Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi propiedad.


Capítulo 4

E

No hemos tenido tregua alguna con la lluvia en la última semana.

Las calles se han llenado tanto de agua que no hay espacio para caminar. Y esas no son noticias alentadoras, porque por esa razón se ha suspendido temporalmente la investigación dentro del bosque. Hasta el momento la insinuación de Bella solo ha servido para descartar que alguien la hubiese dejado allí en medio de ninguna parte.

Alejo ese pensamiento desmotivado y empujo la puerta de la habitación.

Leticia ha puesto globos blanco y dorado por todas las paredes y un cartel enorme de bienvenida que cuelga del techo. Enlazo el brazo de Bella en el mío y entramos. Se queda de pie un minuto viendo la decoración y no estoy seguro de cómo se lo ha tomado. Hoy por fin le han dado el alta, después de un mes de hospitalización, la doctora Angie y mi madre dieron el visto bueno a su recuperación en casa.

Mi madre ordenó la habitación que estaba destinada a sus sesiones de yoga, para cambiar las sábanas y equipar todo lo que Bella necesite.

Ella no tiene a nadie más que a nosotros.

—¿Te acuerdas de esta casa? —la dejo ir. Se tambalea e inspira por la nariz— No ha cambiado mucho ¿verdad?

No sé por qué me esfuerzo en hacerle tantas preguntas si de todos modos nunca contesta.

Se sienta en la cama adosado al buró, y pone las manos en su regazo. Bella siempre se lleva las manos al regazo, apretando los dedos en las piernas y moviéndolos de arriba abajo.

Leticia entra echa una bala, bramando enfurecida.

—¿Por qué papá tenía que venir con ustedes? —espeta. Papá se ofreció a acompañarnos al hospital porque quería ver a Bella y además, porque quiere invitar al cine a Leti, pero desde ya creo que va a estar difícil— ¿En serio no entiende que nadie lo quiere aquí?

—Eh, Leticia, no digas eso. —advierto.

Continúa soltando improperios mientras se acerca a la cama, ignorándome por completo.

—Que lindos ojos tiene —dice, incomodándola—¿Es que tienes pecas también?

—Déjala en paz.

—¿Puedes dejar de decirme qué hacer?

—No te estoy… —me interrumpo y suelto un jadeo— Como quieras.

—Oye, Bella, no sé si sabes, pero mi hermano es tremendo. Nunca le cuentes secretos, se los contará a mi madre. —pongo los ojos en blanco— Bueno, si es que quieres contarle algún secreto o lo que sea que puedas decir sin que muevas la boca. ¿Cómo le haces? En serio yo no puedo dejar de hablar. —le lanzo dagas por los ojos— Mejor me voy, Edward está matándome con la mirada.

—Eso es muy acertado —me burlo y me muestra la lengua.

El timbre suena y ella sale corriendo a atender.

Bella está inquieta y relamiéndose los labios mirando a cualquier lugar menos a mí. Me acerco y le llevo la melena detrás de la oreja.

—No te voy a preguntar si te sientes bien estando aquí porque sé que no sirve de nada. Pero quiero pensar que lo estás —espero a que lo entienda de verdad— Obviamente, si quieres mover la cabeza, parpadear, sonreír por cualquier motivo, es bienvenido sin lugar a dudas.

La puerta del cuarto se abre. Alice asoma su cabeza. Da un saltito y contempla la habitación.

Trae una maleta mediana en una mano. Su impaciencia me altera y solo soy consciente que acaba de acercarse a Bella para saludarla de beso. En el hospital quedamos en que no lo haríamos de esa manera, porque Bella podía sentirse incómoda con el contacto de cualquiera. Sin embargo, Alice lo ha olvidado y no parece recordarlo.

—Bella, ¿sabes lo que tengo acá? —no espera respuesta de nadie y voltea la maleta abierta hacia nosotros— A ti nunca te gustó el pelo largo así que vamos a trabajar en ello de inmediato.

