Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi autoría.


Capítulo 9

Edward POV

Me encuentro a Rose de salida cuando llego a casa.

—¡Ed! —exclama con una mano en el pecho— ¿Qué haces aquí?

—¿Será que esta es mi casa…? —miro por encima de su cabeza.

—Ya lo sé, bobo, me refiero a por qué estás aquí tan temprano.

Sus ojos se alarman.

—Supongo que Emmett no te contó nada ¿verdad? —frunce el ceño— Han cerrado el supermercado.

—¡Qué! —casi grita.

—Es fuente de investigación.

—¿Estás bromeando?

—No, Rose. No sé si te has dado cuenta, pero dos de los supuestos responsables en el secuestro de Bella son tus empleados y los de Emmett.

Se echa el pelo hacia atrás.

—No lo puedo creer. ¿Dónde está Emmett?

—En la oficina. Él…

—Gracias ¡Nos vemos luego! —y se va corriendo, sin permitir que termine la frase.

Le doy un portazo suave a la puerta para entrar. Me dejo adiestrar por la comodidad del sofá, absorbido totalmente por los últimos acontecimientos. Cuando Emmett y yo vimos llegar a la policía, lo supimos de inmediato. Era obvio. El supermercado estaría cerrado un día o dos. Es todo lo que nos dijeron. Y si ya todos en la oficina estaban desconcertados por James, ahora con Kate perdieron la cabeza.

Kate puede haber sido un dolor de cabeza para todo el mundo, pero jamás se me hubiese pasado por la mente que tendría que ver en esto. Ella estaba pidiéndole a Ángela que se pusiera a trabajar cuando la policía llegó. Mike Newton fue el primero en ponerse de pie, consiguiendo un ataque de tos que lo hizo correr al baño. Después que preguntaran por Kate, la nombrada se puso tensa de inmediato. Todavía tengo su rostro desgarrado por la culpa. Habría jurado su inocencia si nuestras miradas en ese momento no se hubiesen encontrado, y todo lo que vi fue remordimiento.

Se formó un tumulto en la delegación. Un grupo de protestantes se fueron en contra de James y Kate, enseñando carteles sobre transgredir la libertad y exigiendo condenas altísimas. El esposo de Kate y su hija estaban allí, tratando de hacer caso omiso a los gritos que las mujeres propinaban en sus oídos. Sentí lástima por Sheila, la hija, porque es como ver a mi hermana Leticia. La madre de Kate vino hablar con nosotros al día siguiente, llorando a mares por lo sucedido.

En la interrogación confesó haber sido partícipe en el día a día del secuestro, mas no de la captura. James la contrató a cambio de una rebosante cantidad de dinero para que se preocupara de traer todo lo que Bella necesitase para vivir. Esto empezó hace ocho años, cuando su esposo Garrett y ella se endeudaron hasta el cuello por la operación de un quiste de su hija Sheila. Consumida por la desesperación y sin lograr que su esposo consiguiera un préstamo, vio en James su única fuente de salvación. Él le ofreció el "trabajito" luego de que esta le contara sus problemas familiares. James le advirtió que se estaba metiendo en un buen rollo, sin embargo, Kate lo aceptó. Los primeros dos años nunca vio a Bella en persona, sino que le entregaba las cosas a James y se marchaba. Tiempo después las reglas cambiaron. Hasta antes de eso nunca supo a dónde iban dirigidas las cosas que compraba, entonces descubrió el refugio en medio del bosque. Por mucho que ella le preguntase a James por qué había una chica encerrada en el sótano, él no le respondía. No tardó demasiado tiempo en averiguar la identidad de la chica. Cerró la boca porque hablar no le convenía a nadie, menos a ella.

Cuando Jasper me contó el testimonio, quería romper todo a mi paso.

—¿Quieres que te sirva la cena? —pregunta Sue desde la cocina.

Desabrocho los primeros dos botones de mi camisa, poniéndome de pie.

