ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 23

Marcus trabajaba como un poseso para reestablecer el contacto, pero no respondía nadie.

–¿Comandante? ¿Reyes?

Clarke seguía haciéndole preguntas a Loverboy, pero no hubo más respuestas.

–¿Qué sucede? –preguntó en tono urgente. Los tres agentes la miraron con seriedad y la tranquilidad fantasmal que reinaba en el aire hizo que a Clarke se le enfriase la sangre. Se esforzó por mantener la compostura, pero no pudo–. ¿Qué diablos pasa?

–Todas nuestras líneas de comunicación están muertas –respondió Marcus–. Seguramente, Loverboy transmite con una conexión sin cables desde el punto de reunión. Está allí y sabe que usted no.

Clarke se levantó, temblando de arriba abajo.

–Será mejor que alguien averigüe ahora mismo qué sucede ahí, o iré yo en persona.

–Señorita Griffin –dijo Luna Ryan en tono sosegado, poniendo la mano sobre el brazo de Clarke con gran suavidad, como si temiese asustarla–. Nosotros tendremos información antes que nadie. Dele un minuto a Marcus.

Marcus encendió los altavoces y procuró aumentar las señales.

–Reyes, entra, por favor. ¿Me recibes? Reyes, ¡maldita sea! ¿Me oyes?

Se estableció una transmisión incomprensible e intermitente. Al principio, Clarke sólo distinguió fragmentos de palabras, pero lo que oyó bastó para hacerla saltar. Buscó a ciegas una silla y se desmoronó en ella.

–... Explosión... Disparos... Agentes muertos...

–¿Quién? –preguntó Clarke débilmente mientras sus ojos iban de la cara de un agente a la de otro, intentando descifrar sus expresiones desesperadamente–. Marcus, pregúntele quién.

–¿Puede especificar? –inquirió Marcus aplacando la punzada de pánico que el mensaje de Reyes había producido. Apretó los puños y se concentró, esforzándose por distinguir las palabras. Más interferencias, luego:

–... Evacuación de heridos... Avisarán.

Después sólo hubo silencio, un silencio tan profundo que los tres, testigos impotentes de una pesadilla, se quedaron aturdidos y sin mirarse. Clarke cerró los ojos y se preguntó cómo era posible que aún sintiese los latidos de su corazón, porque dentro de ella se estaba muriendo algo. El sonido de la línea telefónica quebró la gélida quietud. Todos se miraron durante un segundo, hasta que Marcus levantó el auricular.

–Kane.

Clarke lo miró con ansiedad, esperando algún indicio que indicase que sus miedos eran infundados, pero el serio gesto de la mandíbula de Marcus no se alteró. Colgó el auricular y se levantó.

–Era Collins. Las ambulancias se dirigen con los heridos a la unidad de Traumatología del Beth Israel.

–¿Quién? –preguntó Clarke en voz baja, preparada, pensó, para oír las palabras. Debía estar lista porque por dentro notaba frío. Algo helado–. Por favor... ¿quién?

–Aún no hay identificaciones –respondió buscando su chaqueta–, pero Reyes ha ido con una de las ambulancias, así que supongo que alguno será de los nuestros. –Se puso la chaqueta y se dirigió hacia la puerta–. Llamaré en cuanto tenga información, señorita Griffin.

–No habla en serio. –Clarke se movió con rapidez, cerrándole el paso, con una mirada incrédula en el rostro–. Voy con usted.

Marcus se detuvo en seco y, aunque le costó trabajo, dijo con la mayor tranquilidad:

–Me temo que no puede hacer eso, señorita Griffin. Ahora no tengo un contingente completo de agentes y ni siquiera conozco el estado del resto del equipo. No puedo proporcionarle seguridad. No puedo...

–Marcus –dijo Clarke con voz tensa, preguntándose cómo había hecho para no gritar–, o me lleva o cojo un taxi. Pero no impedirá que vaya.

