DISCLAIMER: Naruto no me pertenece.
ADVERTENCIA: Muerte de personajes/ Leve OoC/ Universo alterno/Lemon.
SUMARY: "En este laberinto de la vida donde tanto domina la maldad, todo tiene su precio estipulado: el amor, el parentesco y la amistad" Anónimo; como los protagonistas de esta historia, porque a pesar de sus nombres de ficción, casi todo lo contado, está basado en la vida real.
Espero que lo disfruten.
El precio a pagar
…
Capítulo 4: Entre girasoles
…
Mientras caminaban por el extenso pasillo de la compañía, Shisui Uchiha repitió su idea sobre la compra de un diamante u otra joya lujosa, aduciendo que las mujeres perdonaban todo cuando había alhajas de por medio. Y si Neji no conociera la naturaleza poco banal de su prometida, habría considerado como brillante el consejo de su amigo. Este, sin embargo, no era el caso, así que ignoró a Shisui y se concentró en lo que tenía el poder de resolver.
―Esto es un desastre ―La voz de Neji carecía de emoción mientras que en su smartphone revisaba el informe que Hanabi acababa de enviarle; su semblante, sin embargo, era de aturdida preocupación en contraste con la expresión desentendida de su amigo―. Según esto las pérdidas son millonarias y Hanabi dice que de no activar el control de daños, la compañía podría simplemente venirse a pique. Quebrar.
―Allí es donde entras tú. En serio, este viaje es una señal divina ―insistió Shisui con ese falso tono de profeta del que hacía uso cuando quería convencer a Neji de algo determinante―. Es así como tienes que verlo, hermano. Hasta el cosmos está en desacuerdo con esa boda.
―Es una señal de que Blue me matará si vuelvo a suspender la boda por otro viaje de negocios ―Neji resopló, sacándose el celular del bolsillo para silenciarlo―. A ver como se lo digo sin provocar la tercera guerra mundial.
―Déjamelo a mí ―se ofreció el pelinegro con una sonrisa de tótem que denotaba su satisfacción por ser el portavoz de tales noticias―. Prometo ser considerado. Además, técnicamente este es el primer viaje que haces por negocios.
Neji frunció le el ceño, recordando, quizás, las desagradables circunstancias de su primer viaje, mientras deslizaba la puerta de su oficina e ingresaba, seguido por su cáustico amigo. Se detuvieron a un par de pasos del umbral al detectar la presencia de una tercera persona, instalada en su formidable escritorio de caoba. La maraña de cabello castaño, enmarcando las juveniles facciones de un delicado y agraciado rostro, delataron de inmediato la identidad de la intrusa. La ex mujer de Neji. Los dos hombres observaron, cautelosos, como ella se levantaba de la poltrona, ataviada en un exquisito vestido oscuro de diseñador, que remarcaba la sinuosa topografía de su cuerpo y, con la elegancia de una gacela, taconeaba hacia ellos. Neji, que nunca había tenido como costumbre cuestionar sus propias decisiones, se preguntó, no por primera vez, si acaso había cometido un garrafal error al renunciar a la compañía de una mujer tan hermosa como ella. En el ínterin, los ojos pardos de la susodicha en cuestión los escrutó a ambos con desdeñosa condescendencia antes de estirar sus carnosos labios en una maliciosa sonrisa.
―¡Hablando de señales infernales! ―Shisui vitoreó, correspondiendo el gesto con galantería; un par de llameantes ojos castaños se estrecharon con desprecio―. ¿Cómo estás, Diosa del Inframundo?
―¿Sabías que… ―Enarcando una ceja, ella empezó con su lento e indiscutible tono ponzoñoso―; aparte de la zorra con la que me engañaste, Shisui Uchiha es la segunda causa de nuestro divorcio?
―No me lo agradezcas. ―Solemnemente, el aludido palmeó la espalda de Neji en un gesto que desestimaba su heroica hazaña―. Para eso estamos los amigos.
Masajeándose el lóbulo de la oreja; una especie de viaje manía que ambos hombres habían visto más veces de las que podían juzgar necesarias, la mujer no pudo evitar poner los ojos en blanco.
