–. ¿Por qué ninguno de nosotros lo supo?

–Nos enteraremos más tarde, cuando hagamos un análisis del ordenador –intervino Blake, mirando a Clarke desde el otro lado de la mesa–. ¿Cuándo ocurrió eso?

–Más o menos hace una semana. –Clarke miró a Lexa y se le apagó la voz–. El día que usted regresó.

No hacía falta que Clarke dijese nada más. Lexa comprendió que parte de la razón de que Clarke no hubiese informado a nadie del mensaje era que no había pensado en la amenaza contra su vida. Su atención estaba centrada en el repentino regreso de Lexa al equipo de seguridad.

Blake continuó:

–Tal vez fuese un virus implantado previamente y activado por algo tan simple como un código oculto en un mensaje de correo electrónico inocuo. Aunque el sistema de la señorita Griffin ha sido chequeado, puede haber infiltrado algo posteriormente.

–¿Mató a Jeremy Finch porque no le hice caso? –Clarke miró a Luna Ryan, pálida–. ¿Es culpa mía?

–No –se apresuró a responder Lexa con vehemencia–. Nada de esto es culpa suya.

–La comandante Woods tiene razón –intervino Ryan–. Usted no es responsable de la muerte del agente Finch. El único responsable es el individuo que colocó y activó la bomba. Usted no podía acceder a sus exigencias porque él ni siquiera sabe hacia dónde va. Independientemente de lo que usted haga o no haga, nunca estará contento.

Pike aprovechó la ocasión para añadir, en tono despectivo:

–Naturalmente, no es usted la culpable. Sin embargo, nadie habría podido colocar la bomba si las medidas de seguridad hubiesen sido las oportunas.

Su crítica iba dirigida a Lexa, pero respondió Marcus:

–¡Maldito hijo de puta! –Marcus hizo ademán de levantarse de la silla, pero la voz de Lexa lo detuvo.

–Marcus. –El tono contenía una orden rotunda.

Marcus permaneció inclinado, con las manos apoyadas en la mesa y una expresión asesina mientras miraba a Pike.

–Tomémonos un descanso –sugirió Lexa en tono pausado, empujando su silla. Se levantó, pero no se movió hasta que todos salieron de la habitación, menos Pike y ella.

–Si tiene algo que decirme, agente Pike, dígalo ahora –exigió mirándolo a la cara.

–Es usted el que ha perdido un hombre, Woods, no yo. –Su expresión era petulante–. No tengo ni idea de por qué sigue usted al mando, pero yo no me sentiría muy cómodo en su lugar.

Lexa esperó a que él saliera para sentarse lentamente en la silla. Habría discutido si él no hubiese tenido razón.

–¿Lexa? –Clarke estaba en la puerta del comedor–. No crees eso, ¿verdad?

Lexa miraba la mesa con gesto inexpresivo. Al oír la voz de Clarke, se enderezó rápidamente y se esforzó por sonreír.

–¿Escuchando a escondidas temas federales, señorita Griffin?

–Ya me conoces. Y no intentes distraerme con esa encantadora sonrisa. –El automático intento de Lexa de ocultar sus sentimientos no barrió el dolor de sus ojos. –He escuchado lo que acaba de decir Pike. No tiene derecho a culparte.

–Sí, sí que lo tiene –suspiró Lexa, cansada, desplomándose, pues en ese momento nadie más que Clarke podía ver su fatiga–. Ha muerto un hombre bajo mi mando. Es responsabilidad mía.

El primer instinto de Clarke fue discutir, porque no podía soportar la angustia de la voz de Lexa, pero sabía que daba igual. Comprendía el sentimiento de responsabilidad de Lexa, aun cuando racionalmente no se podía contar con que las personas anticipasen todas las eventualidades. Lexa no sólo estaba entrenada para asumir la culpa, sino que además Clarke sabía que era natural en ella. Constituía una de las razones de que la admirase y, admitió de mala gana para sí, también una de las razones de que la amase. Por desgracia, también era algo que las separaba.

–Hablé con mi padre la noche antes de que llegaras. –Clarke atravesó la habitación y tomó una silla para sentarse a la izquierda de Lexa. Extendió la mano sobre la mesa hasta que sus dedos tocaron la muñeca de la agente. No era suficiente, pero no tenían otra cosa de momento–. Me dijo que confiaba mucho en ti y que yo debía hacerte caso.

Lexa no pudo evitar una sonrisa.

–¿Por qué será que creo que pasaste por alto la última parte?

–Bueno. –Clarke se rió con ternura–. No siempre hago todo lo que me manda. –Le acarició el dorso de la mano con los dedos–. Pero estoy de acuerdo con él en que tú haces todo lo posible. Y siento lo que le ocurrió al agente Finch.

