ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 20

A la mañana siguiente temprano, Lexa, inclinada sobre un despliegue de listados en la mesa de la sala de reuniones de paredes acristaladas, hablaba con Charles Pike. Se esforzaba todo lo que podía para ignorar lo mal que le caía aquel hombre. «Limítate a hacer el trabajo y procura que Grant esté bien protegida durante el proceso. Es lo único que importa», se recordó a sí misma. Cuando Pike no respondió a una de sus preguntas, Lexa apartó la vista de la trascripción de la última comunicación con Loverboy y vio al agente del FBI mirando más allá de la división acristalada, hacia la zona principal del centro de mando. La expresión del hombre era una desconcertante mezcla de desagrado y de algo que se parecía mucho a la lujuria. Lexa se volvió y siguió su mirada. Cuando comprobó que estaba mirando a Clarke, su ira latente estalló en furia. La forma de mirarla parecía una invasión.

–¿Tiene algún problema, Pike? –preguntó.

–Da la impresión de que no la controla mucho, Woods –dijo Pike con desdén–. No debería estar aquí abajo.

–Mi trabajo no consiste en controlarla –repuso Lexa en su tono más ecuánime–. Y no hay ningún motivo para que no vaya adonde le apetezca.

Pike miró a Lexa como si fuera una extraña forma viviente.

–Los civiles complican las cosas, Woods. Sobre todo los civiles con opiniones... y amigos en las altas instancias.

–No me interesa lo que la señorita Griffin diga. –Lexa cerró su cuaderno y se volvió para marcharse.

–Tal vez cambie de opinión antes de que esto acabe –dijo Pike.

Lexa cerró la puerta sin mirar hacia atrás y se abrió paso entre las mesas y las montañas de equipos de control que crecían en número y complejidad día a día. El espacio de trabajo había sido pensado para cuestiones rutinarias. Pero, como el equipo de Pike prácticamente se había trasladado allí, Luna Ryan se había quedado para controlar las comunicaciones de Internet con el sujeto no identificado y los artificieros del Departamento de Alcohol y Tabaco iban y venían con información sobre los últimos análisis de los fragmentos de la bomba del parque, el lugar estaba atestado de gente y terminales de trabajo provisionales. Sin embargo, la estación de comunicaciones del otro extremo parecía en cierto modo aislada del resto de la actividad. Todo el mundo sabía que no se podía distraer a Indra Davis. Marcus estaba con ella casi todo el tiempo, en principio para facilitarle rápidamente cualquier dato que pudiese necesitar a la hora de responder a Loverboy. En ese momento, Clarke estaba hablando con Davis. Ambas mujeres parecían ajenas a la actividad del resto de la estancia. Era el segundo día de la operación y había escaso intercambio de correos electrónicos entre Davis, que hacía de Clarke, y Loverboy. Un análisis temporal de sus comunicaciones anteriores reveló que enviaba un mensaje al día. Con frecuencia, se trataba sólo de unas palabras o un renglón. Luna Ryan aventuró la hipótesis de que no sólo necesitaba satisfacer su obsesión comunicándose con Clarke, sino que también quería demostrar que podía llegar hasta ella. Sus habilidades excedían la preparación de bombas y la puntería y, a pesar de todos los intentos de burlarlo con blindajes y alias y de redirigir los servidores de correo de Clarke, no tardaba mucho en encontrarla. Clarke soportaba sus mensajes porque se negaba a renunciar a Internet y, de forma curiosamente comprensible, tampoco quería que la aislasen de él. No viviría en un capullo, como si nada hubiera ocurrido. Quería escuchar su voz si la amenazaba. Cuando Lexa se acercó, oyó decir a Clarke:

–Yo hago esto mejor que nadie.

El estómago se le encogió al instante porque le dio la impresión de que sabía de qué hablaba Clarke. Había defendido la presencia de Clarke en el centro de mando ante Pike y creía en lo que había dicho. Pero, en realidad, esperaba que Clarke se marchase, aunque sólo fuera por la tensión e incertidumbre que estaban sufriendo todos y que deseaba evitarle. Pero, en lo más íntimo, contaba con algo así. Clarke se enderezó y saludó con la cabeza a Lexa, sin revelar el placer que le producía verla.

–Buenos días, comandante.