―Tan bastardo como siempre. ―Hubo un leve filo de sarcasmo en el tono de la pelicastaña que Shisui realmente consideró entretenido―. Supongo que el descaro de tu abominable conducta al fin está en consonancia con tu decadencia mental.
―Y tú sigues diabólicamente hermosa, pero no es necesario hacer obvio lo evidente.
―¡Shisui! ―lo reprendió Neji. No sin cierta irritación se dirigió a su ex mujer―. ¿Qué haces aquí, Tenten?
―Vale, vale ―dijo Shisui, perdiendo todo buen ánimo―. Los dejo solos para que arreglen sus asuntos. Espero que hayas traído tu chequera; esto va a costarte ―le advirtió a Neji mientras se alejaba y antes de correr la puerta, murmuró―: Siempre es un placer volver a verte, Hija de Lucifer.
Tenten ondeó el cabello, absteniéndose esta vez de rodar los ojos.
―El infame de tu amigo nunca va a madurar.
―Shisui es como es. Tú deberías saberlo mejor que yo.
Y lo sabía. Hasta el divorcio de sus padres, nueve años atrás, Shisui había sido su despreciable hermano mayor; o hermanastro, como se empeñaba en señalar él.
―Siniestro. ―asintió ella, acercándose a un escaparate atestado de libros, a los que, por supuesto, no prestó ninguna atención―. Un maldito gilipollas.
Neji respiró hondo, hastiado. Si había algo que siempre había consumido bastante de su energía psíquica era el tener que arbitrar los pleitos entre su ahora ex esposa y su mejor amigo. Un elemento invariable durante los casi ocho años que duró su matrimonio y que él nunca entendió dado el parentesco que los unía.
―Supongo que no viniste hasta aquí para hablar de lo mucho que aborreces a Shisui.
Bordeando la oficina, Neji se ubicó en el lugar donde antes había estado Tenten. Tomó asiento descuidadamente y repitió la pregunta mientras marcaba a la extensión de su asistente, que ahora que lo recordaba, no estaba en su puesto de trabajo cuando él y Shisui habían hecho el camino hasta la oficina:
―¿Qué haces aquí? ―Miró a Tenten de soslayo al tiempo que le ordenaba a su asistente alistar todo para su viaje de esta tarde―. No te esperaba.
―No sabía que necesitaba una cita para hablar con el padre de mis hijos. ―Se mostró irónicamente ofendida y desfiló con tanto garbo del escaparate al mini bar, que parecía creer estar en una pasarela y no en una oficina ordinaria―. Lo tendré en cuanta la próxima vez que los niños demanden tener noticias tuyas.
―¿Cómo están? ―preguntó Neji, procurando mantener a raya la ansiedad.
Sabiendo que había tocado una fibra sensible, Tenten sonrió encantadoramente; la clase de sonrisa que un asesino serial dedica a sus víctimas antes de segarles la vida. Desde que ella se quedó con la custodia completa de los gemelos, estaba consciente de que había adquirido un arma letal para controlar a Neji a su antojo. Ella no había tenido reparos a la hora de usarla para su conveniencia y Neji adoraba lo suficiente a sus hijos como para ceder sin demasiadas cortapisas a cada uno de sus caprichos. Para Tenten, esa era su forma de hacerle pagar los años de amargura por sus numerosas infidelidades, que degeneraron en un escandaloso pleito por adulterio, que a pesar de la cohesión monolítica de la familia Hyuga, ella había conseguido ganar.
―Excelente ―replicó, sardónica mientras se servía un vaso de brandy―. Takeshi necesita sedantes y Naoki un exorcismo. Pero del resto están geniales.
―¿Acabas de sugerir drogas y hechicería para remediar el comportamiento de nuestros hijos? ―Neji la observó sin escatimar en reproches; Tenten siguió empinada en su vaso como si la cosa no fuera con ella―. Definitivamente eres una madre ejemplar.
―Nunca voy a acostumbrarme al cinismo de los Hyuga.
―¿Qué haces aquí? ¡Realmente!