Alice es estilista de profesión. Su madre lo es, y después de tantos años trabajando decidió traspasar el salón de belleza a nombre de su hija.

Cuando éramos más jóvenes, Alice nos cortaba el pelo sin tener conocimientos profesionales. La mayoría de los cortes los aprendió viéndolo de su madre. Entró a un curso de peluquería terminando la secundaria y perfeccionó todo lo aprendido, ganándose múltiples reconocimientos.

Bella mira las tijeras de Alice. Me pregunto si recordará las veces en que la usó como conejillo de indias.

Le lava el cabello en el cuarto de baño, usando todo tipo de productos; acondicionadores, aceites, cremas. En momentos tengo que ayudarle porque Bella tiene demasiado pelo.

—¡No le tires el pelo! —grita y me detengo— Trata de sujetarlo sin que lo tironees. Tiene el casco débil y los tirones son el doble de dolorosos que para nosotros.

Lo bueno del silencio de Bella es que no te dice si está bien o mal lo que haces, entonces piensas que lo estás haciendo fenomenal.

Con el pelo seco, regresa a la cama y le cubre el cuerpo con una capa. Prepara las herramientas esenciales y empieza a cortar. Caen tantas mechas de pelo al suelo que podríamos hacer una alfombra con él. O donarlo.

Corta, corta y corta por mucho tiempo.

El resultado es impresionante. Ahora la melena le llega a los hombros. Ni siquiera se asemeja a la Bella del hospital. Sacude la brocha por su cara y hombros para quitar el exceso y pone un espejo frente a ella.

Revisa su reflejo, respirando con rapidez. No está viendo su corte de pelo, sino a ella. Contemplándose. En ese momento, tanto Alice como yo, nos damos cuenta que probablemente es primera vez que ve su rostro, después de años.

La impresión pasa a ser melancolía.

—¿Te gusta? —le pregunta Alice.

Y para sorpresa de ambos, Bella asiente.

Nos miramos Alice y yo, exaltados por ese imperceptible gesto.

Los gestos de Bella son mínimos. Cualquier intento es valioso para nosotros, y no dejamos de hacerle preguntas para que mueva la cabeza. Lo conseguimos muy de vez en cuando. A veces se ve dispuesta a abrir la boca, y algo más fuerte en ella se lo impide.

No sabía qué más hacer para conseguir que hablara conmigo, aunque sea para decirme que la deje en paz con tanto blablá. Hasta que un día, en reunión de comité, Rose me inspiró una idea, mientras escribía en la pizarra de apuntes.

Esa pizarra era demasiado grande para llevármela, así que, después del trabajo, pasé a una tienda de artículos escolares. Envolví las cosas en un papel marrón y me fui a casa.

—Te traje un regalo —le digo, una vez que he ingresado a su habitación y la veo sentada con la vista perdida en cualquier lugar. Para mi suerte, en ese momento su rostro se suaviza y lo levanta— Ten, ábrela. Es toda tuya.

Dudando por un segundo, toca la superficie del papel con los dedos, y arrancándolo con fuerza.

Encoge el rostro confundida por su contenido, y se lo quito de las manos.

—Esta pizarra es para ti. —me mira como un gato enojado— Puedes usarlo cuando quieras ¿bueno?

Espera a que transcurra un minuto antes darse vuelta en la cama y darme la espalda.

.

Mi madre y yo comenzamos con la búsqueda de alguien que cuide de Bella por el día. Nuestro trabajo no nos permite estar pendientes de ella las veinticuatro horas, y no podemos dejarle toda la carga a Leticia.

Entrevistamos a mujeres en casa, guiándonos según nuestro instinto. Algunas son demasiado activas, otras, demasiado serias. Ninguna parece con la paciencia necesaria para alguien como Bella. Requiere tantos cuidados. Más que cuidados, mucha atención.

Así que, la primera semana de entrevistas, no nos fue muy bien.

