ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.

CAPÍTULO 24

–Vaya –exclamó Zoe Monroe en la puerta–. He esperado mucho para verla ante mi puerta, comandante.

–Lo siento. –Lexa esbozó una sonrisa cansada.

–No es necesario –dijo Zoe riéndose–. Vale la pena esperar por algunas cosas.

Lexa se fijó en que había varias maletas junto a la puerta.

–¿Se va a algún sitio?

–Sólo un fin de semana de tres días –respondió Zoe con ligereza. Luego enarcó una ceja con una expresión calculadora en la cara–. Una decisión de último momento.

–Gracias. –Lexa sabía que Zoe les dejaba un tiempo para estar solas a Clarke y a ella–. Lo tendré en cuenta.

–Oh, créame, comandante. –Zoe deslizó los dedos sobre el brazo de Lexa, demorándose un momento en su mano–. Cualquier cosa que pueda hacer para ayudar.

–Podrías quitarle las manos de encima, Zoe –dijo Clarke con ternura–. Estoy perdiendo la paciencia.

Zoe se volvió y sonrió a su vieja amiga.

–¿Cuándo perdiste tu sentido del humor, Clarke?

–Pues... –Clarke miró a Lexa, que seguía esperando en la puerta, arrugada, pálida y no con su mejor aspecto. Se moría por tocarla, por abrazarla, por sentir su piel contra la de ella. La emoción dio un tono grave y gutural a su voz cuando dijo–: Creo que cuando ese maníaco intentó matarla por segunda vez.

–Dadas las circunstancias, me esfumaré. –Zoe se hizo a un lado. Había visto cómo Clarke caminaba de un lado a otro, preocupada, y miraba por la ventana durante las últimas horas, esperando, y no recordaba haber tenido delante a nadie tan deshecho y que sufriera de forma tan clara–. El portero ya ha llamado un taxi. Procurad comportaros durante uno o dos días, las dos.

–Gracias por todo. –Clarke rozó el hombro de Zoe mientras su amiga cogía las maletas y se iba, pero sus ojos no se apartaron del rostro de Lexa. Cuando se quedaron solas, avanzó lentamente y le dio la mano a Lexa–. Ven conmigo.

Lexa estaba demasiado cansada para preguntar o protestar. El mareo había cedido, pero el dolor de cabeza persistía y seguramente duraría días. Y, sobre todo, se sentía agotada. Se había producido demasiada violencia: muchos heridos y muchas pérdidas; estaba exhausta en cuerpo y alma. Lo único que quería era acostarse junto a Clarke y cerrar los ojos. Clarke la condujo al cuarto de baño y cerró la puerta. Se volvió y empezó a desabotonar la camisa de Lexa. Lexa levantó las manos para ayudar, pero Clarke las apartó con dulzura.

–No. Déjame.

Clarke la desnudó, poniendo buen cuidado en no rozar con la ropa los nuevos rasguños y quemaduras de la espalda de Lexa. Intentó no pensar en la causa de aquellas heridas, pero no pudo evitar ver a Lexa en el suelo mientras llovían sobre ella piedras y escombros durante la explosión. Lexa percibió sus dudas.

–No es tan grave...

–Sí, ya lo sé, comandante, no es tan grave como parece. –Lo apartó un momento de su mente.

Cuando hubo desnudado a Lexa, se quitó su propia ropa, abrió el grifo de la ducha y se metió en ella con Lexa.

–Oh Dios –exclamó Lexa dulcemente–. ¡Qué maravilla!

–Hum –repuso Clarke, que empezaba a relajarse al fin. Buscó el jabón y enjabonó el cuerpo de Lexa formando espuma.

–Y esto aún es mejor –susurró Lexa con los ojos cerrados. Se había quedado casi dormida de pie. El vapor caliente y las manos suaves de Clarke la conducían a un estado cercano al sopor. Cuando Clarke acabó de lavarle el pelo, no sabía si aguantaría en pie–. Voy a tardar un poco en servir para algo –farfulló con palabras empañadas por la fatiga.

Clarke la envolvió en una toalla grande y retiró el pelo húmedo de la frente de Lexa. Después, la besó con ternura en la boca.

–Créame, comandante, sirve usted para un montón de cosas que estoy segura que recordará después de echar un sueñecillo. –La condujo a la habitación y añadió–: Se las recordaré.

Octavia Blake abrió los ojos y trató de centrarlos en la figura que estaba inclinada sobre ella. Al fin lo consiguió.

–Hola.

Reyes sonrió.

–Hola.

Blake hizo balance y se cercioró de que podía sentir las sábanas en los pies y en las manos. Luego movió los dedos y, por último, suspiró aliviada.

–Al parecer todo funciona, ¿no?

–Los médicos dicen que te pondrás bien –afirmó Reyes con voz entrecortada.

