ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.
CAPÍTULO 18
Marcus hizo girar su silla ante la mesa de comunicaciones y extendió el teléfono con una expresión perpleja en la cara.
–¿Comandante? Egret desea hablar con usted.
Lexa estaba inclinada sobre una mesa próxima, rebobinando un segmento de cinta de vídeo hecha en Central Park durante el discurso de Clarke para estudiar en detalle a la gente cercana a Ontari Coleman. Escudriñaba cada figura, buscando a un varón blanco y delgado de veinticinco a treinta y cinco años y de sesenta y ocho kilos. Ésa había sido la descripción que la doctora Coleman había dado del hombre que le había entregado el sobre para Clarke.
–Lo cogeré aquí –dijo Lexa inmediatamente, sorprendida y preocupada. Clarke casi nunca se ponía en contacto con ella por nada oficial. Se acercó al auricular y lo cogió en cuanto sonó; el único indicio de su intranquilidad era una ligera línea entre sus cejas.
–¿Sí?
–Lexa, ¿puedes subir, por favor?
Había una vacuidad en su tono que hizo que a Lexa se le acelerase el corazón con la ansiedad.
–Ahora mismo. ¿Estás...?
–Estoy bien –afirmó Clarke, aunque había un ligero temblor en su voz.
–Voy enseguida. –Lexa depositó el auricular en la base y se encaminó hacia la puerta, dándole órdenes a Marcus mientras caminaba–. Quiero una prueba de voz de todos los agentes lo antes posible. Verifique que todos los puestos están atendidos y que nadie ha informado de nada fuera de lo normal. Cualquier cosa, Marcus.
–Sí, señora. –Marcus se enderezó y se volvió inmediatamente hacia los monitores mientras activaba su transmisor.
Lexa no oyó su respuesta porque ya había salido por la puerta y estaba en el vestíbulo, llamando al ascensor para ir al penthouse. Treinta segundos después se encontraba ante la puerta de Clarke, que se abrió de golpe, y apareció Clarke, esperando, pálida. Lexa le puso las manos sobre los hombros y la miró a la cara.
–¿Qué pasa?
Clarke consiguió sonreír, pero la sonrisa era débil y en los ojos azules reinaba una profunda confusión. Le tendió un sobre blanco a Lexa.
–Esto ha venido por correo.
Agarrándolo por una esquina, Lexa lo tomó y examinó la parte delantera. El nombre y la dirección de Clarke aparecían pegados en una etiqueta de envío postal de gran volumen. El remite pertenecía a una organización benéfica muy conocida. Parecía perfectamente normal.
–Creí que era para recaudar fondos –dijo Clarke con una voz apenas audible.
Lexa miró dentro y se le encogieron los músculos del estómago.
–¿Lo has tocado?
–Sí –afirmó Clarke–. Lo siento. No lo pensé.
–No te preocupes. –Lexa cabeceó–. No importa. Nunca ha dejado huellas. Tenemos que revisarlo por pura fórmula. –Miró a su alrededor, buscando algo para sacar de dentro el rectángulo blanco.
Clarke fue hasta su mesa y cogió un clip grande.
–Toma, prueba con esto.
Lexa lo prendió en la esquina de la fotografía y la sacó. Luego, con una sensación de furia y terror, observó en silencio la imagen de Zoe Monroe delante del edificio del Upper East Side. Había un familiar círculo rojo con una X dibujada sobre el pecho. Lexa le dio la vuelta a la fotografía Polaroid y vio otra etiqueta de correo pegada al dorso. Tenía escritas las siguientes palabras: «REÚNETE CONMIGO O ELLA SERÁ LA PRÓXIMA». Lexa metió cuidadosamente la fotografía en el sobre y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Luego se dirigió al teléfono de pared de la cocina de Clarke y marcó rápidamente una serie de números.
–Póngame con el agente especial Pike inmediatamente, por favor. Soy la comandante Lexa Woods, del Servicio Secreto. –Miró a Clarke mientras esperaba y esbozó una sonrisa como si quisiera convencerla de que todo iba bien. Luego habló con brusquedad al auricular–: Pike, soy Woods. Necesito que envíe un equipo al apartamento de Zoe Monroe entre la calle ochenta y ocho y la Quinta Avenida lo antes posible. Es su próximo blanco. Alertaré al Departamento de Policía de Nueva York para que mande perros y artificieros allí... Bien. Lo pondré al corriente en la central de mando.
