ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.
CAPÍTULO 17
Marcus estaba en el sofá, con aspecto agotado, cuando Blake volvió a la habitación.
–¿Se encuentra bien?
–Más o menos. –Blake se hundió en el sillón, junto a Marcus, y lanzó un suspiro–. Le va a doler muchísimo, pero se le curará.
Se miraron con cautela, tratando de calibrar sus respectivos esquemas mentales. Estaban en equipos opuestos, por decirlo de alguna forma, y sólo llevaban unos días trabajando juntos; unos pocos días que parecían un siglo. Como ambos habían presenciado el incidente, Marcus preguntó:
–¿Tiene alguna idea de qué hay detrás de todo esto?
Blake escogió las palabras con cuidado. Se daba perfecta cuenta de que se encontraba allí en calidad de préstamo temporal al Servicio Secreto y que, en última instancia, tenía que sobrevivir dentro de la jerarquía del FBI. Por otro lado, nunca defendería a alguien como Charles Pike, aunque pusiera en peligro su carrera.
–El agente especial Pike no se confía a mí, agente Kane –explicó–. Sin embargo, hablando como mera observadora, diría que la comandante se la pone dura.
Marcus parpadeó, y luego esbozó una ancha sonrisa.
–En ese caso, va a tener que esperar mucho para aliviarse.
–Yo diría lo mismo. –Blake le devolvió la sonrisa.
Poniéndose serio, Marcus preguntó:
–¿Alguna idea del porqué?
Blake se encogió de hombros.
–No sé qué le pasa. Al principio, pensé que se trataba sólo de política del FBI. Ya sabe cómo son esas cosas: dos jefes juntos en el mismo caso son como dos pitbulls dentro de un pequeño redil. Pero parece que hay algo más y no lo entiendo bien para hacer especulaciones.
–No teníamos bastante ya con tener que preocuparnos por Egret –Marcus apoyó los pies en la mesita de café, dándose cuenta de repente de lo cansado que estaba–, para que ahora tengamos que preocuparnos también de Pike y de la comandante.
–No creo que tenga que preocuparse de la comandante –repuso Blake–. Está un poco abatida ahora mismo, pero, cuando se recobre, seguro que podrá lidiar con él. No ha llegado hasta donde ha llegado dejando que la empujasen hombres celosos de su competencia o de su puesto. Creo que deberíamos concentrarnos todos en capturar a Loverboy y dejar que la comandante se las arregle con Pike.
Marcus suspiró, mostrándose de acuerdo.
–Me suena a plan.
–¿Ha visto a Reyes? –preguntó Blake.
–La última vez que la vi estaba hablando con Luna Ryan en la cocina.
Blake enarcó una ceja y se levantó.
–¿Estará allí ahora?
Marcus vio cómo se alejaba y se preguntó por qué se sentía como si nunca supiera realmente qué sucedía a su alrededor.
Pasaba de la una cuando Lexa salió al pasillo a oscuras. Cerró la puerta sin hacer ruido, se volvió y se encontró con los ojos de Octavia Blake, que hacía la guardia nocturna en la ventana más próxima. El pasillo estaba envuelto en sombras, pero la luz de las lámparas del salón iluminaba los rostros de ambas. Se observaron en silencio. Luego, con un gesto ostensible, Blake le dio la espalda a Lexa y miró por la ventana hacia la noche. Lexa atravesó los escasos metros que la separaban del lado opuesto del pasillo y abrió la puerta del dormitorio de Clarke. Entró y se detuvo para que sus ojos se acostumbrasen.
–¿Se trata de una visita oficial, comandante? –preguntó Clarke en voz baja desde la oscuridad.
–No.
–Entonces, no encenderé las luces.
Lexa fue hasta el borde de la cama y se sentó, buscando la mano de Clarke con la suya sana.
–Siento lo de antes. No quería preocuparte tanto.
–¿Cómo te encuentras?
–Mejor. –Dudó un instante, pero sabía que tenía que decirlo–. Duele de mala manera, pero no me mareo y tengo el estómago bien. Me encuentro perfectamente.
–¿Has venido a darme un informe médico personal? –preguntó Clarke en tono cortante. Tras aliviar su preocupación, recordó lo enfadada que estaba. Se incorporó sobre las almohadas, muy consciente de que estaba desnuda bajo la ligera sábana–. Porque, si es ése el motivo, ya has cumplido con tu deber.
