ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.
CAPÍTULO 22
Cuando faltaban veinte minutos para la medianoche, Clarke entró en el centro de mando. Se detuvo en la puerta, momentáneamente desorientada. La habitación estaba bien iluminada, aunque reinaba en ella un vacío fantasmal. Los monitores parpadeaban con imágenes que nadie miraba. Las sillas estaban torcidas ante las mesas cubiertas de tazas de café y envoltorios de comida, como si se hubiera producido una huida apresurada. De trecho en trecho se veía una chaqueta o un jersey abandonados sobre una mesa. La atmósfera de control a la que estaba acostumbrada había sido sustituida por una latente sensación de caos que aceleraba su corazón.
–¿Señorita Griffin? –Luna Ryan se acercó con una taza de café en la mano y una pregunta en la mirada.
Clarke se asustó y dio un respingo. Se volvió hacia la voz y sonrió, compungida.
–No podía esperar arriba.
–No me extraña –comentó Luna, comprensiva–. ¿Le apetece un café?
Clarke se esforzó por controlar sus nervios.
–Supongo que no sabe quién lo ha hecho, ¿verdad? Ya he tomado el café que hace esta gente, y es una aventura a la que no me quiero arriesgar de momento.
–La verdad es que lo he hecho yo –dijo Ryan riéndose–. Marcus e Indra están pegados a las mesas de comunicación y a estas alturas lo necesitan.
–Ya me lo imagino –murmuró Clarke, pensando en las veinticuatro horas sin descansar que había pasado con ellos esperando a que Loverboy estableciera contacto. Entró en la habitación y miró hacia el fondo; allí, el equipo de comunicación cubría toda la pared y las superficies que estaban al alcance de las sillas giratorias ocupadas por Marcus e Indra Davis. Estaba segura de que llevaban días sin moverse.
–Aceptaré su palabra de que es fiable –comentó Clarke refiriéndose al café–. Podría hacerme falta.
Las dos mujeres fueron al rincón en el que estaban las máquinas de café y el frigorífico. Clarke se sirvió café, se llevó la taza de cartón a los labios y lo sorbió con cautela. Ryan tenía razón: no estaba mal. Apoyó las caderas en el borde del mostrador y miró a la pelirroja.
–¿Se sabe algo?
–Aún no. Marcus tiene línea directa con la comandante Woods, pero lo único que sabemos es que Blake y ella están en el lugar. –Luna dudó antes de añadir–: Señorita Griffin, desde aquí sólo tenemos un pequeño fragmento de la representación y, a veces, una representación incompleta es peor que nada.
–¿Supone que habrá problemas? –Clarke se dio cuenta de que Ryan intentaba, con delicadeza, que se fuera.
No había bajado antes porque no quería distraer a Lexa en plena partida del equipo. Se había obligado a sentarse en la cocina y esperar. Miró el reloj a las once e imaginó que Lexa estaría poniéndose el equipo protector y armándose. Su ansiedad aumentaba cada minuto que pasaba. Deseaba con todas sus fuerzas ver a Lexa antes de que se fuese. Sólo para decir... sólo para decirle lo que no le había dicho antes: «Te amo».
–¿Sucede algo? –preguntó Clarke con la garganta seca.
–No –se apresuró a responder Luna–. Pero he visto demasiadas cosas como ésta para saber que, a veces, lo que yo creía que estaba pasando no se correspondía en absoluto con lo que pasaba en realidad. Eso destroza los nervios cuando uno no está en disposición de hacer nada.
–Agente Ryan, dudo muchísimo que ocurra algo que no me haya imaginado ya. –Clarke se rió con humor–. Y, créame, lo que sepa será mejor que lo que estoy pensando. No molestaré a nadie.
Ryan le rozó el brazo con un amable gesto de comprensión.
–Acompáñeme. Esperaremos el resultado juntas.
