Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi propiedad.
Capítulo 6
.
No me dice nada más. No hay modo de hacerla escribir de nuevo.
Se duerme con la cabeza apoyada en mi pecho, y no soy capaz de moverme hasta la mañana siguiente. Todavía durmiendo, me levanto con sumo cuidado de no hacer ruido, y pongo su cabeza en la almohada. Ella se acomoda rápidamente, sumida en los brazos de Morfeo.
Me doy una ducha, me visto y voy a casa de mi padre.
Vive en un pequeño departamento de separado, alejado de la ciudad. Tomamos desayuno juntos cerca de la terraza. A pesar del día nublado, con vistas de querer llover, no hace frío, y el viento cálido me despierta.
Hablamos de su trabajo y de Leticia. Dice seguir preocupado por su actitud. Papá insiste en no hacer nada por arreglar las cosas, que, si Leticia no quiere verlo, entonces él no la obligará. Y yo le digo todo lo contrario, que es la razón por la que mi hermana le rechaza, porque piensa que no le importa. O eso quiero creer. Trato de ponerme en el lugar de alguien de quince años, el cual sus padres se separan y de un momento a otro deja de tener un padre para que su hermano mayor lo reemplace.
Hablamos también de Bella; sus miedos, sus cambios de humor repentinos.
—Ten un cigarrillo —saca uno oculto en su billetera— Eso siempre te calma.
Mi risa se vuelve un resoplido.
—¿Llevándome por el mal camino?
—No sabía que a tu edad pudiese llevarte por el mal camino. —bromea y prende el encendedor— Entiendo tus temores, hijo. Y créeme que admiro mucho tu tolerancia. Sé que debes serlo por ella, pero también debes serlo por ti. No soy un experto en esto, pero creo que ella es la única que puede darse un empujoncito para ayudarse. Ahora es demasiado pronto para que pueda pensar tan positivo como el resto de nosotros. Piensa que han sido años de cautiverio, no está bien física ni psicológicamente.
Le doy una pitada al cigarro.
—Se ve tan frágil. Parece una niña asustada, no una mujer de 32 años.
Papá me escucha atento sin interrupciones. Si no está de acuerdo en algo, no me ataca, sino que me aconseja.
—¿Y qué piensa hacer?
—No lo sé —respondo con sinceridad— no lo tiene claro. Dice que no quiere hacerlo, pero que tampoco lo quiere. De todas formas, se supone que hoy es la cita en la Clínica.
—Está asustada.
—No quiere que la toquen.
—Es entendible. —murmura llevándose la taza de café a los labios.
Él también fuma conmigo y dejamos el tema por un momento, envolviéndonos con el sonido de los pájaros en el alféizar. Estos suelen apoyarse en el balcón por las mañanas a cantar.
Continuamos con nuestra conversación hasta que decido irme a casa.
Mamá está de espaldas en la cocina, revolviendo con una cuchara de palo la cacerola. Le doy un susto y ahoga un grito, amenazándome con pegarme con la cuchara.
Hoy es su cumpleaños, y generalmente los celebra trabajando, pero este año, dado los acontecimientos, se encuentra en casa. Además, es su primer cumpleaños de separada. Le doy un abrazo apretado mientras le tiendo un pequeño presente. Sonríe y escudriña el sobre, ansiosa por encontrar una cadena de plata.
—¿Cómo sabes que me gustan las cadenas de plata? ¿Eh?
Ayudo a atar la cadena a su cuello.
—No sé, ¿nos conocemos?
—Tu rostro se me hace familiar.
Sirve dos tazas de chocolate espeso de la cacerola donde estaba revolviendo, y nos sentamos junto a la mesa. Se supone que es un día para celebrar, pero llegados a este punto no lo sabemos muy bien. Mucho menos en cómo va a terminar este día.
—Dijo que no quiere hacerlo. —le comento.