–No. –Lexa rodeó con el pulgar la palma de la mano de Clarke. Las ventanas estaban abiertas, pero el aire de finales de julio era caliente. Lexa, que sudaba bajo la camiseta de algodón sin mangas y los pantalones de chándal, se secó la humedad de los ojos con la mano herida–. He venido porque no podía dormir. No paraba de pensar en ti, aquí, en la cama.
El pulso de Clarke empezó a martillear, pero ella lo ignoró tenazmente. En esa ocasión no iba a dejar que su cuerpo pudiese con su sentido común.
–Esto no funciona, Lexa.
Una mano fría oprimió el corazón de Lexa, dificultándole la respiración, pero respondió en tono tranquilo.
–¿Por qué no?
–Sabes por qué. Ya pasamos por esto antes y no ha cambiado nada. No soporto preocuparme por ti sabiendo que puedes resultar herida por mi causa. No puedo hacerlo. No quiero arriesgarme a sentir algo por ti.
–Si cruzáramos la calle –dijo Lexa como si Clarke no acabase de clavarle un cuchillo en las entrañas– y un coche estuviera a punto de atropellarme, ¿me quitarías de en medio aunque pudiera atropellarte a ti?
–Sí, claro –afirmó Clarke con cariño–. Pero las probabilidades de que eso suceda son casi nulas.
–Ya lo sé. –Lexa acercó la mano al hombro de Clarke y acarició levemente el resalte de la clavícula–. Y las probabilidades de que yo muera por salvarte son igual de escasas. Hemos tenido una racha de mala suerte.
Clarke se rió y atrapó la mano de Lexa entre las suyas. La innegable excitación que el mero contacto de los dedos de Lexa había desatado la distraía demasiado.
–Bueno, no confío en la suerte. O dimites de mi equipo o no quiero nada contigo, salvo las reuniones diarias.
Lexa se inclinó y rozó con sus labios el hombro de Clarke.
–No –repuso con gran dulzura.
Clarke prefirió ignorar la rápida punzada de deseo que la recorría.
–¿Cómo? –consiguió decir en tono frío.
–No –repitió Lexa, acercando la boca una milésima a la nuca de Clarke. Se había inclinado sobre ella y sus pechos rozaban ligeramente el brazo desnudo de Clarke. Sintió cómo los pezones se le endurecían bajo la camiseta de algodón y se dio cuenta de que Clarke también los percibía.
–No se trata de sexo –explicó Clarke con voz ronca, muy consciente del fuego que se avivaba a cada momento. Temblaba ligeramente, pues su piel revivía al tocarla Lexa.
Lexa cogió la mano de Clarke y la apretó contra su pecho. Su corazón latió junto a la palma de la joven.
–Ni de esto –susurró–. He intentado con todas mis fuerzas no quererte. He intentado no necesitarte. No puedo evitarlo ni pararlo. Ninguna de nosotras lo ha elegido. –Besó suavemente los dedos de Clarke y los puso de nuevo sobre su corazón–. No soy capaz de alejarme. No puedo dejar de amarte ni de hacer lo que sé hacer para que estés a salvo. Por favor, no me pidas esas cosas.
«No me hagas esto.» Clarke desvió la cara, esforzándose por resistir el empuje de las palabras de Lexa y la dulce seducción de sus dedos.
–No quiero que me ames –protestó con voz rota.
Lexa puso los labios sobre el hueco de la garganta de Clarke.
–Sí –afirmó dulcemente, levantó la sábana y tocó los pechos de Clarke–. Sí que quieres.
Incapaz de controlar la oleada de deseo, Clarke gimió y arqueó la espalda.
–Maldita seas, Lexa. –Pero en su voz había un fino matiz de añoranza.
–Clarke –murmuró Lexa apartando la sábana. Movió los labios sobre el pecho de Clarke, encontró el pezón y lo tomó cuidadosamente entre los labios. Luego lo chupó despacio hasta que se endureció y lo mordió ligeramente, haciendo que Clarke gimiese. También ella estaba dura y húmeda, y entre sus muslos latía una vibración apremiante. Se sentó, jadeando con repentina urgencia.
–Ayúdame a desnudarme.
Clarke se obligó a centrarse en medio de destellos de excitación y vio cómo Lexa se empeñaba en quitarse la camiseta con una mano.