–Él tiene razón, señorita Griffin –dijo Indra Davis con energía–. No tenemos personal suficiente y ni siquiera sabemos si han detenido al sujeto no identificado. No es seguro. La comandante... en fin... le cortará la cabeza a Marcus si la lleva allí. Debe de ser un caos.

Clarke casi sonrió al imaginar la expresión de Lexa y pensó que, seguramente, Davis tenía razón: su amante se disgustaría mucho. Entonces, se dio cuenta de que tal vez no volviese a ver a Lexa ni a tocarla, y el lugar oscuro y frío en el que guardaba sus miedos empezó a sangrar. Cuando habló, no pudo ocultar el dolor.

–Me aseguraré de que la comandante sepa que es cosa mía.

Quizá fuese la voz rota de Clarke al nombrar a Lexa o que Luna Ryan sabía que la hija del Presidente iría al hospital con o sin protección, pero funcionó. Ryan habló con una voz calmada y reconfortante:

–Agente Kane, somos tres. Sin duda constituimos una seguridad adecuada para llevar a la señorita Griffin al hospital. Allí supongo que habrá otros miembros de su equipo disponibles.

Clarke le lanzó una mirada agradecida. Marcus cedió porque no podía retener físicamente a la primera hija. Y al fin tenía claro que ella iba a ir, de una u otra forma.

–Muy bien, entonces. Vamos.

Al principio, lo único que vio Clarke por las ventanillas del Suburban cuando se acercaron al hospital fue una plétora de vehículos de urgencias aparcados de cualquier manera en el pequeño espacio que había delante de la entrada. Las barras luminosas que coronaban las ambulancias y los coches de policía lanzaban rayos rojos y azules que se entrecruzaban, titilaban salvajemente bajo el cielo nocturno y se reflejaban en las puertas dobles de cristal del estacionamiento de Traumatología.

«Maldita sea, Lexa, no te atrevas a hacerlo. No me dejes ahora.» Clarke se dio cuenta de que no respiraba. También se dio cuenta de que, a aquellas alturas, habría periodistas en el hospital. Y fotógrafos. Cuando Indra Davis le abrió la puerta para que saliese del coche, se había recuperado. Los periodistas la vieron y acudieron a su encuentro; ella mantuvo la cabeza alta y los ojos fijos y no hizo comentario alguno. Los agentes federales formaron un triángulo cerrado en torno a ella: Marcus a la derecha, Luna Ryan detrás de su hombro izquierdo y Indra Davis despejando el camino delante. Cuando llegaron a las puertas deslizantes de cristal que señalaban la entrada de Traumatología, un gran guardia de seguridad de aspecto hostil les cerró el paso.

–Lo siento. La gente no puede entrar por aquí.

Marcus extendió la mano derecha, mostrando su placa, pero la atención del guardia se centró en Clarke. Abrió los ojos un poco más y dijo en tono asombrado:

–¡Señorita Griffin! Yo... esto... no la había reconocido... disculpe... sólo un minuto. Buscaré a un destacamento que la acompañe.

–No –repuso Marcus, cortante–. No es necesario. –Lo último que quería era un grupo de guardias fascinados por los famosos y empeñados en ser útiles dificultando su trabajo–. Sólo queremos ir a la zona de triage. ¿Puede orientarnos?

El guardia de seguridad estuvo a punto de protestar, pero debió de ver algo en la cara de Marcus que lo hizo cambiar de idea.

–Sí, señor. Todo recto, después de pasar las puertas automáticas del final del vestíbulo. Aunque aquello es un follón.

Atravesaron el vestíbulo rápidamente y accedieron a la relativa quietud de la zona principal de admisión. La prensa no los había seguido, pero tropeles de gente, la mayoría con aspecto policial, obstruían el vestíbulo, y había carritos y equipo de urgencias por todas partes. Clarke miró al suelo y se dio cuenta de que las manchas coaguladas de color carmesí eran de sangre.

–Oh, Dios –exclamó débilmente.

Luna la miró, preocupada.