–Señorita Griffin –dijo Lexa en tono amable, deteniéndose detrás de las sillas ocupadas por Marcus e Indra Davis–. ¿Puedo ser útil en algo?

Clarke se esforzó por no sonreír, pero sabía que Lexa notaba la risa en sus ojos. Reprimió el impulso de dar una respuesta inteligente porque no confiaba en que su voz no la delatase. Estar cerca de Lexa la excitaba, y sabía que se notaría en el timbre de su voz. Ya le costaba bastante sentir el calor líquido que empezaba a notar entre las piernas.

–Comandante, esta mañana se me ha ocurrido que debería ser yo la que enviase un correo a Loverboy. No hay motivos para utilizar a un mensajero en este intercambio.

Lexa dudó un momento, pues necesitaba tiempo para formular una respuesta sincera y convincente a la vez. No le mentiría, no sólo porque nunca había sido capaz, sino porque no podría hacerlo aunque lo intentase. Por otro lado, pensar en que Clarke se relacionase tan íntimamente con aquel hombre, aunque no hubiera posibilidad de contacto físico entre ellos, la enfermaba.

–Utilizamos a una agente porque nuestro personal sabe manipular la conversación para obtener la información que necesitamos. Es más, la agente Davis se da cuenta de qué tenemos que saber para asegurar el punto de reunión.

Clarke escuchó mientras observaba el rostro de Lexa. A su jefa de seguridad se le daba muy bien mantener sus emociones totalmente compartimentadas. Sin embargo, a su amante no. Hubo una sombra de preocupación en los ojos de Lexa, preocupación por ella, y Clarke la vio. Sonrió conforme.

–Eso tiene mucho sentido, comandante. Sin embargo, no propongo escribirle correos desde mi apartamento. Lo haría aquí, con Marcus y la agente Davis a mi lado. Sin duda, ellos pueden dirigirme en cuestiones de procedimiento que debo saber con mucha mayor facilidad de la que tiene la agente Davis para hacerse pasar por mí. Me parece menos probable que sospeche si soy realmente yo.

Lexa miró a Marcus, que enarcó una ceja levemente y asintió de forma aún más imperceptible.

–Me ha cogido desprevenida, señorita Griffin –admitió Lexa, y en esa ocasión Clarke no consiguió leer nada en sus ojos–. Tengo que hablar de esto con la agente Ryan y algunos más.

–Lo entiendo. ¿Me comunicará lo que piensa después?

–Naturalmente.

Clarke observó cómo Lexa se alejaba y se preguntó si estaría muy enfadada.

–Me dejaste en evidencia ahí abajo –dijo Lexa al entrar en el loft. Clarke se apoyó en el brazo de su sofá de piel y contempló a Lexa. No se había acercado después de cerrar la puerta y tenía las manos en los bolsillos. Definitivamente, le había plantado cara.

–Ya sabes –repuso Clarke–. Llevaba casi un día sin tocarte. Creo que no tengo fuerzas para pelear.

Lexa suspiró y sacó las manos de los bolsillos. Se quitó la chaqueta y desabrochó la hebilla de la pistolera, que deslizó por su brazo enfermo para colocarla junto a la chaqueta. Mientras caminaba hacia Clarke, soltó la camisa por encima de la cintura del pantalón. No dejó de moverse cuando llegó junto a ella, sino que metió un muslo entre las piernas de la joven, le puso una mano en la espalda y la tumbó sobre el sofá de piel de lujo. Lexa se colocó encima y se apoyó en el brazo sano para ver la cara de Clarke. Nada de juegos. Le habló con voz grave y cálida:

–Ahora puedes tocarme.

Clarke deslizó las manos bajo el faldón de la camisa de Lexa y le arañó los costados, arrancándole un jadeo inmediato. Cuando llegó a los pechos, los acarició suavemente, cerrando los dedos sobre los pezones pequeños y duros. Lexa cerró los ojos y gimió. Clarke mantuvo el ritmo de apretar y soltar, apretar y soltar, hasta que Lexa se puso rígida con la alternancia de dolor y placer y empezó a temblar.

–Me gusta.

–Claro –susurró Clarke.

Tenían las piernas entrelazadas, y Clarke percibió el calor de Lexa contra el muslo al tiempo que sentía su propia excitación empapándole los vaqueros. Cuando Lexa mordió la piel suave de la nuca de Clarke, ésta gritó y logró decir:

–Dormitorio. Cama. Te necesito desnuda sobre mí.

