ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 16

Cuando Lexa volvió a la casa, pasadas las ocho de la tarde, Charles Pike amontonaba carpetas en un maletín viejo, dispuesto a marcharse. Alzó la vista cuando Lexa entró en la habitación y dijo:

–Mi equipo dice que el edificio de Egret es seguro. Le he comunicado que podía volver a su casa en cuanto estuviese lista.

–¿Dónde está?

–Recogiendo sus cosas, supongo.

–¿Cuál es la parte que no entiende usted acerca de su falta de competencias para tomar decisiones relativas a la seguridad de Egret, Pike? –Lexa estaba indignada y, por primera vez, no se molestó en ocultar su irritación. Había tenido una tarde infernal y su reciente conversación con Clarke le había puesto los nervios a flor de piel–. Usted no tiene ni voz ni voto sobre adónde va ella, ni cuándo ni cómo. No le atañen sus movimientos ni su protección.

–Sólo quería echarle una mano a usted –replicó Pike, fingiendo sorpresa–. Como ha sufrido una baja, pensé que debía ayudarla.

–No necesito que me ayude, Pike. –Se acercó a él con un peligroso destello en sus ojos verdes–. Lo único que necesito es que me mantenga informada de todo lo que se sepa sobre Loverboy. Nada más. Eso es todo. ¿Resulta demasiado complicado para que usted lo asimile?

Marcus entró en la habitación a tiempo de escuchar la última observación de Lexa y lo sorprendió el matiz de su voz. Nunca la había visto perder el control ni por asomo. Incluso quien no la conociera notaría que pasaba algo. Marcus se fijó en que Lexa apretaba los puños a los lados y en que brillaba algo peligroso en sus ojos. Blake debió de pensar lo mismo. Observó en detalle a Pike y a la comandante y se acercó cautelosamente.

–Eh, todos nosotros queremos capturar a ese tipo. –Pike cerró el broche de su maletín y cogió la chaqueta del traje, que había colgado en el respaldo de una silla. Se calló y dedicó a Lexa una sonrisa burlona totalmente desprovista de humor–. Aunque ya sabe que es difícil pescar si los peces no pican, y casi nunca pican si no hay nada en el anzuelo.

Lexa se movió tan rápido que cogió desprevenidos a Marcus y a Blake. Agarró a Pike por la pechera de la camisa antes de que él pudiese detenerla. Y a continuación, lo empujó contra la pared, retorció la tela de la camisa con los puños y le apretó el cuello. La tez rubicunda de Pike se tornó carmesí. Cuando Lexa habló, lo hizo en tono grave y letal, aunque todos pudieron oírla.

–Clarke Griffin no es carnaza, no forma parte de esto ni nunca la formará. Ni se le ocurra. No se acerque a ella sin mi permiso. –Subrayó cada frase con una ligera sacudida–. No hable con ella. No la informe. Ni siquiera la mire.

La cara de Pike se había vuelto de color púrpura y respiraba con dificultad, pero pesaba treinta kilos más que Lexa y era un agente entrenado. Agarró el brazo derecho de Lexa con ambos puños y, aunque no la lastimó, consiguió soltarse. Lexa se puso pálida cuando el dolor recorrió su brazo y lo soltó, retrocediendo con gesto reflexivo. Pike se abalanzó hacia ella, pero Blake lo retuvo por el brazo. Marcus se puso delante de Lexa para separarlos.

–Está fuera de control, Woods –farfulló Pike–, y los dos sabemos por qué, ¿no? Tal vez si no se empeñase en jo...

–Cállese, Pike –gritó Lexa, intentando rodear a Marcus para asaltar de nuevo al agente del FBI. Le costaba mantenerse en pie y una oleada de náuseas siguió al dolor que le acribillaba el brazo. Hizo acopio de todas sus fuerzas y dijo–. Recuerde lo que le he dicho. Manténgase alejado de ella.

–Comandante –intervino Marcus con voz pausada–, parece que está sangrando. Debería sentarse.

–Vamos, señor –terció Blake, colocándose delante de Pike para aumentar la distancia entre los dos agentes veteranos–. Todo el mundo está nervioso. Tranquilicémonos.

Dio la impresión de que Pike se daba cuenta en aquel momento de que Blake estaba en la habitación.

–Recuerde de qué lado está, Blake –advirtió y, finalmente, cogió el maletín y se dirigió hacia la puerta. Lanzó una mirada fulminante a Lexa, frotándose el cuello en el lugar en el que la camisa se lo había dejado en carne viva–. Su reputación no la protegerá siempre, Woods. A los héroes se los olvida enseguida.