–Gracias –susurró Clarke cuando Lexa colgó después de hablar con su contacto en el Departamento de Policía de Nueva York–. Sé lo mucho que debe de haberte costado hacer esa llamada al FBI.
Lexa se encogió de hombros con indiferencia.
–Los problemas entre Pike y yo no importan. La que importa es Zoe.
–Hay que hacer algo, Lexa –dijo Clarke con vehemencia, caminando de un lado a otro–. Ya no aguanto más.
–Clarke –repuso Lexa dulcemente, agarrándola por el brazo para detener sus frenéticos movimientos–, acabará pronto.
–No tan pronto. –Clarke cabeceó con impaciencia–. No me importa lo que cueste, Lexa, ni lo que haya que hacer. Esto tiene que acabar.
–Pronto. Te lo prometo. –Lexa la abrazó y la sostuvo con firmeza–. Ya sé lo difícil que resulta para ti.
Aunque Clarke no se resistió al abrazo, seguía tensa a causa del miedo y la frustración. No quería compasión: a ella no le iba a disparar ni le pondría una bomba.
–Estoy bien.
–Ya lo sé –murmuró Lexa apoyando la mejilla sobre los cabellos de Clarke–. Lo digo por mí.
«También necesito esto.» Clarke cedió y se sumió en el consuelo de Lexa. Deslizó los brazos bajo la chaqueta de Lexa, puso las manos en su espalda y la cara sobre su hombro. Las manos encontraron la pistolera de cuero en el hombro de Lexa, y Clarke se estremeció brevemente. Después de tanta pérdida, tenía el espíritu agotado. Lexa acarició la espalda de Clarke con ternura.
–La gente de Pike y la policía van de camino a casa de Zoe ahora mismo. Estará a salvo.
–¿Quién será el próximo? –La voz de Clarke sonó amortiguada contra el cuerpo de Lexa–. ¿Uno de los tuyos? ¿Ontari Coleman... o algún pobrecillo que por casualidad estaba en el lugar equivocado en un mal momento? No puedo quedarme quieta viendo lo que pasa. Tengo que hacer algo.
–No habrá nadie más. Lo pararemos. –A Lexa se le formó un nudo en el estómago, pero pasó la mano por los cabellos de Clarke y la besó en la frente–. Necesito que confíes en mí, Clarke.
Clarke permaneció en silencio, y un miedo repentino alteró el corazón de Lexa.
–Por favor, prométeme que no harás nada sin hablarlo conmigo. Hazme caso.
Clarke se apoyó en el círculo de los brazos de Lexa y estudió su cara. Había algo rayano con el pánico en sus ojos verdes. Clarke nunca había visto aquella mirada: nada la asustaba.
–Lexa –susurró, deslizó la mano por su nuca y la acarició–. Eh.
–No puedo perderte –bramó Lexa con un nudo de angustia en la garganta y los límites de la mente dolidos a causa de viejos recuerdos.
Aquella expresión inesperadamente obsesionada en el estoico rostro de su amante le rompió el corazón a Clarke, que suspiró y acarició la mejilla de Lexa. No podía herirla, como tampoco podía dejar de amarla.
–Te lo prometo. Pero haz algo, por favor.
Lexa la besó con un beso de agradecimiento y tierna posesión. Cuando apartó los labios, susurró:
–Lo haré.
Lexa entró en la sala de reuniones del centro de mando y saludó con la cabeza a Charles Pike. Como de costumbre, el personal del FBI ocupaba un lado de la mesa y su equipo el otro. Pike y ella quedaron enfrentados desde ambos extremos.
–Debemos contar con una inminente acción de Lover-boy –dijo Pike sin preámbulos, con la intención de asumir el mando inmediatamente.
Sin alterarse por su actitud, Lexa se mostró de acuerdo al sentarse. Ya había participado antes en aquellos juegos entre agencias.
–¿Cuál es la situación del edificio de Zoe Monroe?
–Nuestro equipo y los artificieros se encuentran allí en este momento –informó Pike–. Ha sido trasladada temporalmente a un lugar seguro.
Aunque la cara de Lexa no reflejó ninguna expresión, se tranquilizó cuando parte de su tensión interior desapareció. «Un desastre evitado.»