–¿Me haces un resumen de lo que significa bien?

–Uf, supongo que se encargarán los médicos. –Reyes se salió por la tangente.

–Raven –dijo Blake, y le tembló la voz–. Preferiría que me lo dijeras tú.

–Eh. –Reyes le cogió la mano y acunó los dedos de Octavia en sus palmas–. Estás perfectamente, Octavia, de verdad. Recibiste un disparo en el hombro izquierdo. Según ellos, cortó de mala manera la vena principal del brazo, pero la han cosido. Los nervios están bien; sólo creen que sentirás una ligera debilidad durante unos meses. –Reyes se reanimó y procuró parecer optimista –Sangraste muchísimo, pero te hicieron transfusiones. Has estado inconsciente un tiempo a causa de la megadosis de anestesia y del shock. Pero te pondrás bien.

Blake cerró los ojos unos segundos y, cuando los volvió a abrir, su sonrisa era más fuerte.

–No parece tan grave. Con un poco de rehabilitación volveré al trabajo, ¿no?

–No veo por qué no –dijo Reyes en tono positivo, aunque de momento no quería ni pensarlo. Aún no se había librado de la sensación de terror que la había asaltado al verla en el suelo, completamente inmóvil y cubierta de sangre.

–¿Lo cogí? –preguntó Blake, insegura.

Reyes esbozó una sonrisa brillante y en sus ojos parpadeó algo duro y tenso.

–Pues claro que lo cogiste. Lo dejaste hecho pedazos. Hizo un viaje un poco inesperado en su propio cohete. Supongo que al infierno directamente.

Reyes se obligó a contener la furia. Más tarde. Habría tiempo para soltarla más tarde.

–Eres una heroína, Octavia. Mereces que se te reconozca.

Blake negó con la cabeza.

–No lo creo, Raven. Woods también estaba allí. Si no hubiera sido por ella... –Se interrumpió bruscamente, y en sus ojos brilló el miedo que no había sentido al despertar y ver que estaba en una cama de hospital–. ¡Oh Dios! ¿Se encuentra bien? ¿Y Emori Grant? ¿Qué ha sido de Grant? Hubo una explosión...

–Las dos están bien –se apresuró a decir Reyes–. Grant vendrá dentro de un rato, pero a la comandante ya le han dado el alta.

–Gracias a Dios. –Blake cerró los ojos unos segundos. Estaba empezando a recordar: corría en medio de la oscuridad, el resplandor de la explosión, el dolor desgarrador en el hombro.

«Dios, se ha acabado al fin.»

Reyes frunció el entrecejo cuando se dio cuenta de que Blake temblaba.

–Debería irme. Necesitas descansar.

Blake volvió a abrir los ojos y habló con dulzura:

–Parece que a ti tampoco te vendría mal.

–Sí, tal vez –reconoció Reyes con una sonrisa obediente. De hecho, estaba a punto de caerse de cansancio. Pero aún no podía irse. –Entonces... bueno... Blake... por si tienes problemas de memoria, ya sabes... por este pequeño... incidente. «Maldita sea. Era más fácil cuando lo ensayé.» –Yo... esto... quería recordarte que... tenemos una cita. ¿De acuerdo?

Octavia Blake sonrió y su antigua vitalidad resplandeció en sus ojos.

–No es necesario que se preocupe, agente Reyes. Hace falta más que una bala para que yo me olvide de eso.

Cuando Lexa se despertó estaba desnuda en la cama, y Clarke a su lado. Durante unos momentos permaneció quieta, limitándose a disfrutar del contacto del brazo de Clarke, que la abrazaba con gesto posesivo. Le gustaba sentir aquel peso, el mudo recordatorio de que estaban hechas la una para la otra.

–Ha muerto de verdad, ¿no? –dijo Clarke en la silenciosa habitación, en parte a modo de pregunta y en parte como afirmación.

–Sí. –Lexa buscó la mano de Clarke, entrelazó sus dedos con los de la joven y los apretó suavemente–. No tenemos una identificación positiva, pero espero contar con ella cuando el equipo forense termine.

–¿Quién era?

Lexa dudó un segundo, y luego respondió con ternura:

–Un policía del Estado destinado en tu equipo de seguridad hace unos diez años, cuando tu padre aún era gobernador.

Clarke se puso de lado y se apretó contra el cuerpo de Lexa, apoyando la cara en el hombro sano. Tras unos momentos, dijo:

–No me acuerdo de él. No me acuerdo de ninguno de ellos.

–No tendrías por qué hacerlo. –Lexa habló en tono amable y acarició suavemente la curva del pecho de Clarke, que se estremeció en sus brazos–. No somos inolvidables. Tenemos que hacer nuestro trabajo y mantenernos al margen de tu vida.