—Umm… —tamborilea los dedos sobre la oreja de su tazón de porcelana— La cita es a las cuatro. —me echo para atrás en el asiento, cansado y oliendo a tabaco. Incluso si solo me fumé dos, siento que apesto— Me avisas para cancelarla o no… —baja la voz— Ah, pero mira a quien tenemos aquí.
Estiro los brazos justo para encontrarme a Bella de pie en el umbral.
—¿Quieres chocolate caliente? Está riquísimo. —ofrezco.
Inclina la cabeza hacia un lado. Como no me muevo, lo vuelve a hacer.
—Creo que quiere hablar contigo.
Se lleva las manos a los bolsillos y espera a que me ponga de pie. No necesitamos un viaje a su habitación, tiene la pizarra encima de la repisa.
«Quiero hablar con Alice»
En letra legible y subrayada. Es la primera vez que la menciona. Aparta la mirada de mí y espera a que la llame por teléfono. Alice viene enseguida. No hay ni que rogarle. Tiene que tomar aire apenas pone un pie dentro de casa porque viene a toda prisa.
Bella se encuentra apoyada en la pared cuando Alice se acerca, moviendo la punta del pie, nerviosa. Ambas me miran esperando que me marche, y sin decir nada más, las dejo a solas.
Aprovecho la distracción para dar inicio a la segunda tanda de entrevistas para el puesto de Cuidadora. La mayoría tiene buenos referentes, incluso títulos de enfermería. Todas sobrepasan los cuarenta. La idea no es contratar a alguien con demasiada experiencia, como una mujer mayor, a no ser que tenga un magíster en paciencia.
De todas las mujeres, nos gustó Sue. Sue Clearwater. En su currículum señala haber pasado su vida cuidando a ancianos en distintos centros de reposo, así que su experiencia en ese sentido es buena. Además, es joven y de aspecto humilde.
Tardamos una hora en terminar. Recogemos un sinfín de carpetas de todos los colores sobre el escritorio, todas con las fotos de las candidatas y sus antecedentes. Me levanto y aparto la carpeta de Sue para leerla detenidamente más tarde. En aquel momento, Alice irrumpe en la habitación, haciendo sonar sus enormes zapatos de tacón. De verdad, no sé cómo le hace para no torcerse el tobillo.
Toma asiento y apoya los codos en la mesa.
—Estoy preocupada de Bella.
—¿Por qué? —tomo asiento— ¿Qué hablaron?
—De Mars. —suspira y se echa el flequillo para atrás— del aborto.
—Dijiste que estabas preocupada.
Mueve los ojos hasta que estos recaen en mí.
—Edward, ¿alguna vez han hablado de Mars? Quiero decir, ¿te ha dicho algo?
Guardo todo lo que hay sobre el escritorio.
—Claro, le hablé de ella cuando me preguntó. —asiente, mordiéndose el labio— Alice…
—Es que… ella me habla como si Mars todavía estuviera aquí. Ya sabes, como si estuviese viva. —toma un poco de aire— Quiere abortar, pero dice que Mars la retiene. ¿Te das cuenta? No asume que ha muerto, no lo tiene claro, no lo sé. ¿Crees que debemos decírselo a su terapeuta?
Parpadeo y me pongo en alerta. Carmen dice que a veces las personas como Bella tienden a no aceptar el mundo real, quedándose en el pasado.
Me pongo de pie.
—Déjame hablar con ella.
.
.
Bella mira por la ventana de su habitación, el sol extraño de octubre iluminando su cara. Sus dedos trazan los bordes del vidrio, sumida en la reflexión. Hoy lleva el pelo apuntando en todas direcciones y las zapatillas desatadas. Pongo las manos sobre sus hombros, haciendo que se estremezca.
—¿Qué tal tu día, Garfield?
Se da la vuelta, frunce el ceño y niega con la cabeza, disgustándole su apodo.
—¿No te gusta? Pero si es igual a ti.
Regresa a su cama, sin mirarme.
Doña gruñona, podría ser un buen apodo, aunque dudo que le guste más que el otro. Mete una pierna debajo de ella y la otra cuelga en el aire fuera de la cama. Envuelve la almohada alrededor de su estómago, abrazándola con ternura.