—No, Sue, gracias. Voy a darme un baño.

Paso a hurtadillas por fuera de la habitación de Bella titubeando en mis pasos. Todavía no sé por qué está enfadada conmigo. Aunque puedo sospecharlo; a ella no le cae bien Ángela. Asomo la cabeza como si estuviese haciendo una travesura, y la encuentro tumbada en la cama con las piernas reclinadas sobre su estómago. A simple vista parece una estatua de mármol, y mientras más me acerco más tengo esa sensación. A punto de atar la maraña de pelo que tiene sobre la frente, retrocedo. La temperatura de mi mano cambia drásticamente en su cercanía.

Bella arde en fiebre.

—Bella —susurro tomando su cara. Me encuentro con sus ojos débiles y atontados— Diablos. ¿Qué anda mal? Espérame un segundo, no te duermas.

Dios mío, que no se duerma.

Llamo a Sue a los gritos. La ropa de Bella se empapa en sudor, y el cuerpo le arde por completo. Cuando le quito la colcha de encima, esta empieza a temblar de frío. Vuelvo a llamar a Sue, sin recibir respuesta de su parte.

Sus dientes castañetean mientras saco el móvil del bolsillo. Por suerte, mi madre no demora en atender. Explico rápidamente la situación y me pide que respire para hablar más claro. Con suma atención, recibo sus instrucciones para bajarle la fiebre.

Le tomo la temperatura y esta da 38.5.

¿Soy el único que olvidó cómo mierda bajar la fiebre?

Sue no está por ninguna parte de la casa, así que lleno un recipiente de agua bien fría. Cojo toallas limpias del armario y las hundo en el agua. Todavía expulsando sudor por los poros y después de haber escurrido el exceso de agua de las toallas, las coloco sobre su cabeza y otra en los tobillos. Doblo y desdoblo la toalla cada cierto tiempo hasta que sus temblores comienzan a abandonar su cuerpo. Mi madre sigue al teléfono, y luego de un tiempo deja de temblar.

Estoy aclarando las toallas recién usadas en el lavamanos cuando escucho a Sue entrar por la puerta principal. Deja las bolsas del mercado que mi madre le encargó hacer, y le cuento lo sucedido. Preocupada, y con la experiencia suficiente como enfermera, verifica que todo esté bien con ella.

—Qué extraño. Ella estuvo bien todo el día. Vino Carmen a sus sesiones, la visitó la señora McCarthy y luego Carmen se fue sin que haya notado nada extraño.

No se nos ocurre que pudo haberle hecho mal, y más tranquilo ahora, Sue se marcha a casa prometiendo venir temprano mañana. Son las nueve de la noche. Hago zapping con el control remoto hasta encontrar un programa de lucha libre. No soy fanático de este tipo de programas, pero por alguna razón esta noche me siento capaz de golpear a alguien tanto como el mastodonte del ring.

Me imagino a mí dándole de golpes a James hasta sacarle los dientes. Me imagino golpeándole así a la persona que ideó toda esta barbaridad. La congoja me impide respirar. Siento que son tantas las cosas por las que pasamos sin tener tiempo a tomarlas en cuenta. Personas que conozco y que están metidos en este embrollo. Personas que tal vez conozca y que están metidas en esto sin que yo lo sepa. Eso me tiene angustiado, porque siento que todo gira a nuestro alrededor. Un dolor profundo me quema la garganta y me paso los dedos por los ojos con intención de retrasar lo que se avecina, pero del que no puedo escapar más. Sin aguantarlo, rompo a llorar. Lágrimas se disparan desesperadas por mis mejillas, celebrando por fin su liberación.

He querido durante tanto tiempo saber la verdad de Bella, saber la historia real y completa, que ahora que se avecina a pasos agigantados, tengo terror de escucharlo.

No puedo parar de llorar, mi pecho se sacude en sollozos. Aún si estoy manchado de lágrimas, una parte de mí se siente aliviado.