–¿Por qué no buscamos un lugar menos público para esperar mientras Marcus localiza a los otros?

–Esto es demasiado público. Volvamos a la zona de tratamiento, y veré qué puedo averiguar –sugirió Marcus. Se sentía un poco abrumado. Y preocupado. El no haber sabido nada más de los miembros de su equipo no le olía bien.

Emori Grant y él habían trabajado juntos varios años, incluso antes de la misión de Egret, y eran amigos. Le caía bien Octavia Blake. Y la comandante... le resultaba difícil explicar lo que sentía hacia ella. Sólo sabía que no quería pensar en que hubiese caído otra vez. Cuando atravesaron las sólidas puertas grises con el letrero «Admisión de Traumatología. Sólo personal autorizado», le alivió ver a una figura familiar apoyada en la puerta de uno de los cubículos de tratamiento.

–¡Reyes!

Clarke y su séquito corrieron hacia ella. Reyes los miró en silencio, con expresión aturdida. Había sangre en su chaqueta y en sus manos y una mancha oscura en el ángulo de su mandíbula. Antes de que pudiese responder, tuvo que hacerse a un lado cuando un equipo de celadores salió de la habitación de detrás empujando una camilla con un respirador portátil, bolsas de sangre y fluido intravenoso y un defibrilador cardíaco. Apenas reconocible en medio de todo aquello yacía Octavia Blake. Clarke sólo vio de pasada el rostro pálido e inanimado de Blake mientras el equipo médico la llevaba corriendo hacia los ascensores. Reyes se quedó mirando la camilla, pero una enfermera la cogió por el brazo con delicadeza y le susurró algo. Pasados unos momentos, las puertas del ascensor se cerraron y Blake desapareció. Los hombros de Reyes se hundieron y se apoyó con todo su peso en la pared. Marcus le tocó en el brazo.

–¡Reyes! ¿Qué...?

–Espere un minuto, Marcus –se apresuró a decir Clarke–. Déjeme hablar con ella.

–Claro, muy bien. –Marcus se volvió hacia Davis–. Ocúpate de Egret. Encontraré a alguien que me explique qué pasa.

Clarke se adelantó, puso las manos sobre los hombros de Reyes y la miró a la cara.

–Raven –dijo amablemente–, ¿la han herido? Está cubierta de sangre.

–Le tocó a ella –respondió Reyes con voz ahogada. Su mirada se cruzó con la de Clarke; un mundo de agonía flotaba bajo la superficie de sus ojos oscuros–. Fue demasiado. Lo intenté... lo mejor que pude. No funcionó.

–¿Está segura de que no se encuentra herida?

Reyes miró la sangre cuajada en sus manos y les dio la vuelta.

–No.

–¿Dónde está Lexa, Raven? –preguntó Clarke esforzándose por mantener la calma. «Que esté aquí. Que esté bien»–. ¿Agente Reyes?

Reyes estaba claramente traumatizada, pero, si no le decían algo pronto, Clarke temía que se echaría a correr por el vestíbulo gritando el nombre de Lexa. Estaba a punto de deshacerse y la asustaba no ser capaz de juntar los pedazos de nuevo.

–Raven –susurró con desesperación–, por favor.

–Creo... creo... –empezó Raven Reyes, pero perdió el hilo.

Le costaba mucho pensar en algo que no fuera lo pálida que estaba Octavia, en cuánta sangre había en el suelo y en su ropa y lo fría que parecía Octavia entre sus brazos. Reyes había abrazado a la agente herida y la había sostenido hasta la llegada del equipo de evacuación. Dudó y tragó saliva, intentando controlar su acelerado corazón y el temblor de las piernas. Finalmente, un poco centrada, se aclaró la garganta y se obligó a enderezarse.

–La explosión afectó a Grant y a la comandante. No las he visto, pero, por lo que sé, a las dos las trajeron aquí. Grant fue a la sala de operaciones directamente, creo. No sé lo que ha sido de la comandante.