Lexa le oyó vagamente, pero no registró las palabras, sino el empuje cada vez más rápido de sus caderas contra las de Clarke. Después de estar separadas, siempre pasaba lo mismo: no podía controlar la vertiginosa punzada de excitación que la asaltaba demasiado rápido, hasta que temblaba en el límite y estaba lista para correrse en cuestión de segundos. En aquel momento se encontraba dispuesta; lo sentía agazapado en la base de la columna, hormigueando por sus piernas y encogiendo sus músculos. Oh sí, no tardaría en correrse. Clarke apartó las caderas de Lexa, interrumpiendo el contacto y haciendo que Lexa se calmase. La agente jadeó y apoyó la frente en el pecho de Clarke, temblando de forma incontrolable.

–Lo siento –gruñó–. No puedo reprimirlo.

Clarke acarició con una mano los mechones húmedos que caían sobre la nuca de Lexa y la separó.

–Sí, sí que puedes –canturreó con voz suave–. Recuerda que eres una agente del Servicio Secreto.

Lexa se rió, temblorosa, y se sentó con las manos abiertas a los lados. Tenía la camisa abierta y el cuerpo ardiendo y resplandeciente de sudor.

–Me temo que estoy de acuerdo.

–Así me gusta. –Clarke extendió la mano, acalorada y lanzando destellos por los ojos–. Vamos a seguir.

Cuando llegaron al dormitorio, Lexa ya había recuperado cierto control. Consiguió desnudarse y tenderse junto a Clarke.

–Deja que te toque un minuto. –Hablaba aún con voz insegura–. No confío en mí misma y no quiero correrme enseguida.

–Se trata de una orden difícil de cumplir, comandante, pero lo intentaré –dijo Clarke con una sonrisa.

Lexa empezó por los hombros de Clarke y deslizó las manos por el tonificado cuerpo, observando asombrada cómo los finos músculos se estremecían bajo sus dedos y la sangre calentaba la piel bajo sus palmas. La respiración de Clarke se aceleró y, de vez en cuando, soltaba un ruidito de placer. Cuando Lexa pasó los dedos por el interior del muslo, Clarke arqueó las caderas, y los dedos enredados en el pelo de Lexa temblaron de necesidad.

–Tu tacto es delicadísimo –susurró Clarke con voz sofocada.

Lexa apenas podía respirar. Cada vez que hacían aquello, el placer era tan intenso que se sentía como si sangrase. Nunca se había visto tan vulnerable, ni tan indefensa, ni tan en la gloria. Casi no podía soportarlo. Deslizó un dedo entre las piernas de Clarke, siguiendo los delicados pliegues y las superficies hinchadas. El pulso de Clarke se aceleró bajo sus dedos y, cuando acarició ligeramente la parte inferior del clítoris, Clarke se agitó en sus brazos. Apretó con más fuerza y besó a Clarke en la boca, buscando su aliento, su sangre, todo su ser. Clarke abrazó los hombros de Lexa y apretó su pecho contra el de su compañera, pegándose a ella, desesperada por alcanzar el dulce alivio. Meneó las caderas más rápido contra la mano de Lexa, pues sabía que iba a correrse en cualquier momento. Al sentir el martilleo del corazón de Clarke contra el suyo, Lexa perdió el control y dejó que aumentase la tensión de su propio cuerpo. Cuando supo que Clarke estaba a punto, apartó los labios de los de la joven y le pidió al oído:

–Tócame ahora.

Lista para explotar, Clarke la tocó sin mirar. La encontró, dura, hinchada y dispuesta, y no pudo contener su propio clímax. Cuando empezó, retorciéndose dentro de ella y obligándola casi a doblarse por la presión de los músculos en su interior, apretó con los dedos el clítoris de Lexa, tal y como sabía que ésta necesitaba. Lexa se sacudió, gimió y se corrió con ella. Luego, se abrazaron y descansaron. Lexa dormía con la cabeza apoyada en el pecho de Clarke. La joven acarició con aire ausente el pelo de Lexa, sorprendida ante el hecho de tenerla en sus brazos. Un piso más abajo se representaba un retablo dramático; pero allí, de momento, sólo importaba la mujer a la que abrazaba. Resultaba desconcertante y un poco aterrador. Había pasado la mayor parte de su vida rodeada de gente, aunque sola. Aprendió a ignorar el aislamiento y descubrió en su soledad la perspicacia creativa que inspiraba su arte. Su trabajo la centraba y la definía, y eso no iba a cambiar. Pero, cada vez que se abría un poco más a Lexa, descubría otro lugar dentro de sí misma, otra dimensión de las emociones. Lo que más la asustaba era saber que sin Lexa aquellos lugares le dolerían, vacíos y expectantes, una terrible herida que nunca habría podido curar. Se estremeció y se acercó más a Lexa.