El segundo lunes de Bella en casa, recibimos la visita de Jasper y su secuaz. Saludó a mi madre de beso y luego a mí de mano. Por mucho que insistimos en que tomara un té, no quiso.

—La lluvia no nos ha permitido ingresar al bosque. La tierra está humedecida, lo que significa que va a estar difícil pensar en tantear terreno. Sabemos que esto puede tardar. Incluso podemos no encontrar nada. Pero estamos trabajando para conseguirlo. Lo saben. —asiento y espero a que llegue al punto— Tenemos que interrogar a Isabella.

—No pueden —soy tajante.

Jasper suspira, levantando los brazos.

—Tenemos que hacerlo, es parte del procedimiento.

—Pero ella no está del todo bien, no está en condiciones de decir nada.

—¿Estás seguro? ¿Y cuándo te dijo que estuvo en el bosque? Podemos presionarla de esa misma manera. No tiene para qué hablar. —incapaz de aceptarlo, sacudo la cabeza— Escucha esto, Edward, tú y todos los cercanos a Isabella Swan quieren saber la verdad. Si no interrogamos, si no obtenemos ninguna pista por su parte, nunca llegaremos a ella. No te estoy diciendo que vaya a encerrarla y amenazarla para que hable, no soy estúpido.

No puedo llevarle la contraria porque es cierto. Sin embargo, una parte de mí teme como vaya a reaccionar Bella.

—El detective tiene razón, Ed —dice mi madre— Es hora de que empecemos a sacar adelante a Bella, porque ella sola no puede.

Ambos esperan que tenga la última palabra.

—No la presiones —es lo único que pido.

Leah y Aro ingresan a la casa y se quedan con mi madre mientras dirijo a Jasper a la habitación de Bella. Ella está mirando el techo aturdida en sus pensamientos.

Me acerco y susurro muy cerca de su rostro:

—Nena, alguien vino a conocerte.

Acomodo una silla cerca de la cama y Jasper se aproxima.

—Mucho gusto, Isabella. Soy Jasper Whitlock. Me han hablado mucho de ti. —no parece el Jasper de siempre, serio y distante; su voz se dulcifica con Bella. Ella a su vez se sienta en la cama curiosa por el desconocido— Las interrogaciones son en privado.

—Oh. —capto la indirecta, de nuevo inseguro— Estaré en la sala por si necesitas algo.

Echo un vistazo a la habitación, y me voy.

Aro y Leah nos interrogan sobre la vida de Bella en el pasado; sobre Mars, su madre y su padre.

Les cuento que su padre es inexistente en su vida desde los cinco años de edad. Mars dijo que la muerte de su esposa le produjo un cambio inmenso en su vida. Además, nunca tuvo un vínculo especial con su hija, por tanto, siempre creyó que abandonarla no fue tanto trabajo para él. Y porque antes había hecho cosas horrendas, tomando decisiones apresuradas.

Según lo que me contó Bella meses después de conocernos, ella estuvo semanas mirando por la ventana por si su padre regresaba. Hasta que al final Mars le explicó que eso no sería posible. Por años creyó que él estaba trabajando en otro país.

—¿Por qué nos preguntan tanto por él? ¿Creen que puede ser algo clave en la investigación? —pregunta mamá.

Aro se aclara la garganta.

—En este punto, señora Cullen, todo el mundo es clave, todos son sospechosos. Incluyéndonos. La única forma en que este señor, Charles, no sea sospechoso, es que esté muerto. Por supuesto, muerto desde hace más de once años. Así que, como el profesional que soy, me arriesgaría a buscarlo.

—¿En serio? —Leah está atónita— No hay rastro alguno, Aro. ¿Y que después termine siendo un sospechoso descartado? Abandonó a su hija y ya está. Sería una pérdida de tiempo si resulta que tenemos al secuestrador caminando por las calles de esta ciudad mientras tú te enfocas en traer al padre de la víctima al cuál casi no conoce.