«La explosión las afectó. –Clarke cerró los ojos, negándose a pensar en lo que aquello significaba–. No. Está viva. Tiene que estar viva. No la traerían aquí si no lo estuviera. ¿O sí?»

–Gracias –dijo Clarke tras un instante. Miró por encima del hombro e hizo una señal a las dos agentes que estaban detrás de ella. –Agente Davis, por favor, ¿quiere llevar a la agente Reyes a algún sitio donde pueda acostarse unos minutos?

–Yo lo haré –le dijo Luna Ryan a Davis–. Quédate aquí con la señorita Griffin hasta que la situación se aclare. «Y aparezcan más agentes del Servicio Secreto. ¿Dónde diablos están todos?»

Cuando Luna rodeó con el brazo a la pasiva agente castaña, vio que Marcus se acercaba casi corriendo.

–He encontrado a Collins –anunció sin aliento–. Lo único que sabe es que Blake está en la sala de operaciones, en estado crítico, con una herida de bala en el hombro. La hirió donde se acaba el chaleco y casi se ha desangrado. Maldito disparo –añadió amargamente–. Grant está inconsciente con una fractura de cráneo y un pulmón reventado. Se encuentra en cuidados intensivos. La comandante está... –Se calló y a Clarke se le paró el corazón.

«No lo digas, Marcus. No lo digas. No digas...»

Una palabra sonó detrás de ellos:

–Clarke.

Clarke se volvió en redondo, con un brinco en el corazón. Lexa se encontraba a escasos metros de ella. Clarke no pensó en nada, ni en los agentes federales, ni en los periodistas, ni en el público, y fue hacia ella. Lexa abrió los brazos y recibió a Clarke, sosteniéndola con fuerza. Clarke estaba temblando. La agente bajó la cabeza, rozó con los labios la oreja de la joven y dijo con ternura:

–Estoy perfectamente. ¿Me oyes? Estoy bien.

Clarke asintió, incapaz de hablar. Besó a Lexa en el hombro; quería su boca, pero sabía que no podía ser. Allí no, no delante de toda aquella gente. No había perdido tanto la cabeza, y el sólido contacto del cuerpo de Lexa la calmó instantáneamente. Demasiado pronto se obligó a apartarse, aunque dejar que Lexa se fuera fue lo más difícil que había hecho en su vida. Le dolía el cuerpo entero de sentir a su amante en sus brazos. Sus manos temblaban de tanto como quería tocar a Lexa, sólo para cerciorarse de que seguía allí, para asegurarse de que no la había perdido.

–¿Estás herida? –Clarke clavó los ojos en ella como si quisiera comprobar que Lexa estaba entera–. Lo estás, ¿verdad?

Lexa tenía la cara blanca y sus ojos, habitualmente penetrantes, parecían apagados. Se había quitado la chaqueta y el chaleco protector, y su camisa estaba empapada de sudor, suciedad y de algo que se parecía mucho a la sangre. Una caliente oleada de ira estalló en las entrañas de Clarke. No hacia la mujer, ni siquiera hacia el trabajo, sino hacia el incansable maníaco que había intentado arrancarle a Lexa. Quería matarlo con sus propias manos.

–¿Lexa? ¿Estás herida?

Lexa procuró no cabecear, porque se sentía mareada, y la vibración de los oídos afectaba a su equilibrio. Temía volver a vomitar si se movía demasiado.

–No mucho. Rasguños y magulladuras. Un golpe en la cabeza. Pasará un tiempo hasta que pueda escuchar los agudos.

–¿Qué te ha pasado exactamente? –Clarke se volvió suspicaz al instante porque Lexa no se movía y tenía la mirada evasiva que pensaba que la joven no reconocía. Antes de que la agente del Servicio Secreto respondiese, Clarke añadió–: Y si no me lo cuentas todo ahora mismo, buscaré a los médicos y les preguntaré yo misma.

