Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi propiedad.


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Aro rodea la mesa cuadrada de olivo, mirando fijamente los ojos azul cielo del secuestrador. Parecen bastante genuinos, pero no del todo.

Si por él fuera ya le hubiese propinado una patada en la ingle, sin embargo, su ética profesional se lo impide. Piensa en lo que haría si Isabella fuese su hija. De hecho, eso lo impulsó a tomar el caso, porque también tiene una hija de su edad y porque nadie merece que le priven la libertad sin haber cometido un delito.

—¿Dónde está mi abogado?

—Dejémonos de payasadas.

James resopla— Dije…

—Aquí las reglas las pongo yo, no tú. No es mi problema si no quieres hablar, de todos modos, irás a la cárcel y pagarás por todos tus compañeritos prófugos.

Los ojos de James se agrandan, y Aro se permite una sonrisa de arrogancia, girando el boli negro con los dedos.

—¿Cuánto arriesgo?

—Más de lo que tu perversa cabeza se puede imaginar. —sacude la mano en el aire— Vamos, habla. No tienes nada más que perder.

James no levanta la cabeza.

—Tengo mucho que perder.

—¿Entonces por qué te entregaste?

—Porque alguien debía saber que cumplo con mis promesas.

—¿Amenazaste con entregarte?

—Sí

—¿Por qué?

—Porque estoy cansado.

Aro no tiene tiempo para ese tipo de respuestas.

—Dime por qué secuestraste a Isabella Swan.

—Yo no lo hice. Nunca planee nada de esto —contesta con seguridad— Yo ayudé, que es diferente.

—¿Ayudaste a quién?

—Al cabecilla.

—¿Y quién es el cabecilla?

—Amigo, vas demasiado rápido.

—¿Por qué el cabecilla querría a Isabella Swan? ¿Por qué la secuestró?

James agita la pierna arriba y abajo, mordiéndose el dedo meñique.

—Por venganza. —vuelve a mirar a los ojos del secuestrador y algo en él le dice que no miente— Por odio, por rencor.

—¿Por qué? —encoje los hombros— ¿Estás diciendo que Bella hizo algo contra el cabecilla y por esa razón la secuestró? ¿Para vengarse?

—Es que ese es el problema. —dice, apartándose el pelo de la cara— Bella no hizo nada.

El detective suspira abatido. Respuestas así sin sentido es de todos los días.

—¿Qué hay de tus compañeros? Dijiste que son 3.

—Es relativo.

—Por Dios, ¿qué demonios dices? No estamos aquí para tus despistes. Será mejor que hables, James, el único que sale perdiendo aquí eres tú.

—Yo no voy a hablar. Bella lo hará. —dice con convicción— No ha dicho una sola palabra durante años y el día que hable, no habrá nada en el mundo que la pueda hacer callar.

—Ustedes la utilizaron. Si no hablaba, entonces salía. Eso es chantaje, señor Witherdale.

James mueve su cabeza.

—Le vuelvo a repetir, señor Vulturi. Bella es la única que puede decir quién fue. Yo no lo haré.


Capítulo 7

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Doy vueltas por la habitación mientras Aro nos explica todo lo que debemos saber con respecto al procedimiento. No tengo cabeza para pensar en nada que no sea James Witherdale. Jamás en mi vida he deseado matar tanto a alguien como ahora.

La ira crece alrededor de mis puños y Alice los toma para calmarme. Me lanza una mirada de advertencia y seguimos escuchando. Mientras ella me calma a mí, Rose calma a Emmett. Ninguno de nosotros puede creer que hayamos trabajado con este tipo, sin saber las barbaridades que le hacía a Bella.

Y lo peor es que no tenemos idea de quiénes son los demás.

A estas alturas, no me sorprende nada.

—Sigue exigiendo un abogado. Es su condición para hablar. —nos dice Leah.

—¡Que se vaya a la mierda! —escupe Emmett— ¿Encima quiere protección, el muy hijo de puta?