En silencio, le encuentro razón a Leah. Tampoco me arriesgaría a perder el tiempo buscándolo.

Jasper aparece en la sala, pálido como la nieve.

—¿Por qué no me dijiste que Isabella no sabía que estaba embarazada?

—¿Se lo dijiste? —me paro de la silla.

—Pensé que lo sabía, demonios ¿por qué se lo han ocultado? ¿Es que acaso piensan que no se le va a notar?

Escuchamos el primer estallido. Todos nos encogemos por el impacto y el pánico cruza mi rostro sabiendo que el ruido proviene de la habitación de Bella. Me hago paso fuera de la sala, corriendo hasta su cuarto.

El camino se hace eterno. Cuando empujo la puerta de su habitación todo lo que veo son vidrios rotos por el suelo y los pies de Bella sangrando por los cristales. Estupefacto, tardo dos segundos en darme cuenta que levanta los brazos y lanza otro objeto de vidrio al suelo con tanta fuerza e ímpetu. Llego hasta ella y la cojo de la espalda, evitando que siga haciéndose daño. Me patea las piernas y choca con el mueble de la ropa.

Está llorando en silencio. Ni siquiera llorando es capaz de sacar voz. Tiembla de pies a cabeza, lágrimas enfurecidas rodando por sus mejillas.

No es pena por lo que llora.

Es rabia. Rabia pura.

—Bella, nena, tranquilízate.

No puedo hacer nada para que deje de temblar. Aprovechando que me ve desprevenido, se suelta y echa a correr fuera de la habitación.

Mi madre alcanza a sostenerla antes de que pase de ella. Bella vuelve a forcejear, furiosa con todos.

—Perdóname, cariño —le dice ella, acariciándole el pelo para calmarla— Lo entiendo, te entiendo.

Deja el forcejeo, mirando a mi madre a los ojos. Su rostro se frunce en un ceño y se deja caer al piso, rompiendo a llorar. Un leve gemido se escapa de sus labios y logro tomarla en brazos para regresarla a su habitación.

Los detectives, preocupados, preguntan si deben llamar a una ambulancia, pero le decimos que está todo controlado, aunque lo dudo.

.

—¿Te dijo algo? —le pregunto a Jasper cuando Bella ya se ha dormido.

—Nada —suspira abatido— la cosa es más difícil de lo que pensé. Está totalmente cerrada a recibir ayuda.

—Lo sé —me llevo las manos a la cara— Entonces ¿hemos retrocedido?

Niega en respuesta.

—Claro que no, todavía nos falta el bosque.

—Cierto.

—Edward, no te enojes por lo que voy a decir, pero Bella necesita más ayuda. Estar aquí encerrada todo el día, le hace peor. Pasar de estar secuestrada a encerrarse en un cuarto día y noche, no hace mucha diferencia.

Estamos sentados en el sofá de la sala cuando llega a Alice, apresurada. Le conté todo por teléfono y no dudó en venir, así que ahora tengo que volver a explicarle con lujo de detalle todo lo sucedido.

—¿Por qué no notó que lo estaba? ¿Nunca sospechó algo? —inquiere ella.

Mamá responde por todos.

—Porque está metida en su propio mundo. Nadie fuera de él importa, ni siquiera su cuerpo, ni siquiera el hecho de que sabe hablar. No sé da cuenta de lo que pasa a su alrededor hasta que lo tiene delante de sus ojos.

Es muy probable.

Nos despedimos de los detectives más tarde. Alice toma a Jasper de la solapa de la chaqueta, tan fuerte como Bella lanzando cristales.

—Prométenos que vas a encontrar lo que sea en el bosque. —ruega.

Desconcertado por su acción, Jasper traga en seco, mostrando un rostro serio.

—Nunca hago promesas que no puedo cumplir.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que el bosque es el lugar. La misma Isabella lo ha dicho.