–Una conmoción menor –admitió Lexa con un suspiro, y acarició ligeramente el brazo de Clarke–. Nada que el tiempo no cure.

–¿Y te han dado el alta? –insistió Clarke.

–Bueno, no exactamente –confesó Lexa. No culpaba a Clarke por enfadarse con ella. Pero agradecía que no hubiese presenciado cómo los médicos intentaban convencerla para que se quedase en observación durante la noche. En ese momento sería una lata–. De momento estoy por mi cuenta y riesgo.

–Maldita sea, Lexa –dijo Clarke en voz baja, pues los otros estaban cerca–. No me hagas esto.

–Tengo que ocuparme de cosas –explicó Lexa cogiéndole la mano–. Hay dos personas malheridas, Clarke. Debo ponerme en contacto con las familias e informar a los supervisores. También tengo que ver a mis agentes. Tengo que estar aquí.

Aunque no quería hacerlo, Clarke se soltó de la mano de Lexa. Respiró a fondo y contó hasta diez.

–¿Me prometes que si empiezas a sentirte mal dejarás que los médicos te miren? Prométeme eso.

–Sí –afirmó Lexa con expresión agradecida–. Te lo juro, Clarke.

Clarke asintió y retrocedió porque era lo mejor que podía hacer en ese momento. Y confiaba en que Lexa no le mintiese.

–¿Y en cuanto tengas las cosas bajo control descansarás un poco?

–Conforme –dijo Lexa con una leve sonrisa–. ¿Dejarás que Marcus te lleve a casa?

–Me gustaría quedarme hasta saber algo de Emori y de Octavia.

Lexa percibió la genuina preocupación de su voz. Miró a su alrededor, aliviada al ver al equipo unido.

–Claro. Le diré a Collins que busque una habitación en la que puedas esperar. Te informaré en cuanto sepa algo.

–Gracias –repuso Clarke dulcemente–. Cuídese bien, comandante.

–Lo haré –murmuró Lexa perdiéndose un instante en sus ojos–. Me alegro de que estés aquí, ¿sabes?

–Eso es bueno –susurró Clarke–, porque nada podría alejarme.

Cuatro horas después, Lexa entró en el centro de mando y observó a los que quedaban de su equipo. La mayoría no habían ido a casa, sino que habían aceptado voluntariamente turnos rotatorios entre el centro y el hospital. Como esperaba, Reyes se encontraba entre ellos. La joven agente parecía pálida y temblorosa y tenía una mirada angustiada que tardaría algún tiempo en perder, como sabía Lexa.

–A la sala de reuniones –ordenó.

Unos minutos después, se encontraba en la cabecera de la mesa, como tantas veces, y los miró de uno en uno. Habló al fin con voz serena:

–Mientras esperamos noticias de los nuestros, he hecho algunas llamadas y Davis ha escudriñado las bases de datos. Les daré lo que tengo. Es preliminar y extraoficial hasta que me informen por los conductos reglamentarios. ¿Está claro?

Hubo un rápido murmullo de asentimiento y todos los ojos se centraron en ella. Esbozó entonces una sonrisa fría y dura.

–Lo tenemos.

Sobre el coro de ovaciones gravitó el cansancio; las heridas que habían sufrido empañaban el triunfo. Con gesto serio entregó a Marcus un fax, de un archivo personal, con una fotografía en blanco y negro, en la parte superior derecha, de un hombre uniformado.

–Agente estatal James Benjamin Harker. Hace diez años estuvo destinado en el equipo de seguridad personal del gobernador Griffin.

Durante un momento reinó un silencio abrumador. Luego, Reyes dijo con vehemencia:

–Bastardo.

–No puedo creerlo –comentó Marcus, consternado. Miró la fotografía, y luego pasó la hoja a la persona sentada a su lado–. ¿Por qué no lo encontramos? Los controles de antecedentes deberían haber dado algún resultado.