No hay mucho que podamos hacer aquí, así que tan pronto como calmamos aguas, nos retiramos. Las luces en casa están apagadas, y cuido de no hacer ruido con mis pies para ir a la cocina. Con manos temblorosas, saco un poco de ron de una botella y lo ingiero. El dolor que eso produce en mi lengua me fascina, de modo que pongo otro poco en mi copa, y así sucesivamente. El dolor es irreversible. No es tanto el ardor en mi lengua por el trago, sino el dolor físico, el cansancio, las horas interminables de pensar y pensar como un loco. Porque desde que Jasper me dijo que James se había entregado a la policía, no he podido quitármelo de la cabeza, creando imágenes desagradables de él haciéndole daño a Bella. A mi Bella.

Y mientras me hundo en la miseria, me prometo a mí mismo que nadie nunca le va a volver a tocar un pelo. Jamás. Un puto pelo. De pronto, me siento tan miserable, como si acabase de sentir todo el peso de la situación. Desde que Bella apareció, lo único que hago es tratar de levantarla, animarla, infundirle mi confianza. Y no he podido desahogarme en la pena que siento de verla así; destruida, rota, ultrajada. Y tantas otras.

Tal vez necesito dejar de sentirme como el héroe de la película y ser más humano. Llorar si lo necesito. Gritar si lo necesito. Hablar de mis penas con ella si lo necesito. Vamos, también soy un hombre sensible. Necesito mi momento.

Trago el último sorbo y me quedo mirando la transparencia de la copa. De un salto, me doy cuenta que Bella está de pie en la puerta, como un fantasma.

¡Esta mujer nunca va a dejar de espantarme!

—Por amor de Dios, al menos golpea la pared para que no me mates de un susto.

Sueno brusco, pero es el peso del alcohol.

Bella me mira bajo espesas pestañas y sus opacos ojos verdes se quedan fijos en la botella de ron. Algo en su expresión cambia. No sé si es desconcierto o miedo, pero lo último que espero es que se enoje y lance la botella de ron a la basura.

—¡Oye! —exclamo sorprendido— Bella, esa botella costó un dineral ¿lo sabías?

Me acerco hasta ella y retrocede, abrazándose a sí misma. Estoy completamente anonadado por su mirada de odio, como si yo fuera el mismísimo lucifer. Sus labios tiemblan de anticipación, y no tengo tiempo de decirle nada más porque desaparece corriendo de la cocina.

¿Qué demonios?

La sigo hasta su cuarto, pero le ha puesto perilla.

—Bella, ábreme la puerta. —mi corazón late apresurado, y no ayuda en nada que ella no conteste. ¿Y cómo espero que conteste, de todos modos? Vuelvo a tocar— Bella, abre la puerta. No puedes tener la puerta con perilla, especialmente tú.

Toco, toco y toco. Nada. Vuelvo a tocar, desesperado, pidiéndole que abra la puerta. En algún momento mi voz se alza, y me maldigo internamente.

Leticia llega al pasillo, mientras mi voz se vuelve enronquecida.

—¿Qué diablos te pasa a ti? —lleva puestas sus pantuflas de perro, y sus ojos se achican por la luz— Edward, ¿estás borracho?

Me echo hacia atrás.

—N-no. Por supuesto que no.

Niega con la cabeza.

—¿Por qué golpeas la puerta de Bella?

—Porque está encerrada, Leti, con perilla. Y no me quiere abrir.

—¿Y cómo quieres que te abra la puerta si estás borracho? —inquiere con enfado— ¡Las estás asustando, bobo! —parpadeo y miro a los ojos de Leti. Parece que se estuviera moviendo de allá para acá, pero es solo mi imaginación. Empieza a tocar por mí— Bella, soy Leticia. ¿Por qué no me abres? El idiota de mi hermano no es capaz de matar una mosca estando borracho, así que, si osa hacernos algo, te prometo que entre las dos nos las arreglamos para sacarlo a patadas.

