ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.
ACLARACIÓN: Creo que ya arreglé lo del capítulo 18 y 19, mil perdones por eso. Este fin de semana termino de subir este libro y ya después comenzamos con el tercero, que seguramente tenga un capítulo por día.
Perdón por lo del 18 y 19, y gracias por avisar :D
CAPÍTULO 21
Operación: Gusano del Amor
05.45
Luna Ryan estaba sola en la sala de reuniones con una lata de refresco en la mano derecha y montones de papeles y carpetas esparcidos a su alrededor. Apoyó la cabeza en la mano izquierda y tamborileó con un lápiz sobre la mesa mientras miraba los listados de ordenador. Distraída, dio un salto al oír una voz profunda y serena detrás de ella.
–¿Qué piensa?
Luna observó cómo se acercaba Lexa y se fijó en las finísimas líneas de tensión que tenía alrededor de los ojos. Salvo ese pequeño indicio, parecía que la jefa de seguridad no tuviese preocupaciones en la vida; aunque Luna sabía que la comandante no había dormido más de una hora o dos en los últimos tres días, a menos que lo hiciera con los ojos abiertos. Casi nunca se ausentaba del centro de mando.
–Creo que ese tipo está como una cabra.
–También yo. –Lexa sonrió–. ¿Aparecerá?
Ryan suspiró y miró la parte fundamental de las trascripciones por centésima vez.
A001 : ¿Por qué no me crees?
NYC1112 : ¿Sobre qué?
A001 : Que te adoro. Eres lo único que me importa.
NYC1112 : Tal vez porque amenazas a mis amigos y matas gente.
A001 : No me dejas otra opción. No me haces caso.
NYC1112 : Ahora te hago caso.
A001 : Esto no basta.
NYC1112 : ¿Qué más quieres?
A001 : Quiero verte. Quiero hacerte comprender.
NYC1112 : ¿Me quieres de verdad?
A001 : Vivo por ti.
NYC1112 : Si nos vemos, ¿dejarás de matar?
A001 : Sí.
NYC1112: ¿Me prometes Lo?
A001 : Ya he tenido bastante paciencia. Sabes lo que haré si te niegas. Tú serás la única culpable
Luna señaló las últimas líneas.
–Aquí está el problema. Hasta este punto del intercambio, negocia. Pero, en cuanto Egret lo cuestiona, de lo cual, dicho sea de paso, me alegro porque es típico de ella, pasa a las amenazas.
A Lexa se le encogió el estómago.
–¿La está amenazando?
–Posiblemente –Luna dudó–. Sí... creo que sí. Creo que ya está harto de sustitutivos. La quiere a ella y a nadie más. Si no puede tenerla, yo diría que Egret se convertirá en su objetivo y no parará hasta que ustedes lo capturen.
Lexa se frotó los ojos, retiró la silla que estaba junto a Luna y se sentó.
–¿Qué significa eso para la operación? ¿Aparecerá?
–Es muy inteligente, por tanto debe olerse una trampa. Por otro lado, es arrogante y cree que no lo pueden capturar. Depende del equilibrio entre su capacidad para pensar racionalmente y su necesidad de verla, de tocarla en directo. A estas alturas debe de estar loco por ella. Así que... tal vez.
–Necesito algo más que un tal vez, Ryan –dijo Lexa categóricamente–. Una de mis agentes va a ir sola a esa cita. Egret está aquí encerrada y no puedo mantenerla así siempre –repitió–: ¿Estará él allí?
Luna consideró la imagen del hombre que se había imaginado después de pasar docenas de horas leyendo sus mensajes a Clarke Griffin. Estaba totalmente obsesionado con la hija del Presidente y pasaba todos los segundos del día pensando en ella. Fantaseaba con la posibilidad de que ella correspondiese a su afecto y con satisfacer sus necesidades. Había construido un complicado sistema de delirios teniéndola a ella como centro psicosexual y había recurrido a la violencia para que Clarke reconociese sus deseos.
–Estará allí.
Lexa se levantó, satisfecha. Tenía menos de un día para prepararlo todo y, aunque Pike coordinaba los equipos, lo revisaba todo personalmente. Emori Grant iba a contar con toda la protección que Lexa pudiera darle.
–¿Por qué hace esto? ¿Por qué accede a la cita? –preguntó Lexa finalmente–. Tiene que saber que rondaremos por el lugar.
Luna se encogió de hombros.
–La señorita Griffin le aseguró que no revelaría sus planes. Necesita creerla porque necesita creer que ella le desea igual que él a ella. La parte racional de él sospechará, pero la parte psicótica ansía creer que ella se reúne con él por amor y deseo mutuos.