00.05
Desde su posición en lo alto de la plataforma de una grúa abandonada, Lexa tenía una clara visión de la entrada del parque de atracciones y del aparcamiento situado delante de los soportales de acceso. No había luces en las cercanías, pero la autopista no estaba demasiado lejos; los coches que pasaban y la brillante luna veraniega proporcionaban iluminación suficiente para que viese sin gafas de visión nocturna. Distinguía el perfil de unos edificios con las ventanas rotas y las puertas desvencijadas, rodeados por los cadavéricos restos de las atracciones del arruinado parque. Bajo el resplandor azul de la luna, parecía un cementerio de criaturas prehistóricas. Sobre el terreno, debajo de ella, Blake esperaba en medio de las sombras. Lexa había aceptado de mala gana que Pike destinase a Blake a la posición punta. Mientras Blake vigilaba cualquier indicio de un vehículo que se acercase o de movimientos en el parque, Lexa recorría continuamente las múltiples frecuencias de radio, escuchando las habituales comprobaciones previas al enfrentamiento desde cada posición. Lo que oía en realidad eran ocasionales preguntas de Pike para confirmar posiciones y la puesta a punto de los equipos de intervención. Cabía la posibilidad de que controlasen sus intercambios, pero dudaba que Loverboy tuviese tiempo para introducirse en sus frecuencias de comunicación, aunque ya estuviera en la zona. Miró la hora otra vez. Habían pasado cuarenta minutos desde que Grant saliera del edificio de Clarke. Llegaría en cualquier momento.
Emori Grant miró el aparcamiento desierto por la ventanilla cuando el taxi aminoró la marcha para frenar. No veía a Reyes, que estaba agachada para que no pudiese verla nadie que esperase su llegada. Mientras buscaba la manilla de la puerta, dijo:
–Gracias por el paseo, chicos. –Y tomó aliento.
–Cuando sea, tú grita, Cenicienta, y traeremos tu carroza.
–Entendido –dijo Grant saliendo a la noche.
El taxi se alejó, y Grant miró a su alrededor, procurando dominarse. Los soportales del parque de atracciones estaban a diez metros, con sus desvencijadas puertas de metal parcialmente abiertas. Más allá sólo había oscuridad. Vio algún equipo de construcción en el aparcamiento, pero nada más.
–La tenemos, Grant –murmuró una voz suave en su oído.
Su ansiedad desapareció al oír la firme voz de Woods.
–Recibido.
–Atraviese las puertas –ordenó la voz de Pike–. Tiene permiso para acercarse al punto de encuentro.
La voz de Woods repitió la orden:
–Limítese a atravesar las puertas. Permanezca dentro y ofrézcanos una inspección ocular.
Grant habló en voz baja mientras avanzaba.
–Ahora veo los soportales –afirmó cuando empujó las altas verjas de hierro y entró–. Hay fragmentos de atracciones por todas partes. La mayoría son lo suficientemente grandes para esconderse. Miró a su alrededor buscando el edificio que Loverboy había designado como punto de reunión. Cincuenta y cinco metros a su izquierda, el letrero del puesto de refrescos colgaba torcido sobre una puerta tapiada.
–Ni rastro de actividad.
–No tenemos indicios en los sensores térmicos. No hay pruebas de ocupación –anunció Lexa–. Avance lentamente pero no, repito, no entre en el edificio. Sólo compruebe el perímetro.
Mirando a derecha e izquierda, Grant avanzó, procurando ignorar el frío chorro de sudor que corría entre sus omóplatos y se estancaba en la base de la columna, debajo del pesado chaleco. Se daba perfecta cuenta de que no llevaba la cabeza protegida y de que el blindaje corporal podía ser perforado por munición fácil de conseguir por Internet. También sabía que todos los metales y la maquinaria pesada constituían un buen escudo frente a los sensores de calor, si Loverboy sabía utilizarlos. Tuvo que confiar en que Pike y sus técnicos hubiesen hecho un concienzudo barrido de los edificios y terrenos circundantes, pues ella era un blanco seguro. Apartó la idea de la cabeza y se concentró en la tranquila noche que la envolvía. Nada. Si no fuera por la voz de Lexa Woods en su oído, podría muy bien pensar que acababa de despertar de un sueño en un mundo desierto. No recordaba haberse sentido tan sola en su vida.