Resoplo ante sus palabras y espero hasta que Bella le quita la perilla a la puerta. Voy directo a entrar, pero Leti me golpea el brazo.

—Anda a la cama, que bien que te hace falta. Yo me quedo con ella. —soy incapaz de moverme— ¡Vete!

Las duras palabras de mi hermana hacen contacto con mi cerebro, y como un buen chico le hago caso.

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Mi cabeza se parte en tres al desayuno. Mi madre no me dice nada aún si lo sospecha. No es como Leti, que se pavonea de mí hasta que se cansa. Luego, se marcha a la escuela. Sue llega temprano esta mañana, y tan pronto como mi madre se va al trabajo, me preparo para el mío. Me tomo dos Tylenol con abundante agua y anudo mi corbata frente al espejo del baño. Los recuerdos de la noche anterior caen de lleno y miro la puerta entreabierta de Bella. Me pregunto si todavía estará enojada conmigo, y si es seguro pasar a saludarla. Pueden pasar dos cosas si decido entrar: me ignora por completo o me lanza su almohada favorita por la cabeza.

Decido arriesgarme y tocar su puerta.

Ya está levantada y tomando desayuno. No presentarse al comedor para desayunar con nosotros fue el primer indicio de su enojo. Lleva ropa de deporte y el pelo tomado en una coleta, así que pienso que saldrá a caminar con Carmen en cuanto llegue. Ahora están empezando a salir de día, de a poco, para que se acostumbre al sol.

—Provecho —le digo desde la puerta, mientras se termina el cuenco de cereal con leche.

¿Creen que si quiera se voltea a mirarme? No lo hace, está más entretenida mirando la televisión, alguna película francesa que no entiendo.

Me quedo un momento ahí, para ver si, aunque sea me mira de reojo, pero no.

—Que tengas un buen día, Garfield.

Y me voy.

La oficina es un caos cuando llego. Todo el mundo cuchichea las últimas noticias. Ni siquiera los noticieros lo saben todavía. Y cuando lo recuerdo, me golpeo la frente por olvidarme de decirle a Sue que Bella no debe mirar televisión hoy.

Las expresiones de sorpresa no se hacen esperar. Nadie puede creer lo que acaba de suceder. Hay mucha consternación. Incluso Kate, que es la más dura de todos, se muestra dolida de que el guardia de seguridad esté metido en esto.

—Se veía tan buena persona —dice Ángela, agitando las manos sobre su rostro para no llorar— ¿por qué iba a ser algo tan cruel?

Rose suspira y me entrega el manuscrito, preguntando si pegué ojo anoche, ya que ni ella ni Emmett pudieron, y no quise ahondar demasiado.

Kate empieza a aplaudir.

—¡Suficiente de cotilleo, todo el mundo a sus labores, ahora! —grita como si fuese la entrenadora— ¡Edward, Ángela, dije todos!

Incluso en la distancia, puedo escuchar susurrar a Ángela: Dios mío, cuánta altanería.

No puedo estar más de acuerdo.

Al medio día la situación en el trabajo se calma y todos continúan sus quehaceres con normalidad. Para el almuerzo, no tengo apetito, pero Emmett pide una pizza para los tres, por si acaso.

Hablamos un poco de lo que pensamos con respecto a la culpabilidad de James. Emmett piensa que su hermana Victoria también tiene que ver, y que por eso no quiere delatar a los demás. Pero ¿por qué? No me lo explico.

Si James es lo bastante obstinado como parece, entonces morirá en su ley. Labios sellados, o hasta que Bella hable.

—Maldito infeliz —gruño.

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Resulta que James habló en la interrogación, de entre todas las cosas que dijo, dio pistas del escondite en dónde tenían a Bella. Fue una sorpresa darse cuenta que habían estado rondando el lugar por mucho tiempo, sin sospechar que se encontrase una vivienda justo debajo de sus propios pies. Una puerta pequeña cubierta de musgo y césped crecido; entre la maleza y tierra mojada, los detectives lograron dar con el candado de la puerta. Entre forzosos intentos lograron quitarla, llenándolos de una polvareda de moho. No había luz en el interior, pero sí todo lo necesario para sobrevivir. Incluso si no había ventanas, ni nada acondicionado, dudan que los secuestradores la hayan mantenido allí siempre.