Un suspiro teatral se escapó de los labios de Tenten cuando se deshizo de su trago para sacudirse el escote de su entallado vestido negro; su cabello cobrizo ondeando mientras se encaminaba al escritorio.
―Necesito dinero.
―¿Alguno de tus amantes se metió en problemas de nuevo? ―indagó Neji, rebuscando en la gaveta su porta chequera―. ¿O acaso vas a practicarte otra liposucción cerebral?
De mala gana, Neji le entregó un cheque firmado sin suma estipulada. Era lo que siempre hacía, para no hacer una transferencia por un monto menor al que ella estuviese esperando.
―Gracias. ―Ella lo fulminó con la mirada―. Y si de verdad te interesa saberlo, el dinero es para organizar la fiesta de cumpleaños de tus hijos.
Él la observó con una mirada conmocionada.
―No sé si lo recuerdas, pero cumplen cinco años el próximo fin de semana.
―Claro que lo recuerdo.
―Se nota ―se burló ella, guardando el cheque en su propio monedero―. Sé que algunas personas piensan que lo hice por venganza. Pero quitarte la custodia de los niños fue más un acto para protegerlos de ti, que cualquier otra cosa. Y hasta te estoy dando la excusa perfecta para justificar tu ausencia en los eventos importantes de su infancia.
―No quiero tener que justificar mi ausencia.
―¿Prefieres que sepan que no te importan? ―inquirió con maliciosa sorpresa. Tenten enarcó una ceja al ver el rostro ensombrecido de Neji―. Eso supuse.
―Mis hijos sí me importan.
―Sí, sí. Lo que digas. ―Su expresión perdió todo rastro de vileza mientras se enfilaba hacia la puerta―. ¿Sabes? ―Tenten estaba al borde del umbral otra vez jugueteando con el lóbulo de su oreja―. Te mentí. Fue tu inconsistencia de carácter la verdadera razón de que nuestro matrimonio fracasara. El que tu mejor amigo sea un bribón y tu un adultero solo fueron aditamentos.
―Nunca te engañé ―le repitió, aunque sabía que como las otras cientos de veces que se lo había dicho, ella no le creería.
Lo más irónico es que Neji siempre le dijo la verdad.
…
Esa mañana, el cargamento de gardenias llegó más tarde de lo habitual, por lo que la Floristería Yamanaka era un verdadero hervidero de personas que pululaban vehementemente, amenazando con hacer erupción si no se llamaba pronto al orden. Entre los asiduos y los encargados de despachar el pedido que Ino había hecho el lunes a la sucursal de la ciudad, tenían convertido el pequeño salón en una especie de pandemónium. Niños que se las habían arreglado para deshacerse de la supervisión maternal, correteaban de aquí para allá estropeando los dechados ornamentales y pegando estruendosos gritos mientras que algunas clientas histéricas intentaban llamar la atención de las vendedores con más gritos y, como si fuera poco, la neurótica dueña estaba a punto de colapsar en una aciaga crisis de estrés.
―¡Cuidado con ese florero! ―le gritó Ino a un muchacho rechoncho en overol, que venía cargando un lote de gardenias―. Vale una fortuna.
No era cierto, pero Ino disfrutaba siendo dramática. Además, tenía un apego sentimental, que rayaba en la idolatría, por cada artefacto de la tienda. La Floristería Yamanaka era un legado familiar y la mayoría de las cosas, de valor o no, que habían en ella eran objetos atávicos, heredados de generación en generación. Sakura siempre refería que parecía más una tienda de antigüedades que una simple florería.
―Lo siento, señora ―le sonrió el muchacho a manera de disculpas―. Le prometo que seré más cauteloso de por dónde camino.
―¡Y de lo que dices! ―refunfuñó Ino, molesta, mientras se alisaba la estrecha falda de jean con donaire.