–¿Hay algo? –le ladró Pike a uno de los hombres próximos a él que escudriñaban el campo con gafas de visión nocturna y equipo de sensores termales. Estaban encima de un almacén, detrás del parque de atracciones. Desde allí, Pike podía dirigir la operación.
–Nada excepto el señuelo –gruñó el agente mientras cribaba la zona–. Ni siquiera un gato callejero.
–Alguien debería ponerse en contacto por radio con los chicos del Estado para decirles que su perímetro es demasiado cerrado –observó otro–. Veo movimiento y hay patrulleros del Estado casi encima de los nuestros.
–Aficionados. –Pike se rió despectivamente–. Sólo buscan una pizca de gloria. Debe de ser muy aburrido andar por ahí todo el día en esos coches huevo deteniendo a los que pisan el acelerador.
Los hombres se rieron.
–Vaya –exclamó Pike, disgustado–. Supongo que vamos a tener que subir el bote para que ese tipo saque la cabeza del agujero en el que se esconde.
Comprobó la hora y marcó la frecuencia de Grant en su transmisor.
–Cinco minutos, Grant. Si sigue sin aparecer, quiero que entre en ese edificio. Si anda por ahí, tal vez esté esperando a que usted se moje.
Lexa escuchó la orden de Grant y se le erizaron los pelos de la nuca. Pasaba algo raro. Luna Ryan tenía razón al afirmar que Loverboy estaría allí porque, si no, aquello carecía de sentido. Si no quería establecer contacto físico con Clarke, era una estratagema para sacarla al exterior, donde podría atentar contra su vida. El puesto de refrescos parecía el lugar ideal para que tendiese una trampa. Si quería matarla, lo haría allí. De cualquier manera, querría observar. Estaba allí, y no lo encontraban. Y Emori Grant se exponía demasiado.
–Pike –dijo Lexa, transmitiendo a la frecuencia privada del agente–, si no tenemos ubicación del sujeto, no puede enviar a Grant ahí dentro. Desde aquí no podríamos cubrirla, y ese lugar tal vez esté amañado.
–No la haría venir hasta aquí sólo para matarla –repuso Pike sin esforzarse en ocultar su desdén–. Aparecerá cuando esté seguro de que ella sigue adelante. No pienso discutirlo, Woods. Grant va a entrar.
Lexa oyó el clic y se dio cuenta de que Pike había desconectado. Estaba haciendo lo que había querido hacer desde el principio: cebar la trampa, para lo cual utilizaba a la gente de ella.
–Grant –ordenó Lexa, cortante–. Obedezca sólo mi señal. ¿Me recibe? ¿Grant? ¡Grant!
Clarke contempló la negra pantalla del ordenador con la mente a kilómetros de allí. Intentaba imaginarse cómo le iría a Emori Grant, caminando sola en medio de la noche para enfrentarse a alguien que sabía que había matado con impunidad. A pesar de su preocupación por Grant, en lo más íntimo deseaba que Loverboy estuviese esperando. Esperaba que esa noche fuera el final de aquella pesadilla. Pensó en Lexa, que vigilaba a Grant y procuraba protegerla. Si le pasaba algo a otra persona de la que Lexa fuese responsable, nunca se lo perdonaría a sí misma. Se desgarraría otro agujero en el tejido de su ser y otro fragmento de su corazón moriría. Clarke no quería que sucediese tal cosa, en gran parte por razones egoístas. Temía que Lexa clausurase aquellas partes de sí misma que sangraban por las heridas de los otros. Y, si eso ocurría, Clarke perdería la parte que más necesitaba. Nadie había conseguido atravesar los barrotes de su cárcel invisible para tocarla, tal y como hacía Lexa Woods. Nadie más la había visto como era, como la había visto Lexa. Y lo necesitaba, porque sin eso se encontraba horriblemente sola. No supo cuánto tiempo llevaban las palabras en la pantalla sin que las viera. Ahogó un grito y echó la silla hacia atrás como si quisiera escapar de la realidad de lo que estaba viendo.
–Oh, Dios mío.
Al instante, Marcus, Indra Davis y Luna Ryan se volvieron hacia ella, preocupados.