Entre las cosas encontradas, había una cama sin hacer, una cocinilla oxidada, un cepillo de dientes, ropa vieja y desgastada, zapatos, una nevera en miniatura, un montón de dibujos y lápices esparcidos por el suelo.

Jasper nos puso en situación con respecto a sus dichos, como que no va a delatar a nadie a menos que Bella hable, que el secuestro es por venganza, etc.

Por la tarde llego a casa agotado y molido. Tantas noticias me tienen colapsado, y lo único que quiero es tirarme a la cama a dormir.

Me apoyo en la puerta de entrada, aguantando la respiración, y pensando en qué motivos alguien tendría para vengarse de Bella, cuando de pronto el melodioso sonido del piano viene a mis oídos. Ese es el piano de mi difunta abuela, que mi madre lo tiene de adorno en la sala desde hace años. Nadie en casa toca piano, ni siquiera yo. Así que, soltando el aire de mi cuerpo, me acerco hasta la sala para ver a Bella tocar el piano junto a Carmen.

El pecho me aprieta de emoción viendo asomar una sonrisa en su rostro mientras toca. Sus dedos fluyen en las notas musicales, y su ferviente agitación crece a medida que la canción culmina. Carmen la felicita, y yo no puedo evitar aplaudir. Ambas se vuelven a mí ante mis aplausos y Bella se ruboriza.

—Maravilloso, maravilloso ¿no es verdad, señor Cullen?

Me acerco sin apartar la mirada de ella, esperando que sonría de nuevo, mas no lo hace.

—Carmen, por favor, no me digas señor Cullen. Solo Edward.

—Como gustes, Edward —se ríe ella— Bella y yo hemos tenido un día muy entretenido. ¿Por qué no le cuentas, Bella? —niega y cierra el piano, visiblemente molesta. Carmen frota sus manos en los hombros de ella y se pone de pie— Voy a ver si Sue necesita ayuda con la cena. Todavía tengo una hora antes de irme a casa.

Se marcha y nos quedamos a solas. Sigue sentada en el piano con la cabeza baja y moviendo los dedos sobre su regazo.

—Había olvidado tus dotes para el piano. —le digo sin acercarme en lo más mínimo.

Bella no tocaba el piano a menudo, pero cuando lo hacía era maravilloso.

Mordiéndose los labios, se pone de pie y pasa por mi lado. Soy más rápido que ella e impido que se vaya jalándole del brazo.

—Tenemos que hablar. —lucha para soltarse y lo hago— No entiendo por qué estás tan molesta conmigo y vamos a aclarar esto. Quieras o no.

Me sigue a su habitación pisándome los talones. Tomo la pizarra sobre la repisa y se la entrego. Con el ceño fruncido, ella se sienta en la cama mirando sus manos. Odio cuando hace eso, pero me contengo de levantarle el rostro. Ni siquiera podemos discutir. Si hablara, sería diferente. Podría gritarme lo que quisiera, pero como no lo hace es frustrante.

—¿Te enfadaste porque me viste bebiendo o te enfadaste porque vino Ángela? Porque no lo entiendo, Bella. Explícame.

Gira el rotulador en el aire a propósito, hasta que al final decide poner fin a la ley del hielo.

«Bebiste»

—Sí, lo hice. Todo el mundo bebe.

«pero no quiero que bebas»

Su rostro acaba de caer. No hay ningún indicio de la Bella animada de la sala hace un momento.

—Bella, mírame —no hablo hasta que se levanta— ¿Pensaste que iba a hacerte daño? —encoje los hombros— Santo Dios, Bells, si lo único que hago es protegerte hasta de tu sombra.

Me encuentro de cuclillas frente a ella, esperando que entienda que dañar es lo último que está en mi vocabulario.