La sedosidad de unas manos pequeñas fricciona mi cara. Con las mejillas rojas por la fiebre anterior, y los labios recién humedecidos, Bella me observa preocupada por mis lágrimas. Rizos castaños revolotean en el aire y sus rodillas raspan el suelo para quedarse frente a mí. Solo lleva un suéter gigante que le cubre el cuerpo y calcetines de vaquita. Sus suaves pulgares limpian mi rostro, asegurándose de no dejar nada a su paso. En completo silencio, me dejo consolar por ella. No tengo que decir nada. Suspirando, no espera tampoco explicaciones mías. En cambio, se inclina para darme un beso en la mejilla. Un beso cálido, pero demasiado rápido para mi gusto. Su gesto es tan noble, que me gustaría responder de alguna manera, y termino adhiriéndome a sus ojos, que no dejan de escudriñarme. Por mucho tiempo nos miramos, y a mí parecer el tiempo se detiene, aunque sea un segundo.

Dándome cuenta de la evidente cercanía, exhalo una bocanada de aire, tocándole la frente con los labios.

—¿Te sientes mejor ahora?

Bella pesca el labio inferior entre sus dientes, ruborizándose y encogiendo los hombros. La empujo hacia mí, para que se siente y acomoda las piernas arriba, en forma de indio.

Se toma de mi brazo y nos quedamos así, pegados el uno al otro hasta que el sueño nos vence. Con la televisión todavía encendida, murmuro un "gracias" cerca de su oído, y no estoy seguro si alcanza a escucharlo antes de quedarse dormida.

.

.

.

A la mañana siguiente me levanto con el ruido proveniente de la cocina. El aroma a tocino y huevos invade mi olfato tan pronto como me enderezo en la cama. Tengo la sensación de haber tenido una noche de juerga, cuando en realidad tuve a Bella dormida en mi regazo la mitad de la madrugada. Mi madre llegó en medio de la noche y la examinó, diciéndome que no me preocupara. Así que, con el brazo dormido por el peso de su cabeza, la llevamos a la habitación, y me tumbé en la mía así sin más.

Me doy una ducha rápida que no tomé ayer y uso lo primero que encuentro en el armario.

Desde el pasillo escucho la voz fuerte de Carmen, así que supongo que Bella ya debe de estar despierta esperando su desayuno. Toco su puerta dos veces antes de entrar. Para mi sorpresa, no encuentro a nadie en la cama. Tampoco en el baño, de modo que mi última opción es la cocina.

Con una coleta echa a las rápidas, y un nudo en la camiseta de deporte, se prepara un té ante la supervisión de Carmen. Agita la bolsita de té dentro del tazón de agua caliente, un tanto dudosa en sus pasos, pero sonriendo. Puedo notar su hoyuelo a pesar de estar a espaldas mías.

—Muy bien, Bella. —dice ésta alentándola. Desde que Bella llegó a casa, nunca se ha preparado nada, ya sea por desconfianza o porque no se le da la gana. Carmen dice que es más por la falta de confianza, que no duda que haya tenido que prepararse comida por sí sola, pero que el mundo exterior es diferente al mundo al que estuvo acostumbrada y eso la frena— Ah, buenos días, Edward.

—Buenos días, Carmen. Sue… —inclino la cabeza hacia la mujer— Bella.

Se lleva la taza de té a los labios, parpadeando como un saludo propio.

—Bella y yo vamos a trotar esta mañana. ¿Te nos quieres unir?

Miro entre Carmen y Bella, agitando los brazos.

—Claro ¿por qué no? Voy a ponerme algo más cómodo y regreso.

