Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi autoría.


Capítulo 8

Bella POV

—¿Cuántas Kate's crees que existen en la ciudad? —pregunta Edward con temblor en su voz.

Carmen me toma del brazo.

—¿Conoces alguna Kate? —inquiere Jasper con intriga.

No escucho nada más. Carmen me deja en la habitación en completo silencio. Su mirada es de pura compasión. A estas alturas ya no me molesta, porque Carmen me hace sentir segura. Me hace sentir que valgo la pena.

Tan desprotegida me he sentido por años, que un simple tacto me espabila de inmediato.

Después de preguntarme si necesito algo más, se retira, dejándome sola en esta enorme habitación. La primera vez que puse un pie dentro de este lugar me sentí en otro planeta. No estaba acostumbrada a tanta luz ni a tantos colores. Nada de esto existía en mi mundo.

Me dirijo al escritorio en un rincón del cuarto, cogiendo lapiceras y una hoja de papel.

Kate solía llevarme lápices de colores y cuadernos de dibujo. Una vez que gastaba hasta el último lápiz, traía más. Ese era su trabajo; traerme cosas. Si no lo hacía, no le pagaban. O eso es lo que siempre le decía James. Lápices, toallas higiénicas, ropa interior. Llegaba vestida como un oso polar para pasar desapercibida. Nunca me dirigió una palabra. No parecía una persona contenta de hacer lo que hacía.

Ella hablaba con James todo el tiempo. A veces discutían tan fuerte en mi presencia que me hundía en el rincón de la cama, deseando que las cucarachas me comiesen. No podía aguantar el miedo y rompía a llorar. Y si James estaba de buen humor, me gritaba que cerrase la boca, sino, me amarraba las manos. Nunca usó cinta adhesiva. Decía que el dolor en mis muñecas sería tan grande que pararía de llorar para que me los quitara. Y así fue siempre. Me consumí el llanto. Me consumí los gritos.

Me consumí la voz.

Nunca tuve la cuenta de los años que estuve encerrada. Después liberada me enteré que fueron once años. No fue una sorpresa, porque se sintió eterno. Así que no sé el año exacto en que dejé de escuchar mi voz.

Mi voz fue apagándose de a poco. Lo oculté entre miles de sollozos que día a día le fueron reemplazando. Al final, uno se acostumbra al silencio. Lo conviertes en lo único que puedes tener para ti, sin que nadie venga a aprovecharse. Solo yo sé lo mucho que hablé sin emitir sonido alguno. Lo mucho que hablo ahora sin expresarme en alto.

Una vez que has perdido la costumbre de hablar, resulta una misión imposible de recuperar.

Y, además, no recuerdo mi voz. Como tampoco sé si estoy preparada para los cambios, porque estoy acostumbrada a esto, a la soledad, a una mísera vida llena de oscuridad y dolor.

Termino de ocupar el lápiz anaranjado, mirando detenidamente al gato de mi dibujo. Tan ensimismada como estoy, que no siento la presencia de Edward en la habitación. Líneas rosadas se extienden en mi muñeca una vez que estiro el brazo para darle el dibujo. Aquellas marcas iban a acompañarme siempre, recordándome la fuerza de las cuerdas de James y los demás.

Edward observa mi dibujo, y una sonrisa comienza a asomarse en las comisuras de sus labios.

—¿Garfield dibujando a Garfield?

Se ríe y sigue mirando el dibujo.

La risa de Edward es lo más humano que he escuchado en mucho tiempo. Ojalá yo pudiese reírme así tan abiertamente.

Mientras pienso esto, Edward reemplaza su sonrisa por un suspiro. Presiona el puente de su nariz con los dedos, cansado.

Por un momento siento demasiada culpa, porque si no fuera por mí Edward no tendría que tener este tipo de preocupaciones.

Me echa un vistazo.

—¿Kate te hizo daño?

Casi por instinto cojo la pizarra de la repisa, sentándome en la cama cruzada de piernas.

La primera vez que Edward me trajo la pizarra, me sentí presionada. Del mismo modo en que me he sentido siempre: obligada a hacer algo. Él quería saber de mí, pero yo no quería que nadie supiese de mí. Reacia a cualquier tipo de comunicación, reacia a recibir ayuda. Sin embargo, los dedos me picaban por escribir. Y me di cuenta que tal vez no era tan mala idea.