–He hablado con Luna Ryan, de Quantico, para ponerla al día –dijo Lexa–. Cree que se trata de una amenaza real y que si él no consigue acceder al objetivo principal, Egret, o a la sustituta elegida, Zoe Monroe, puede escoger a cualquiera por frustración o ira.
Lexa miró en torno a la mesa, pues sabía que no hacía falta que repitiese lo que Luna Ryan les había explicado ya. Cualquiera de ellos podía ser el siguiente. Nadie comentó ese hecho evidente.
–Egret permanecerá recluida aquí durante el futuro inmediato. Ha accedido a posponer temporalmente sus planes de ir a San Francisco, pero sólo tenemos un margen de dos semanas y media antes de que vaya a París. Existe la opción de cancelar ese viaje, pero no resulta muy viable. Ryan piensa que, si cambiamos el itinerario público de Egret de forma tan drástica, se le concede poder a Loverboy, lo cual lo hace más atrevido... y más peligroso. Estoy de acuerdo. A pesar de la creciente visibilidad, tenemos que viajar.
Pike hizo un gesto despectivo con la mano.
–Me parece irracional mantenerla oculta indefinidamente. –Evitó con gran cuidado sugerir que la visibilidad de Clarke era una forma segura de atraer al sujeto no identificado. Inconscientemente, se frotó el rasguño del cuello–. Por otro lado, ofrecerle a Loverboy un encuentro constituye la mejor manera de descubrirlo.
Tanto Marcus como Reyes se pusieron tensos, y Lexa sabía que uno de ellos estaba a punto de protestar. Levantó la mano izquierda un centímetro, y los dos se quedaron quietos en sus sillas, con las caras compuestas y enojadas. En tono muy ecuánime, con la voz completamente controlada, Lexa dijo:
–Agente especial Pike, estoy segura de que no nos sugiere que utilicemos a la hija del Presidente como cebo para un asesino psicópata declarado.
–Claro que no –repuso Pike, rígido, y los músculos de su mandíbula se tensaron cuando apretó los dientes.
–Entonces, no debemos seguir por ese camino –explicó Lexa, conteniendo su propia furia–. Egret continúa recibiendo correos electrónicos frecuentes de él. Utiliza números IP pirateados y envía los mensajes desde diferentes ordenadores, así que no se le puede localizar. Como se decidió previamente, no hemos intentado bloquear sus mensajes porque son nuestro único medio de calibrar su estado mental y de predecir sus movimientos de forma potencial.
–Eso ha sido un fracaso total –observó Pike sin contemplaciones.
Lexa no le hizo caso y continuó:
–La agente Ryan sugiere que nos comuniquemos con él por correo electrónico, en lugar de Egret, para obtener más información sobre sus planes. Parece lógico. Una agente con conocimientos de ordenadores y electrónica se unirá a mi equipo hoy mismo. Ella responderá al siguiente correo de Loverboy.
Hubo un silencio incómodo cuando todos se dieron cuenta de que la nueva agente sustituiría a Jeremy Finch. Pike rompió el silencio con una sonrisa petulante:
–He hablado con mi director esta mañana. Coincide conmigo en que debemos tener más iniciativa si queremos solucionar esta situación.
Lexa no se movió un milímetro, aunque todos sus músculos se pusieron rígidos.
–¿Qué significa eso?
–Estamos planeando un contacto inicial, como usted ha sugerido, Woods –afirmó Pike con un inconfundible matiz de condescendencia–. Pero no nos interesa dialogar. Nuestra prioridad consiste en neutralizar la amenaza.
–¿Y cómo pretende hacerlo?
–Vamos a concertar un encuentro.
–¿Una operación con señuelo? –exclamó Marcus, sorprendido–. Ese tío es un terrorista. No puede mandar a alguien de cebo para que se dirija hacia una bomba.
–Hemos valorado el riesgo y nos parece aceptable –repuso Pike con brusquedad. Colocó una pila de carpetas delante de él y añadió–: Contamos con que nos lleve varios días disponer las cosas. Vamos a traer a alguien de los nuestros para que establezca contacto electrónico con él.
–Se trata de una operación arriesgada, Pike –dijo Lexa, serena–. Antes podemos probar otros caminos.
–Ya hemos esperado bastante. –Pike clavó los ojos en Lexa con expresión acusatoria–. Demasiado tiempo.