Desayunamos junto al silencioso ritmo de Bella, y luego salimos a la calle. Tenemos un día nublado para trotar. Carmen prepara el cronómetro y nos indica que, por ser el primer día, haremos diez minutos. Hacemos ejercicios de calentamiento y a Bella le cuesta mantener la pierna recta sobre la baldosa, quejándose entre dientes mientras contamos hasta cinco. Luego, nos ponemos en posición. En cuanto el cronómetro comienza su partida, echamos andar. Carmen nos guía sin parar de hablar; esa es la forma que tiene de hacerle ver a Bella que hablar no está mal. Habla y habla sin cansarse. En algún punto de los primeros seis minutos Bella se cansa, sus pasos disminuyen y se lleva las manos a las rodillas. Le aliento a que siga, trotando a su alrededor hasta que finalmente continúa.

Cuando faltan treinta segundos para los diez, toma posesión de su corrida y echa andar tan rápido como puede, pasándonos por delante.

Carmen se ríe.

—¡Así se hace, Bella! —le grita.

Toca el farol al final del camino, abrazándolo para detenerse de golpe. Carmen y yo seguimos trotando a nuestro ritmo, y no puedo alejar la sonrisa de orgullo que me produce su repentino optimismo.

Una vez que llegamos, estiro las manos y estas chocan en sus palmas.

De vuelta a casa, Carmen me explica las pequeñas evoluciones de Bella, mientras esta camina delante de nosotros sola y desprevenida. Dice que de a poco va perdiendo el miedo a la calle. Si bien, ya ha salido otras veces, siempre está pegada a sus faldas. Lo mismo conmigo. Y que está llegando a una posición en dónde ya ha agarrado confianza. Sus palabras me llenan de esperanza. Sin embargo, señala que no sabe cómo va a reaccionar en cuanto el juicio comience.

Ya lo había pensado.

Aún quedan algunas interrogaciones más que hacer antes del juicio. Jasper piensa que pueden obtener alguna que otra información relevante de Kate, como conseguir algún nombre de otra persona involucrada, por mucho que insiste en no conocer al cabecilla.

Después de eso, no estoy seguro de cómo Bella puede aportar en el juicio sin hablar. Aunque es lo último en lo que pienso.

Leticia ha hablado con Sheila, la hija de Kate, y dice que el ambiente familiar es un caos, pero que ella y su padre han asumido la culpa de su madre.

La hermana de James, Victoria, no ha dado muchas declaraciones. Ya ha aceptado que él es culpable de la mayor parte del delito, y aun así nunca va a dejar de defender a su hermanito. Últimamente parece una loca dando vueltas por la delegación, esperando ver a James. Mi madre piensa que se le zafó un tornillo.

Las hermanas Denali no defienden nada, se mantienen en el anonimato; Tanya e Irina. Incluso Sasha, que por muy mal aspecto que tengan cada vez que las veo, saben que decir algo puede irse en su contra. A pesar de ello, Sasha siempre me pregunta por el estado de Bella.

A mí me da pena, la verdad, porque no puedo meter a una familia entera en un solo saco por el error de una.

.

.

.

Bella mira con desconfianza el edifico agrietado frente a nosotros. Una línea de confusión cruza su entrecejo, y entrelazo sus dedos con los míos, notando como de a poco abandona su muralla de inquietud.

Los rizos le salen de la coleta, el cual debe moverlos para que no le impidan ver el camino.

Una vez que Alice sale por la puerta, Bella se tranquiliza. El salón de belleza queda justo bajo el viejísimo edificio que casi nadie arrienda ya. Hace años que se convirtió en zonas de comercio, para que la gente no dejase de frecuentarlo. El salón y otras tiendas fueron las primeras en inaugurarse hace varias décadas.

Brinca la escalera hasta nosotros, moviendo su delantal rosa alrededor de su cintura.

—¡Qué bueno que estén aquí! Adelante, por favor, siéntanse en donde gusten. Ya mismo termino el cabello de la señora Nicholson y nos ponemos en ello.

El salón es una auténtica casa de cumpleaños. Hay más globos de los que uno se podría imaginar. Y no es porque Alice deje mucho que desear con respecto a la decoración, sino porque hoy es el cumpleaños de una de las chicas que trabaja con ella: Jessica Newton.