–También yo –susurró Lexa, y se acordó del terrible silencio al otro extremo de la línea, cuando informó a la familia de Jeremy de que lo habían matado. La estoica respuesta de los familiares y el amable agradecimiento por llamarlos personalmente lo hicieron aún más difícil. Pero no era lo peor–. Podías haber estado en ese coche, Clarke. Otros treinta segundos y habrías sido tú.

–Pero no estaba –se apresuró a responder Clarke ante la desnuda tormenta de los ojos de Lexa, apretando el brazo de la agente–. No te tortures más.

–No sé lo que habría hecho –murmuró Lexa, intentando no pensar en tal posibilidad.

–No hagas eso. Estoy perfectamente y, mientras tú estés a salvo, me encontraré bien.

Lexa sonrió. La presencia de Clarke, como siempre, despejó las imágenes de pesadilla de su mente.

–Entonces, parece que nos hallamos en la misma situación, señorita Griffin. Porque, mientras usted esté a salvo, yo también me encontraré bien.

–Al fin coincidimos en algo, comandante.

Durante un momento se limitaron a apoyarse mutuamente; sus manos se rozaban, pero su conexión era mucho más profunda que el contacto físico. Lexa dijo de mala gana:

–Tengo que terminar la reunión. ¿Quieres quedarte?

–¿Me pondrás al corriente después? –preguntó Clarke.

–Sí.

–En ese caso, creo que ya he tenido bastante ración de gente y procedimientos de momento. ¿Hay alguna regla que me prohíba salir?

–No, siempre que no te importe que te acompañen –respondió Lexa–. Y preferiría que te quedases en el jardín, al menos esta tarde.

–Es que ni siquiera sé dónde estamos.

–Lo siento. Olvidé decírtelo. –Lexa parecía disgustada–. Croton-on-Hudson –dijo, aludiendo a una pequeña comunidad de bonitos paisajes en el río Hudson.

Clarke empujó la silla y se levantó lentamente.

–Entonces, la veré después, comandante.

Lexa también se levantó y observó cómo Clarke iba a la otra habitación, cuadraba los hombros y seguía. Marcus estaba esperando en la puerta.

–Acabemos con esto, Marcus –ordenó–. Que vengan todos.

–Pike intenta crearle problemas –comentó con indignación.

–Que lo intente –dijo Lexa con resolución–. No olvidemos nuestras prioridades. Tenemos que centrarnos en la seguridad de Egret, y creo que él cuenta con información que necesitamos. Utilicémoslo.

Marcus miró hacia donde había ido Clarke, y luego preguntó en voz baja:

–¿Le va a contar lo de la fotografía?

–Sí.

–El protocolo de servicio ordena que no se avise nunca a los protegidos de las amenazas. –Marcus torció el gesto–. Claro que ahora es un poco tarde.

–Conozco los protocolos, Marcus. –Habló porque Marcus le caía bien y lo respetaba. No se preguntó si lo aprobaba, porque no necesitaba su aprobación. Le daba la sensación de que no estaba de acuerdo, pero la decisión no dependía de él–. Ella tiene que saber las cosas.

Caía el atardecer cuando Lexa finalizó la reunión y fue a reunirse con Clarke. La encontró sentada en el pequeño embarcadero a orillas del río que corría por detrás de la propiedad. Emori Grant la vigilaba desde una arboleda situada a veinte metros, mientras Harry Rodríguez, otro agente del Servicio Secreto que Lexa había reclutado en la oficina de Nueva York, observaba el río y la orilla opuesta con prismáticos. Clarke y ella estaban todo lo solas que podrían estar en el futuro inmediato. Lexa se sentó a su lado.

–Hola.

–Una reunión larga, comandante. –Clarke esbozó una sonrisa.

–Sí.

–¿Algo nuevo?

–No gran cosa. –Lexa suspiró con frustración–. Un montón de teorías conflictivas sobre la bomba, pero no demasiados datos concretos. Parece que fue un explosivo de alto orden, probablemente RDX, el material más corriente en estos casos. El capitán Lane dice que el limitado alcance de la explosión es indicio de una carga pequeña que podría haber sido detonada con algo de aspecto tan inofensivo como un buscapersonas–. Arrancó una astillita del muelle y la lanzó al agua. –No sabemos ni cómo ni cuándo se colocó, pero el vehículo había sido revisado tres días antes. En este momento Pike tiene un equipo en la tienda entrevistando a los empleados, buscando repuestos que pudieron usarse... cualquier cosa.

–Pero seguramente alguien vigilaba el coche mientras lo arreglaban.

–Sí –afirmó Lexa–, aunque Lane dijo que no se tardaría más de un segundo en colocar algo bajo la carrocería con un imán o incluso con un adhesivo. Tal vez lo hiciera ayer, mientras el coche nos seguía durante la ruta de la carrera. Jeremy tuvo que ir muy despacio y hacer numerosas paradas debido a la aglomeración de gente.

Clarke se estremeció, pero no encontró palabras para expresar su horror.

–Hay algo más. –Lexa le entregó el pequeño rectángulo blanco que llevaba en el bolsillo desde hacía horas.

