Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi propiedad.
Capítulo 5
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Esquivo niños y adultos corriendo en zig-zag por el parque. No sé qué estoy haciendo. No sé cuál es mi problema. Lo único que sé es que necesito buscar un culpable. El arrebato me juega una mala pasada y empiezo a claudicar. Mi corazón deja de golpearme ansioso. En segundos, me doy cuenta del sitio en dónde me encuentro.
¿Y Bella?
Mierda
Después de su reacción de temor me alejé con intención de encontrar a la única persona que hace que su pulso se acelere. Por supuesto, no conseguí nada. Y ahora no sé dónde está ella. Intento recordar el lugar exacto en dónde estábamos. Me invade una mezcla de miedo, ansiedad y culpa. Quiero gritar su nombre. ¿Cómo se supone que voy a encontrarla si no habla? ¿Por qué demonios me fui, maldita sea? Me tiro el cabello con los dedos y empiezo a caminar. No soy capaz de pedir auxilio. Se me nubla la razón, empiezo a sudar…
Una mujer me hace señas con las manos desde un banquito. Junto a ella, sentada y llorando, se encuentra Bella.
Suelto un suspiro de alivio.
Me acerco corriendo.
—Les he seguido la pista desde que llegaron al parque. Los reconocí por las noticias. —Bella me agarra de la camisa apenas me siento— Se veía asustada, así que me acerqué.
—Gracias —digo con toda sinceridad. Envuelvo a Bella con mi brazo, mientras ella esconde la cabeza en mi cuello— Lo siento, pequeña.
La mujer sigue de pie, dudando.
—¿Te puedo decir algo? —murmura.
—¿Sí?
—Hay periodistas camuflados aquí, creo que no es bueno para ella exponerse tan pronto. Por favor, no te enfades por lo que te digo, es que la veo muy mal.
Miro alrededor y no necesito buscar demasiado para encontrarlos. Tal vez no fue buena idea venir.
—Sí, lo sé. Nos vamos a casa ahora.
La mujer me entrega la pizarra y el rotulador que Bella traía con ella cuando la encontró.
No deja que le tome la mano para irnos a casa. Cruza los brazos con la cabeza agachada de indignación. Mantiene una distancia prudente conmigo, tapándose la cara con el pelo. En ningún momento acelera para alejarse de mí, así que estamos caminando uno junto al otro en silencio, como siempre.
Mi madre nos ve por la ventana. No necesita que le diga nada, porque de solo ver la expresión de angustia de Bella, asume que algo ha pasado. Usa un trato doctora/paciente con ella de camino a su habitación para darle sus medicinas.
Luego, cuando regresa, le explico lo sucedido. No me salvo de su regaño.
—Creo que no deberíamos sacarla hasta que venga su terapeuta. Angie me ha mencionado que viene mañana.
En la cena todavía tengo el episodio del parque rondando en mi cabeza. Se me aprieta el estómago pensar que Bella se pudo haber perdido. ¿Y si no hubiese podido encontrarla? ¿Y si quién sea a quien vio haya aprovechado mi distracción para llevársela? Se me enfría el plato de sopa y termino yéndome a la cama más temprano de lo habitual.
Me meto a la cama sin ducha y me duermo casi de inmediato. Durante la noche tengo un sinfín de pesadillas, despertándome a las cuatro de la madrugada muerto de sed. Doy una vuelta y quedo boca abajo, el sudor empapando mi pijama. Me levanto y recuerdo las pesadillas, todas tratándose del parque. Todas con un secuestrador sin rostro corriendo detrás de Bella. En silencio arrastro los pies fuera del cuarto. El silencio reina el pasillo, y me pregunto si es demasiado temprano para empezar el día. Froto una mano sobre mi rostro empapado, pasando los dedos por la pared hasta que encuentro el interruptor de la cocina.
Pego un grito ahogado al ver a Bella de pie cerca de la encimera.
