TRAS BAMBALINAS
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Mini-capítulo 08. Decisión.
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Nuevo capítulo, esta vez un poco violento pero necesario. Se sitúa posteriormente a la muerte de un personaje importante de la serie aunque he cambiado escenario y circunstancias, así que si no lo han visto están advertidos. Pronto entenderán un poco el enredo de algunas situaciones y la omisión que hecho en algunos de estos mini capítulos, no son errores está diseñados con un objetivo. ¡Disfruten el capítulo!
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Advertencias: Menciones de violencia y gore. Algo muy OOC, espero que no les disguste.
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Agradecimientos a: Emily y 241L0RM3RCUR1. ¡Gracias por seguir leyendo!
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Disclaimer: Nada me pertenece, son propiedad de Sunrise.
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La lluvia había arreciado de pronto, y aunque habían intentado resguardarse en una construcción cercana habían terminado empapados de pies a cabeza. El territorio era desconocido y también pertenecía al enemigo, cosa que no menguó su preocupación por ser encontrados en un estado tan vulnerable. Sin embargo, su acompañante parecía sumido en sus propios pensamientos e inseguridades, sin importarle nada a su alrededor. Se instalaron en un recodo oculto del edifico abandonado y prendieron una discreta fogata que les permitiera entrar en calor pero no descubiertos por alguna persona enemiga.
Se agachó para quedar a la altura del ex soldado de Dorssian y cuidando sus palabras comentó –Voy a quitarte la ropa húmeda, pescarás un resfriado –como no recibió respuesta procedió a hacerlo, pero antes de alcanzar a desabotonar el segundo botón de la chaqueta empapada un fuerte manotazo lo apartó lejos. Sorprendido por la acción permaneció allí por unos segundos sin saber qué hacer. La expresión de L-elf no había variado. Se levantó frustrado y se dedicó a desvestirse por completo sin importarle que el peliplateado pudiera verlo. Sin embargo, no hubo respuesta, entonces su frustración y vergüenza se transformaron en ira.
Esperó por horas frente a las llamas rojas de la fogata pensando en la manera menos difícil de escapar pero su impaciencia sólo empeoró su malestar. Se levantó dispuesto a explorar la zona y averiguar algo sobre la situación en la que estaban. Estaba harto de ver al ojivioleta encerrado en su propio mundo, rayando con tiza cualquier superficie disponible sobre miles de posibilidades de haber salvado a Lisselotte, sobre lo que salió mal.
-Ella fue la que decidió el resultado, nada de lo que pudieras hacer la hubiera salvado –le habló al aire, no esperaba que eso hiciera reaccionar al otro –Nadie puede salvar a alguien que tiene sobre su cuello una soga apunto de ahorcarlo, ni siquiera tú –dejó el lugar caminando silenciosamente. En su mano derecha sostenía con fuerza un arma. No era un soldado pero había recibido la suficiente formación militar para defenderse y dispararla cuando fuera necesario.
Paseó por miles de habitaciones y espacios de la infraestructura sin encontrar nada. El agotamiento y el hambre estaban propiciando que sus pensamientos fueran confusos y la desesperanza amenazara con hacer mella en su determinación. Cuando se resignó a regresar con las manos vacías, el sonido de alguien cerca detuvo en seco sus movimientos. A los pocos segundos estaba agazapado en un oscuro y sucio rincón observando la figura recta y segura de una persona pasar por su lado sin haberlo descubierto. Esperó casi a punto de perder el conocimiento del estrés que aquello le provocaba, y entonces notó que el hombre desconocido portaba con un equipo pequeño, probablemente bien surtido, no sólo de alimentos, también tendría un equipo de comunicación que les serviría para regresar a casa.
Decidió al fin que aquello sería un plan de vida o muerte, por eso, haciendo uso de sus reducidas habilidades se escabulló lejos de la figura del extraño, y comenzó su estrategia de atraerlo hacia él. Si había sido enviado para localizarlos y matarlos, entonces este lo seguiría.
Y no se equivocó.
Pasaron varios minutos, dónde el juego del gato y el ratón pareció estar funcionado, excepto porque subestimó la capacidad de camuflaje del mayor. Sin embargo, ahora él era quien estaba perdido.
-Te encontré mocoso –la voz peligrosa de un hombre a sus espaldas lo tomó por sorpresa. No alcanzó a voltearse para evitar el ataque. Algo filoso se enterró profundamente en un costado. Perdió el aire por unos segundos. Su mano tembló casi hasta dejar caer el arma, pero ante el momento de vacilación la levantó con agilidad disparando toda la ronda disponible en el cargador. Su atacante evadió con gracia las balas pero le dio el espacio para distanciarse. Jadeó pesadamente luchando con la abrumadora inconciencia que amenazaba con dejarlo a la merced del enemigo. Dejó caer la pistola sin quitarle los ojos de encima a la nueva presencia. El hombre unos años mayor que él sonreía de manera sádica observando con cuidado todos sus movimientos. Arrancó el cuchillo que aún estaba enterrado en su cuerpo y lo mantuvo en alto.