–No entiendo. –Clarke contempló la fotografía: una imagen de sí misma en el podio de Sheep Meadow, en la que aparecía Lexa bien visible detrás de ella, tomada el día anterior, durante el discurso. Sus ojos se fijaron en la X rodeada por un círculo y dibujada en rojo sobre su pecho–. Si me tuvo a su alcance mientras estaba en el escenario, ¿por qué... no disparó?

–Dale la vuelta –pidió Lexa.

Clarke lo hizo y leyó la horriblemente familiar letra mayúscula del dorso: «PODRÍAS HABER SIDO TÚ». Contuvo la respiración y le tembló la mano.

–Esto estaba en el sobre que Ontari quería darme, ¿verdad?

–Sí.

–¿Qué intenta decir?

–La agente Ryan cree que ayer no eras el blanco buscado. Loverboy no quería matarte a ti. Sólo pretendía enviarte el mensaje de que podía hacerlo si quería.

Clarke miró a Lexa y se le hizo la luz de forma horrible:

–¿Y el rifle que disparó delante de mi casa? ¿Era yo el blanco... o tú desde el principio?

–No está claro. –Lexa parecía incómoda, pero no quería mentirle–. Es imposible reconstruir la escena exactamente porque no tenemos documentación en vídeo adecuada. Ni siquiera supe que había una reconstrucción hasta esta tarde. El FBI ha confiscado todas las cintas de tu casa que mostraban el día del tiroteo, y ninguno de nosotros las ha visto. –Otra astilla cayó al río.

Clarke esperó, sin apartar los ojos de la cara de Lexa.

–Por el ángulo de la cámara se puede saber la secuencia precisa de acontecimientos ocurridos cuando se hizo el disparo. Ni siquiera con remasterización digital y secuencias temporales queda claro si la línea de la trayectoria iba hacia ti o hacia mí, porque estábamos muy juntas y las líneas de visión del vídeo no son buenas. –Se calló un segundo–. No lo sé con certeza.

–No me lo creo. ¿Pretendes decirme que te has pasado la tarde viendo una cinta de vídeo en la que te disparaban?

–Bueno, no toda la tarde –respondió Lexa, que intentaba diluir la ira que notaba en la voz de Clarke. No había sido tan difícil, después de verla la primera vez, observar lo rápido que había respondido todo el mundo y lo bien protegida que estaba Clarke. La revisión de la cinta había liberado gran parte de la ansiedad que sentía sobre la vulnerabilidad de Clarke.

Clarke se levantó rápidamente, ciñéndose con los brazos. Aunque el aire de la noche aún era caliente y húmedo, tenía muchísimo frío. Lo intentó, pero no consiguió asimilar cómo sería ver una cosa así.

–Clarke. –Lexa se levantó y se puso a su lado–, no pasa nada.

–No, claro –espetó Clarke, incapaz de reprimir la creciente tormenta de emociones–. A todas luces pasa algo. Ya me cuesta bastante saber que podrías haber muerto mientras intentabas protegerme. Pero es peor creer que te podrían haber matado sólo para llamar mi atención.

Se volvió tan de repente hacia Lexa que sus cuerpos se tocaron un momento. Lexa retrocedió medio paso, inusitadamente sorprendida, mientras la feroz mirada de Clarke se cruzaba con la suya.

–¿Ahora comprendes por qué no te quiero en mi equipo? –preguntó–. ¿Acaso no entiendes que no deseo perderte?

–Clarke... –Lexa quería consolarla a toda costa–. Lo cogeremos. Te lo prometo. Tenemos miles de metros de cintas de vídeo del parque y cientos de instantáneas. Contamos con la descripción de Ontari Coleman de la persona que le dio el sobre. El perfil de Ryan circula por todas las bases de datos del país en este momento. Los artificieros del Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego están elaborando un perfil a partir de los restos de la bomba. Cada hora que pasa tenemos más idea de cómo encontrarlo.

–Y hasta que ocurra, estarás en peligro –repuso Clarke, con el pecho encogido por el pánico–. Tú o Reyes o Marcus o Blake o alguien cuyo nombre ni siquiera sé podría morir.

Lexa le cogió la mano, sin importarle que Grant las viese.

–Todos estamos bien entrenados y tenemos conciencia del peligro. No va a pasar nada.

–No puedes saberlo.

–Tienes razón, no puedo –dijo Lexa, y su voz se elevó con una mezcla de frustración y compasión–. Pero no voy a marcharme. Sé hacer este trabajo y tengo más motivos que nadie para hacerlo bien. –Agarró la otra mano de Clarke y miró sus agitados ojos azules–. Debo hacerlo. Maldita sea, Clarke, te amo.

–Si fuera cierto, Lexa, me dejarías en paz –protestó Clarke soltando las manos. Luego se volvió, trepó a toda prisa por la cuesta, pasó por delante de Grant y desapareció en la casa, mientras Lexa la miraba.