—Me estaba preguntando si…
Me interrumpe haciendo chist con los dedos. Señala la pizarra junto a mí y veo que ha escrito con anticipación.
«No es necesario. Sé que Alice habló contigo.»
Sonrío y le guiño un ojo.
—Chica lista.
Mira sus manos, y no vuelve a levantar el rostro. Reemplaza su almohada por la pizarra sobre su regazo.
—Bella, tienes claro que…
Niega dos veces, luego tres, cuatro.
«Ella se enfadará»
—No lo hará.
«Dirá que no tengo derecho»
—No
«que no me corresponde»
Como una bombilla encendida, se me viene a la mente la anciana de cabellera blanca, amorosa y testaruda, defendiendo sus raíces, defendiendo sus principios. Y uno de esos principios era aquel, el que tanto le inculcó a Bella, el que tanto defendió hasta la muerte.
Resoplo— Bella —le tomo de los brazos— Mars no está aquí, está muerta. No puede enfadarse.
«Tengo miedo»
—Todos tenemos miedo. Yo también tengo miedo. —me sincero— Escúchame, nadie te va a juzgar. Nadie va a opinar sobre ti porque nadie sabe realmente lo que es estar en tu lugar. Nadie siente lo que tú sientes, ni siquiera yo. ¿Me oyes? Así que lo que decidas, está bien si lo está para ti. Olvídate de la gente, Bella. Olvídate por un minuto de la gente.
Se lleva una mano a la frente, aguantando la respiración. El terror se hace visible en sus ojos. Me toma de la mano a tal grado que sus uñas me dañan, y no puedo evitar sorprenderme de la fuerza de esta mujer. No hace más que mirar abajo, a su pizarra, sin mover ningún músculo del cuerpo.
Bella está desecha. Está rota. Completamente devastada.
Pronto sus dedos dan vida propia a las palabras.
«Hagamos esto»
Tengo que leerlo varias veces. Cierra los ojos con toda la fuerza que es capaz, dejando escapar algunas lágrimas.
«No puedo aguantarlo más.»
«No puedo seguir. Esto es demasiado doloroso»
«No puedo» repite.
«Es lo único que me recuerda a ese lugar.»
«Y no quiero recordarlo. Nunca más.»
«Perdóname, Mars.»
Vuelve a abrazar su almohada, y juro por todo lo sagrado que la vi susurrar en silencio: Lo siento.
Levanto su rostro surcado en lágrimas, y no hay arrepentimiento.
—Mars lo entenderá —es lo único que digo.
Suelta todo lo que tiene en las manos y se abalanza hacia mí, abrazándome.
.
.
.
Ella no se suelta de mi brazo en ningún momento. Mientras esperamos sentados a que la llamen, parece más pálida de la normal. Estoy con la espalda arqueada mirando el celular, viendo los minutos pasar como horas. Es imposible no sentirse nervioso. Hay tantas cosas que rondan por mi cabeza.
Bella exhala un suspiro y jadea. Su palidez se ha acentuado, y se lleva una mano a la boca.
—¿Quieres vomitar? —pregunto alarmado.
Respira profundo una y otra vez. Los nervios le juegan en contra y corre al baño de chicas. Regresa minutos después mucho más pálida que antes. Froto mi mano en su espalda para relajarla, y ella me agradece apoyando la cabeza en mi hombro.
Alice está aquí, caminando de recepción a la salita de espera cada cierto tiempo. Mujeres entran y salen de vez en cuando junto a enfermeras, dándoles las últimas instrucciones antes de dejarlas a su suerte.
El ruido del teléfono forma un eco en la estrecha habitación.
—Isabella Swan.
Da un salto y se lleva las manos a los bolsillos. Toma aire y me mira, como si no quisiera entrar sola.
—¿Estás bien?