Espera ansioso mi respuesta, sentándose junto a mí y pasándose la mano por la barbilla.

«No»

—¿Me la puedes describir?

Una de las muchas cosas que uno aprende de la soledad, es a los pequeños detalles. Y mientras ellos estaban allí, hablando o discutiendo frente a mí, mi único aporte era mirar, aparte de llorar, sabía mirar con atención. Y Kate es de esas personas que intimidan solo por fuera. Ladra, pero no muerde. Su mirada es de autoridad, severa. Nunca una expresión.

En vez de decir todo lo que pienso con respecto a Kate, simplemente digo:

«Joven»

Edward levanta una ceja, así que lo intento de nuevo.

«Rubia»

«Intimidante»

Se lleva las manos a la cara, desconcertado.

«¿La conoces?»

Tiene marcas horizontales en la frente. Esas marcas se las he visto un montón de veces. Parece más viejo cada vez que se pone así, taciturno, abstraído, enojado, triste. Me gustaría dejar de hacerlo sentir así. Me gustaría poder consolarle, aún si soy la menos indicada para hacerlo.

—Algo así —me responde. Estoy en shock.— trabaja con nosotros, al igual que James.

Mis ojos se abren desmesurados. El corazón latiéndome a mil.

—¿Y James? ¿Era muy malo contigo?

Contesto con toda sinceridad:

«A veces sí… a veces no»

James tiene sus momentos. Al menos para mí. A veces llegaba frustrado al refugio, gritando y lanzando cosas, y yo estaba en un rincón de la cama dibujando, mirándolo de reojo, sabiendo que lo habían sacado de sus casillas de nuevo. Esos momentos eran desagradables, porque él era desagradable. A veces también lloraba y cuando lo hacía, recordaba que yo estaba presente. Y en algún punto de la historia, después de todos los años en los que estuve ahí, se desahogó. Aprovechó que no hablaba para emitir juicio. Me lo contó todo. Me contó por qué estaba acá y por qué de pronto se sentía frustrado porque hacía de todo sin obtener nada a cambio.

Sentí que le odiaba más ante ese hecho. Quería gritarle que era estúpido, ingenuo y otra vez estúpido.

Pero sentía tanto miedo que seguí callándome.

No pasaba nada con el James llorica.

El problema era cuando llegaba el otro.

Bebían, reían, y sus miradas alcoholizadas se dirigían a mí.

No recuerdo cómo ellos me drogaban, solo sé que despertaba tan desorientada y mareada que no podía levantar la cabeza de la almohada. Había un dolor punzante en mi entrepierna. El nacimiento de un segundo corazón en mi centro. Por mucho que hiciese esfuerzos para esfumarlo de mi cabeza, estaba ahí. Me negué a creer lo que hacían conmigo hasta que el detective Whitlock me dijo que estaba embarazada.

Muy ingenuamente pensé que no se habían atrevido.

Sentí una vida que no era mía dentro de mi estómago. Una vida que no busqué y que tampoco me buscó. Éramos dos almas inocentes llevadas por el bodrio de destino que nos tocó. Mi cabeza fue un barco en plena tormenta eléctrica. Por un lado, estaba Mars en mi mente, día y noche. Apenas cerraba los ojos la veía, y ella me decía que no lo hiciera, que no me correspondía decidir. Pero por el otro, estaba yo, preguntándome qué es lo que quería.

Y lo hice. No fue fácil; fue doloroso, traumático, porque es a tu cuerpo al que están volviendo a tocar, cuando lo único que quieres es que las manos de todos estén lejos de ti.

Desde aquel día, Mars dejó de aparecerse cada vez que cerraba los ojos.

Mi cuerpo siempre rechazó a uno de los dos. Mi inconsciente lo sentía. Puede que solo uno abusara de mí, no lo sé. Pero lo que tengo claro es que él me daba terror.

Mike Newton.

Alarmante, ojos desquiciados y enfermizos. Él no era como James. Él no me contaba sus cosas. Mike llegaba y me amarraba las manos, los pies, entonces se sentaba en un sofá a fumar. Pasaban horas antes de quitarme las cuerdas y hablarme sucio al oído. Mi estremecimiento por sus palabras le incitaba a más, porque el muy estúpido creía que generaba en mí deseo, cuando en realidad era rechazo. Sus dedos ásperos trazaban mi barbilla, buscándome y expulsando su aliento a tabaco en mi boca.