Lexa no respondió. Tenía problemas para respirar y veía manchas negras. Apenas distinguía el rostro de Pike.

–Blake –urgió Marcus con un susurro ronco–. ¿Puede acompañar a la comandante y mirar ese brazo?

Blake miró una vez más a su superior para asegurarse de que se marchaba, y luego se volvió hacia los agentes del Servicio Secreto. Ahogó un grito sin poder contenerse cuando vio la creciente mancha en la chaqueta de Lexa Woods. Un reguero de sangre corría por la manga hasta la mano y amenazaba con gotear sobre el suelo.

–De acuerdo –accedió, se colocó junto a Lexa y le pasó un brazo por la cintura–. Acompáñeme, comandante.

–Tengo que hablar con Clarke –dijo Lexa, tratando de separarse.

Le dolía la cabeza y no sentía la mano, pero aún era capaz de pensar. Y en lo único que podía pensar era en que Pike quería exponer a Clarke para que Loverboy volviera a intentarlo. «Lo mataré por esto.»

–Yo hablaré con la señorita Griffin –indicó Marcus.

–No –repuso Lexa con voz apagada–. No puede marcharse. Debo hablar con ella. Necesito... el informe de Wells. Quiero el del FBI... –titubeó, mareada, casi a punto de vomitar.

Blake la sujetó más fuerte cuando Lexa se tambaleó y dirigió una significativa mirada a Marcus.

–Yo me encargaré de eso, comandante –respondió Marcus inmediatamente–. Siga, Blake –urgió. Temía que Lexa se desmayase. Odiaba verla dolorida y sabía que se pondría furiosa si alguno de los otros agentes la veía en semejante estado físico.

Marcus vio con gran alivio que Lexa accedía al fin a que la acompañase Blake. Sofocada esa crisis, se preparó para una reunión con Egret. Ojalá que no preguntara por qué la informaba él en vez de la comandante. Nunca se le habían dado bien los subterfugios.

Sobre la cama había una maleta vacía y Clarke estaba delante. La revelación de que Loverboy había apuntado intencionadamente contra su equipo de seguridad la había conmovido hasta lo más hondo. Saber que Jeremy Finch había muerto por su culpa y que Lexa había estado a punto por la misma razón resultaba impensable, incomprensible y más escalofriante que la amenaza potencial contra su propia vida. Se sentía responsable, culpable y atrapada por las circunstancias, y tenía ganas de aporrear algo. «Pike dijo que podía irme a casa. Debería irme. No necesito el permiso de Lexa. Maldita sea.» Su irritable humor no mejoraba en absoluto cuando recordaba la franca declaración de amor de Lexa Woods. Aquellas pocas palabras la habían conmovido más que todo lo que había sucedido, y eso le daba miedo. Cuando pensaba que se iba a volver loca, llamaron a la puerta.

–¿Quién es? –ladró.

–Marcus Kane, señorita Griffin.

–Adelante.

Cuando él entró, Clarke lo miró con el ceño fruncido y se fijó en que parecía un poco intranquilo, lo cual no era habitual en él.

–¿Qué sucede, Marcus?

–La comandante le pide que permanezca aquí hasta que tengamos informes completos. El agente especial Pike ha sido... en fin... prematuro al decirle que podía marcharse.

–¿Por qué no me lo dice ella misma?

Marcus dudó.

–No está disponible.

«¿No estaba disponible?» Clarke lo miró y, durante un momento, Marcus bajó la vista. A Clarke se le aceleró el corazón. Algo iba mal.

–¿Qué pasa?

–Nada –se apresuró a responder Marcus–. Sólo está... indispuesta.

–A ella no la indispone nada, salvo una fusión nuclear. ¿Dónde está?

Marcus suspiró y admitió la derrota.

Clarke llamó a la puerta, pero no esperó respuesta. Abrió la puerta del cuarto de baño de la habitación de Lexa y entró en el reducido espacio. Blake estaba arrodillada delante de la jefa del Servicio Secreto, que estaba sentada sobre la tapa del váter, sin camisa, con la cabeza gacha y los ojos cerrados. El sudor perlaba el rostro de Lexa y su piel parecía gris bajo la agresiva luz fluorescente. A Clarke se le encogió el estómago. «Dios, ¡cómo odio esto!»

–¿Qué ha ocurrido? –preguntó en tono cortante, y rodeó a Blake para ver qué hacía la agente del FBI–. Marcus dijo que se encontraba indispuesta.

