NOTAS: No lo dije en el primer capítulo, pero este fanfic está inspirado en las actualizaciones anteriores a Junio de 2016, por eso aquí el papa de Kokona abusa de ella, como en un principio se pensaba.

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Al abrir los ojos lentamente, apenas pudo divisar mas allá de su nariz debido a la oscuridad, podría haber buscado una salida o interruptor, lamentablemente estaba atada a una silla. Los gruesos grilletes en sus muñecas eran los causantes de su inmovilización. Trató de hacer fuerza con los brazos para liberarse, pero fue inútil, no se trataba de simples cuerdas, si no grueso metal. Estaba aterrorizada, pero trató de pensar en alguna forma de escapar o en quien fue el que la retuvo ahí. Seguramente se trataba de alguno de esos clientes que se habían obsesionado con ella, pero no supo si por suerte o por desgracia recordó lo último sucedido; aquella chica. -Esa chica… esa sonrisa… ella… ¡Ella me inyecto algo! -Fue lo que pensó angustiada.

Las pupilas ardieron cuando la luz fue encendida sin aviso, dejándola ver con claridad el sótano donde se encontraba. El miedo acrecentó al escuchar los pasos que bajaban por las escaleras a un ritmo tranquilo, en completo silencio. Kokona miró atenta a la dirección de donde provenía el sonido y pronto se encontró cara a cara con aquella chica, la joven de sonrisa espeluznante. Sus ojos oscuros se clavaron en los suyos morados. -¡Su… suéltame por favor! -Suplicó titubeante, pero no obtuvo respuesta -¡¿Que quieres de mi?! -Preguntó aterrada al darse cuenta de que la otra chica portaba un cuchillo considerablemente grande, pero no obtuvo respuesta. -¡Dime algo al menos por favor! -Tratando de balancearse de un lado a otro con la esperanza de soltarse del agarre -¡Por favor! -Comenzó a sollozar -¡Yo no hice nada malo, ni si quiera te conozco!. -Siguió sin obtener respuesta, pero sabía que aquellos ruegos complacían a la morena, podía verlo en su cara de satisfacción.

Son horror veía como acercaba aquel filoso metal a su rostro y lo arrastraba con la suave mejilla, apretó un poco y arrastró hacia abajo, provocando un corte del que la sangre comenzó a brotar, resbalando hasta la barbilla y cuello, empapando su uniforme. Aquello fue doloroso para la mayor, pero trató de aguantar, no quería darle mas la satisfacción de escuchar sus súplicas. Lo que no se esperaba para nada fue la abrupta risa de la morena, sus carcajadas no eran normales, si no las de una desquiciada, de hecho, estuvo así un rato. -Haruka-senpai… -Dijo mientras trataba de calmar su risa -Haruka-senpai… -La llamó de nuevo con un falso tono de voz dulce -¿Realmente no sabes porqué está aquí? -Antes la negativa con la cabeza, prosiguió -Es fácil, eres una competencia ¿Y que se debe hacer con la competencia? -Pregunta divertida.

-¿Competencia? -Preguntó ingenua -Pero si no perteneces a ningún club… creo… -Aquellas palabras provocó nuevas carcajadas en la secuestradora. -¿De que te ríes? -Preguntó intimidada.

-Eres muy graciosa -Se muerde el labio inferior, cambiando la expresión de su rostro a uno de furia -¡Quieres robarme a MI senpai! -Haciendo énfasis en que le pertenecía.

-Pero ¡¿Quien es tu senpai?! ¡¿De que me estás hablando?! -Aquello provocó un resoplo en la menor, bastante cansada de jugar a "las adivinanzas". Tiró el cuchillo a un lado, sorprendiendo a la victima, agarrando con rudeza sus pezones por encima de la ropa con ambas manos y tiró con fuerza. La mayor esta vez no pudo evitar gritar de dolor, pues parecía que sus pezones fueran a ser arrancados en cualquier momento.

-¡Taro-senpai! -Apretó con mas fuerza -¡¿No lo recuerdas?! ¡¿A cuantos hombres has tratado de seducir, perra?! -Dejó por fin sus pechos, pero automáticamente le asestó una bofetada que hizo girar la cara de la pobre chica indefensa.

Aun con la boca temblorosa con el impacto y una gran marca roja de una mano en su mejilla, se atrevió a mirarla, cada vez mas horrorizada -Pero… yo no… siento interés con el.