Murmura un sí en silencio, del que no soy capaz de oír. Nos ponemos de pie y la encierro en un abrazo. Su cuerpo frágil se desmorona, y si no supiera que se está moviendo, diría que se ha desmayado. Antes de dejarla partir, envuelvo su rostro con ambas manos y dejo un beso en su frente.
Alice y yo la vemos entrar, y la puerta se cierra frente a nosotros.
.
.
.
Los días posteriores a su aborto, son muy complicados. Sufrió una hemorragia y no ha querido conversar conmigo de ninguna manera. Se levanta solo para ir al baño. Mi madre tiene que pedirle que se cambie de ropa, o no lo hace. Es como si no se acostumbrase a lo cotidiano todavía. Y, además, no coopera con Sue ni con su terapeuta Carmen.
Esta última me comenta que está en una etapa de negación, que es normal.
Igualmente, luego de que le mencionara los dichos de la propia Bella, dice que puede haber sufrido el síndrome de Estocolmo, cuando la víctima de secuestro, comienza a sentir cierta empatía por su secuestrador. Que por esa razón Bella dice que él la dejó ir, casi considerándolo como un favor y es la razón por la que no lo delata.
Quiero pensar que no es el caso de Bella, pero a estas alturas no sé nada.
Carmen también la saca a pasear por la noche, dando vueltas a la manzana. De a poco Bella comienza a sentirse menos insegura, caminando dos pasos por delante de su terapeuta, que es lo más lejos que está de alguien. De vez en cuando la acompaño, pero la idea no es atosigarla, aunque por ningún motivo pienso dejar que ande sola por la calle.
Jasper me dice que esté tranquilo, que de alguna manera lo que Bella me dijo nos da una idea de que el secuestrador no piensa atraparla de nuevo. Al menos, no en ese sentido.
Bella regresa de su caminata, sedienta y le tiendo una botella con agua. Entra a la casa sin mirar a nadie más.
Así se comporta en las siguientes tres semanas, hasta que por fin decide escribirme.
«Tengo hambre»
Estoy sentado en el sofá, enviando correos sin parar, cuando me deja la pizarra encima.
—¿De verdad? —me sorprende que me lo diga, ya que nunca pide comer a menos que la obliguemos.
«Quiero una manzana»
—¿Solo una manzana? Eres fácil de consentir, Garfield.
Se encoge en la cama, esperando su pedido. Me rio y voy a la cocina, lavando y cortando trozos de manzana. Cuando regreso, ella me quita el plato de las manos sin decir gracias.
—Gracias, Edward, que lindo eres. —digo imitando la voz de una mujer. Bella mastica un trozo de manzana, y de pronto empieza a toser muy fuerte— Eyyy —se cubre la boca con la mano, momento en que lo comprendo todo. Es una de las cosas que he aprendido de su silencio— No me digas que te querías reír.
Se pone seria, hasta el punto que me da miedo.
—Así te pareces más a Garfield, para que te enteres.
Me ignora. No la vuelvo a interrumpir hasta que se come todo lo del plato. Hasta mi madre se sorprende. Generalmente deja, aunque sea una parte.
Mamá se queda de pie en la puerta, carraspeando para hacerse notar.
—Bella, querida, tienes visitas.
Ambos nos volteamos. No hay tiempo de preguntas cuando Ángela entra sin permiso al cuarto, dando un salto. Sus gafas se mueven hasta el puente de su nariz
—¿Ángela?
Muestra una gran sonrisa, acercándose hasta quedar a los pies de la cama.
—Mi madre vive por aquí cerca, a unas cuadras, así que pensé en venir a saludar —sonríe aún más si es posible y nadie responde. Bella frunce el entrecejo, desconociéndola— Vamos, Ed. Preséntame. —susurra a empujones.
Vuelvo en sí en un parpadeo. Me aclaro la garganta, queriendo quitarle ese ceño fruncido a Bella como sea.
—Bella, te presento a una compañera de trabajo, Ángela. Ángela, esta es Bella.
Ángela estira el brazo hacia Bella, demasiado entusiasta.