–¿Y si descubre que lo ha traicionado?
–Entonces, la matará... o a quien enviemos en su lugar –dijo Luna Ryan en voz baja.
10.30
Reyes encontró a Blake en la sala de ejercicios, al fondo del pasillo del centro de mando. La agente del FBI llevaba unos shorts negros de lycra y un sujetador deportivo, y no paraba de dar puñetazos a una pesada bolsa colgante. El sudor que la cubría hacía que su piel color café brillase como el bronce, y a Reyes se le secó la boca al verla. Parecía una gacela corriendo aquel día por el parque. «Dios mío, ¿cuándo fue eso? ¿Hace sólo seis días?» Pero, en aquel momento, con los músculos tensos bajo la piel suave y el rápido retroceso de sus miembros mientras bailaba alrededor de la oscilante bolsa, se parecía más a un leopardo que corría para tumbar a su presa. Blake levantó los ojos y vio a Reyes con una expresión en la cara que sin duda habría puesto colorada a la agente del Servicio Secreto si se hubiese visto a sí misma. Sonriendo, Blake propinó un último puñetazo al cuero. Luego se limpió la cara con el brazo, se sacudió casi todo el sudor del pelo y se acercó a la otra agente.
–¿Alguna noticia?
Reyes negó con la cabeza.
–Luz verde para esta noche.
–Bien –gruñó Blake deshaciendo el nudo de su guante derecho con los dientes–. Es hora de acabar con ese bastardo.
–Venga, déjeme que haga yo eso –se ofreció Reyes buscando los nudos del pesado guante de boxeo. Le temblaban las manos. «Dios.»
–¿Se encuentra bien? –Blake se fijó en su compañera. Ya no tenía magulladuras en los ojos, pero los puntos seguían allí: una pulcra fila de hormiguitas negras que desfilaban por la suave y pálida frente. Preguntó con ternura–: ¿Le sigue doliendo la cabeza?
–No. –Reyes mantuvo la cabeza gacha mientras deshacía un nudo enrevesado–. Estoy perfectamente.
Blake levantó el otro guante, lo puso bajo la barbilla de Raven Reyes y empujó con suavidad, obligándola a levantar la cabeza y a que Reyes la mirase.
–¿Quiere contarme qué pasa?
–Después va a haber agitación. Yo sólo... –Reyes titubeó, luchando por expresar emociones que apenas comprendía–. Estaré en uno de los coches de apoyo. Probablemente no volveré a verla a solas antes de que se vaya.
Blake esperó. Reyes tragó saliva.
–Sólo quería recordarle que nosotros... en fin... que más tarde... cuando usted vuelva...
–Lo sé. Tenemos una cita. No lo olvidaré –dijo Blake en tono cálido. Se inclinó hacia delante y la besó en la boca–. Eres valiente, ¿sabes? –No hablaba del trabajo.
–No tanto –susurró Reyes, a quien le temblaba una parte que nunca le había temblado.
–Te veré cuando todo acabe –murmuró Blake, dio la vuelta y desapareció.
Reyes cerró los ojos; aún sentía el tierno beso sobre los labios. «Por favor, que vuelva.»
15.30
Lexa estaba al fondo de la habitación, escuchando, mientras Pike repartía las misiones de la operación al FBI, Departamento de Alcohol y Tabaco, unidad táctica y artificieros. La policía del Estado se encargaría de asegurar el perímetro con controles de carretera cuando los equipos de asalto y captura estuviesen en el lugar. También estaba allí el capitán del sector. Faltaban ocho horas. Lexa asistía porque quería saber dónde estarían los demás si las cosas se ponían feas. Emori Grant no caería en el fuego cruzado de nadie porque Lexa pensaba pisarle los talones. La habían involucrado en el plan desde el momento en que Loverboy picó el cebo y dio la localización a Clarke: un parque de atracciones abandonado. Pike no podía excluirla porque utilizaba a una agente
suya. Lexa hizo un gesto a Grant con la cabeza mientras Pike concluía la reunión.
–¿Se encuentra bien? –preguntó cuando los otros no podían oírlas.
Grant asintió:
–Perfectamente.
–Blake le colocará los micrófonos antes de que se ponga las armas –le recordó Lexa–. Quiero oír su voz a cada paso. Todo lo que oiga, vea o que crea que ve, quiero saberlo.
–Sí, señora.
–Sintonice mi voz. No la trabe ni la intercepte, a menos que yo se lo ordene.