Alice suspira, recordándolo. Suelta a Jasper ruborizada al darse cuenta de lo que acaba de hacer.

.

Kate me chifla a dos metros de distancia.

—¡Cullen! No te escapes.

Kate es guapa, pero es tan cascarrabias.

—Mira Kate, tu trabajo no es gritonearme por cada mierda que pasa aquí, así que te pediría de favor que…

—No vengo a hablarte de trabajo, maldita sea, vengo a hablar de tu hermanita. ¿Le puedes decir por favor que deje de mal influenciar a mi hija?

La hija de Kate, Sheila, tiene la misma edad que Leticia. Ni siquiera sabía que fuesen amigas. Maldita traidora de hermana que tengo.

Kate es parte de la familia Denali. Por lo tanto, hija de Sasha Denali, la misma mujer que encontró a Bella en su porche. Sin embargo, eso no ha hecho que Kate y yo fuésemos más amigables. Supongo que tenemos un carácter similar. O sea, un carácter de mierda.

—¿Qué mi hermana qué? ¿Mal influenciar? Por favor, Kate, ni que tu hija tuviese ocho años para mal influenciarse.

—No sé si lo sabes, pero Sheila tiene sobresalientes en sus clases y ninguna inasistencia… hasta ayer cuando tu hermana la convenció de traspasar la reja de la escuela ¿Qué me dices con eso? —Mierda, Leticia— Tu hermana no es de sobresalientes y tampoco es conocida por ser un angelito en la escuela.

—Que mi hermana no sea de sobresalientes no la hace ser una peor persona, Kate. Es triste que pienses de esa forma, y con respecto a lo otro, hablaré con ella, no te preocupes, pero una cosa, no creo que Leticia le haya puesto una pistola en la cabeza a Sheila.

Y me voy. Triunfante. Y maldiciendo a Leticia otra vez.

Esa tarde, los gritos de casa se escuchan desde lejos. Con solo ver el vehículo aparcado de mi padre, sé que hay problemas.

Entro y los únicos que se escuchan son papá y Leticia.

—¡No quiero hablar contigo! ¿Qué parte no entiendes?

—¿Y qué parte no entiendes tú que soy tu padre y no debes gritarme?

Se echa a reír socarrona— Perdón, pero desde que cruzaste esa puerta para dejarnos, también dejaste de ser mi padre.

—Leticia —advierte mamá.

—¿Qué? ¿Lo vas a defender a él?

—¿Qué está pasando aquí? —exijo.

—¡Edward, dile que se vaya!

Mi padre sacude la cabeza.

—No tienes nada que ver en los problemas que tenga con tu madre. Cuando te cases y tengas hijos, lo vas a entender.

Noto como el rostro de Leticia se contrae de enojo. Y explota.

—¡Vete!

—Carlisle, creo que es mejor que te marches.

Mi padre va a decir algo más, pero pongo una mano en su hombro.

—Ven, está demasiado alterada.

Nos dirigimos a la puerta de salida. Papá no entiende el odio que siente Leti por él, pero le digo que no es odio, que es una etapa, y él sigue insistiendo que es más que eso, que algo le pasa a mi hermana. No le presto mucha atención, porque Leti es Leti. Siempre ha sido igual. De todos modos, le prometo que hablaré con ella.

Papá se va y Leticia se encierra en su cuarto de un portazo. Mi madre me pide que la deje en paz por hoy, y decido hacerle caso. No hay manera que entre en razón estando enojada. De esta manera, voy directo al cuarto de Bella, que se encuentra acostada con la mejilla sobre la almohada. Le aparto el pelo de la cara, dibujando con mi pulgar un círculo en su piel.

Se ve tan sola, tan encerrada. Jasper tiene razón.

—¿Sabes algo? Tengo una genial idea. —no se mueve, no me mira— ¿Quieres salir a dar una vuelta conmigo? No tenemos que ir lejos, podemos parar en la plaza que está aquí a la vuelta. Todavía hay sol. Anda, Bella, estás muy encerrada.