Desde que tenía memoria, Ino Yamanaka había detestado el calificativo de señora; algo que, a juicio de Sakura, precipitó la ruina de su matrimonio con Sai. A pesar de que un hijo había resultado de ese enlace, ella se empeñaba en seguir ostentando el título de señorita, indispuesta a pies juntillas de que un alias denotara el implacable paso del tiempo. Con su apolínea figura, ella era el mejor ejemplo de la particular hermosura que siempre había caracterizado a los Yamanaka: de tez rubicunda, largos risos tan dorados como el mismísimo sol y sublimes ojos azules, era capaz de dejar sin aliento a cualquiera con la suficiente sensibilidad como para apreciar el aire celestial que había en sus rasgos. Inclusive al borde del colapso, era extraordinariamente bella.
―Cálmate ―le aconsejó Sakura cuando la vio masajeándose las sienes mientras vociferaba una silenciosa retahíla de barbaridades. Le dedicó una sonrisa tranquilizadora y hurgó en el bolsillo de sus vaqueros hasta dar con un manojo de llaves―. Ve al almacén y prepárate un vaso de tilo. Yo voy a revisar que esto ―Señaló la ruma de flores que ocupaba cada aparador de la tienda―; coincida con la orden de entrega y te alcanzo.
―No sé qué haría sin ti ―asintió la rubia, agradecida, y sin más dilaciones traspasó la cortina de cuentas que daba a la trastienda, diciendo―: Recuérdame que debo aumentarte el sueldo y prohibir la entrada de niños.
Sakura sonrió.
Escasos diez minutos después, entró al almacén cargando una canasta con lirios y cayenas, encontrándose con una Ino más relajada, ojeando una revista de modas desde su escritorio. Sakura abrió el enfriador cambiando la canasta por varios arreglos de girasoles al tiempo que su amiga le mencionaba:
―No sé cómo lo haces. Mantener la calma, digo.
―Práctica, supongo.
―Es algo más parecido al talento, diría yo.
Sakura la observó con genuino afecto; la blusa azul cielo que llevaba Ino, resaltaba el azul de sus propios ojos y, como siempre, Sakura halló reconfortante simpatía en ellos. Ino representaba para ella la hermana que nunca llegó a tener. Esa criatura tan cambiante estaba colmada de bondad tanto como lo estaba de belleza. Y aunque en algunas ocasiones podía parecer fuera de órbita, siempre hallaba la forma de centrarse; ya fuera con litros y litros de tilo o con largas sesiones en la estética. Lo cierto es que sin ella, Sakura probablemente no hubiera sobrevivido a sus tragedias. Sarada y Mebuki eran las otras dos razones por la que era capaz de levantarse cada día; y estaba a punto de perder a la primera.
―Cambiaré de proveedor ―anunció Ino, tajante, aplicándose un tono frambuesa de lápiz labial―. Siempre les digo que tienen que llegar antes de las nueve y mira la hora que es. Son más de las once. Esta es la tercera y última vez que me hacen esto.
―Estoy de acuerdo ―la secundó Sakura mientras tomaba una tijera de podar para cortar los tallos de los girasoles.
Ino se levantó y se sacudió el largo cabello. Batiendo las pestañas doradas, tomó una profunda bocanada de aire antes de preguntar:
―¿Cómo está todo allí afuera?
―Bajo control. Los muchachos están terminando de arreglar el pedido. Moegi y Natsumi siguen atendiendo a los pocos clientes que faltan para poder cerrar y Konohamaru nos está echando una mano con las plantas del invernadero.
―El que ese chico esté determinado a conquistar a una de nuestras dos vendedoras sí que nos resulta beneficioso.
―Definitivamente ―sonrió Sakura, distante―. Hasta que no le rompa el corazón a alguna de las dos, no dejará de usar esa habilidad especial que tiene para engatusarlas.
Hubo un largo silencio, que ambas aceptaron de buena gana.
―¿Y allí dentro? ―Ino preguntó, tocando la frente de Sakura con dedos cariñosos―. ¿Qué es lo que está pasando por esta cabecita rosada?
―Lo mismo de siempre ―suspiró, encogiéndose de hombros.