-¿Quién eres? –cuestionó absurdamente para conseguir tiempo.
-Un aliado de Dorssian –le respondió encaminando sus pasos hacia él. De pronto el brillo de una hermosa hoja de una katana salió a relucir de entre sus ropas –No importa que tanto lo pienses, ambos sabemos que no eres un asesino. No tienes los reflejos para detenerme.
Y diciendo aquello se movió ágilmente hasta alcanzarlo. Detuvo el primer corte con el cuchillo, el cual se rompió en pedazos. No esperó el segundo ataque, huyó por el estrecho pasillo en busca de una zona segura que le impidiera al soldado utilizar la ventaja de su espada. La herida ya no dolía tanto y supuso que la pérdida de sangre se había detenido. Corrió con todas sus fuerzas pero se detuvo en seco al notar que ya no era seguido. Revisó a su alrededor y el silencio no hacía más que poner en evidencia su pulso alterado y su respiración descompensada. Aquel sujeto lo estaba cazando.
Recorrió las habitaciones en busca del equipaje que le había arrebatado minutos antes al hombre, pero no podía recordar la ruta de regreso. Aquel lugar era un laberinto.
-Tienes la guardia baja –afirmó nuevamente la voz haciéndole tirarse lejos del lugar dónde creyó que estaría. Sin embargo, la hoja lo alcanzó. El dolor agudo de ser cortado lo atravesó tan fuerte que no pudo mantener el equilibrio y cayó pesadamente al suelo. Pronto la sangre se esparció por el lugar y por su ropa. Vio la sombra del mayor cernirse sobre su cuerpo y no pudo hacer nada. Sintió elevarse sobre el piso con aquella mano enorme cerrarse sobre su garganta, los ojos le brillaban como a un crío cuando ha recibido un dulce muy valioso.
-Te lo dije, no hay nada que puedas hacer, kamitsuki –le susurró casi sobre su cara. Se quejó a medias cuando la espada volvió a atravesarlo una y otra vez –Aunque no puedas morir la primera vez, no quiere decir que no puedas hacerlo después de morir miles de veces más.
Permaneció inmóvil casi ahogándose con su propia sangre, sin poder hacer algo al respecto, sin terminar su misión, por la que se había convertido en un monstruo sediento de sangre y tampoco podía regresar dónde L-elf.
La oscuridad invadió su vista y pronto el dolor fue un recuerdo amargo olvidado en algún lugar de su mente.
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L-elf observó con preocupación los rasgos adoloridos del castaño, aun cuando la mayoría de heridas había cerrado estaba seguro que el dolor permanecería por varios días. Se dejó caer en una silla cercana esperando a que su ingenuo compañero recuperara el conocimiento, aunque muy seguramente pasarían horas antes que eso ocurriera. Las heridas había sido graves esta vez. La cantidad de sangre que encontró en habitaciones contiguas a dónde lo halló siendo acuchillado por un extraño le provocó náuseas. Por muy inmortal que fuera, eso también tenía un límite, y Lisselotte se había encargado de dejárselo claro. Haruto también lo hizo cuando se marchó horas antes dejándolo solo. En aquel momento lo había rechazado porque no encontraba razón suficiente para seguir adelante, sin embargo, se había percatado de algo, y es que le había cogido cariño a su ingenuo compañero. No sólo eran un complemento como se lo había dicho alguna vez, eran una familia ahora.
Por eso, su sorpresa al encontrar al extraño lastimando al castaño se había transformado en ira, una ira ciega que el pobre hombre había terminado cargando al ser reducido a simples pedazos en un rincón de la habitación mientras en un intento desesperado se había roto la piel de sus brazos para extraer la sangre que le permitiera a Haruto sobrevivir. Había valido la pena. Pero su error casi le costaba la vida de nuevo a alguien que estimaba mucho.
Por eso, tenía una nueva resolución, cumpliría el sueño de la princesa y el de Haruto, y se aseguraría que este último viviera por muchos siglos más, a pesar de saber que la pérdida de la memoria comenzaría dentro de poco. Sin embargo, tenía esperanzas, porque aquellos ojos azules continuaban mirándolo con cariño y adoración y eso era lo único que le importaba.
Y así entre sueños y pesadillas durmió.
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