Athena
Aquella noche veraniega era iluminada por la plateada luz de la luna, la cual daba un efecto de blanqueamiento a las edificaciones de los templos zodiacales, y en el recinto del Patriarca, este observa las estrellas titilantes en el cielo, cuando de repente una intensa estrella fugaz surca la bóveda celeste en una señal de presagio, la cual causa como reacción su rápida y ansiosa incorporación de su trono pues finalmente ha aparecido, y no solo eso, según la señal lleva un buen tiempo entre ellos, lo que hace que encontrarla sea algo aún más importante debido a la ola de violencia mundial. Pero, ¿A quién debería enviar? Luego de meditarlo un poco mandó llamar a uno de sus amigos más queridos que ahora defendía la primera casa del Santuario, el Santo de Aries: Kiki.
Transcurrieron unos momentos y el joven Santo de Oro ingresó al recinto del patriarca, vistiendo completamente su reluciente armadura, avanzando hasta la mitad de la misma, lugar en donde con delicadeza removió el casco de su cabeza liberando la larga melena castaña antes de inclinarse frente al sumo pontífice.
[Kiki/Aries]-Patriarca, ¿me ha mandado llamar?
El Patriarca, sonríe levemente a través de su rostro oscurecido por el ornamentado casco de color dorado.
[Patriarca]-Kiki amigo mío, levántate. ¿Cuantas veces debo decirte que no debes de tener tantos formalismos conmigo?
Kiki sonríe igual y se incorpora destensionándose un poco, y sonríe amablemente.
[Kiki/Aries]-Tienes razón, pero dime qué ha ocurrido. ¿Aparecieron los responsables de esta ola de muerte y violencia?
El pontífice niega con la cabeza, haciendo una pausa luego de soltar un leve suspiro de frustración.
[Patriarca]-No, desafortunadamente nos siguen eludiendo sin dejar nada más que muerte a su paso… Pero, a través de las estrellas he detectado algo mi buen amigo. Athena esta nuevamente entre nosotros.
Kiki no puede contener su sorpresa y justo cuando se disponía a hablar, el patriarca prosiguió.
[Patriarca]-Si, es cierto que su ciclo de reencarnaciones no debería cumplirse aun, menos tomando en cuenta que hace tan poco que nos dejó debido a la paz que había en la tierra. Así que algo debe estar por ocurrir, una nueva guerra se aproxima.
[Kiki/Aries]-Supongo que quieres que vaya por ella y la traiga al Santuario. ¿Dónde está?
[Patriarca]-En Alemania, en una zona campestre al norte de Baviera, cerca a Turingia.
[Kiki/Aries]-Entendido, partiré inmediatamente.
[Patriarca]-Ten cuidado, Kiki.
BAVIERA
Se trataba de otra noche más en las calles para aquella pareja de hermanos, sus vidas dieron un giro inesperado cuando inició el ataque al pueblo donde vivían, y los recuerdos de ese día trágico aún atormentan la mente del mayor de ellos, un adolescente de doce años, de enmarañado cabello azul cobalto, vestido con andrajos sucios y raídos. Su nombre es Serge.
De hecho, todo lo que podían recordar al respecto era la primera explosión y a su madre ofreciéndoles una agua aromática para calmarlos, y luego despertar a la mañana siguiente en el sótano, para subir y encontrar los trozos mutilados de sus padres esparcidos por las ruinas de la que hasta la noche anterior había sido su casa, pero no paró ahí, el pueblo y todas las personas que conocían y apreciaban fueron asesinadas con una gran crueldad, y ahora todo lo que tenía era su hermana menor a la cual había dejado en la pequeña cueva que estaban usando como refugio desde hacía una semana, mientras el se las arreglaba en este nuevo poblado al que llegaron para intentar sobrevivir.
Sin embargo el día no fue fructífero y no pudo conseguir nada más que una lata pequeña de verduras, con eso tendrían que saciar sus estómagos por esa noche, y sacar energías para el día siguiente, y con este oscuro pensamiento entró cabizbajo a la cueva.
[Serge]-Hola Sophie, he regresado…
[Sophie]-¡Hermano!
Exclamó ella alegremente lanzándose a abrazarlo como si llevara días enteros sin verlo, y él sintiendo un gran alivio y calidez en su corazón se aferró a ella, acariciando su cabellera de color violeta claro, su pequeña hermana de seis años, pero con una madurez que en ocasiones lo sorprendía.
Con un poco más de animo, se sentó a su lado y le extendió la lata de verduras para que la viera.
[Serge]-Mira, te traje esto, se que no te gustan pero no pude conseguir nada más, lo siento.
Ella, abrazando en sus pequeñas manos las de su hermano sosteniendo la lata, lo mira con cierta preocupación en su rostro.
[Sophie]-Esta bien, pero comamos juntos, ¿si?
Los ojos de Serge se llenaron de lágrimas, no entendía como una niña de su edad podía estar tan tranquila aun después de aquellas grotescas imágenes, de cierta forma la admiraba, y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de protegerla.
Después de comer entre los dos aquella lata de verduras, ambos hermanos se acurrucaron en un rincón de la cueva para tratar entre los dos de conservar el calor corporal y sentir la compañía mutua ante aquella situación. Y a pesar de las frías noches nunca pasaban frío, y Serge despertaba con la voluntad y energía necesaria para afrontar su dura situación, pero esa noche sus vidas cambiarían radicalmente.
La noche avanzaba y Kiki ya se encontraba en las campiñas de Baviera, preguntándose por dónde debería comenzar a buscar, pues el bosque era grande y no encontraba factible que una niña, de acuerdo a las descripciones del Patriarca, estuviera sola en aquel lugar a esas horas de la noche, aparte estaba el poblado cercano el cual fue devastado recientemente por uno de esos ataques misteriosos. Y así, con este dejo de escepticismo en su mente caminaba por el lugar pendiente de cada sonido ajeno al bosque que pudiera percibir.
[Voz Infantil]-Hola, te estaba esperando.
Kiki se volteó sobresaltado inmediatamente, encontrando frente a él una pequeña niña de rasgos similares a los de Saori Kido que lo miraba con expresión inocente, ¿Como no sintió su presencia antes?
La niña no dijo nada más, y levantó su mano señalando en una dirección al interior del bosque y en ese momento Kiki lo comprendió, aquella niña no se encontraba allí, era una ilusión creada por alguien, sólo quedaba descifrar si era aliado o enemigo, pero por ahora seguiría su juego, permaneciendo alerta pues no podía percibir ningún rastro de cosmoenergía y eso le parecía muy sospechoso.
Caminó por unos momentos en la dirección señalada por la niña sin desviarse de la ruta indicada, hasta detenerse cerca a una pequeña cueva rocosa que se extendía un poco bajo tierra en un agujero en el cual él no podría entrar pero tal vez un niño pequeño de la edad de aquella aparición si lo lograría. Allí, examinó en entorno notando las descuidadas huellas de que alguien había estado allí recientemente, entre las cuales se encontraba una pequeña lata abierta y vacía, ¿Se trataría realmente de una trampa? Debía confiar, eso estaba claro, pero aun así conservar la alerta.
Se agachó asomando la cabeza por el pequeño agujero, donde era obvio que no cabía, y notando al instante que solo la entrada era estrecha y el interior era amplio, y a pesar de ser un hueco bajo tierra transmitía una sensación acogedora. Pero aún más sorprendente, en medio del lugar, una pareja de niños dormidos abrazados mutuamente, de los cuales, la más pequeña era idéntica a la de aquella ilusión.
[Kiki/Aries]-¡Athena!