Jessica es la mujer de Mike, quien por cierto trabaja en el supermercado.

Atenta a cada movimiento, Bella no deja de poner atención a la habilidad de Alice con la tijera. A pesar de hablarnos sobre lo muy ajetreada que ha sido la mañana, sus manos se mueven con gracia sin mayor esfuerzo. Al terminar, le da algunos consejos a la mujer y esta se marcha.

Posterior a eso, se dirige a nosotros.

Bella y Alice han estado intercambiándose palabras en clave a espaldas mías. Lo único que sé es que Bella no quiere seguir usando ropa deportiva gris. Y en cierto modo lo entiendo. De las pocas prendas que tiene en el armario todas son de color gris, y eso es porque yo me encargo de su ropa y egoístamente le compré del color que a mí me gustaba. Así que no quiere seguir usándolo, al menos cada día de la semana. De este modo, Alice trajo una maleta repleta de ropa que la gente le dona para la iglesia y que siempre pasa por su inspección por si hay algo que le gusta. Sino, se van de donativo.

Seleccionando algunas prendas al azar, se mete al baño.

Alice se prueba un abrigo encima de su ropa, corriendo a la puerta del salón para cambiar el letrero a cerrado. Me señala la puerta del baño, alzando las cejas y mirándose al espejo.

—Parece otra persona. ¿Lo notaste? —se escucha ilusionada.

—Lo he hecho. Es impresionante. Esta mañana trotamos.

Sonríe y me hace prometer invitarla en otra ocasión.

—Espero que siga así y no decaiga. Ya sabes, se vienen tantas cosas.

Suspira quitándose el abrigo. Sé a lo que se refiere. Es lo mismo en lo que estaba pensando anoche.

—Jasper me dijo que… —Alice baja la voz, esperando a que Jessica se retire para atender el teléfono— Kate sabe de un tercero. Lo confuso aquí es que… ella misma ha dicho que no conoce al cabecilla.

—Se supone que son tres.

—Exacto. Insiste en no conocer su identidad, sin embargo, sabe de otra persona. Eso quiere decir que James ha mentido, no son tres, sino cuatro.

Resoplo— Demonios.

—Sí, lo mismo pensé. A menos que en verdad ella esté tratando de evadirlo y el tercero sí sea el cabecilla, y ella solo esté tratando de desviar lo que importa. —nos ponemos serios— Jasper piensa que…

—¿Es idea mía o pareces muy cercana a Jasper?

Trato de aligerar el tema, porque de verdad no quiero ponerme de mal humor.

La cara se le enciende.

—Somos amigos.

—Oh. Espera un segundo ¿amigos? Vaya.

Rueda los ojos lanzando una blusa al montón de ropa.

—Basta ya. Siempre tienes que ver el lado malicioso a las cosas. —esconde una sonrisa— No me parece extraño ser amiga del detective encargado del caso de mi mejor amiga. ¿Cuál es el problema?

—Yo te voy a decir cuál es el problema. —murmuro con voz lastimera— Tus ojos… brillan ante su mención, como un animalito esperando su comida —sueno teatral.

Ahora coge la blusa y me golpea el brazo.

—Idiota.

Bella no parece muy convencida de muchas de las prendas que se prueba, ya que su sentido de la moda retrocede a más de una década, así que no entiende por qué ciertas cosas se usan. Sin embargo, le gusta su aspecto, porque es colorido. Incluso su rostro se ve menos pálido que con la ropa gris. Estoy sentado en la silla giratoria mirando el reloj a cada rato. Me tumbaría a dormir la siesta si la voz de mi amiga no fuera tan fuerte. Y eso que Bella no habla. Antes, juntarlas era un caos.

Lo último que Bella se prueba es un vestido veraniego ajustado en la cintura. Manga corta hasta el hombro y escote en redondo.