–¿Qué pasa? –preguntó Marcus.
A Clarke le temblaba la voz cuando respondió:
–No estoy segura. Miren lo que acaba de aparecer en la pantalla.
Los otros tres se colocaron detrás de ella, mirando el mensaje por encima de su hombro.
Egret. ¿Estás ahí?
–¿Es él? –preguntó Clarke sin aliento–. ¿No podría ser un mensaje calculado en el tiempo y enviado antes?
Marcus miró a Luna Ryan, cuyo rostro estaba sumido en la concentración. Repasó mentalmente todo lo que sabía de él, formando y descartando teorías con frenesí, mientras procuraba descifrar aquella mente deformada.
–¿Puede ser un doble? –preguntó Marcus–. ¿Alguien que lo ayuda?
–No, es él –dijo Ryan con decisión–. Nunca dejaría que nadie compartiese esto.
–¿Qué debo hacer? –inquirió Clarke.
–Si responde, sabrá que ella no está en el parque de atracciones –observó Marcus.
Luna miró la pregunta del monitor mientras estudiaba las opciones y trataba de predecir las consecuencias. Resultaba casi imposible que una persona racional predijese la mente irracional de alguien como Loverboy. Por otro lado, ella, más que nadie, estaba entrenada para eso. Su opinión era la mejor información que tenían.
–¿Luna? –inquirió Marcus–. Tengo que avisar a la comandante. Es su decisión.
Miró serenamente a Clarke.
–Responda.
Con manos temblorosas, Clarke escribió: Sí
Siempre supe que no vendrías
–Pregúntele dónde está –indicó Luna con los ojos clavados en la pantalla.
Clarke obedeció.
Estoy mirando cómo me buscan
–Jesucristo –exclamó Marcus. Inmediatamente marcó la frecuencia de Lexa–. Tenemos comunicación con el sujeto –dijo en tono seco–. Están en peligro, repito, están en peligro.
Lexa no dudó.
–Grant, evacue ahora mismo. Repito, evacue ahora mismo.
En la frecuencia de Reyes ordenó:
–Inicie la retirada. Recupere su carga.
Cambiando de frecuencia, añadió:
–Pike. Estamos acabados. Nos ha visto. Vamos a evacuar.
Nadie respondió. Abrió frenéticamente todas las frecuencias y volvió a transmitir.
Nada.
Fue hasta el borde de la plataforma y bajó al suelo. Aterrizó a unos metros de Blake.
–¿Hay algo?
Blake cabeceó con expresión seria.
–Comandante, no la he visto. No tengo respuesta por ningún canal. Los vínculos de comunicación se han roto.
–¡Maldita sea! Loverboy nos ha saturado –dijo Lexa, enfadada–. Vamos a buscarla.
Durante un segundo, los ojos de ambas se fundieron. Y luego se volvieron, hombro con hombro, y corrieron hacia las puertas del ruinoso parque de atracciones y hacia la oscuridad que había tras ellas. Cuando pasaron bajo los soportales, Lexa intentó ponerse en contacto de nuevo con Grant o con Pike. Sus transmisiones se toparon con el silencio. Miró hacia delante, pero sólo veía el negro azulado del cielo nocturno roto por las siluetas de los detritus del parque abandonado.
–Blake –susurró Lexa mientras avanzaban–. Vaya por la derecha y cubra nuestro flanco. Si él está aquí, saldrá detrás de una de nosotras. No le ofrezcamos demasiados blancos en un solo lugar.
Blake desapareció inmediatamente en la oscuridad. El puesto de refrescos se hallaba a cuarenta y cinco metros de distancia; tardaría menos de sesenta segundos en llegar. Sesenta segundos.
«Dios, ¿dónde está Grant?»
Lexa miró el terreno elevado donde ella se habría situado si hubiese querido dirigir la batalla. En aquella situación, el mejor punto de visión se encontraba en lo alto de un edificio, pero los que estuvieran en los soportales quedarían a la vista de los hombres de Pike en el almacén, y ellos no lo habían localizado. Aún así, por costumbre, escudriñó la estructura sin perder de vista el puesto de refrescos. Nada.