—¡Jesús! —exclamo con el corazón por la garganta— ¡Dios mío, Bella, qué susto! ¿Qué haces acá a oscuras? —me acerco y se echa para atrás, gruñendo— ¿No sabías dónde estaba la luz? —niega en respuesta— ¿Tienes sed?
Se pasa la manga del pijama por la mejilla, diciendo que sí.
Juega con el vaso vacío hasta que lo llevo al lavavajillas. De regreso a su cuarto, se mete a la cama de un salto y no deja que le pase la pizarra.
—Hablemos—vuelve a negar en rotundo— Aunque sea dime por qué estás enojada.
Aparta el rostro a propósito de mí, interesada en la pared crema de la habitación. Se lo piensa bastante en su cabecita silenciosa. Enderezándose, me quita la pizarra de las manos y empieza a escribir, tiritones constantes en forma de letras.
«Me dejaste sola»
Miro su ceño fruncido.
A veces Bella me recuerda a Garfield.
—Lo siento mucho, no era esa mi intención. Es que… —frunzo los labios y le escudriño. Bella inclina los hombros. Siempre hace eso cuando mi voz suena con rabia, pero no rabia contra ella, sino de la situación— Viste a alguien en ese parque ¿verdad? Por eso reaccionaste así. Quise desesperadamente saber de quién se trataba y no me di cuenta cuando ya te había perdido de vista.
Gira la sábana en su dedo sin mirarme.
«Periodistas»
—¿Qué con los periodistas? —pregunto desconcertado— ¿Viste a un periodista?
«Sí»
—¿Estás segura?
«Sí»
No le creo. Algo en ella me dice que no es cierto. Nadie reacciona así por un periodista. No me jodas, Isabella.
Murmuro por lo bajo y ella me esquiva. Juega con el rotulador en la pizarra, haciendo líneas y círculos que no vienen al caso. Noto como se muerde los labios y entonces borra todo con la manga para escribir de verdad.
«¿Mars?»
Sus ojos se posan en mí, inseguros. Sé que sabe que Mars ya no está aquí entre nosotros, pero ella quiere detalles. O solo escucharlo. Le tomo las manos para que deje de girar el rotulador, que comienza a desesperarme.
Mars fue como una madre para Bella. La única persona cercana que tenía en su vida. Se hizo cargo de ella aún si no tenía responsabilidad. Fue estricta en su crianza. Y Bella la quería muchísimo. Cuando desapareció, a Mars se le rompió el corazón. Una parte de ella había desaparecido también.
—Ella se fue pensando en ti. —le cuento como anécdota. La madre de Alice y la mía habían estado en su último suspiro— Murió hace tres años, con 83. Estaba demasiado cansada para seguir. Siempre fue una mujer muy sana ¿te acuerdas? Nunca perdió la esperanza de volverte a ver, pero ya ves que a veces la vida no es para nada justa.
Mueve la cabeza y juro que la vi mover los labios.
No puedo evitar traer devuelta la voz de Bella; uno de sus tantos atractivos, grave y sensual. Sabías de inmediato que se trataba de ella. Y su risa, podía calmar cualquier situación. Además, era demasiado contagiosa. Apenas empezaba a reírse, te tentaba hasta que acababas riéndote con ella.
—¿Sabes qué quiero? —suelto de la nada. Levanta la cabeza de su aturdimiento, curiosa— Escuchar tu voz de nuevo, como antes, aunque sea un segundo.
Cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir, jadea.
«Yo también»
Un suspiro afligido escapa de sus labios
—¿Por qué no hablas? Desde que apareciste, me lo he estado preguntando. Hay tantos motivos, pero no sé cuál es realmente el verdadero —esa es la pregunta del millón, la que todo el mundo se hace. ¿Por qué Isabella Swan no habla? Desde hace unas semanas los noticieros volvieron a sacar el tema de su reciente aparición, y de pronto todo el mundo sabía que ella no hablaba. Quería que se metieran sus teorías por el culo, quería que la dejasen en paz. Una lágrima le recorre la mejilla y me detengo. Limpio con mi pulgar y poso mis labios en su frente para tranquilizarla— Mejor será que descanses. Olvida lo que he dicho.