—Te ves preciosa —le digo.

Me mira desde el espejo, justo cuando la puerta del salón se abre de golpe.

Rose trae una caja de facturas dulces en una caja. Alice salta y se la quita, saludándola de beso.

—Me enteré que el supermercado está cerrado, así que pensé que podríamos pasar un rato agradable todos juntos. —dice esta, saboreando el aroma a facturas— ¿Y Emmett?

—Aparcando el auto. —contesta, mirando a cualquier lugar menos a nosotros— Guau ¿Esa no es Bella? —antes de esperar una respuesta, se acerca y toma su mano, girándola en su lugar— Pareces otra persona.

—¿Verdad que sí? —interrumpe Alice, quedándose detrás y haciendo que las tres se miren en el espejo— Se ve lindísima.

Con la llegada de Emmett me siento menos solo. Jessica se va y las chicas siguen seleccionando ropa. En algún momento miro a Bella y su rostro ha vuelto a lucir pálido. Ya no sonríe y agito mi mano para llamar su atención. No duda en acercarse. Pasa los dedos por las marcas de sus muñecas, pellizcándolas sin ser consciente de ello.

Me inclino más cerca.

—Oye ¿te sientes bien?

Su pecho sube y baja palpitante, ni siquiera me presta atención.

Emmett me echa un vistazo.

—Creo que la respuesta es no.

A lo mejor fueron demasiadas cosas en un día y le agobia tanto ruido. Y no olvido que anoche tuvo fiebre.

—¿Nos vamos a casa? —le pregunto. Sigue sin prestarme atención, de modo que levanto su barbilla— Nena, me estás preocupando.

—Oh, ¿ya se van? Pero si acabamos de llegar. —Rose toma a Bella de los hombros, haciendo que esta salte de la impresión— A ti no te hace bien encerrarte tanto, Bells. Deberías salir más ¿no te gustaría?

Asiente a su vez, todavía paliducha.

—Mejor nos vamos. —corto, poniéndome de pie— Tampoco la idea es agobiarla. Ya habrá más tiempo para juntarnos.

Emmett y Alice están de acuerdo. Esta última guarda la ropa de Bella en un bolso, entregándosela y dándole un abrazo.

De camino a casa, no aparta el rostro serio y decaído de la ventana. Ni siquiera se inmuta cuando Sue le dice lo linda que se ve con el vestido. En vez de alegrarse, se va a su habitación, y yo por supuesto, le sigo.

Cierro la puerta detrás de mí y Bella se queda de pie, sin darse la vuelta. Ninguno de los dos decide dar el primer paso. Cuando estoy a punto de hacerlo yo, gira en sus talones. No queda nada del rostro iluminado que vi esta mañana, ni del hoyuelo en su mejilla, ni de las ganas de cambiarse de atuendo. Nada. Y eso es un golpe bajo, porque me gusta la Bella optimista.

Tengo las palabras nadando en mi lengua, y antes de decir cualquier cosa, abandona su lugar rodeándome con los brazos, y por un instante pienso que quiere pegarse a mí. En momentos como estos me sorprende la fuerza que tiene para aferrarse a algo. Y no la detengo. Al contrario, la sostengo abrazada, apoyando la barbilla en su cabeza.


Hoy les traje un capi más livianito (ya era hora) y voy a tratar de no dejarlos con ataques al corazón en cada capítulo como he hecho con los anteriores jajaj

Quiero agradecer los reviews que tuvo el capítulo anterior, fueron 44! Waaa, muchas gracias, me llenan de emoción! Sí que fue un sorpresón tanto por lo de Rose para ustedes como para mí por la aceptación que ha tenido esta historia.

El suspenso sigue, pero al menos, Bella ha tenido grandes mejorías. El problema es Rose, y me imagino que todas quieren entrar al fic y zamarrear a todos para decirles la verdad. Yo también.

Gracias, gracias, gracias. Hasta el próximo!