Grant la miró con una pregunta en los ojos. El agente especial Pike había dicho que sería él quien le diese órdenes desde el lugar en el que estaría situado, un puesto de vigilancia en lo alto de un almacén, a cuatrocientos cincuenta metros del punto de contacto. Lexa observó su incertidumbre.
–Estaré sobre el terreno con Blake, más cerca de usted que nadie. Escucharé las directivas al mismo tiempo que usted. Y tendré una lectura mejor de la situación que él. Avance cuando yo se lo confirme, ¿entendido?
–Sí, señora, entiendo. Gracias. –Grant dudó un segundo, y luego añadió–: Comandante, mi marido está de patrulla esta noche. Dejaré su número...
–La única persona –la interrumpió Lexa con firmeza– que va a llamar a su marido esta noche, agente Grant, será usted cuando termine la acción. ¿Está claro?
–Sí, señora. –Grant sonrió, agradecida–. Muy claro.
–Bien, entonces descanse un poco.
Lexa observó cómo se retiraba y miró la hora. Después, fue en busca de Blake.
17.30
Blake estaba disponiendo blindajes corporales y eligiendo series de municiones en la pequeña sala de armas, junto al centro de mando principal, cuando Lexa la encontró.
–¿Todo en orden?
Levantó la vista y asintió.
–Sí, señora. Cerrado y cargado.
–Bien. –Lexa se apoyó en la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho–. Acerca de esta noche...
–¿Sí? –Blake percibió la dura serenidad de sus ojos. Había una determinación en ellos que le indicaba que lo que se avecinaba no sería negociable.
–Emori Grant es mía –afirmó Lexa, tranquila–. Nadie va a ordenarle que se meta en el peligro, salvo yo.
Blake pensó en aquello, pues sabía que Pike esperaba controlar los movimientos de Grant. Según el libro, debería ir al agente especial inmediatamente e informarle de que había un conflicto de mando. Woods le estaba dando a elegir, lo cual significaba que también le estaba concediendo la responsabilidad y el compromiso. Cuando llegaran al punto de reunión, sólo estarían los cuatro: Grant, Woods, ella... y Loverboy. Era cuestión de quién quería que diese la última orden y en quién confiaría en el fragor del momento.
–Usted será la agente veterana sobre el terreno, comandante –dijo con toda claridad–. No tengo problemas con que dé usted la orden.
Lexa asintió y se enderezó. «Bien. Ahora tengo que revisar los vínculos de comunicación con Marcus y los planos de construcción del parque de atracciones de la oficina de planos de la ciudad. También debo...»
–¿Comandante? –Blake interrumpió sus pensamientos.
–¿Sí?
–También usted tendrá que estar despejada y no ha dormido mucho los últimos dos días.
Lexa enarcó una ceja, sorprendida por su franqueza.
–Aún quedan unas horas hasta que tengamos que prepararnos –añadió Blake.
–Lo pensaré. Gracias, agente.
Blake avanzó un paso, dispuesta a tocarla, pero se detuvo.
–Todos estamos entrenados para esto. Debe de ser difícil para alguien que no es... la incertidumbre de todo el asunto –dudó, y luego añadió–: A ella le hará falta saber que usted regresará.
Lexa la miró fijamente y sin expresión durante lo que pareció un tiempo interminable, antes de que una sonrisa le asomase a la comisura de su boca.
–Desde luego, ya no hacen a los agentes del FBI como antes.
Blake le devolvió la sonrisa.
–No, señora, ya no.
18.00
Por tercera vez en otros tantos días, Lexa se encontraba ante la puerta de Clarke; sabía que, cuando cruzase el umbral, la vida cambiaría. Cada vez que salía de su cómodo mundo de reglas y rutina para entrar en el incierto teatro de su relación con Clarke, se sentía más vinculada a ella. No resultaba fácil, pero no podía negar que le gustaba. Más que eso, no podía negar que lo necesitaba. Clarke abrió la puerta y saludó tiernamente.
–Hola.
–Hola –respondió Lexa, sin entrar. Clarke parecía cansada, cosa rara en ella. Había manchas de fatiga bajo sus ojos y la tristeza teñía la sonrisa que le dedicó a Lexa. Lexa estiró el brazo y acarició la mejilla de Clarke.
–¿Has dormido?
Clarke negó con la cabeza.
–Tenía intención, pero no pude dejar de pensar.
–Deberías intentarlo –sugirió Lexa–. Va a ser una noche muy larga.
–Lo sé –repuso Clarke.
Quería arrastrarla hacia adentro. Pero también quería retenerla dentro, lejos de la noche, del peligro, ya que no podía elegir. Le dolía que Lexa no prefiriese la seguridad a la responsabilidad, incluso para ella. Y se quedó esperando, preguntándose qué quería Lexa realmente. Al fin dijo:
–No estaba segura de que vinieras.