Lexa no podía decir gran cosa acerca de una operación del FBI. Ella no lo habría hecho así, pero su principal preocupación era la seguridad de Clarke, y tuvo que reconocer, de mala gana, que el FBI tenía derecho a intentar la detención de aquel individuo a su manera.
–Le agradecería que nos informase de la agenda. –Lexa echó hacia atrás la silla tras dejar patente su descontento. No podía hacer nada más–. Mientras tanto, continuaremos analizando los vídeos y fotos del parque y controlando los correos electrónicos.
–No hay problema, Woods. –Pike no fue capaz de ocultar su sonrisa de triunfo–. Recibirá información, pues vamos a utilizar a una de sus agentes como señuelo.
Lexa puso las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante con el cuerpo lleno de tensión, como si fuera a saltar de la silla. Su voz se tornó grave, peligrosamente grave.
–No, Pike, de eso nada. Mis agentes pertenecen al Servicio Secreto. No son señuelos del FBI.
–Ya está dispuesto. –Pike se encogió de hombros–. Necesitamos a alguien que conozca bien a Egret por si es necesario un intercambio verbal con el sujeto no identificado. No puedo instruir a una nueva agente sobre el tipo de cosas que él tal vez preguntaría. El señuelo ha de ser uno de los suyos.
Durante un minuto, la furia impidió a Lexa pensar. Pike se había movido a sus espaldas y había reclutado a una de sus agentes para una misión potencialmente letal. Se levantó, esforzándose por mantener la compostura. Ninguno de ellos había dormido demasiado en las últimas setenta y dos horas, y ella estaba a punto de perder el control. Ya se había quedado sin un hombre. No iba a tolerar otra pérdida.
–Eso no sucederá, Pike.
–No depende de usted –dijo Pike, y también se levantó–. Se ha aprobado, y su agente ya ha aceptado la misión.
Lexa miró rápidamente a Reyes, que cabeceó de forma casi imperceptible. Era evidente que no sabía nada del plan de Pike.
–La reunión ha terminado –declaró Lexa, se volvió y se dirigió hacia la puerta. Un segundo más y le echaría las manos a la garganta. Otra vez.
Lexa se precipitó en el centro de mando y bramó:
–¡Grant! Venga.
Emori Grant se levantó de un salto y se apresuró a seguir a la alta comandante, que empujó la puerta para salir al pasillo. El ascensor bajó al vestíbulo en medio de un espeluznante silencio. Cuando se acercaron a las dobles puertas de cristal, Grant se sintió obligada a explicar.
–Comandante, yo...
–Dentro de un minuto, Grant. –Lexa aún tenía que contener las ganas de darle un puñetazo a Pike en la arrogante cara. Emori Grant era agente suya: estaba bajo su mando y bajo su protección. Pike se había interpuesto entre ella y alguien de quien era responsable, lo cual constituía un grave error de cálculo por parte de él. Podía soportar sus ofensas personales, pero no toleraría que nadie se metiera en su terreno. Grant apretó la mandíbula y se preparó para un rapapolvo. Le costaría aguantarlo viniendo de Woods, pues respetaba a su jefa. Cruzaron la calle, Lexa abrió las adornadas puertas del parque y entró delante de Grant. Una vez dentro, Lexa aminoró el paso para que Grant pudiese caminar a su lado, y la miró al fin.
–¿Quiere contarme qué ha ocurrido entre usted y el agente especial Pike?
–Se puso en contacto conmigo esta mañana mientras usted hablaba por teléfono con Washington. –Grant miraba hacia delante con aspecto sumiso–. Me advirtió de que me necesitaba para una operación de señuelo dirigida a detener a Loverboy. Le dije que hablase con usted, pero me informó de que la decisión ya se había tomado en Washington y de que esperaba mi respuesta en ese momento. –Miró a Lexa a la cara y, sin arrepentirse, añadió–: Le dije que sí.
Llegaron a un rincón aislado del parque, no lejos del banco en el que Lexa se había sentado con Clarke unos días antes. Se encontraban a la sombra de un sauce llorón, Lexa con las manos apretadas dentro de los bolsillos del pantalón, y Grant en posición de firme sin darse cuenta.
–No voy a permitir que lo haga, Grant –dijo Lexa sin alterarse, aunque en su voz vibraba la tensión–. Es agente del Servicio Secreto, no del FBI. Se trata de una operación de señuelo encubierto y no está usted entrenada para eso.