-¿Y esperas que te crea? -Mostró una sonrisa maliciosa y agarró de vuelta el arma -Quizás seas mas honesta cuando se saque una a una las uñas… o quizás… -Pasó el filo esta vez por los pechos de Kokona -Sacarte esas "dos cosas obscenas", seguro así ni senpai ni nadie querrá saber de "Kokona la plana"… aunque… ¿Por qué dejarte con vida? -Esta vez su risa sonaba suave, como el de una inocente colegiala -Eso es, creo que ya se que voy a hacer contigo… me serás… muy útil. -Decidida a torturarla, fue interrumpida con la musica de su móvil, quien indicaba que era hora de irse a dormir. -Lo siento Haruka-senpai, tendremos que dejarlo para mañana. Tranquila -Bromeo -Mañana estaré solo para ti. -Con la tranquilidad con la que había venido, se había ido, ignorando los gritos de la chica del cabello morado.

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A la mañana siguiente, Kokona despertó, no sabía cuanto tiempo había estado dormida o cuanto tiempo le llevó dormirse, pero los ruidos de arriba le indicaban que su secuestradora se había ido al instituto. No perdió el tiempo y trató de soltarse de algún modo, por suerte sus piernas se encontraban libres y una idea cruzó por su cabeza. Levantó el cuerpo todo lo que pudo y se sentó de cuclillas en la silla, de ese modo se ayudó también de la fuerza de sus piernas para hacer fuerza hacia arriba. Su frente comenzaba a sudar y a mezclarse con la sangre seca de la herida de anoche. -¡Un poco mas! ¡Solo un poco mas! -Gritaba a sus adentros, se hacía daño en las muñecas, pero no le importaba, contenía los gritos mordiéndose el labio inferior. Lágrimas brotaban de sus ojos, por el dolor y la desesperación. Era extraño, pero a pesar de todo lo que estaba sufriendo, había algo que la hacía aferrarse a la vida, seguir adelante, soñar con un futuro mejor.

Su corazón casi se detiene al sentir como los grilletes de sus manos cedían y se rompían, cayendo todo su cuerpo al suelo, magullando aun mas su cuerpo y estropeándose el uniforme. Masajeó sus propias muñecas y no dudó en correr y subir por las escaleras, saliendo de aquel horrible sótano.

Andaba con cautela por la casa, por si acaso vivía alguien mas allí, pero resultó no ser así. Por fin estaba frente a la puerta de salida del hogar, por suerte no estaba cerrada con seguro y podía abrir la puerta desde dentro.

No supo que fue lo que la detuvo, pero ahí estaba, parada frente a la salida ¿Salida de que? ¿A donde iba a ir? Realmente no tenía parientes aparte de su padre -¡No! ¡No quiero volver allí! Pero… ¿Donde mas podría ir? Realmente… ¿No tengo a nadie? -En ese momento pensó en su amiga Saki, pero sabía que de ella no dependía si podía o no quedarse en su casa, si no a sus padres. La siguiente cosa que pensó fue en todo el dinero que había ahorrado, pero siendo aun menor de edad no podía independizarse. Fue entonces cuando volvió a cerrar la puerta, no lloró, tan solo se quedó quieta frente aquella salida.

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Su día en clases transcurría como de costumbre, estudiaba, probaba algún club sin terminar de decidirse por ninguno, fingiendo ser la linda y amable estudiante de la que era tan contraria. Tuvo que contener su verdadera sonrisa maliciosa cuando escuchó a la chica de dos coletas color turquesa preguntar por su amiga desaparecida, ya que ni contestaba mensajes o llamadas. -Si tu supieras… -Pensó alegre.

Nuevamente pidió a la pelirroja que le pasara información sobre posibles rivales quienes quisieran robarse a su Senpai. Tenía planeado torturar a Kokona hasta que esta se corrompiese del todo y ahí hiciera lo que ella quisiera, como matar a alguien en concreto con una sola orden.

Era hora de irse y ese día había decidido viajar en bicicleta, ya que ese día tenía bastante trabajo por hacer, una buena sesión de tortura necesitaba mucho tiempo de dedicación y debía admitir que en aquello era primeriza. Todo el camino desde el instituto hasta su casa lo hizo pensando en las formas mas efectivas de hacer sufrir a la otra colegiala sin que terminase muriendo. Tarareaba una musiquilla mientras con las llaves entraba en su hogar -¡Estoy en casa! -Bromeó, sabiendo que la otra chica la oiría desde el sótano. Su sorpresa fue mayúscula cuando su saludo fue respondido.

-Bienvenida a casa -Le respondió la chica de ojos morados desde la cocina. La morena corrió hasta donde procedía la voz y no supo por primera vez como reaccionar, con cara de asombro al ver no solo a la prisionera libre, si no con la herida curada con una tirita y con el delantal de su madre, cocinando un salteado de verduras con carne con gran maestría. Sus caras volvieron a encontrarse, pero esta vez era Ayano quien no entendía lo que estaba ocurriendo.