–Siento que no lo supieses –murmuró Lexa volviendo a acariciar el rostro de Clarke–. Siento el dolor de todo esto.
–No –se apresuró a decir Clarke–. No es lo que tú haces. Nunca lo fue.
–Podría haber hecho las cosas de otra manera –aventuró Lexa–, entre nosotras.
Al oír aquello, Clarke esbozó una ligera sonrisa.
–¿De verdad?
–No, supongo que no. –Lexa cabeceó con pesar–. Pero ojalá hubiese podido, para no herirte.
–Sólo con eso basta –admitió Clarke, incapaz de imaginar qué parte de Lexa podía cambiar sin destruir elementos esenciales de ella. Temía que cambiarla significase perderla.
–Clarke –dijo Lexa en tono urgente–, quiero que sepas...
–No. –Clarke la hizo callar poniéndole los dedos sobre los labios–. No hace falta que digas nada más. ¿Vas a entrar ahora?
Lexa le besó los dedos.
–Sí.
–¿Puedes quedarte? –preguntó.
–Durante un rato.
–No será suficiente –advirtió Clarke, aunque sin ira en la voz.
–Entiendo –dijo Lexa traspasando el umbral–. Pero no siempre me marcharé.
Lexa entró, Clarke cerró la puerta y se quedaron solas. Clarke puso los brazos sobre los hombros de Lexa y se acercó a ella, apoyando la cara en el hombro de la agente. Suspiró y, a diferencia de lo que le había ocurrido antes, lo apartó todo de su mente para flotar en la certidumbre del abrazo de Lexa.
–Vamos a la cama –murmuró al fin–. Tengo que abrazarte.
–Sí –respondió Lexa en voz baja, moviendo los labios suavemente junto a la oreja de Clarke–. Tengo que contarte cosas.
Enseguida estuvieron desnudas la una en brazos de la otra, cara a cara, cubiertas sólo por una fina sábana de algodón. Se besaron lentamente, explorándose de nuevo con suaves halagos y tiernas caricias. No se apresuraron, sino que se tocaron con absoluta seguridad, como si no hubiera existido un principio ni fuera a haber un final. Se movieron una contra la otra muy despacio hasta que temblaron a la vez, sin aliento y al borde del precipicio, dispuestas a caer. Clarke puso una pierna sobre las caderas de Lexa, abriéndose, mientras la miraba a los ojos.
–Entra –susurró.
Lexa deslizó la mano entre los cuerpos de ambas, y sus dedos separaron la carne hinchada y se deslizaron sobre el clítoris de Clarke, arrancándole jadeos y estremecimientos.
–Dentro de un minuto –repuso.
Sus ojos se toparon cuando Lexa la abrazó con más fuerza, rozando con los dedos hacia delante y hacia atrás el punto descubierto y exquisitamente sensible. Los dedos de Clarke se clavaron en su brazo, y Lexa murmuró:
–No hay prisa. Déjame poseerte.
Clarke apenas respiraba; tenía los músculos contraídos y necesitaba el desahogo, pues todas sus células estaban centradas en el embriagador placer que latía bajo los dedos de Lexa.
–Oh, por favor –gimió al fin–. Deja que me corra.
Lexa apretó más y movió los dedos en círculos más rápidos, y cada experta caricia condujo a su amante lenta pero firmemente hacia el orgasmo. Luego vio cómo los ojos azules de Clarke se oscurecían y se dilataban.
–Te amo –susurró cuando Clarke echó la cabeza hacia atrás y gritó, ronca, empujándose contra la mano de Lexa. Entonces, la penetró, prolongando los espasmos con cada embestida hasta que Clarke se quedó quieta y vencida a su lado.
–Me destrozas –dijo Clarke entre jadeos.
Lexa la abrazó.
–Es lo que quiero.
–Dame un minuto para recuperar el aliento. –Clarke besó el hombro de Lexa, preguntándose si se recobraría, no del placer, sino de la agonía de amarla tanto.
–Estoy bien –repuso Lexa besando a Clarke en la sien.
–Sandeces. –Clarke se rió–. Te siento en mi pierna y estás muy lejos de encontrarte bien.
Para demostrarlo, Clarke se apretó con fuerza entre las piernas de Lexa, que gimió al sentir la rápida oleada de sangre en el clítoris.
–No es justo –resolló.
–Sí que es justo –afirmó Clarke poniendo a Lexa boca arriba y colocándose encima de ella–. Te dije que sólo necesitaba un minuto.
Lexa la miró y sonrió.