–La información no puede salir de esta habitación –declaró Lexa, serena. Tuvo que esforzarse para contener la ira mientras continuaba–: Por lo visto, el FBI hizo comprobaciones de antecedentes en cuanto Egret avisó de que recibía correos electrónicos de Loverboy. Eso fue antes de que les pareciese adecuado informarnos. Al parecer, analizaron a todos los que habían tenido algo que ver con su seguridad.

–Claro –interrumpió Marcus con una risa despectiva–. Nos comprobaron a todos nosotros.

–No he oído la versión de Pike. Curiosamente, no está localizable desde que las cosas se pusieron feas en el parque de atracciones –explicó Lexa, seria–. Al parecer, hubo un fallo en sus comunicaciones internas, y los agentes de seguridad asignados a Egret cuando su padre era gobernador no fueron comprobados. Harker, alias Loverboy, era uno de ellos.

Collins levantó la cabeza con gesto airado.

–¿Significa eso que ese chiflado llevaba diez años tras ella?

–Luna Ryan piensa que es posible –respondió Lexa, procurando ocultar el odio que sentía.

Aquello resultaba horrible, no sólo porque podría haber matado a Clarke, sino por la mera idea de que aquel psicópata la hubiese vigilado desde la adolescencia, cosa que indignaba a Lexa. Y lo peor de todo era que Lexa sabía que aún no había terminado. Clarke nunca se vería libre de la curiosidad morbosa y podía convertirse en la obsesión de cualquiera. Apartó la idea. Tenía que rematar aquello, y luego tal vez pudiese descansar y el corazón dejaría de latir en su cabeza.

–Al margen de lo ocurrido, el FBI arreglará sus propios follones.

–Sí, claro –se burló Marcus–. Sólo que el precio de sus meteduras de pata lo hemos pagado nosotros. Primero usted, luego Finch, y ahora Grant.

–Información sobre los heridos –continuó Lexa, ignorando la observación de Marcus, aunque en el fondo coincidía con él.

Por lo que había averiguado al hablar con Gustus Carlisle por teléfono, la humillación recaía en el agente especial Pike. No envidiaba al FBI, porque Blake había sido la única en pararlo. Aquello no se trataba de quién conseguía la gloria, sino de que Clarke ya no estaba en peligro, al menos de momento. Por eso, siempre le estaría agradecida a Octavia Blake. Cosa aparte era que por culpa de Pike casi había muerto Emori Grant, y Lexa tardaría en olvidarlo. Su mente divagaba, y respiró a fondo para aclarar las ideas.

–Grant está consciente y dice que nadie toque su mesa, que se dará cuenta si le falta un lápiz. –Lexa esbozó una leve sonrisa–. Le darán el alta dentro de cinco o seis días y volverá al servicio dentro de seis semanas si el próximo tac sale bien. –Lanzó una rápida mirada a Reyes y continuó con voz firme–: Blake ha salido de cirujía, pero sigue inconsciente en la unidad de cuidados intensivos. Los cirujanos son optimistas. Ha perdido mucha sangre, pero no parece que hayan sido afectadas partes críticas del hombro. Si no hay complicaciones imprevistas, hablan de una completa recuperación.

Miró con intención a cada uno de los reunidos en torno a la mesa.

–Se lo debemos a ella. Trabajó con nosotros y, aún después de resultar herida, consiguió atrapar a ese tipo. Nadie sabe bien qué sucedió, y tardaremos semanas en analizar la escena final del crimen. Lo que suponemos es que él llevaba otro artefacto explosivo que, o bien no tuvo tiempo de activar, o bien planeaba colocar en un sitio distinto.

Algunos enarcaron las cejas.

–El comandante del Departamento de Alcohol y Tabaco dice que las ondas expansivas de un proyectil que impacte cerca de un explosivo de alto orden pueden hacerlo explotar. Al parecer, Blake le disparó, y su propia bomba lo hizo volar. Estamos esperando a que los forenses nos den la identificación final, pero Harker desapareció después de la operación y todo encaja.

–Un final demasiado bueno para él –refunfuñó Collins.