–Ven –dijo rápidamente, adelantándose–. Déjame que lo haga yo.
Con cuidado deslizó el tejido sobre la venda del brazo de Lexa, y luego buscó los nudos del pantalón. Después de que Lexa se despojase de su ropa, Clarke tomó la mano sana y la arrastró hasta que la agente se acostó a su lado en la cama. Luego acarició con la mano el cuerpo tendido de Lexa: el abdomen, el muslo y el interior de la pierna.
–Me estás distrayendo otra vez. –Lexa levantó las caderas, respirando agitadamente.
–Me gusta distraerte, ¿recuerdas? –murmuró Clarke. Rozó con los dedos el calor espeso y húmedo entre las piernas de Lexa y se le hizo un nudo en la garganta cuando su propio cuerpo se encogió a modo de respuesta.
Lexa hizo un esfuerzo por ponerse encima y resolló al apoyarse en el brazo herido.
–¿Qué pasa? –preguntó Clarke, nerviosa, sentándose.
–Mi brazo –respondió Lexa empujando a Clarke sobre las almohadas. El movimiento arrancó otro quejido.
–Tiéndete, Lexa –ordenó Clarke. Mientras hablaba, tomó a Lexa suavemente por los hombros y la hizo tenderse–. Déjame a mí.
Lexa no protestó. Aún sentía el hormigueo de la breve caricia de Clarke y estaba más que lista para más.
–La verdad es que disfruto cuando me distraes –confesó.
Con una ligera risa, Clarke se encajó entre las piernas de Lexa y apoyó la mejilla en su pecho. Rozó con los labios un pezón, arrancando un gemido a su amante, antes de besar todo el abdomen de Lexa. En respuesta, Lexa cerró los ojos con un largo y grave suspiro de rendición. Levantó las caderas cuando las manos de Clarke apretaron sus muslos y la abrieron. Arqueó la espalda, con los músculos tensos, cuando los labios de Clarke la besaron. Y reprimió un gemido, temblando, mientras la lengua de Clarke la atormentaba. El tacto tierno y experto de Clarke despejó el dolor, la fatiga y la preocupación.
–Eres buenísima –susurró Lexa débilmente, con los dedos enredados en el pelo de Clarke. Le faltaba muy poco, pero aún no quería correrse–. Buenísima.
Clarke respondió masajeando el punto que hacía temblar los músculos de Lexa y aceleró, arrancando otro ronco jadeo. Sentía cómo Lexa se retorcía bajo su lengua y sabía que estaba a punto. Clarke deslizó un brazo en torno a las caderas de Lexa y la acercó más y, cuando la tomó con la boca, las manos y el corazón descubrió la verdad pura y simple: la amaba. No había parada ni vuelta atrás para ninguna de las dos. No en aquel momento. Ni al día siguiente. Nunca.
El turno de día aún no había entrado de servicio cuando Lexa abandonó la habitación de Clarke al amanecer. Blake seguía vigilando en la ventana. Lexa se dirigió hacia ella y se puso a su lado. Sus ojos se cruzaron cuando le preguntó:
–¿Alguna novedad, agente Blake?
–No, señora. Ha sido una noche muy tranquila.
–Entonces, ¿nada fuera de lo normal? –volvió a preguntar Lexa.
Le daba la sensación de que, si Blake tenía un problema, sería mejor tratarlo abiertamente, cara a cara, y no en un informe enviado a Washington en una carpeta sellada. Y, si Octavia Blake tenía un problema con ella, Lexa quería averiguarlo sin tapujos. En las próximas semanas había mucho que hacer, necesitaría toda su atención, y no podía estar preocupada y mirando por encima del hombro. Loverboy no iba a rebajar la presión, al menos en aquel momento. Todos tenían que estar alerta y centrados si aspiraban a detenerlo sin perder otro hombre.
–¿Nada de lo que desee hablar?
–Ningún problema que yo sepa –respondió Blake–. De hecho, no ha habido actividad de ningún tipo, comandante.
–Entonces, muy bien. Nos reuniremos a las siete si tiene la bondad de informar a su relevo.
–Sí, señora. –Blake volvió a mirar los primeros indicios del día en el exterior. Si alguien pensaba crear problemas porque Lexa Woods y Clarke Griffin estaban enamoradas, no iba a ser ella.