A ti te gusta esto susurraba Admite que eres tan perra como todas.

Luego llegaba Kate, y él se marchaba. Con ella no me aguantaba las lágrimas, y aprovechaba su falta de interés en mí para desahogarme tranquila.

.

Edward me visita en la habitación tres veces esta mañana. Han pasado dos días desde que Jasper vino a interrogarme, y siento el ambiente tenso desde entonces. Sue no me deja ver televisión y Carmen insiste en que confíe en ella para decir alguna palabra en voz alta. Ha comenzado a traerme cuadernos de primaria, como si a mí se me hubiese olvidado el abecedario. No sé si esta mujer recuerda que escribo en una pizarra, por lo que leer y escribir ya lo sé.

También ha empezado a modular correctamente en presencia mía. Mueve la boca con tanta gracia que me sonrío por dentro. Intenta que lo haga también, pero nunca lo hago.

Todo a su tiempo, Bella me dice siempre.

Esa tarde escucho ruidos por la ventana y aunque Sue trata de cerrar las cortinas, puedo ver perfectamente a una mujer de mediana edad llorarle a Edward y a Esme. Sue insiste en que regrese a la cama para darme la cena, pero me quedo ahí de chismosa, tratando de recordar el rostro familiar.

Poco después recuerdo que se trata de la misma mujer que me llevó hace meses al hospital, de nombre Sasha.

Ella está llorando y cubriéndose la cara con las manos.

Edward sacude la cabeza y Esme pone una mano en el hombro de Sasha, y minutos más tarde se marcha.

Luego de cenar me llevo la pizarra al regazo y salgo de la habitación. Sue ya se ha ido a casa, y Esme ha salido con Leticia. Edward está en el sofá de la sala, tomando una taza humeante de café y rellenando papeles de trabajo. Me acerco sigilosa hasta él. Entonces le doy un buen susto. Nunca lo hago a propósito, pero tampoco puedo hacer algún gesto con la boca.

—Cielo santo, Bella, siempre lo mismo. —se queja, y un momento más tarde su rostro se suaviza— ¿Qué pasa, cariño?

Después de intercambiar palabras en clave, me entero que Sasha es en verdad la madre de Kate.

Qué ironía.

.

Días más tarde, Emmett me trae flores. Siempre me trae flores. La habitación sería más una florería si Esme no se hiciera cargo. Él nunca me pregunta como estoy, siempre asume que estoy bien, y es una de las cosas que me gusta de él, porque no se anda con rodeos. No me mira con lástima como la mayoría de la gente. Incluso diría que más que Edward. Me trata igual que los demás, y a veces siento que no ha pasado el tiempo.

Alice es parecida a Edward. Su intención no es hacerme sentir especial, pero lo hace de todas formas. Me mima lo bastante para que termine exhausta. Y Edward, por mucho que me guste tenerlo conmigo a cada momento, me frustra, puesto que me trata como a un bebé.

Yo no quiero que me trate como un bebé. No quiero que me vea como tal.

No quiero parecer un bebé indefenso delante de la gente.

Menos de Ángela.

Aunque ella parece una niña de cuatro años ansiosa por un juguete.

Desesperante.

Edward interrumpe la conversación de Emmett sobre la música actual, pidiéndole un momento a solas conmigo. Emmett sale sin problemas, y muevo las puntas de los dedos de mis pies para tranquilizarme. Otra vez tiene esa línea en el entrecejo.

Se sienta en la cama y toca una mecha de pelo castaño sobre mi frente.

—Tengo que decirte algo.

Mi cabeza quiere responderle "Adelante" pero solo asiento con la cabeza.

—Hace semanas Jasper encontró ropa de mujer en el bosque, la que resultó ser algunas de Kate. Ella está detenida en este momento y la policía necesita que vayas a identificarla.

Todo lo que mi cerebro repite es: no quiero, no quiero, no quiero, no quiero.

Niego con la cabeza, repetidas veces.

—Bells, es necesario. Es muy necesario.