No pudo ocultar un matiz de amargura en la voz. Harker había manchado muchas cosas que ella apreciaba. Faltar a su juramento era el pecado más leve. Se ponía furiosa cuando lo imaginaba vigilando a Clarke con sus calenturientos y deformados anhelos durante la época en que la joven había estado bajo su cuidado.

–Sin embargo, me parece que tengo unos cuantos recuerdos agradables de usted, comandante –susurró Clarke frotando el pecho de Lexa con la mano para espantar los demonios.

Lexa comenzó a respirar aceleradamente cuando la punzada de placer se apoderó de ella. Se movió hasta que ambas quedaron cara a cara y besó a Clarke desde el borde de la mandíbula hasta la comisura de la boca.

–Vamos a crear algunos más.

Clarke empujó a Lexa y se colocó encima de ella, abriendo las caderas.

–Sí, creémoslos.

–Me encanta verte cuando te pones encima de mí –murmuró Lexa, y extendió la mano hacia los pechos llenos, a escasos centímetros.

Clarke se inclinó hacia delante, mordiéndose el labio inferior cuando los expertos dedos de Lexa apretaron sus pezones y enviaron chorros de placer entre sus muslos. Se balanceó lentamente, excitándose tanto como su amante mientras su humedad cubría el estómago de Lexa. Cuando la presión subió al máximo y empezó a sentir el hormigueo en el interior de los muslos, bajó la cabeza y cerró los ojos, apoyando las manos sobre el colchón, a ambos lados de los hombros de Lexa. Su respiración se convirtió en gemidos desiguales cuando se abandonó a la creciente urgencia que sentía entre las piernas, cada vez más fuerte y rápida. Pronto no podría parar. Abrió los ojos con dificultad y se esforzó por centrarlos en el rostro de Lexa.

–¿Tengo que esperar? –preguntó jadeante.

–No –contestó Lexa con voz ronca, casi incapaz de hablar por la presión que ceñía su pecho–. Estás preciosa cuando te corres.

Lexa puso una mano entre las dos y deslizó los dedos entre las piernas de Clarke, acogiéndola cuando la joven empujó.

–Oh, Lexa –gimió Clarke, cabalgando sobre la mano de Lexa. Dio un salto y se corrió. Mientras los espasmos la bombardeaban, se derrumbó sobre el pecho de Lexa, con leves quejidos–. Lo siento –murmuró al fin–. Por lo visto sufro de lujuria terminal.

–Estupendo –exclamó Lexa acariciándole la espalda–. ¿No te he dicho que me pareces de un sexy terminal?

Clarke se rió, se apoyó en un codo y se retiró el pelo de la cara.

–¿Crees que estamos a salvo juntas?

Lexa le acarició la cara, levantó la cabeza de Clarke y la besó suavemente.

–Oh, sí, completamente a salvo.

–¿Ahora somos libres? –preguntó Clarke, seria de repente.

–Sí.

Pero las dos sabían que no era verdad.

–Preferiría que no me dieras otro susto durante una temporada. –Clarke besó el hombro desnudo de Lexa, saboreando el ligero gusto a sal mientras sentía de nuevo el embate del deseo.

Lexa dejó volar un beso entre los cabellos rubios y sedosos de Clarke.

–No tengo intención de asustarte nunca más. Sé que cuesta creerlo en este momento, pero estas situaciones no son frecuentes. Espero que llegues a darte cuenta.

–No vas a dimitir, ¿verdad?

–No quiero. –Lexa la abrazó más fuerte y retuvo a Clarke cuando se puso rígida–. Es lo que hago, Clarke, y me parece correcto. Me permite estar contigo más de lo que podría en cualquier otra circunstancia. No me apetece verte una noche cada dos meses durante los próximos siete años.

Clarke intentó espantar el miedo y escuchar lo que Lexa le decía. No podía negar la realidad de la situación: si Lexa no formase parte de su equipo de seguridad, les resultaría muy difícil estar juntas. Y, con ella como jefa de seguridad, les costaría mucho tener una vida personal, pero eso no era nada nuevo para ella. En ese aspecto, se había pasado la vida al margen del sistema. Suspiró.

–No sé si funcionará, pero quiero intentarlo.

–Si no funciona –repuso Lexa–, haré lo que tengo que hacer. Clarke, te amo.

Clarke se puso encima de Lexa y la miró fijamente a la cara.

–Las dos haremos lo que haya que hacer, porque yo también te amo.

–¿De verdad? –Lexa agarró los dedos de Clarke y le besó la mano. Luego puso la mano de la joven debajo de su cuerpo–. ¿Podrías repetir eso?

Clarke se rió, mirando a Lexa a los ojos mientras la tocaba.

–Como usted desee, comandante.

Capítulo final de "Vínculos de Honor".

Mañana subo el siguiente que se llama "Amor y Honor".

Gracias por leer y comentar :D