–Seguramente también es lo que yo necesito.
–Oh no, comandante –repuso Clarke–. Quiero mucho más que eso de ti.
Y luego Clarke la tomó lentamente con la boca, las manos y sus tiernas caricias, arrancando fuego a la sangre de Lexa y calor a sus huesos, abrasando sus nervios y quemando sus sentidos, hasta que lo único que percibió Lexa fue a Clarke y sólo pudo gritar su nombre.
Durmieron una hora y se despertaron juntas, al otro lado de la oscuridad. Yacían una junto a la otra, cogidas de la mano y con los dedos enlazados.
–¿Qué va a pasar ahora? –preguntó Clarke en medio del silencio.
Lexa habló en voz baja, firme y serena.
–A las once, Blake y yo iremos al lugar de la cita. Treinta minutos después, Emori Grant saldrá por la puerta principal y parará un taxi. Reyes y Collins irán en ese taxi. Parecerá que una vez más nos hubieses dado esquinazo y fueras a reunirte con él. Damos por sentado que Loverboy tal vez te vigile aquí para asegurarse de que realmente acudes a la cita y de que vas sola, como habías dicho.
–Entonces, ¿cómo va a llegar a la cita a tiempo si está aquí cuando Grant salga?
–Cabe la posibilidad de que haga que alguien vigile el edificio y le transmita un mensaje. Además, no tiene por qué llegar allí primero, puesto que no ha hablado de un punto de reunión concreto. Es demasiado listo para eso: sólo se refirió al puesto de refrescos de los soportales, una ubicación demasiado general; podría estar en cualquier parte. Grant tendrá que esperar a que él le haga una señal.
–¿Por qué crees que eligió ese lugar?
–Luna Ryan supone que lo eligió hace tiempo, y yo estoy de acuerdo. Estaba preparado cuando tú accediste a reunirte con él. Citó ese lugar y la hora casi de inmediato. Tal vez sea una fantasía suya de verte allí algún día, aunque Ryan cree que estuvo allí y que pudo prepararlo para ti.
–Prepararlo... ¿Cómo? –Clarke se estremeció al pensar en alguien que creaba fantasías tan elaboradas con ella como protagonista. Se sentía como si la hubiesen tocado mientras dormía.
Lexa le puso un brazo en el hombro y la atrajo hacia sí.
–Clarke, no hace falta que sepas todo esto.
–No –se apresuró a decir Clarke con voz fuerte y decidida–. Quiero saberlo. Todo.
–De acuerdo. –Lexa continuó con un suspiro–. O bien seguirá a Grant hasta el lugar de encuentro, o bien utilizará una ruta alternativa para llegar antes que ella. Como conoce la zona, suponemos que habrá pensado en un acceso sin barreras a los soportales. Los francotiradores y el equipo sobre el terreno estarán allí cuando Grant llegue.
–Pero no va a reunirse con él, ¿verdad? –preguntó Clarke, preocupada.
–No –respondió Lexa–. El equipo de Pike y la brigada táctica tienen medios de observación de infrarrojos, sensibles al calor, que localizarán con precisión milimétrica cualquier ser vivo mayor que una rata de alcantarilla en un radio de noventa metros en torno al punto de encuentro. Se dirigirán hacia él y lo eliminarán. El único papel de Grant es salir de aquí como si fueras tú y del taxi a la entrada del parque de atracciones. No va a entrar en los soportales.
–¿Y Blake y tú? –preguntó Clarke con el corazón acelerado.
Lexa se apoyó en un codo para mirar a Clarke a los ojos. Las luces de la habitación estaban apagadas, pero las farolas exteriores les permitían verse.
–Sólo iremos como apoyo sobre el terreno, para asegurar que Grant esté cubierta en caso de que se produzca una acción cerca de ella y para llevarla al vehículo de evacuación que estará próximo. Sólo trabajo de escolta.
–¿Eso es todo, Lexa?
–Ése es el plan, Clarke. –Lexa sostuvo la mirada de la joven–. No puedo garantizar que no ocurran cosas inesperadas, pero habrá cien agentes detrás de nosotras y otros tantos policías del Estado vigilando el perímetro. Resulta tan sólido como pueden ser estas cosas.
Clarke acarició los cabellos de Lexa y entrelazó los dedos en los gruesos mechones, acercando la cabeza de Lexa a su cara.
–No voy a pensar que alguien me deja.
–Yo tampoco –repitió Lexa–. Te lo juro.
–Bueno, eso me consuela –susurró Clarke–, porque sé que tu palabra es de fiar.
Luego, en el último momento que les quedaba, sellaron sus promesas simplemente con un beso.