—¿Por qué iba a dañarte a ti, pequeña Garfield? Me paso los días esperando que te decidas a hablarme, por muy insignificante que creas que suene. Estoy esperándolo con ansias.

Bajo esa cortina de inseguridad, Bella esconde el mismo anhelo. Ella no habla, no porque quiera hacernos sufrir a todos, o porque no se le da la gana. No habla porque no puede, porque está demasiado insegura para hacerlo.

Tal cual era cuando la conocí. Al principio cuesta que te ganes su confianza, pero una vez que lo consigues, se muestra como es en realidad; chispeante, alegre, perspicaz. A veces cabezota.

—¿Sabes que recuerdo? Cuando le pedí el taxi a mi padre y recién estaba empezando a manejar, entonces no supe cómo frenar y terminamos arrollando el buzón en casa de Alice. Tú y yo no llevábamos cinturón ¿te acuerdas? Y acabamos en urgencias con tres puntadas en la frente. —le tomo la barbilla, riéndome con el recuerdo— Y tú me gritabas: ¡Edward, nos vamos a matar!

Bella y yo casi nos precipitamos por la ventana a causa del impacto. Mi padre se quería morir por su taxi y la señora Brandon no nos quería ni ver.

»—O aquella vez en que estábamos en tu habitación, seguros de que Mars se dormía como un tronco antes de las diez. Pero resulta que justo esa noche decidió levantarse al baño y tuve que salir por la ventana.

Como el resquicio de una sombra, Bella sonríe. Sonríe recordándolo y si va a sonreír con cada recuerdo, entonces voy a rememorar nuestra historia hasta que decida hablarme.

Pero luego, pasa de reír a llorar en segundos.

Todavía en cuclillas, escucho salir sus incontrolables sollozos.

—Garfield, me encanta que te desahogues, pero me pone tremendamente triste verte así.

Se traga el sollozo a fuerzas y me mira entre lágrimas, todavía un poco molesta.

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Por órdenes de su terapeuta, no le decimos nada a Bella sobre James hasta que Jasper viene a interrogarla, días más tarde. Todos estamos nerviosos por lo que pueda pasar, porque no sabemos cuánto va a querer cooperar esta vez. Sue se va temprano y esperamos a que llegue Carmen para prepararnos. Terminan sus sesiones como siempre, y trae a Bella a la sala.

Jasper ya está aquí, y lo reconoce de inmediato.

—Jasper solo quiere hacerte algunas preguntas, cariño. Ven, siéntate conmigo. —sus sombríos ojos la miran confusos, preguntones. Carmen logra calmarla. Ella es poseedora de su confianza— No tienes que preocuparte por nada.

Se pasa las manos por entremedio de las piernas, nerviosa y ansiosa, viendo a Jasper tomar asiento frente a ella. Por petición de Jasper, no me voy a ningún lado, porque dice que conmigo se siente menos incómoda. Así que, más nervioso que antes, ocupo el único sofá desocupado.

—Bella —pronuncia su nombre fuerte y claro—, sé que sabes que hemos estado trabajando muy duro para que los responsables que te hicieron esto, paguen por todo el daño ocasionado. Pero para eso, necesitamos de tu ayuda. Quiero que sepas que tenemos todo a nuestro favor. Todo para tener un juicio fabuloso. Solo tienes que decírnoslo ¿vale?

Evita su mirada.

—Hemos conseguido un poco de todo para ir requisando y recopilando lo necesario para un buen respaldo. Y lo más importante, es que hemos avanzado a pasos agigantados. —le cuenta, apoyándose en sus rodillas— James Witherdale se ha entregado a la policía hace unos días.

La cabeza de Bella se eleva a toda velocidad. Sus ojos pasan de Jasper a mí y luego a Carmen, para volver a Jasper de nuevo.

Su pecho se agita discontinuo, molestándole el asiento.

—James nos dio pistas para encontrar el lugar en dónde estuviste todos estos años. Él confesó ser uno de los responsables de tu secuestro. —se acomoda, escudriñándola— ¿Es eso cierto?