–¿Tienes frío? –murmuró Lexa.

–No, no mucho. –La voz de Clarke aún sonaba insegura. Amar era una cosa peligrosa, el coste demasiado alto, y ella luchaba para no escapar.

Lexa apartó la mano del muslo de Clarke, donde reposaba desde que se habían quedado dormidas, y la puso sobre el pecho de la chica, acariciando suavemente la carne firme y cálida. Movió la mano un milímetro y besó el terso pezón rosa.

–Entonces, ¿qué pasa?

–Nada –respondió Clarke en voz baja.

Lexa acurrucó la cara contra el cuello de Clarke y susurró:

–Clarke. –Besó la curva de su mandíbula–. Te quiero.

Clarke contuvo la respiración, atrapada entre la necesidad y una vida de negarla.

–Lexa –jadeó, sorprendida y aún insegura.

Lexa se incorporó sobre un codo, deslizó los dedos sobre la cara y el cuello de Clarke y vio en su mirada inadvertida lo que la joven no había expresado con palabras.

–Tranquila –dijo con dulzura.

–Si tú lo dices –susurró Clarke, deseando retener a su amante allí, donde estaba a salvo.

–Tengo que irme. –Lexa se resistía, pero se apartó un poco porque el calor de la piel de Clarke la estaba excitando otra vez. Besó la punta de la barbilla de Clarke, y luego su boca–. Volveré.

–Vale. –Clarke levantó la cabeza para reclamar la boca de Lexa una vez más.

Poco después se sentó, acurrucada, sobre el sofá, sin nada más encima que una camiseta grande, observando cómo Lexa se vestía y se ceñía el arma.

–¿Estás muy enfadada por lo de esta mañana?

Lexa dejó de hacer lo que estaba haciendo y miró a Clarke, que aún conservaba la expresión magullada y nebulosa de su reciente relación. En ese momento lo único que quería era tocarla.

–Probablemente –respondió buscando la chaqueta.

–Ya me lo parecía.

Lexa, completamente vestida, miró fijamente a Clarke.

–Entonces, ¿por qué lo hiciste?

–Porque pensé que era lo correcto.

Lexa soltó un suspiro y miró hacia los amplios ventanales y el dorado sol de la tarde que se filtraba a través de ellos. Se obligó a ignorar sus preocupaciones y a estudiar los hechos. No quería pensar en que Clarke hablase con él. Se resistía a pensar en aquel hombre sin cara y sin nombre que quería a Clarke, se acostaba por las noches imaginando que la tocaba y durante el día ponía trampas para destruirla. Por fin miró a Clarke.

–Tenías razón.

Lexa se volvió para dirigirse a la puerta, y Clarke se levantó rápidamente para seguirla. Cuando Lexa agarró el pomo, Clarke la cogió por la cintura desde atrás y apoyó la mejilla en la espalda de Lexa.

–Bajaré dentro de un rato –aseguró.

–Sí.

–No era mi intención que te enfadaras.

Lexa se volvió, levantó la cara de Clarke con las dos manos y miró sus profundos ojos azules.

–Ya sé que no, pero me da la impresión de que lo habrías hecho igual.

Con voz muy seria, Clarke preguntó:

–¿Y eso es un problema?

–Sólo cuando no pienso con la cabeza –murmuró Lexa hundiéndose en aquellos ojos.

Clarke sonrió, acarició el pecho de Lexa y prendió los dedos en la cintura del pantalón. Tiró de ella ligeramente y replicó:

–Bueno, entonces ojalá tengamos ese problema muy a menudo.

–Seguramente así será –dijo Lexa, reprimiendo la necesidad de deslizar las manos bajo la camiseta de Clarke. Si lo hacía, no pararía hasta que la poseyera de nuevo, allí mismo. La besó una vez, con fuerza y seguridad, y luego se apartó. Cuando salía por la puerta, añadió–: La veré en breve, señorita Griffin.