Envuelve con fuerza sus dedos alrededor de mi muñeca, tanto que sus dedos se vuelven rojos. Empieza a llorar y cubrirse la cara con las manos.
Cuando se calma, cuando sus lágrimas se secan, voy al armario y busco otra manta para cubrirle. Son cerca de las cinco y hace mucho frío, y además su pijama no es muy calentito. Una vez que la arropo, le quito la pizarra.
Cierra los ojos y se acomoda para dormir.
—Buenas noches, Garfield —susurro.
Hasta que no dejo la pizarra encima de la mesita, no me percato que ha escrito de nuevo. Aprovecho la poca luz de la lámpara, y leo.
«Dicen que arruino todo cuando hablo»
Gruño y borro las palabras de la pizarra y me repito que es cosa de tiempo.
Tiempo, Edward. Dale tiempo.
No paso desapercibido el hecho de que se refiere a ellos y no a él.
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Alice irrumpe en mi oficina cerca del almuerzo, días más tarde.
—Hoy van a entrar al bosque. —dice firme y golpeando las manos en el escritorio— Ni siquiera nos permiten ir.
—No podemos ir —respondo lo obvio— Estorbaríamos y los meteríamos en problemas. Y a todo esto ¿Cómo es que lo sabes y yo no?
—Jasper me lo dijo.
—Jasper me lo dijo —repito con un dedo en mi barbilla— ¿Desde cuándo lo tuteas?
—Tú también lo tuteas.
—Sí, pero hasta hace unos días seguía siendo el detective Whitlock para ti.
—Bien, porque se me da la gana. —deja escapar el aliento— No quiso darme detalles, el muy cretino. Dice que lo pueden despedir.
—¿Ética profesional? Alice, cuando tengan algo contundente y veraz, nos lo comunicarán. Por el momento, por favor deja la histeria de lado.
—Ash…. Está bien. Mejor será que vengas a almorzar conmigo, estoy que me muero de hambre.
Alice dice que la comida soluciona todos nuestros problemas. Ojalá eso sea cierto para todo en general, pero lamentablemente solo es temporal. Tan pronto la comida se acaba, vuelves a lo mismo, entonces comes de nuevo.
Emmett y Rose se nos unen a la salida. Almorzamos comida tailandesa en un restorán frente al gimnasio. Las chicas lloriquean picoteando con el tenedor el plato de Pad thai mientras ven a las de enfrente ejercitar los músculos.
La mayoría de nuestras salidas a comer son improvisadas. Jamás resultan con anticipación, a menos que se traten de cumpleaños y fiestas de fin de año.
Hablamos de los avances de Bella y nuestra comunicación con la pizarra. En medio de la cháchara, alguien nos toca el vidrio de la ventana que da a la calle, justo en dónde estamos sentados. Todos volteamos curiosos para encontrarnos con el rostro risueño de James.
James trabaja con nosotros en el supermercado como guardia. Y su hermana Victoria, es ayudante de Alice en el salón de belleza. Nadie que acabe de conocerlos cree que son mellizos; James es rubio de ojos claros y Victoria es pelirroja de ojos verdes.
Saluda con ambas manos, tan entusiasmado que pienso que está en plena pubertad, cuando en realidad es mayor que nosotros.
—Voy a despedirlo si sigue saludándonos así. —dice Emmett con una sonrisa forzada mientras sacude su mano para saludarlo— Y a Mike Newton.
—¿A Mike Newton? —preguntamos Rose y yo al unísono.
—No se presentó a trabajar hoy. Ha estado extraño últimamente; nervioso, ansioso, asustadizo. Me tiene las bolas hinchadas.
—Es la abstinencia. —murmura Alice. Nos volvemos a ella, que alza la vista y encoje los hombros— ¿Qué? Su esposa Jess trabaja conmigo. Sé con lujo de detalles los problemas que tienen en casa. No pienso contarles nada porque es asqueroso, y porque prometí no hacerlo.