Entonces, vio la herida y se quedó callada. «Indispuesta. Bonita palabra para semejante horror.»

Blake sostenía una compresa de gasa sobre un desgarro largo y abierto del antebrazo de Lexa que rezumaba sangre oscura. La quemadura circundante estaba llena de ampollas y supuraba; y todo el brazo, hinchado al doble de su tamaño normal.

–Se le abrió una parte de la quemadura. Casi ha dejado de sangrar.

–¿Quién lo ha hecho?

Había un tono peligroso en la voz de la primera hija, y Blake prefirió no responder.

–Déjeme ver qué hay debajo de la compresa –ordenó Clarke, y se inclinó para mirar cuando Blake la obedeció. Era evidente que la herida había sangrado mucho. No le hacía falta ver el montón de esponjas empapadas para saberlo. Le bastó con mirar a Lexa–. Tiene que ir a un hospital.

Lexa abrió los ojos y, tras unos momentos, los centró en el rostro preocupado de Clarke.

–Me encuentro bien. Blake lo está curando.

A Clarke le temblaban las manos y sabía que no tenía la voz firme. «Demasiada sangre.»

–Octavia –dijo Clarke, haciendo acopio de todas sus fuerzas–, o la mete en el coche y la lleva, o lo haré yo misma.

–Clarke –Lexa habló con dulzura e hizo un esfuerzo para enderezarse. El movimiento le revolvió el estómago, se dobló otra vez y tuvo que esperar un segundo para continuar–: Si me miran en un hospital, seguramente me darán de baja, al menos temporalmente.

–No me importa –aseguró Clarke, recuperando la compostura cuando la impresión inicial al ver la herida de Lexa comenzó a remitir–. Marcus está aquí. Puede ocuparse de las cosas. –Se acercó más y le acarició la frente con los dedos, apartando un mechón húmedo de delante de sus ojos–. Tienes frío –murmuró, luchando contra la punzada de ansiedad que sentía en las entrañas.

–Un poco. –Lexa procuró no temblar. «Dios, no quiero vomitar en este momento.»

Clarke se fijó en que Lexa llevaba sólo una fina camiseta de seda sin mangas y buscó algo para taparla. La camisa de vestir que estaba en el suelo, arrugada y manchada de sangre, no se podía utilizar. Con los ojos entrecerrados también reparó en Blake, arrodillada firmemente entre las piernas estiradas de Lexa. «Tal vez tenga que matar a Octavia, pero no ahora mismo.»

–Hay una manta a los pies de la cama –comentó Blake sin levantar la vista, y aplicó un ungüento tópico antibiótico para quemaduras sobre el brazo de Lexa–. Lo siento –añadió cuando Lexa hizo una mueca.

–Tranquila.

Clarke salió sólo unos segundos. Cuando volvió, Lexa se había sentado un poco más derecha, tratando por todos los medios de ocultar su incomodidad.

–Eso no me vale, Woods –dijo Clarke, enfadada, cubriendo la parte superior del cuerpo de Lexa con la manta–. Aún debe ir a un hospital.

–Señora. –Blake envolvía con eficiencia una suave venda de gasa desde la mano de Lexa hasta el bíceps–. Tengo el título de ayudante médico y el de los Servicios de Urgencias. En un hospital no van a hacer por ella nada que no haya hecho yo.

Clarke se volvió hacia ella con una respuesta airada en los labios. Octavia Blake le dirigió una mirada tranquila, llena de reconfortante certidumbre.

–Se pondrá bien.

–¿Está segura? –Clarke se encontraba otra vez junto a Lexa y, sin darse cuenta, había puesto la mano sobre la nuca de la agente. Acarició suavemente con los dedos los castaños mechones de cabello.

–Sí, señora, lo estoy. –Si Blake se fijó en las acciones de Clarke, no dio la menor señal.

–Sólo necesito acostarme durante una hora o así –insistió Lexa, que se sentía mejor, pues el dolor había empezado a ceder.

Clarke retiró la mano y se apartó. Habló con un tono lleno de triste resignación.

–¿Cuidará de que lo haga, agente Blake, por favor? –Quería quedarse con ella, pero sabía que no podía. Allí no, no en aquellas circunstancias. Era una agonía dejarla.

La compasión suavizó la voz de Blake.

–Lo haré, señorita Griffin. No tiene por qué preocuparse.

Clarke observó a Octavia Blake un momento, y luego miró a Lexa.

–Por una vez, comandante, deje que alguien la cuide.