Grant se enderezó aún más, con determinación en la cara.
–Comandante, con todos mis respetos, no estoy de acuerdo. Fui policía antes de entrar en el Servicio. Puedo hacerlo.
Lexa esbozó una leve sonrisa, pues no esperaba menos de la pulcra Grant, una agente sólida en todos los sentidos. No obstante, la operación presagiaba el desastre desde el principio. «Hay demasiadas personas involucradas y falta coordinación, sobre todo porque Pike piensa que a ti se te puede sacrificar en aras de sus objetivos. También Costia era una detective encubierta entrenada y murió en una operación como ésta. No voy a perder a nadie más.»
–Agente Grant, nunca he dudado de sus habilidades. Valoro su contribución al equipo y he confiado en usted para que cuide de Egret. Pero es algo muy distinto y no se hará.
–Comandante, puede que usted no tenga nada que decir al respecto. –Grant miró a Lexa a los ojos y dijo lo que pensaba–. No sé si alguien podrá desbancar al agente especial Pike en este asunto. Si hago falta y me lo ordenan, lo haré. Y lo haré voluntariamente. Soy una buena doble de ella. Jeremy Finch ha muerto. Usted ha estado a punto de morir.
Dudó un momento, y luego continuó:
–La próxima vez, comandante, tal vez esté demasiado enfadado para conformarse con una sustituta. La próxima vez podría ser Egret. Comandante, quiero esa misión.
Sumida en sus pensamientos, Lexa miró por encima del hombro de Grant al penthouse de Clarke. «No podemos mantenerla recluida ahí siempre.» En realidad, dudaba de que pudieran mantenerla ni siquiera unos días... y de que ella quisiera. Clarke estaba sufriendo por la culpa que sentía con los que habían muerto en su lugar y por el conflicto de verse examinada por un montón de desconocidos... y confinada por ellos. El conflicto la asfixiaba y acabaría con sus fuerzas. Lexa no soportaría verlo. Volvió a fijar la vista en los firmes ojos marrones de Emori Grant.
–Si se da el caso, Grant, quiero que sepa que estaré con usted. No se va a meter en esto sola.
Grant sonrió y se relajó de forma perceptible.
–Gracias, comandante. Así me siento mejor.
Al fin, Lexa también sonrió.
–Y, Emori... gracias.
Cuando se volvieron y caminaron juntas por el parque, reinaba entre ellas un silencio de mudo respeto.
Clarke abrió la puerta a la primera llamada.
–¿Se encuentra bien Zoe? –se apresuró a preguntar cuando Lexa entró en el loft.
Lexa asintió y fue directamente al teléfono. Desconectó el enchufe hembra e insertó una cajita rectangular entre la pared y el teléfono de Clarke. Un lector de cristal líquido parpadeó en la superficie del artefacto metálico, mostrando una serie de números de diez dígitos que se sucedían rápidamente. Apretó el auricular una vez para meter el codificador, y luego le pasó el teléfono a Clarke.
–¿Por qué no llamas tú misma? 212-555-1950.
Clarke enarcó una ceja y marcó los números. Unos segundos después dijo:
–Me gustaría hablar con Zoe, por favor... –Le susurró «gracias» a Lexa mientras esperaba, y le dedicó la primera sonrisa que iluminaba su rostro desde hacía bastante tiempo–. Hola. ¿Cómo te va?
Clarke se apoyó en la barra de desayuno que separaba la cocina de la zona de trabajo, cogió la mano de Lexa mientras hablaba y su sonrisa adquirió un matiz irónico.
–No, Zoe, no creo que sea buena idea tratar de seducir al FBI. –Tiró de Lexa hacia ella, y Lexa se sentó en uno de los taburetes altos que había junto a la isleta central de la cocina. Clarke se colocó entre las piernas de Lexa y acarició su brazo sano mientras seguía hablando.
–Sí, ya lo sé. Son extraordinariamente atractivas, pero sigo pensando que podrías provocar un incidente si te llevas a una a la cama.
Lexa se movió, extendió las piernas para apretar a Clarke contra su pecho y abrazó a la joven por la cintura desde atrás, acunándola suavemente entre los brazos. Apoyó la barbilla en la cabeza de Clarke y suspiró de forma tan imperceptible que Clarke no la oyó. Le parecía que hubiesen pasado días desde que la abrazó.