—Gusto en conocerte, Bella. —no recibe su mano de regreso y fingiendo que no le importa, envuelve los brazos en mi cuello. Mi madre rueda los ojos y se marcha de la habitación— Ed me ha hablado muchísimo sobre ti. En realidad, todos hablan sobre ti todo el día —risita nerviosa.
Bella no deja de mirarla como si fuese un bicho raro. Sus ojos viajan de Ángela a mí todo el tiempo, y al final suspira, apartando el rostro hasta su regazo.
—Creo que Bella necesita descansar, Ángela. ¿por qué no…?
—¿te espero en la cocina? Le haré compañía a tu madre ¿te parece bien? Un gusto de nuevo, Bella. Espero verte pronto.
Se va dando otro desesperante salto. Estoy anonadado. Jamás le he dado la confianza para que pueda venir a mi casa, aunque trato de restarle importancia.
—Ángela —me rio para Bella— es un poco hiperactiva.
No levanta el rostro de su regazo.
—¿No quieres nada más? Puedo traerte jugo si quieres, es de frutal natural.
En vez de responderme, se queda quieta como una roca, y sin hacer ademán de nada, se levanta de la cama a encerrarse al baño.
Confundido, miro a la puerta cerrada pensando en si se ha molestado por lo confianzuda que ha sido Ángela, o por otra cosa.
No tengo tiempo de averiguarlo, puesto que recibo una llamada de Jasper. Lleva semanas sin comunicarse conmigo. De todas las veces que pude contar con su presencia, no ha dado buenos resultados en la búsqueda más que embarrarse los zapatos de lodo.
—Jasper.
—Estamos de camino al retén. Por ética no debería darte demasiados detalles, pero lo haré porque todo ha dado un giro inesperado.
—¿Qué pasa?
Hay ruido de llaves, motor y luego la voz de Leah a lo lejos.
—Encontramos ropa, lo que nos puede servir para la investigación. Es ropa de hombre y de mujer. No sabemos si pertenece a Isabella, pero suponemos que sí. —doy vueltas por la habitación, jadeando de anticipación porque la voz de Jasper no suena tranquila como siempre— Y eso no es todo.
—¿Puedes dejar de darle vueltas a esto y decirme que rayos pasa?
Leah vuelve a hablar ahora en susurros.
—Te estoy haciendo un favor ¿y encima me hablas así?
—¡Jasper!
Suelta un suspiro.
—Se trata de uno de los secuestradores, Edward —dice con la voz enronquecida— Uno de los secuestradores se entregó a la policía.
—¡¿Qué?! —exclamo. Echo un vistazo al baño, y Bella sigue sin salir— ¿Quién es?
La ira crece de algún lado de mi cuerpo, incapaz de reconocer.
—James Witherdale. ¿Te suena? —jadeo y me dejo chocar contra la pared— dice que está dispuesto a delatar a los demás y relatar su testimonio si le consiguen un abogado.
James. James. El guardia de seguridad.
—Mierda —me paso una mano por la barbilla— Voy para allá.
—Edward —interrumpe. Estoy saliendo de la habitación— son tres en total. Él mismo lo ha dicho.
Muchas no van a estar de acuerdo con la decisión de Bella, pero me guío en lo que ella debe sentir. Tal vez, lo que haría yo en su lugar. Lo digo porque cada una de nosotras tiene opiniones diversas sobre el aborto, lo sé, es un tema delicado. Sin embargo, no podía ser de otra manera, de verdad. Es una violación. Violación.
Ahora, a muchas les cae mal de presencia Ángela ¿verdad? ¿que opinan de su visita?
Y por último siii, esto se va a ir destapando. El primero en caer es James ¿pero otros dos? ¿Quiénes? ¿Es él el que está detrás de todo esto u otra persona?
Prometo intentar no excederme en esto y no dejarlos metidos en el suspenso hasta el último capitulo, por eso he soltado al primer caído.
Es un capi cortito esta vez, pero nos leemos prontito!
Besos
