TRAS BAMBALINAS
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Mini-capítulo 04. Promesa.
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Bueno que coste. Esta pequeña historia se escribió muchísimo antes que saliera el final. Me sorprendió la similitud de algunas escenas así que tuve que cambiarlas, el final es lo único que acabo de terminar.
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Advertencias: Slash, algunas escenas sangrientas y algunas con demasiado drama.
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Agradecimientos: doremishine itsuko, 241L0RM3RCUR1 y Emily. Gracias por seguir mis locas ideas.
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Disclaimer: Nada me pertenece, excepto la idea de esta historia, el resto es propiedad de Sunrise.
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La presión en su mano se hizo realmente dolorosa, pero lo sacó del estupor y la niebla de la inconsciencia. No podía recordar nada y aunque al principio sintió pánico, pronto este fue remplazado por un sentimiento de indiferencia. La expresión preocupada y en cierto modo, desesperada de su acompañante le hizo entender que lo que estaba sucediendo no estaba dentro de lo esperado, y que a juzgar por la reacción de aquel chico, acabaría de muy mala manera.
Lo observó por unos instantes tratando de comparar algún rostro similar con los pocos recuerdos que conservaba, pero nada llegó a su mente. Pronto los ojos violetas se encendieron con un sentimiento de furia contenida. No se defendió ante el repentino golpe a su diafragma que lo dejó sin aire y con la visión borrosa, para él continuaba siendo ilógica la forma de actuar del peliplateado.
-Era un promesa ¿Me oyes? Tokishima Haruto –le escupió con resentimiento y a la vez con un profundo miedo.
No respondió, no porque no entendiera el significado de aquellas palabras, sino porque no recordaba haber hecho una promesa con el otro. Su falta de respuesta pareció exasperar nuevamente el temperamento volátil del chico porque inmediatamente fue arrancado de su cómoda posición, entonces cuando creyó haberlo visto todo notó la humedad que se deslizaba por su uniforme, goteando rojo vivo por todos lados. Tuvo miedo, porque ningún humano normal era capaz de sobrevivir luego de perder tantos litros de sangre. Tiró del ojivioleta para exigirle una respuesta a eso que estaba viendo pero este no se inmutó. Pronto se percató de todo.
-¿No soy humano, verdad? –su voz sonó lastimera. Casi rogando que la respuesta fuera todo menos lo que era evidente. Esperó que se tratara de una broma tonta.
Intentó resistirse a ser arrastrado por todo el pasillo de lo que parecía un complejo militar, pero fue obviamente advertido con un fuerte golpe en su rostro. No se intimidó con aquella muestra de violencia. Entre su caótico forcejeo llegaron a una habitación lejos de la posible interrupción de algún atacante.
Jadeó casi a punto de asfixiarse, estaba costándole mucho entender todo. Observó que su acompañante buscaba en la fila de armarios algo de ropa.
-¿Por qué? –su voz se rompió de pronto ante la presión psicológica de tener que enfrentar su nueva condición. Algo que no parecía importarle al hombre que lo llevaba a quién sabe dónde.
-No importa –se agachó hasta quedar a su altura. Todavía continuaba recostado sobre la pared, sobre el suelo. Le daba miedo levantarse y comprobar que era alguna clase de fenómeno. –Lo que importa es lo que vamos a lograr.
Las palabras sinceras y un pequeño rastro de sentimiento en aquellos ojos fríos le atrajeron. -¿Nos conocemos desde hace mucho?
L-elf lo meditó por unos segundos.
-No tanto, pero tenemos los suficientes motivos para ser amigos –la palabra se salió de su boca sin realmente ser consciente. Notó que los ojos azules brillaron con algo parecido a alegría. No se molestó en cambiar su anterior declaración, si eso funcionaba para sacarlo de su pasivo y patético estado. Le ayudó a desvestirse a pesar de la confusión inicial.
-¿Qué haces?
-¿No es obvio? Tu traje de piloto está lleno de sangre y deshecho. Si queremos salir de aquí y alcanzar a la Unidad 01, entonces tendremos que camuflarnos –tiró con brusquedad los restos del elaborado traje que horas antes lucía impecable.
Haruto reflexionó al respecto. Notó los cabellos plateados moverse a medida que el chico organizaba las prendas complejas del uniforme de una armada que desconocía. –No creo que tu cabello nos permita infiltrarnos, es demasiado llamativo ¿sabes?
Su comentario lejos de ser hiriente, lo molestó. Clavó sus ojos furiosos buscando algún rastro de burla en el rostro del castaño. Sólo vio inocencia. Sí, porque alguien que ni siquiera sabe nada de sí mismo, pero se permite hacer ese tipo de observaciones puede ser perfectamente un crío de cinco años.
-¡Lo siento! ¡De verdad, yo…!
Su mal genio se evaporó. Levantó su mano para alcanzar la nuca del ahora nervioso ojiazul y se acercó peligrosamente –Haruto –le llamó para atraer su atención. El pobre balbuceo de disculpa murió cuando atrapó los labios entreabiertos con su boca. Aunque al principio no ocurrió alguna reacción, pronto la lengua ajena devolvía la caricia húmeda y la boca insegura se abría más para darle paso.
Se separaron jadeantes. L-elf permaneció unos instantes cerca del rostro sonrojado –Vas a tener que confiar en mí –susurró sobre la boca entreabierta antes de terminar su labor de vestirlo.
-¿Solemos hacer este tipo de cosas? –el castaño preguntó con genuina curiosidad. Esta vez fue el turno del ex soldado de Dorssian para sorprenderse. Sonrió. Al menos la azucarada e ingenua personalidad del chico no había desaparecido. Ignoró el interrogante.
Lo ayudó a levantarse, ajustó su arma y otorgándole otra a su expectante compañero, procedió a explicarle el plan. Finalmente salieron al exterior. –Ya te lo he dicho, apégate al plan, Haruto –lo tomó de la mano y lo guió por los oscuros pasadizos.
-¿Cómo te llamas?
Dudó al responder. Aunque no volteó a verlo, continuaban corriendo.
-Mikhail, Mikhail Karlstein.
-Entonces, Mikhail –su maldito nombre sonaba demasiado bien en los labios del idiota piloto del Valvrave –¿Has olvidado mi pregunta?
Casi podía creer que estaba enojado. Como en los viejos tiempos.
-No me importaría decírtelo aquí, aunque si eres paciente puedo mostrártelo más tarde, Haruto –su tono sonó demasiado ronco y lujurioso, un comportamiento anormal de su parte. Miró de reojo a su acompañante. Este sonreía de forma tonta y conservaba un ligero tono carmesí hasta la punta de los oídos.
Sí, ya tendría tiempo para recordarle con intereses al ojiazul que olvidarse de él podía ser un error mortal.
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