–No puedo decirte gran cosa. No sé mucho –repuso Clarke poniendo la mano en el interior del muslo de Lexa. Casi inconscientemente, acarició la costura de los pantalones de Lexa, mientras escuchaba cómo Zoe hablaba del alojamiento de menos de cuatro estrellas en el que la habían confinado. Oír la voz de Zoe sirvió para deshacer la bola de tensión que había oprimido el pecho de Clarke durante toda la mañana. Sin embargo, más que de su alivio, estaba pendiente de la ligera aceleración de la respiración de Lexa y de la leve tensión que hormigueaba bajo su mano.
–Está aquí conmigo en este momento... Sí, Zoe –dijo Clarke con fingida exasperación–. Le hago caso. –Se rió y añadió–: He dicho que le hago caso, no que obedeciera órdenes. No creo que se produzca una domesticación inmediata.
Mientras Clarke hablaba, Lexa pugnó con los dos botones superiores de la blusa de Clarke y deslizó la mano dentro. Clarke se sobresaltó ligeramente y apretó las caderas, de forma automática, contra la entrepierna de Lexa.
–Siento mucho esto –Clarke hablaba haciendo acopio de seriedad, tratando de ignorar con gran esfuerzo el roce de los dedos de Lexa sobre sus pezones–. Confío en Lexa, y ella te sacará de ahí enseguida. –Echó la mano hacia atrás y encontró el botón situado sobre la cremallera de sus pantalones. Al cabo de un segundo lo abrió y bajó la cremallera–. Te volveré a llamar –aseguró, y escuchó un rato–. Sí. Tendré cuidado, te lo prometo.
Antes de despedirse ya tenía las manos dentro de los pantalones de Lexa. Colgó el teléfono y descansó la nuca sobre el hombro de Lexa, extendiendo el cuello y ofreciendo su piel. Los labios de Lexa la asaltaron al momento, calientes y hambrientos. Clarke frotó los dedos contra las bragas de Lexa y sonrió para sí al encontrar el calor que suponía.
–Gracias por eso –dijo Clarke con voz gutural, arqueó la espalda y apretó los pechos dentro de las manos de Lexa.
–¿Qué? –preguntó Lexa, concentrada en los pechos de Clarke, que llenaban sus manos, y en la presión insistente y vibrante que sentía entre las piernas y que aumentaba rápidamente por efecto de los dedos de Clarke.
–Por dejarme llamarla –murmuró Clarke con los ojos cerrados, y movió la mano sobre el vientre de Lexa tras oír el débil quejido de frustración de su amante. Sonrió para sí, disfrutando del poder. Lentamente deslizó la mano sobre el estómago firme de Lexa, y luego la empujó bajo la cinturilla de su braga y bajó hasta llegar a las temblorosas piernas. Colocó un dedo a cada lado de la sólida prominencia del clítoris y lo apretó despacio. Lexa se sacudió contra ella, gimiendo dulcemente. Luego, Lexa rozó la oreja de Clarke con los labios, respirando con dificultad, mientras susurraba:
–Hazlo un poco más fuerte y me correré.
–Es lo que quiero –repuso Clarke con un matiz hambriento en la voz. Apartó la mano y giró entre los brazos de Lexa hasta quedar frente a ella, aún entre sus piernas, con los pechos al descubierto. Frotó los pezones duros contra la pechera de la camisa de Lexa, jadeando cuando la tenue oleada de excitación la recorrió y alcanzó su propio clítoris.
–Vuelve a tocarme –pidió Lexa con los ojos nublados por la necesidad.
–Aquí no. Aún no –susurró Clarke apartándose. Cogió el brazo sano de Lexa con el suyo y la levantó–. Quiero hacerlo despacio.
–No tengo mucho tiempo –protestó Lexa con voz ronca, siguiéndola a pesar de todo.
Clarke la miró con una sonrisa enigmática en el rostro.
–Tiene tiempo de sobra, comandante. La única ventaja de nuestra situación consiste en que nadie cuestiona su presencia aquí arriba.
Rodeó con Lexa la esquina del tabique para ir a la zona de dormir. Entonces, se volvió y buscó los botones de la camisa de la agente.
