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Capítulo 7:
Castle se acerca a la puerta del dormitorio de Kate, dispuesto a llamar y pedirle perdón. Después de hablar con el doctor, sabe que haberla obligado a darse esa ducha no ha sido una buena idea.
Kate no necesitaba a alguien que le obligase a hacer algo en contra de su voluntad, sino a alguien que le comprendiese y le diese tiempo.
Sin embargo, cuando Rick está a punto de tocar con sus nudillos en la puerta del dormitorio, los sollozos provenientes del interior le detienen. Comprende entonces que ella necesita estar a solas. No ha sido un día fácil para ninguno de los dos, pero en especial para ella.
Así que se dirige hasta la puerta de la calle y, tras asegurarse de que está cerrada con llave, se va a su dormitorio y se tumba en la cama. Confía en Kate, y aunque no cree que vuelva a intentar escaparse de nuevo, no se trata de si él confía en ella sino más bien al contrario. Y por eso mismo cierra los ojos con un único pensamiento: si hay una manera de ayudarla, primero ella necesita saber que puede confiar en él, y la única manera es haciéndole recordar quién es.
Se despierta con algún ruido procedente del exterior. No recuerda en qué momento de la noche se quedó dormida. Se frota los ojos, los cuales siente hinchados después de haber llorado durante horas antes de quedarse dormida.
Por otra parte, tiene la sensación de haberse quitado un gran peso de encima, después de haber hablado con el doctor, quien, al contrario que los que le trataron en aquel centro psiquiátrico, éste parecía de confianza.
Se incorpora en la cama al volver a escuchar ruidos fuera de su habitación. No sabe qué hora es, pero adivina que deben ser sobre las nueve de la mañana, debido a la luz que traspasa las cortinas del ventanal al lado derecho de su cama.
Pronto los ruidos se convierten en pisadas que se acercan a su dormitorio, y cuando estos cesan, se escucha el ruido de una mano golpear la puerta un par de veces.
-Adelante – dice, tras aclararse la garganta.
Él entra, sosteniendo en su mano una taza blanca de cerámica con un líquido humeante que, debido al olor que desprende, supone que es café. La observa primero, y después esboza una pequeña sonrisa.
-Te he preparado café, tal y como a ti te gusta – dice, alzando la taza – Leche desnatada y azúcar con esencia de vainilla.
Kate hace una mueca, pues de momento suena bastante tentador. Él se acerca hasta ella y le pasa la taza, aprovechando el momento para rozar sus dedos con los de ella.
Ella observa cómo él le sonríe de nuevo, e intuye que ese roce ha sido intencionado, lo cual le incomoda un poco. Sin embargo decide no decir nada, ya que él ha sido amable llevándole ese café que además, tras dar el primer sorbo, descubre que es simplemente un café perfecto.
-Me he levantado temprano y he hecho la compra por Internet – comenta él, que sigue parado al lado de la cama – Me he dado cuenta de que no teníamos leche desnatada para tu café, ni tampoco nata líquida para hacer esa merluza en bechamel que tanto te gusta…
Enseguida Kate adivina sus intenciones. Está intentando hacerle recordar. No puede evitar curvar sus labios unos milímetros hacia arriba, chocando estos con el borde la taza que sostiene junto a la boca.
-¿Qué? – pregunta él.
Ella se encoge de hombros antes de contestar.
-No recuerdo que me gusten todas esas cosas.
Él parece apesadumbrado con la respuesta, así que decide que tal vez puede esforzarse también un poco, y ser amable con él.
-Pero este café está delicioso.
-Era… Es. Tu favorito.
Kate baja la mirada hacia la taza, intentando recordar algo de su vida anterior. Si tan solo recordase pequeños detalles cómo esos…
-Oye – la voz de él la saca de sus pensamientos – He pensado que luego podríamos hacer algún ejercicio de memoria, el médico dijo que te vendrían bien.
Ella asiente, y él se marcha del dormitorio.
Se rasca la barbilla, mientras observa por la ventana el cielo nublado. Un cielo completamente blanco, y el frío de octubre, amenazan a Cold Lake con, seguramente, la primera nevada del año. Según el periódico que se ha encontrado esa mañana en la entrada, las previsiones indican que la primera nevada caerá esa noche. También aconsejaban ser previsivos, por si la electricidad falla, y la nieve deja a los ciudadanos encerrados en sus casas.
Aunque a él eso no le preocupa demasiado. De todas formas, ¿a dónde iban a ir? Esta mañana ha pedido comida suficiente como para no tener que salir en lo que queda de mes, por lo tanto, no es un tema que le tenga excesivamente preocupado.
Lo que le preocupa en estos momentos, sin embargo, es Kate. Quiere que recuerde. No solamente para que deje de mirarlo como un extraño, también porque sabe que no recordar la mantiene sumida en un estado de cierta tristeza e incomprensión con todo a su alrededor.