Ino negó con la cabeza. Conocía a Sakura como a muy pocas personas en este mundo y no podía seguir actuando como si no pasara nada con ella. Hacía más de una semana que su amiga estaba procediendo de una forma muy extraña: sus silencios eran más prolongados y sus respuestas esquivas; una colmena de misterio para pedirle en préstamo aquel vestido de noche. Sakura había escupido lo que Ino sabía era una sarta de embustes acerca de ella saliendo con uno de los representantes del colegio de Sarada y al día siguiente de su supuesta cita, Mebuki le contó que su hija había pasado todo el domingo en la cama, alegando sentirse enferma y, para colmó de su preocupación, el lunes no se presentó a trabajar.
Que más hubiera deseado ella que su amiga se hubiese animado a deshacerse del luto por su difunto marido, pero Sakura era el tipo de mujer que vivía por y para un único hombre y ese hombre desgraciadamente estaba muerto. Cuando Sasuke falleció, se había llevado con él la parte alegre de Sakura, dejando en su lugar un caparazón de desconsuelo que no era ni la sombra de la joven soñadora y aguerrida que casi daba a luz en un vagón del metro porque no había querido perderse el concierto más importante de la carrera de su esposo. Desde su indeseado estado de viudez, ella se había dedicado al cuidado de su hija y después, cuando a Sarada le diagnosticaron Adenomas Pituitarios hace unos meses, Sakura no pudo pensar en una cosa distinta a juntar el dinero necesario para la operación. No estaba, a pesar de sus esfuerzos, teniendo éxito en ello. La cirugía craneal que debían practicarle a la niña era tan cara como riesgosa y ni siquiera con la ayuda que podía brindarle Mebuki con sus trabajos de costuras, sus dos empleos –Sakura también era cajera del tercer turno en una gasolinera de la localidad- y la hipoteca de la casa, había podido cubrir ni la tercera parte del presupuesto operatorio. Ino, queriendo contribuir, le subía el sueldo con cualquier excusa, pero sabía que eso apenas si alcanzaba para pagar los medicamentos del tratamiento de Sarada.
Y dado que esa era una situación en la que se hallaban desde hace casi un año, ella no entendía los repentinos cambios de humor en Sakura. Su retraimiento fraccionario tenía un par de semanas a lo sumo y el último informe médico que, además, arrojó leves mejorías en la condición de Sarada, había sido emitido el mes pasado. Así que en lo competente a las razones, Ino estaba naufragando hacia las rocas; perdida y frustrada a partes iguales.
―Pero estoy bien ―le aseguró Sakura, tomándola de las manos con la tierna confianza de años de camaradería y hubo algo en su expresión, un destello de legítima esperanza, que alivió la angustia de Ino―. Estoy segura que todo saldrá bien.
―Claro que sí, frentona ―musitó Ino, a un nudo en la garganta de romper en llanto. Sentía unas ganas infinitas de acunarla en su pecho y repetirle esas palabras hasta que su amiga las creyera verdaderamente. En su lugar, le dijo―: ¿Sabes que puedes contarme cualquier cosa, verdad? ¿Lo sabes?
―Lo sé ―asintió Sakura, abrazándola al tiempo que las umbrosas cavernas del miedo y el asco de sí misma, desbordaban su dolor como nieve derretida.
Ino la consoló, sin saber de qué.
…
―Estoy seguro de que eso no fue lo que dije ―siseó Shisui desde el asiento del copiloto, aflojando el nudo de su corbata con ansiedad―. Sí, lo estoy ¡Dije diamantes o gemas como suvenir, pero no mencioné nada sobre rosas! ¡No dije nada sobre malditas rosas!
―¡Cállate!
―Entonces conduce hasta el aeropuerto, Hyuga. Todavía tenemos tiempo de pasar por Kisame's ¿Recuerdas la camarera pechugona que nos coquetea? Podríamos tomar un par de tragos mientras le miramos las tetas hasta que salga nuestro vuelo. ¿En qué cabeza cabe cambiar ese sublime momento por un fatídico encuentro con la hermana menor de Freddy Krueger?
―Necesito hablar con Blue antes de irme.
―Ya hablaste con ella ―le recordó Shisui en tono burlesco.