Hubo una ronda de murmullos de asentimiento.

–Davis ha hecho una comprobación de antecedentes y resulta que Harker solicitó entrar en el Servicio Secreto antes de en la Policía del Estado. Fue rechazado por motivos psicológicos. Supongo que el sistema del Estado nunca tuvo esa información porque no comprobó la solicitud. No me sorprende, puesto que nuestros sistemas no están conectados entre sí.

Ahora venía la parte más difícil.

–He mirado las cintas de la explosión en Central Park. Harker era el policía que estaba junto al coche de Jeremy. Seguramente colocó el artefacto allí mismo.

Se hizo un profundo silencio, lleno de tristeza y rabia.

–También fue el que me apartó del coche ese día. No sé por qué. Luna había dicho que tal vez fuese algo tan sencillo como que Harker no quería que nada ni nadie alterase sus planes, que tenía que ser él el que decidía quién debía vivir y quién debía morir... y cuándo.

Marcus le devolvió la página de Harker, y Lexa la miró con gesto definitivo.

–Más tarde o mañana a primera hora iré a Washington para presentar el informe. Egret se marcha a San Francisco dentro de unos días. Estará con Zoe Monroe hasta que la publicidad se diluya y, de momento, su itinerario fluctúa. Revisaré sus planes con ustedes cuando los conozca. Marcus, ¿quiere establecer los turnos, por favor? Queda al frente del equipo hasta que yo vuelva.

–De acuerdo –dijo en voz baja.

Lexa sabía que necesitaban llorar la pérdida de Jeremy. También sabía qué más necesitaban.

–Lo he dispuesto todo para que un equipo de la oficina local cubra el turno actual. Váyanse todos a casa y descansen. Si hay noticias del hospital, haré que se las comuniquen. Los necesito de vuelta dentro de doce horas y en buenas condiciones. Seguimos teniendo un trabajo que hacer.

Cuando los que estaban en la habitación se levantaron para marcharse, Lexa reclamó:

–Reyes, un momento, por favor.

Lexa esperó hasta que salieron todos, cerró la puerta y dijo:

–Tómese un par de días de licencia, Reyes. Tiene una pinta horrible.

–Me encuentro bien, comandante. –La furia brillaba en los ojos de Reyes–. Estaré lista para incorporarme al turno de noche.

Lexa sonrió ligeramente y apoyó una cadera en la esquina de la mesa. Apartó la vista un segundo y, cuando volvió a mirar a Reyes, dejó que aflorase la tristeza.

–Lo que ha pasado es duro para todos, Reyes. Tener amigos y colegas en peligro, verlos heridos, nos afecta a todos. –Hizo una pausa sin recurrir a los recuerdos para sentir la terrible sensación de impotencia y desesperanza. Nunca la olvidaría–. Pero es mucho más duro cuando alguien nos importa. Lo sé.

Reyes la miró, sorprendida. Tal vez fuera la comprensión de la voz de Lexa o la tristeza compartida lo que la desmoronó, pero se sentó y hundió la cara entre las manos, ocultando las lágrimas que ya no podía retener más. Tardó unos minutos en recuperarse, y luego se incorporó en la silla.

–Lo siento. Creo que estoy cansada. Sé que se va a poner bien, pero no puedo dejar de pensar en ella tendida en la camilla.

–Blake es fuerte y se recuperará.

–Seguro que le ha dado una patada en el culo a más de uno, ¿verdad? –Reyes sonrió, con el ánimo reforzado por la certeza de la voz de Lexa.

–No lo dude –coincidió Lexa.

Reyes se levantó con dificultad.

–Gracias, comandante. Creo que pediré unos días de licencia personal, sólo para poder... ya sabe... ir al hospital y esas cosas.

Lexa sonrió.

–Muy buena idea, agente.

Lexa esperó hasta que no quedó nadie, y luego salió sin apresurarse. Paró un taxi y le dio una dirección del Upper East Side. Se quedó dormida antes de que el coche arrancase.