«¿Dónde diablos está?»
Casi había llegado. Seguía sin haber rastro de Grant. La noche había adquirido una quietud fantasmal, y no oía nada, salvo su propio corazón latiendo en la garganta. Corrió, con la piel erizada por la aprensión. Creyó ver a una figura moviéndose entre las sombras en un lado del edificio. Levantó la pistola y caminó mas despacio, procurando ver algo entre las sombras ondeantes.
«¡Allí! Más cerca.»
Suspiró, su dedo apretó el gatillo sin disparar, y notó otro movimiento a la derecha. Sacudió la cabeza a tiempo de ver cómo se balanceaba perezosamente el coche más alto de la noria, que parecía suspendido en el aire con la única sujeción de los rayos de luna.
–Blake –llamó en la oscuridad, sin molestarse en bajar la voz.
Se encontraba expuesta por completo e indefensa. Si el tipo pensaba dispararle, ella no podría evitarlo. Pero al menos se aseguraría de que no se marchase.
–Está en la noria. ¡Vamos!
En ese momento, Grant apareció entre las sombras, delante del puesto de refrescos, y dijo:
–Todo despejado aquí, comandante.
El grito de Lexa ordenando cubrirse se perdió en la noche cuando el edificio se desintegró en un resplandor de llamas anaranjadas y escombros volantes. Un fuerte tornado de aire caliente sacudió a Blake desde atrás, levantándola momentáneamente del suelo. Escondió la cabeza y se echó con los hombros hacia delante, dejando que el impulso de la explosión la volviese a situar de pie. Tenía la pistola en la mano; milagrosamente, había conseguido sujetarla. Se resistió a pensar en lo que acababa de ocurrir. En aquel momento no podía pensar en Grant ni en Woods. Tenía una sola idea.
«Atraparlo.»
Cuando se acercó a la noria, vio una sombra delgada que descendía ágilmente por el armazón exterior. Se encontraba casi a cincuenta metros y, a esa distancia y en la oscuridad, el hombre no tardaría en desaparecer entre la jungla de metal retorcido y estructuras derrumbadas. Intentó de nuevo comunicar su localización a Pike y al equipo de Armas y Tácticas Especiales, pero no hubo respuesta. Las comunicaciones seguían bloqueadas. Seguramente se estaban reuniendo, pero nunca llegarían a tiempo. Corrió a toda prisa, cubrió la distancia y vislumbró la figura que acababa de llegar al suelo. Durante una milésima de segundo dudó. Vestía uniforme.
«¿Será un vigía avanzado del que no nos informó Pike o uno de los nuestros que ha ido demasiado lejos dentro del perímetro?»
Cuando él se volvió y disparó, Blake comprendió su error, pero el segundo de incertidumbre le pasó factura. Cuando vio el resplandor del arma, ya la había herido y casi derribado, y una caliente punzada de dolor se extendía por su hombro izquierdo. «Maldita sea.» Era mucho peor de lo que había imaginado. El impacto la hizo girar y la tumbó de espaldas. Durante un segundo no pudo respirar. Al fin recuperó el aliento y ahogó un grito. Luego, su mente se quedó en blanco y sólo permaneció la imagen de él volviéndose y disparándole... a ella. «Bastardo.» El dolor cedió ante la oleada de ira. Estaba furiosa con él por haberle disparado, y aún más furiosa consigo misma por dejar que la cogiera por sorpresa. Sin hacer caso a las náuseas, se puso de lado, con los pies bajo el cuerpo. Al instante siguiente ya se movía. El brazo izquierdo colgaba, inservible, pero la pistola aún funcionaba. Lo vio por la espalda mientras saltaba ágilmente sobre un torniquete que en otro tiempo había formado parte de la taquilla de admisión. Luego, de pronto, desapareció. A Blake se le nubló la vista; le faltaba tiempo. Tenía el brazo empapado de sangre; la sentía correr entre sus dedos y caer al suelo. Se agachó y disparó. La segunda explosión fue aún mayor que la primera. Y, en esa ocasión, la onda expansiva la precipitó en la inconsciencia.