Poco después de las ocho, Clarke, con su segunda taza de café, se dirigió a una mesita de jardín en la terraza posterior de la casa y se sentó. Había tomado el primer café después de ducharse, mientras se ponía una camiseta y vaqueros. Reyes salió pisándole los talones y caminó sobre el césped para ocupar su puesto. La joven agente se apoyó en un rincón de la terraza, como si estuviera contemplando la extensión de hierba y el río que había al otro lado. Minutos después, las puertas deslizantes de cristal se abrieron y salió Lexa. Era la primera vez que Clarke la veía desde que se separaron en la penumbra que antecedía al amanecer. Clarke sonrió al verla con su camisa blanca limpia y pantalones a medida. Lexa parecía descansada y sin dolores, aunque Clarke sabía que no había dormido demasiado. También se fijó en la nueva venda de su mano y se preguntó quién se la habría puesto. Se habría molestado más si Lexa no la hubiese mirado con tanta intensidad que sintió un hormigueo en la piel.
–Buenos días, comandante –dijo en tono amable, con una cálida bienvenida en los ojos.
–Señorita Griffin. –La sonrisa de Lexa fue también íntima cuando se acercó con una taza de café en la mano izquierda. Se sentó enfrente, dejó la taza sobre la mesita y descansó una mano a una milésima de los dedos de Clarke–. Me alegro de volver a verla.
Las palabras sonaron tan suaves como una caricia, y Clarke recordó al instante la última vez que se habían tocado, sólo unas horas antes. Entonces, la suavidad había estado en los labios de Lexa sobre su cuello y en sus brazos enredados mientras permanecían junto a la puerta.
–Tengo que irme –susurró Lexa, acariciando la espalda de Clarke. Se había puesto la camiseta y los pantalones. Clarke seguía desnuda–. Debo regresar al trabajo.
–Ya lo sé.
–Lo siento.
–No lo sientas –murmuró Clarke, abrazando a Lexa por la cintura, con los labios sobre su cuello. La besó dulcemente, y luego un poco más fuerte cuando volvió a sentir el hormigueo en el estómago.
–No es justo –protestó Lexa con voz ronca.
–Lo sé. –Clarke se apartó de mala gana–. Vete. Márchate antes de que no pueda dejarte.
–Clarke, te a...
Clarke la hizo callar poniendo los dedos sobre sus labios. Lexa la miró, desconcertada.
–No haga promesas, comandante. Sólo dígame que regresará.
–Sí –susurró Lexa, mientras la besaba.
–¿Cómo? –preguntó Clarke al darse cuenta de que Lexa le había estado hablando.
Lexa se fijó en que los ojos de Clarke se centraban, igual que cuando hacían el amor, y volvía lentamente a ser ella misma. Era lo más sexy que había visto y tuvo que concentrarse en las palabras para recordar lo que estaba diciendo.
–Tanto el FBI como mi equipo han dado permiso, por separado, para que vuelvas a tu casa. Me doy por satisfecha.
Clarke asintió.
–Entonces, me gustaría irme a casa.
–Lo sé.
–¿Cuándo crees? ¿Hoy?
–Confío en mi equipo y no creo que la situación sea distinta, a menos que nos quedemos aquí indefinidamente. –Lexa se encogió de hombros y reconoció de mala gana–: Creo que no importa otro día. Hoy está bien.
–Gracias. –Clarke sonrió, recordando los dos últimos días y los pocos momentos que había podido estar sola con Lexa. También resultaría difícil en Nueva York–. Sin embargo, debo decir algo sobre el hecho de estar aquí encerrada contigo.
–No lo dudo. –Los ojos de Lexa se oscurecieron y esbozó una sonrisa lenta y frágil.
En respuesta a la ronca familiaridad de la voz de Lexa, el corazón de Clarke se aceleró. Por desgracia, el resto de su cuerpo también respondió y, aunque disfrutaba de la sensación, se daba cuenta de que tal vez pasase algún tiempo hasta que pudiese satisfacer la presión que empezaba a crecer dentro de ella. Se puso colorada cuando vio que la mirada de Lexa se fijaba en sus pechos. Las separaba la mesa, pero sintió la mirada como si las manos de Lexa la tocasen, y sus pezones se endurecieron.
–No hagas eso –pidió con voz entrecortada.