Me echa un rápido vistazo, dejando que la levante de la cama. Le quito el pijama cuidando de no pasarle a llevar las heridas en los pies, por los cristales rotos y le coloco los calcetines. Me ayuda levantando los brazos para ponerle el suéter y ella misma se lo tira hacia abajo.

Tomo la pizarra y el rotulador, señalándoselos. Y ahí de nuevo, el gesto de gato enojado. A pesar de eso, lo llevo debajo de mi brazo, aprovechando que no habla para protestar.

Lo primero que hace al salir, es apoyarse en la puerta de calle temerosa de dar un paso en falso. Le tomo la mano y le prometo que todo va a estar bien, y en un par de minutos se tranquiliza. Vamos de la mano, uno junto al otro, y me da la sensación que llevo a una niña de dos años al parque. Aunque esta niña no salta ni hace berrinches. Constantemente mira a su alrededor, saltando del susto por cualquier ruido. Se cubre los oídos cada vez que pasa un auto o por los gritos de los niños corriendo a nuestro paso. Varias veces tengo que preguntarle si quiere volver, y niega con la cabeza.

Pero, hay momentos en que no puede apartar la vista de las flores, pasando los dedos por encima.

Tiene una mezcla de emociones diferentes hasta que llegamos al parque.

La presencia de tanta gente le agobia, y me aseguro de buscar un lugar lo más alejado posible de ellos.

Toma una inspiración y se sienta sobre el césped, llevándose las rodillas al pecho.

—Este lugar es muy bonito y tranquilo. Aquí no corres ningún peligro. Y, además, yo no lo permitiría.

Juguetea la barbilla en sus rodillas, moviéndose de un lado para el otro.

—¿Quieres que te compre algo? ¿Tienes hambre?

No responde.

—Puedes escribirlo en la pizarra, si quieres.

Rompe a llorar.

No tengo idea de lo que pasa, y si bien trato de reconfortarla frotando mis manos en su espalda, es inútil, su llanto no cesa.

—Bella, por favor, dime lo que sea que estés pensando. —esconde el rostro en sus piernas— Aquí está la pizarra, Bells, vamos, tú puedes.

Llora un poco más para ella misma, jadeando por dentro y tragándose el ruido de los gritos. Después que se ha calmado, limpia sus ojos con la manga del suéter, y titubeando, me quita la pizarra de las manos.

Tarde me doy cuenta que le ha quitado la tapa al rotulador. Una vez que termina, lo gira para mí.

Lo leo y se me encoje el corazón.

«No quiero este bebé.»

Llora de nuevo, soltando la pizarra y escondiéndose.

—Oye, está bien, ven aquí.

Suelta un hipo desde el fondo de su garganta. Entonces, de un segundo a otro, deja de llorar, y sus ojos se abren desmesurados hacia una dirección que no soy yo. Como una liebre, Bella salta de su lugar a mis brazos.

—¿Qué…? —entierra las uñas en mis muñecas, temblando de miedo— ¿Qué pasa, Bella? ¿Qué viste? ¿A quién viste?


Bella de a poco se va a ir comunicando. Ahora, ¿cuando Edward va a escuchar su voz? Aún no lo sabemos. Como tampoco sabemos bien lo que le pasó ni quién la tuvo. Esto se va a ir resolviendo de a poco, no se desesperen. Más pronto de lo que se imaginan la verdad saldrá a la luz. Tal vez ustedes sean las primeras en saber quién la secuestró, antes que Edward (¿Quién sabe?)

Alguien me preguntó cuántos capis va a tener la historia, no soy buena calculando los capítulos porque siempre terminan siendo más, pero aproximadamente unos 25, según como avance la historia y lo que se me ocurra agregarle, por supuesto.

Mil gracias por los fav, y comentarios, me alegran la existencia.

Un beso enorme y hasta prontito!