Debo confesar que me agrada que Jasper utilice un modo de hablar diferente con Bella, tratando de reconfortarla, sin asustarla con su voz de arrogancia, como diría Alice.

Carmen le ofrece la pizarra a Bella, mas no la recibe. No parece dispuesta a cooperar, volviendo a encerrarse en su mundo igual que la mayor parte del tiempo. Cierro los ojos, frustrado y esperándome este episodio. Sin embargo, me sorprende cuando toma una inspiración y asiente en respuesta.

—Bella, escúchame bien. ¿Él fue quién te dejó en libertad?

Los dedos le tiemblan.

«»

—¿Sabes por qué lo hizo?

«No»

Jasper agacha la cabeza a su carpeta, mojándose los labios. Es difícil interpretar su expresión, como si se debatiera entre hablar o no. Bella a su vez, tiene el mismo semblante, aunque ella esfuma la preocupación de querer soltar todo, para esperar a las preguntas.

—Tengo que preguntarte esto. —al segundo en que lo dice, sé lo que viene después— ¿Él abusó de ti?

Incapaz de enfrentar la situación, baja la cabeza. Su rostro se retuerce en una mueca de dolor, confusión, terror y quiero detener esta interrogación porque ella no está preparada, porque probablemente nunca lo esté de verdad. Y antes de que pueda decir nada, Bella contiene el aliento lo suficiente para permitirse un minuto y coger el rotulador de su regazo.

«No lo recuerdo.»

—¿Estás segura?

«»

—Haz un esfuerzo, Bella.

Tarda en responder. Todo ese tiempo doy vueltas por la sala, tratando de esclarecer mi mente y no explotar.

«Ellos me drogaban. Al despertar, nunca recordaba nada.»

«Pero incluso si mi mente estaba en blanco, lo sabía.»

Nadie dice una sola palabra. Aprieto la mandíbula con tanto coraje que me obligo a mantener la serenidad hasta que termine de escribir.

«Bebían mucho. Sabía lo que venía cuando bebían.»

Algo dentro de mí se rompe. Caigo en el sofá a analizar su reacción cuando me vio beber de la botella de ron y lo asustada que estuvo cuando intenté tocarla.

—James dice que eres la única que puede decir quiénes son los que faltan. No te estoy pidiendo que me lo digas ahora, pero si sientes que debes hacerlo, entonces aquí estamos.

Aparta la pizarra. Sus ojos se llenan de lágrimas, y damos por concluida la interrogación.

Antes de que podamos hacer nada, Bella empieza a sollozar, tomando la pizarra con la fuerza de sus manos. Carmen la calma diciendo que la interrogación terminó, pero ella no quiere. Se mueve tanteando el sofá hasta encontrar el rotulador.

—Ella está muy nerviosa. —dice Carmen.

Marca unas líneas negras borrosas y temblorosas, de las que todos tenemos que mirar dos veces para entenderlo.

«Sé de alguien.»

Jasper se sienta de nuevo.

—¿De qué estás hablando?

«Su ayudante.»

—¿Sabes quién es?

«Solo el primer nombre.»

Me paro en seco. Jasper me echa un vistazo y sus ojos regresan a Bella, totalmente hipnotizado.

—Dime el nombre, Bella.

Ella se muerde el labio, agitando el lápiz en el aire, tratando de decidir si escribir es lo correcto. Cuando estoy a punto de pedirle que lo haga, ella traza el rotulador contra la superficie.

Suelto un jadeo.

«Kate.»


Pequeñas cosas vamos descubriendo, solo decirles que estén atentos porque prontito tendremos un Bella Pov y algunas de sus dudas se irán aclarando. Ahora, ¿alguien se imaginó a Kate? Hasta el momento, James sigue siendo uno de los culpables, en el próximo veremos que pasa con Kate.

Gracias por los comentarios del capi anterior y por apoyarme en las actualizaciones.

Que tengan una linda semana!