–Nunca he hecho el amor con una mujer en mi propia cama. No fui capaz de encontrar ninguna que pasase la inspección de seguridad. –Se detuvo para darle un beso a Lexa, un beso profundo y lánguido. Le costaba trabajo reprimir el temblor de las manos de tanto como la deseaba, pero continuó–. Por lo visto, has sido la única. Quieta.
Metódicamente la desabotonó mientras Lexa se sometía de forma voluntaria a la lenta tortura, con las manos apretadas contra los costados, temblando de excitación. Clarke le quitó la camisa y la colocó sobre una silla, comentando en el último momento:
–No me gustaría que se arrugase demasiado.
Cuando Clarke empezó a bajarle los pantalones, la contención de Lexa se tambaleó y se apresuró a quitárselos ella misma. Al cabo de un minuto estaba desnuda. Buscó a Clarke, que retrocedió rápidamente con una sacudida de cabeza. Sus ojos, centrados en el cuerpo de Lexa, brillaban como el láser.
–No, no puedes tocarme –dijo con voz densa–. Yo tampoco quiero que me distraigan. –Condujo a Lexa hasta la cama y la echó sobre las sábanas.
Luego, mientras permanecía junto a la cama, contempló cómo Lexa la miraba despojarse de su propia ropa. Deslizó la seda sobre los hombros, dejó que la blusa cayese al suelo y acarició sus pechos con los dedos, demorándose en los pezones y tirando de ellos hasta que la exquisita sensación fue demasiado fuerte para resistirla. Continuó por el abdomen, bajando hacia los rizos que había en la base de su vientre, y los ojos de Lexa se enturbiaron sin apartarse de ella. Clarke se fijó en que las expertas manos de su amante se retorcían sobre las mantas, y la reacción de Lexa aumentó su excitación más que sus propias caricias.
–Quiero hacerlo yo –dijo Lexa en tono apremiante al ver los dedos de Clarke entre sus muslos. Cuando Clarke soltó un leve gemido, Lexa temió que se corriera, y con voz ronca le pidió–: Clarke, por favor.
Clarke se estremeció y apartó la mano, pues comprendió que le faltaba poco y aún no quería. No obstante, necesitaba el contacto, algo que aliviase el vibrante dolor entre sus piernas. Se apresuró a echarse en la cama y a montarse a horcajadas sobre el muslo de Lexa, gimiendo ligeramente cuando su carne hinchada se frotó contra la carne caliente de Lexa. Se inclinó hacia delante, se ciñó con un brazo y puso el otro entre los muslos de Lexa. La penetró suavemente, en un solo movimiento, pues sabía que Lexa estaba preparada. Involuntariamente, la garganta de Lexa ahogó un gritó y se arqueó para recibir el empuje de Clarke. Lo repentino de la acción la cogió desprevenida y una oleada de sensaciones siguió al placer inicial. Con los ojos bien abiertos miró a Clarke, asombrada y casi perdida.
–A punto –jadeó.
Clarke reprimió su propio orgasmo con todas sus fuerzas, pero la sensación de que Lexa se encogiera entre sus dedos y el hormigueo de su clítoris cuando rozaba la pierna de Lexa fue demasiado. Se abandonó y, cuando sintió que alcanzaba la cima, apretó el pulgar con fuerza sobre el clítoris de Lexa. Ante el primer espasmo vibrante, Lexa dio un salto y enlazó a Clarke con los brazos. Sus cuerpos se apretaban el uno contra el otro y ambas gemían al unísono mientras se unían en la rendición. Cuando las contracciones cesaron, se tendieron, y Clarke se acurrucó al lado de Lexa, con los dedos dentro de ella. El brazo de Lexa reposaba perezosamente sobre el hombro de Clarke, y descansaron juntas, respirando con dificultad y vagando por un lugar más allá de los límites de la realidad. Lexa susurró al fin en un suspiro:
–Si seguimos así, saldrá a la luz.
Clarke se apretó más contra ella, acariciando el estómago de Lexa con la mano, y posó los dedos sobre el pecho de la agente, no con pasión, sino con gesto de contenida posesión.
–Sí, ya lo sé.
–Será complicado.
Clarke besó el hombro de Lexa.
–Sí, lo sé.
–Tendremos que afrontarlo de alguna manera –suspiró Lexa besando la sien de Clarke.
Clarke cerró los ojos, robando un momento de paz, mientras susurraba:
–Sí, creo que habrá que hacerlo.