–¿Qué pasa, señorita Griffin? –murmuró Lexa, con los dedos temblando de deseo de recorrer la suave superficie visible por el cuello de la camisa de Clarke. «Tengo un gran problema.»
–No me mires así en público –solicitó Clarke–, porque, por si no lo has notado, el autocontrol nunca ha sido mi punto fuerte.
–Entonces, prometo no bromear... –Lexa levantó los ojos nublados por el deseo y los clavó en los de Clarke. Le dolía el ansia en las entrañas. Con el pecho encogido, susurró–: En público.
Incapaz de responder, Clarke se estremeció ligeramente, como un animal que corriese demasiado bajo el sol ardiente. Le faltaba la voz y le ardía la sangre. Jamás había contado con aquella impotencia ante el deseo. Si amar a Lexa era aquello, no sabía bien si sobreviviría.
–Debo irme –dijo Lexa, aunque lo último que deseaba en aquel momento era marcharse.
–Muy bien, de momento –murmuró Clarke, siguiendo a Lexa con ojos hambrientos cuando la agente fue hasta la orilla de la terraza y se inclinó hacia Reyes.
–Dígale al equipo que partimos para el Aerie a la una –ordenó Lexa.
Raven Reyes, que parecía enfrascada en los hábitos alimenticios de dos gruesos tordos sobre la abundante hierba respondió:
–Sí, señora.
Cuando Reyes oyó que la puerta del patio se abría y se cerraba, miró por encima del hombro para cerciorarse de que Clarke Griffin seguía dentro de su alcance visual. Al comprobar que así era, volvió la mirada al perímetro, y la mente a la noche anterior. Se encontraba en aquel mismo lugar una hora después de la puesta del sol cuando Octavia Blake había bajado por las escaleras del patio hasta donde estaba ella.
–¿Todo tranquilo? –preguntó Blake, apoyando un hombro en el soporte de la terraza.
–Mucho –respondió Reyes, contenta por la compañía. No había nada tan largo ni tan solitario como el turno de noche.
–¿La agente Ryan ya se ha marchado?
–Hace casi una hora. Dejó unos expedientes para que los vea la comandante, pero dijo que puede hacer más desde Quantico, donde tiene acceso a las bases de datos.
–Parece que sabe lo que hace.
Reyes se movió y deslizó automáticamente las manos en los bolsillos, en un gesto inconsciente similar al de Lexa Woods.
–Sí, es muy aguda. Me alegro de que la comandante la hiciese venir hoy, porque ahora ya no tengo la impresión de estar persiguiendo a un fantasma. Al menos cuento con una representación mental de él. Blake asintió, mostrándose de acuerdo.
–Prefiero trabajar con ella que con algunos exaltados de los crímenes violentos a los que tenemos que tratar en casos como éste.
Reyes se rió.
–Niños con pistolas.
–La verdad es que siempre me he decantado por las niñas con pistolas. –Blake esbozó una dulce sonrisa.
Reyes agradeció la oscuridad, porque no pudo disimular su rubor. De repente, la noche parecía mucho más cálida y se daba perfecta cuenta de que la voz de Blake sonaba en la noche... grave, suave... y sexy. Tragó saliva y respondió con firmeza.
–Yo también.
–Bueno, me alegra saberlo –respondió Blake–. Cuando las cosas se tranquilicen un poco, deberíamos ver qué más tenemos en común.
–Sí, eso sería... bueno –farfulló Reyes, maldiciéndose por hablar como una imbécil.
Blake sonrió.
–No creo que los agentes del Servicio Secreto sean tan encantadores, agente Reyes. Pero en usted... resulta muy agradable.
Reyes intentaba pensar en una respuesta inteligente cuando Blake rozó el dorso de su mano con los dedos y se alejó. Había estado pensando en aquel fugaz contacto desde entonces.
–¿Agente Reyes?
Reyes dio un salto y se volvió rápidamente. La primera hija se había apoyado en la barandilla con una expresión interrogativa en la cara.
–¿Señora? –Reyes se puso colorada otra vez. «Maldita sea.»
–¿Quiere comunicarle a la comandante que estaré preparada para irme a casa en cuanto ella lo ordene?
–Sí, señora. «Las cosas se ponen interesantes.»
Según lo que les había dicho Luna Ryan el día anterior, cuando abandonasen el relativo santuario de aquella casa, todos y cada uno de ellos serían blancos potenciales.