Jadeamos. Siempre es bueno escuchar chismes sabrosos. Mas si son sobre Mike el engreído.
Recibo un mensaje de mi madre:
La doctora Angie está aquí.
Mamá me contó la noche anterior que la doctora Angie sería la encargada de realizarle o no el aborto a Bella. Estábamos quedándonos sin tiempo y no podía pasar de esta semana.
—Tengo que irme, disculpen. —digo soltando billetes en la mesa.
—¿Todo bien? —pregunta Rose.
—No lo sé. La doctora Angie está en casa por lo de, ya saben.
Alice se para en seco.
—Te acompaño.
—Avísanos cualquier novedad, Ed —pide Emmett preocupado— No te preocupes por el trabajo.
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La doctora Angie nos explica que su deber es comunicarle los pros y contras a Bella sobre el aborto y el procedimiento. Ninguno de nosotros sabe su decisión todavía porque cada vez que tocamos el tema se hace la desentendida. Está sentada en la cama con el pelo tomado en una coleta desordenada, mirando la televisión. Alice y yo esperamos afuera, pegados a la pared y nerviosos por lo que pueda pasar. No hemos hablado mucho de las consecuencias ni lo traumático que puede llegar a ser para una persona en estas condiciones. Ni siquiera me atrevo a pensarlo.
Esperamos hasta que la puerta se abre de un portazo y Bella sale a toda prisa. Trato de retenerla, pero desaparece rauda por el pasillo.
No es primera vez que reacciona de esa forma con los doctores. Mi madre es la única que la controla, pero con su nueva terapeuta, Carmen, una mujer de cincuenta años, no tuvo buena recepción, ignorándola la mayor parte del tiempo y dejándola hablando sola en la habitación, corriendo a esconderse al baño.
Esta vez, la encontramos metida en la cocina.
—Bella, no puedes quedarte ahí todo el día. —le dice Alice.
La doctora Angie se acerca a nosotros.
—Ya cumplí con esta primera parte, ahora es su turno para decidir. Sin su consentimiento no podemos hacer mucho.
Carmen llega cuando despedimos a la doctora en la puerta.
—Vamos a tu habitación, cielo. —intenta cogerle del brazo, haciendo que Bella se encoja como un caracol y choque con la mesa de cocina. Finalmente, después de echarnos un vistazo, permite que la lleven.
Carmen dice que Bella sigue reacia a recibir ayuda, que todavía no confía en nadie. Y que eso no son buenas señales porque mientras más alejada esté de la realidad, menos probabilidades hay de que quiera hablar. También hablamos de las salidas, y determinó salidas preferentes por la noche, ya que el sol sigue siendo demasiado fuerte y peligroso para su piel.
En esta ocasión Bella se mostró activa con Carmen, asintiendo o negando a sus preguntas.
Alice y yo nos pasamos la tarde entera con ella, esperando para ver si escribe algo respecto a la visita de la doctora Angie.
En algún momento alguien toca la puerta y asoma un ramo de rosas. Luego, el rostro alegre de Emmett aparece desde el umbral, agitando el ramo para Bella. Él y Rose traen cosas para comer y charlamos alrededor de su cama. Tanta gente le incomoda, y empieza a empujar los pies contra nosotros, como si quisiese que saliésemos de su espacio.
Ya pasada la noche, cuando todos se han ido, se relaja, y el sueño le vence. Abraza la almohada y ronronea. Pongo una manta sobre sus piernas cuando veo que mueve los labios. Está hablando en silencio, solo moviendo la boca. Trato de adivinar lo que dice, pero me es imposible. No es hasta que emprendo mi marcha, cuando suelta un grito.
Es lo más cercano a su voz que he tenido.
Se despierta de un salto y enrolla las manos alrededor de las sábanas. Esconde la cara en sus rodillas y me acerco corriendo para tomarla y preguntarle qué ocurre. Tanta es la fuerza que ejerce por mantener la cabeza escondida, que no puedo levantarla, y acabo rogándole para que me mire.