–Por supuesto, comandante –repuso Clarke, demorándose un momento para verla cruzar el vestíbulo. Luego, cerró la puerta y fue a arreglarse.

Clarke se sentó ante la larga consola con pantalones de algodón anchos y una camisa de lino azul pálido con el cuello abierto, flanqueada por Indra Davis y por Marcus. Tazas de cartón medio llenas de café, ya frío, se mezclaban con teclados, auriculares y monitores. Se estiró y suspiró.

–¿Cansada? –preguntó una voz familiar a su espalda.

Lo habría imaginado aunque su piel no hubiese empezado a temblar cuando sintió el leve contacto de los dedos en su brazo. Volvió la silla despacio y miró a Lexa con una tierna sonrisa.

–Un poco.

–¿Por qué no se toman un descanso? –preguntó Lexa a los tres–. Pondré a alguien del FBI para que mire los correos entrantes durante unas horas.

–¿Qué ha dicho la agente Ryan de nuestra actitud? –preguntó Clarke, sin hacer caso a la sugerencia de marcharse. Marcus, Indra y ella habían descansado por turnos, y se encontraba bien–. Debería haber un contacto en cualquier momento. Hace casi veinticuatro horas.

–Ha dicho que era hora de apretar –explicó Lexa, casi de mala gana.

Lo que la perfiladora había dicho en realidad era que se estaban quedando sin tiempo. Ryan anticipó que Loverboy atacaría muy pronto. Su modelo de comportamiento sugería un nivel de restricción extremadamente bajo que se estaba deteriorando muy rápido. Como Clarke llevaba setenta y dos horas sin salir de edificio, estaba completamente aislado de ella. Si Clarke no entablaba contacto verbal con él, era probable que entrase en acción, y Luna reconoció que no tenía ni idea de la forma en que podría atacar. Lexa estudió a Clarke, fijándose en sus leves ojeras y en el cansancio de sus hombros. Quería decirle que subiese a su piso a dormir. Quería ordenarle que se mantuviese alejada de todo aquello, que era su trabajo y que ya lo manejaría ella. Dijo en cambio:

–Según Luna, depende de usted. Ha sugerido que siga su instinto.

Clarke se enderezó y miró el monitor como si quisiera que apareciese un mensaje.

–Muy bien, entonces escribámoslo y que sea sucio.

Tres horas después empezó.

A001 : Te he echado de menos, Clarke. ¿Estás escondida?

NYC1112 : He recibido tu mensaje. Hablemos.

Los cuatro que miraban el monitor contuvieron el aliento. Era la primera vez que Egret sugería un chat en tiempo real. Si lo asustaba y él daba por finalizado todo contacto por correo electrónico, perderían el único conducto de comunicación en un momento en que la información resultaba fundamental.

–Vamos, gilipollas, pica –murmuró Marcus. Se balanceó en su silla con el cuerpo tan tenso que temblaba. «¡Dios, cómo quiero coger a ese tipo!»

Al ver a Clarke con las manos sobre el teclado, centrada y atenta, Lexa apretó los puños y los hundió en los bolsillos, dividida entre querer que él respondiese y desear que desapareciese en el mundo amorfo del ciberespacio.

Indra Davis dispuso las transmisiones de seguridad y se preparó para lanzar otro gusano.

–Alguna vez te cogeré –dijo en voz baja. Él estaba allí fuera, no demasiado lejos; lo sentía a través de la línea. Los dedos de Indra volaron sobre las teclas con la velocidad y el sexto sentido de una hacker experta.

Clarke esperó. Sabía que los otros no lo entendían. No importaba lo que dijeran, aquello iba con ella, siempre había sido así. Ella era la mujer que captaban las cámaras y sobre la que escribían los periódicos, como también era la que pintaba en medio de la tranquilidad de la noche y la que temblaba indefensa en brazos de Lexa Woods. Él sólo quería a la mujer que el mundo había hecho suya. Clarke respiró lentamente cuando las líneas aparecieron.

A001 : Vete a .com, la sala de juegos.

NYC1112 : ¿Cómo te encontraré?

A001 : No te preocupes. Te encontraré yo a ti.

Clarke no lo dudó.

NYC1112 : Estaré esperando.