Está pensando en eso, cuando Kate sale de su dormitorio, vestida con unas mallas negras y un jersey granate. Él le observa en silencio durante varios segundos. No solamente se le ve mejor de aspecto, sino que esta mañana, cuando le ha llevado el desayuno a la cama, ella le ha hablado con normalidad. No es que hayan mantenido una larga conversación, ha sido corta, pero al menos ha sido algo más que días atrás. Parece que la visita del doctor, fue positiva después de todo.
-¿Cómo te encuentras?
-Bien. ¿Hacemos esos ejercicios de memoria?
-Sí, claro.
Ambos se sientan en el sofá y se mantienen en silencio por unos segundos. Castle ha estado pensando en que primero deberían hablar de lo que sí recuerda y, en base a eso, trabajar en recordar todo lo demás. Pero antes, hay algo que le gustaría hablar con ella.
-Oye Kate, antes de nada… - comienza, encorvándose un poco hasta apoyarse en sus propias rodillas – Me gustaría pedirte perdón por lo de la ducha. No fue lo más acertado, no debería haberte obligado. Espero que no malinterpretases mis inte…
-Todo está bien – le corta ella.
Él asiente, dando el asunto por zanjado entonces, aunque sin dejar de sentirse del todo mal por lo ocurrido.
-Bueno, será mejor que empecemos…
-Sí.
-Creo que deberíamos empezar por saber qué recuerdas.
-Sé que me llamo Kate – empieza ella – tengo treinta y dos años, mi cumpleaños es el 17 de noviembre. Mi padre es Jim Beckett, es abogado. Y mi madre… ella era abogada también, pero la asesinaron. Yo intento descubrir quién la mató. Pero algo pasó, por eso me encerraron en un psiquiátrico.
Rick asiente, reconociendo que todo eso es cierto.
-¿Sabes a qué te dedicas?
-Investigo el asesinato de mi madre.
-Sí, pero, tu trabajo no solamente consiste en eso.
Ella lo mira fijamente, sin saber a qué se refiere. Sabe que debe haber algo más, un oficio, una pasión tal vez, pero es como si su mente solo lograra recordar la investigación del asesinato de su madre.
De pronto, él se disculpa un momento y se dirige a su dormitorio. Regresa apenas un minuto después con algo en la mano.
-¿Te suena de algo? – pregunta él, mostrándole una placa.
-¿Policía de Nueva York? – pregunta ella, cogiendo la placa entre sus manos. Lee el número inscrito en ella, y no le cuesta reconocer que los números se le hacen familiares.
Castle le explica cómo años atrás, tras el asesinato de su madre y la incompetencia de la policía, quienes declararon que se trataba de un simple atraco, ella decidió convertirse en la mejor policía de la ciudad. No solamente quería resolver el asesinato de su madre, sino también ayudar a que a nadie más le pasase lo que le pasó a ella.
-Querías ayudar a quienes les han robado la voz, querías ayudar a las víctimas. Y maldita sea si lo hiciste, Kate, eres la detective con más casos resueltos de la ciudad de Nueva York. Estás por encima de la media.
Kate le escucha, asombrada por su propia historia. Pero lo que más le asombra es la emoción con la que él habla de ella, como si estuviese orgulloso de ella.
-¿Fue así como nos conocimos? – Pregunta - ¿Trabajas conmigo?
-No yo… no soy policía – dice él, con un tono de voz que deja entrever que siente cierta decepción al saber que ella no lo recuerda.
Ella vuelve la mirada hacia la placa. No entiende bien qué relación tenía con él, pero sabe que él se preocupaba por ella, y lo sigue haciendo. De otro modo, no estarían donde están ahora.
-Soy escritor, en realidad – dice él finalmente – Pero en cierto modo, sí trabajo contigo, colaboro con la policía. Contigo.
-¿Cómo? – pregunta Kate, sin llegar a entender cómo un escritor puede ayudar a la policía.
Él le explica, no sin cierto alardeo, que es un escritor de best sellers y que, normalmente, escribe novelas policíacas, por lo que empezó colaborando en uno de los casos con los que guardaba relación, y después se quedó. Decide saltarse la parte donde se inspiró en ella para escribir toda una saga, y explicarle directamente que es amigo del alcalde, lo cual ayudó para que le permitieran quedarse.
Ella le mira con extrañeza. Pues, a parte de lo raro de la historia, y aunque no llega a recordar lo que le está contando, hay algo de familiar en todo eso.
Pero hay algo que todavía la preocupa. No sabe si debería hacerle esa pregunta, quizá se trata de una pregunta demasiado personal, pero al fin y al cabo, le incumbe también a ella, ¿no?
-Tú… - empieza, entrelazando las manos entre sí, aclarándose la voz antes de continuar – Tú y yo, ¿somos…pareja?