Una vez que nuestros ojos se encuentran, Bella abre la boca para hablar, y como la mayoría de las veces, la vuelve a cerrar.
No tengo tiempo para pedirle que me diga, porque sus brazos se envuelven en torno a mi cuello, apretándose lo más cerca que puede. Recibo su abrazo gustoso, notando de inmediato el latido apresurado de su corazón.
—¿Me vas a decir lo que te pasó hoy día? ¿Con la doctora Angie? —susurro pasando una mano por su cabellera, suave y sedosa— ¿Bella?
Se separa un poco de mí y se le agita la respiración. Arruga tanto el entrecejo que parece que tuviera más edad de la que en verdad tiene. Le aparto el pelo y uno su frente con la mía, para que no rompa a llorar.
Asiente y se aleja, sentándose en la cama lista para escribir.
«Me da miedo»
—¿Por qué?
Encoje los hombros.
«No quiero que me toquen»
Acomoda las piernas en cruz, llevándose el pelo hacia atrás.
—No quedan muchas opciones, por mucho que quisiéramos que existieran. Puedes terminar con ello de una vez… si quieres. O tenerlo. —explico con calma— Cualquier decisión que tomes está bien. No te sientas presionada. —Bella se pone a llorar, otra vez— Nena, no tienes que contestar hoy día. Piénsalo esta noche y…
Me tapa la boca con la mano, y con la otra desocupada coge el rotulador, acostumbrándose a su nueva forma de comunicarse.
«No quiero abortar»
—¿No?
«pero tampoco lo quiero»
Empieza a escribir y escribir y escribir todo de una vez, sollozando y soltando la pizarra a su suerte.
«Es mi culpa»
«Es mi culpa»
«Es mi culpa»
«Él me lo decía siempre»
«Decía que si guardaba silencio todo estaría bien»
«Pero nada ha ido bien»
«Nada ha ido bien»
«Nada ha ido bien»
Empieza a sacudir la cabeza como una loca, enterrándose las uñas en la cara con desesperación. La tomo entre mis brazos y la acurruco en mi pecho, logrando así que su corazón se tranquilice. Lágrimas se acumulan en las esquinas de sus ojos, y todo lo que se me ocurre es repartir besos por su rostro.
Desesperada, vuelve a tomar el rotulador, esta vez, agarrándome la muñeca y escribiendo sobre ella.
«Por favor, no me dejes»
Se limpia las lágrimas pegajosas de su rostro, esperando impaciente mi respuesta, como si de verdad lo dudara.
—Jamás te dejaría. Pero, Bella, necesito ayudarte. Dime si los viste en el parque. Dímelo, por favor.
Suelta jadeos incontrolables. Los labios le tiemblan de anticipación, y asiente con la cabeza.
—Dime algo más. ¿Qué más puedo saber?
Ni siquiera soy capaz de entender el terror que esto le provoca a ella. Después que escribe, se aleja y se esconde debajo de las sábanas.
«No me escapé. Él me dejó ir»
Le quito las sábanas de encima, estupefacto.
—¿Qué? ¡Bella!
Chasquea la lengua y hace puño sus manos. Tengo la sensación que está aguantándose las ganas de gritar. Me señala la pizarra, y hasta ese momento me doy cuenta que ha escrito más abajo en letra más pequeña, que no pude ver por la impresión.
«Lo siento mucho. No te lo puedo decir. Esa fue su condición»
Bella en cualquier momento suelta todo…
Gracias por leer y comentar como siempre les digo.
Y aprovecho también para aclarar una cosita: Yo no soy médico ni tampoco detective. No tengo idea si esto es así en una situación real, no lo sé. Escribo según me voy informando de dónde vivo. Lo digo para que no hayan malos entendidos. Si les molesta encontrar cosas que no van o no existen en dicho país, absténganse de leer y así nos evitamos problemas. No me molesta ni nada, porque entiendo su punto y agradezco que me lo hagan saber.
Dicho esto, nos leemos la próxima semana o dentro de la semana, no sé todavía.
Besos!