Cuesta que me convenza, y dudo un momento mientras me subo al auto. Soy un remolino de pensamientos turbios ante el reencuentro. Se me revuelve el estómago de ansiedad. Esme toma mi mano en el asiento, regalándome una sonrisa con ternura. Cuando llegamos, Carmen nos está esperando en la entrada principal. Se ha puesto ropa formal y lleva su libreta habitual para anotar todo lo que hago.

Me hago un ovillo en el asiento, apartando el rayo de luz de la ventana.

Cuando estaba encerrada, el único rayo de luz que veía era cuando entraban y salían por la pequeña puerta de madera. A veces me sacaban de ese lugar con los ojos vendados, y solo podía ver el resquicio de la luz por las orillas. El lugar al que iba era menos desastroso de lo acostumbrado. Era una habitación sin ventanas, pero con aire acondicionado. Se trataba de una casa. Pasaba allí un buen tiempo porque James decía que en el refugio tarde o temprano iba a morir. Y aquella persona me quería viva. Por eso Kate me traía todo lo necesario. Por eso había aire acondicionado.

Porque alguien me quería viva.

Muchas veces desee poder asfixiarme por la falta de aire en el refugio. Muchas veces me puse a rezar, no para que fuesen a rescatarme, sino para morir.

Le pedí a Dios un poco de consideración. No pedía demasiado.

Después de un tiempo, regresábamos al refugio, en medio de las cucarachas.

.

Alguien me dirige a un cuarto oscuro y con un enorme ventanal. Lo único que escucho es el latido de mi corazón.

Espero hasta que otra persona ingresa con una mujer rubia y de mal aspecto. Mis ojos se adaptan al color de su pelo, como también a su rostro, que, aunque está agachado, puedo verle perfectamente.

—Enderézate, Denali.

Sus ojos pronto suben hasta que nos encontramos. El reconocimiento es inmediato por ambas partes. En cuanto me nota, trata de bajar la cabeza, pero es demasiado tarde.

—¿La conoces? —me preguntan— ¿Es la Kate que recuerdas?

No tengo idea cuán desesperada estaba esta mujer para decidir ser cómplice de algo tan vil como un secuestro. No importa que no me haya hecho daño, yo necesitaba ayuda. Y ella no me la brindó.

Asiento a la pregunta.

—¿Es ella el cabecilla?

Niego.

En el corto tiempo que estuve dentro, fue suficiente para sentirme agotada. Edward está de inmediato junto a mí, tocándome y preguntándome si me siento bien. Él nunca me toca con otras intenciones, o por lo menos no lo siento de esa manera. Su preocupación es evidente, sus ansias de verme recuperada, es más de lo que quisiera yo misma.

Y mientras me deleito por sus ojos angustiosos y llenos de impotencia, veo a Ángela. De pie detrás de él, mirándome como si yo acabase de llegar de una Guerra.

—Nena, nos vamos a casa.

Algo en mí cambia. Me suelto de su agarre, desconociendo a la Bella débil de siempre y camino lejos de él hasta el auto. Podría seguirme los talones si no fuera porque Ángela le toma del brazo. Ruedo los ojos y Esme se da cuenta, encogiendo los hombros, como si, al igual que yo, no le gustase Ángela.

No odio a Ángela, pero no puede caerme bien su presencia. No le compro su juego de niña mimada. Y tampoco sé lo que siento. No sé si me he quedado en el pasado o qué. No veo a Edward como una posible conquista. No veo a nadie como una conquista para mí nunca más. Entonces no lo entiendo.

Tal vez una parte de mí siente envidia que Edward haya tenido la suerte de seguir adelante. Tal vez estoy celosa porque él pudo tener novias después de mí y yo no pude tener novios nunca más.

Tampoco me veo en un futuro teniéndolos de todos modos.

.

Al día siguiente no me comunico con Edward. Trata de darme conversación, pero le ignoro girándome en la cama. Al final, suspira y me besa en la frente, deseándome un buen día.

Carmen me cuenta que Kate sigue detenida. Que James no ha querido decir ni una sola palabra. Kate dice que no conoce al cabecilla, que a ella la contrató James.

Y eso es cierto. Por eso siempre estaban juntos. A diferencia de Mike, que era contratado por el otro.