Cuando Neji había llamado a su novia para informarle que debido a una crisis de producción en una de las empresas de la Corporación Hyuga debía salir del país para asistir a una asamblea extraordinaria en la que ni siquiera Hanabi podía suplirlo y, por tanto, debía aplazar por segunda vez la fecha de la boda a solo horas de su realización, Blue Tooth, tan despiadada como solo puede serlo la asesora legal de la mejor firma de abogados de la ciudad y su prometida desde hace tres meses, había estallado en un volcán irrefrenable de furia y había colgado el teléfono sin escuchar el resto de la explicación.
―Sabes a lo que me refiero ―murmuró, aquietando el impulso de darle un fuerte puñetazo al gilipollas de su amigo―. Sé que era por aquí. Traje a Blue la semana pasada a recoger las muestras de los centros de mesas y el buqué, pero no recuerdo bien el número de la calle.
―Explícame porqué estamos en los suburbios. ―le pidió Shisui mientras sintonizaba una emisora local en el reproductor del auto.
―La floristería…
―Cierto ―lo cortó―. Las rosas que nunca dije que compraras.
Neji rodó los ojos.
―Girasoles ―masculló―. A Blue le gustan los girasoles. ¿Podrías ser más colaborador y ayudarme a encontrar la maldita floristería?
―¿Cómo podría? ―se quejó, usando el GPS de su celular para ver qué conseguía―. Nunca he estado en esta zona de la ciudad.
―¡Eres tan snob!
Shisui se encogió de hombros apenas conmovido por el insulto.
―Lo dice quién no recuerda dónde diablos estamos. ¿Cómo se llama la mentada floristería? ―Quiso saber; el buscador del GPS abierto.
―No lo sé.
―Genial ―masculló, malhumorado―. Por lo que sabemos podríamos estar en el camino al infierno y no habría diferencia porque tú no recuerdas el nombre ni cómo llegar al lugar donde pediste las estúpidas rosas. Pensándolo bien, el camino al infierno es tu antigua casa, allá con la Encarnación de Leviatán en la Tierra, así que ni siquiera allí estamos. ¡Y la ciudad está llena de floristerías mucho mejores que esta! ¿Por qué no comprar el estúpido arreglo en una donde sí supiéramos llegar, de todos modos?
―Porque aquí es donde Blue encargó las flores para nuestra boda y quiero que vea que soy capaz de tener detalles con ella. Shisui, no puedo empezar otro matrimonio con el pie izquierdo, ¿no lo entiendes?
―Por supuesto que no ―Shisui sentenció con palpable desdén―. Ni siquiera entiendo porque quieres casarte de nuevo en primer lugar. ¡Detente! ―gritó con voz estentórea.
―¿Qué carajos te pasa? ―le reclamó Neji luego de pisar el freno abruptamente y su Lamborghini medio corcoveara en el pavimento―. ¿Te volviste loco? ¿O se avivaron tus instintos Kamikazes?
―Un camión. Hay un camión de esos que reparten flores por la ciudad en la calle que acabamos de pasar.
―¿Estás seguro? ―Neji puso el carro en reversa y condujo hasta la calle señalada.
―Lo estoy ―dijo Shisui cuando estuvieron frente a un local y vieron a dos tipos de complexión pícnica en sus overoles de trabajo, ordenando lotes de flores en el interior de un camión―. ¡Dime que es aquí, por favor!
―La encontraste ―le sonrió Neji a su amigo, con la mirada fija en la brillante marquesina donde podía leerse en grandes letras de neón Floristería Yamanaka y, desatándose el cinturón de seguridad, se apeó del auto con expresión triunfante.
…
El sonido metálico de la campana de la entrada resonó en el local cuando Shisui Uchiha empujó la puerta de vidrio y entró a la floristería con su andar fresco. Su mirada barrió el lugar con una descarada hegemonía segregando por sus poros y recayó sobre el único ser viviente que además de respirar tenía funciones motoras: una mujer joven, vistiendo vaqueros desgastados y un jersey de cachemira, con el pelo acicalado en un desmejorado moño rosado, que estaba rociando con una regadera de mano un arreglo de girasoles dispuesto sobre el largo mostrador de cristal.