Todo el mundo cree que son tres los involucrados.

Pero yo digo que son cuatro.

Yo puedo asegurar que son cuatro.

James dijo que eran tres, pero él jamás lo delataría.

—Tienes visita, Bella. —me dice Carmen.

Incluso sin llegar a saber de quién se trata, mi vello se eriza. Es como si en la distancia pudiese reconocerlo. Carmen le sonríe y nos deja a solas.

Empiezo a respirar con intensidad, recordando tantas cosas.

Es tu culpa, Bella. Siempre es tu culpa. Decía.

Sus ojos son peores que los de Mike. Sus ojos son como los de un demonio. Puedo ver el odio que me expulsa, puedo sentir las ganas que tiene de ahorcarme con las manos. Nunca lo entendí. Jamás me atreví a preguntarle por qué me odia tanto.

Pero hay tanta sed de venganza en su mirada que puedo apostar a que tiene motivos que yo no sé todavía.

—¿Nunca te he dicho que me gusta tu nuevo corte de pelo?

Acerca su mano y me encojo igual que un caracol.

—Fuiste lo bastante inteligente para delatar a Kate, Bella, antes que a Mike. Por razones obvias —esboza una sonrisa— Buena chica.

Lágrimas se asoman en las esquinas de mis ojos. Una fuerza descomunal se hace presente en mi garganta. Jamás he querido gritar tanto como ahora.

Por supuesto, si delataba a Mike, él le echaría la culpa sin pensarlo.

—Oye —susurra acercándose a mi rostro, nariz con nariz casi rozándose— No te imaginas lo que te pienso hacer si osas delatar a Mike. ¿Me escuchaste? Si Mike cae, yo caigo. Y no queremos eso ¿verdad?

Niego y derramo una lágrima.

—Vamos, Bella, las chicas valientes no lloran. —Vuelve a tocarme y le aparto la mano.— Mientras sigas con el trato de no hablar, todo va a estar bien.

Cierro los ojos.

Cuando James me dejó libre, lo hizo pensando en esto. Él quería demostrarle que ya no estaba a su disposición, que estaba cansado de seguir siendo el otro. Porque James está locamente enamorado. Y se dejó guiar por la ceguera de un amor no correspondido, de un amor interesado. Él no va a delatarle por muchos motivos que tenga para hacerlo. Por eso aceptó ayudarle en mi secuestro.

Y Kate, que por necesidad de dinero optó por tomar la oferta de James sin pensar en las consecuencias, sin saber que ya no podría salir de esto.

Mike, no me sorprendería que lo haya aceptado solo para hacer daño.

Una por necesidad, otro por maldad, el último por amor.

Todos guiados por la misma persona.

Los ojos inertes de Rosalie me escrutan.

—Así que, cariño, espero que no quieras meterte en más problemas. Lo digo por tu bien. Y de verdad, considérame tu amiga.

Quiero vomitar.

A Rosalie la ubicaba, mas no la conocía lo suficiente. Sin embargo, el día en que ella y James me metieron dentro del auto, supe que ella no me veía como una desconocida. Rosalie me conocía. No sé de dónde. Y su rostro se desfigura cada vez que me tiene cerca. Mucho tiempo creí que a lo mejor era un malentendido, que me estaba confundiendo con otra persona, pero sabía cosas de mí que nadie más podría.

Y ella está casada con Emmett.

Y ella está cerca de Edward y Alice todo el tiempo.

Y yo no puedo hablar.

Pasa las uñas de tono pastel por las marcas rosadas de mis muñecas. Con una sonrisa maliciosa, se levanta de la cama, justo cuando Carmen nos interrumpe.


¡Chan!

En estos 8 capítulos hemos tenido el suspenso de quiénes pudieron hacerle esto a Bella, alguien tan malo que ideó un secuestro que la privó de tantas cosas. Ahora sabemos que se trata de Rose, y de aquí en adelante, quedará la duda de por qué razón Rose hizo lo que hizo.

A este fic todavía le queda cuerda, así que espero que sigan aquí y me cuenten sus teorías.

Por supuesto, hay muchas cosas por saber, pero todo a su debido tiempo.

Mil gracias por sus comentarios y por seguir la historia cada semana. Me hacen muy feliz!

Besos y hasta el próximo