―¡Buenas tardes!
―Disculpe, señor… ―Risueña, Sakura se asomó al mismo tiempo que la campana volvía a sonar y la puerta se abría de nuevo, dejando a la vista otra figura elegante y, para su horror, terriblemente familiar―. Pero ya… cerra... ―la voz se le apagó en un jadeo; una pálida sonrisa desapareciendo tan pronto como se había formado.
Con un aguijonazo de asombro, los afilados sentidos de Neji siguieron enseguida el conocido rumor de la voz y su corazón dio un vertiginoso tumbo en reconocimiento, cuando su visión constató lo que su oído le había informado hace un santiamén al resto de su cuerpo. Un extraño hormigueó se abrió paso por sus extremidades y su respiración se disparó tanto que si no hubiese sido capaz de controlarlo, sus resuellos hubiese sido audibles a la distancia. En su propio estado de agitación, Neji fue capaz de notar la asombrosa lividez que bañaba el rostro de la mujer, que entre un bosque de girasoles, le devolvía una mirada de espanto.
―¿Jade? ―salmodió Neji en un frágil murmullo cuando logró sacar la voz.
―¡Por Dios! ―gimió ella, angustiada, llevándose las manos al rostro en un acto de justificada desesperación―. ¡No me llames así!
―¿Jade? ―repitió Shisui de quien Sakura y Neji se habían olvidado por un momento―. ¿Nuestra Jade? ¿La prostituta?
Sakura soltó otro chillido descorazonador; los ojos verdes desorbitados de puro terror contenido. Las manos le empezaron a temblar y la regadera casi se le cae, por lo que la abandonó en el mostrador a la par que recargaba su peso en el tabique al advertir que las piernas habían perdido la voluntad de sostenerla o el piso se tambaleaba furioso bajo sus pies, como si de un barco a la deriva en medio de una apremiante tempestad se tratara. Miró el intercambio de palabras entre los recién llegados, tratando con desespero de atribuir el suceso a una pesadilla demasiado vívida como para parecer tan espantosamente real. No fue hasta que el corazón se le agitó dolorosamente en su caja torácica, que ella comprendió, bastante acongojada, que sus peores temores, habían saltado de una remota posibilidad a la más desastrosa de las realidades. Sin dar crédito, se quedó en asombroso silencio; la conmoción noqueándola como a una patada adormecedora en la boca del estómago.
―Explícame esto ―le urgió Shisui a Neji en voz baja―. ¿Esa mujer es o no la prostituta que contraté para tu despedida de soltero? Porque la verdad es que me la imaginaba mucho más sexi.
―Señora Sakura ―la llamó una muchacha apenas unos pocos años más joven, que emergió de la cortina de cuentas―. Ino dice que su mamá está al teléfono. Parece que Sarada ha armado otro berrinche y se niega a probar alimento hasta que no hablé con usted.
―¿Señora? ―repitió Shisui, pillado por la sorpresa.
―¿Te llamas Sakura? ―le preguntó Neji; la incredulidad coloreando su voz como una gota de oscura tinta en el agua
Como toda respuesta, Sakura pegó un gritico quedo, que rompió en una sucesión de sollozos desesperados. Mientras, un frío violento le calaba los huesos como si agua helada se estuviera filtrando por cada una de sus vertebras, inutilizando sus funciones motoras más rápido que una inyección anestésica. Un estridente zumbido, que por poco la deja sorda, le inundó los tímpanos antes de que el fuerte mareo que le había sobrevenido de repente, la venciera.
El golpe seco de la cristalería hizo eco por toda la tienda, casi, de forma tan estruendosa como el grito de la muchacha que lo sucedió. Le tomó a Neji un momento comprender, y cuando lo hizo, también sintió un frío en la base de su nuca, esparciéndose como ponzoña por el interior de su cuerpo.
Gracias por su comentarios. Espero que este capítulo (otros de mis favoritos) sea de su agrado y me puedan dejar saber su opinión.
Próximo capítulo: Un café con poca azúcar.
¡Feliz existencia!
