Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi autoría.
Capítulo 12
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EPOV
Mi cabeza no es capaz de conectar y separar culpables de sospechosos. La idea de que todos nosotros estemos dentro de la categoría "sospechosos" hace que nada tenga lógica para mí. Eso es lo último que pasaría por mi cabeza.
Estamos todos reunidos alrededor de la mesa del comedor, analizando lo que acabo de contarles.
—Se están yendo por la tangente. —dice Rosalie— Jasper y su equipo, se están yendo por la tangente. —repite.
Alice está callada, sentada de pierna cruzada y mordiéndose el labio.
—¿Yo entro en la categoría? —pregunta con duda— No trabajo con ustedes.
—Pero eres cercana, creo que eso cuenta. —opina Emmett en una esquina de la mesa.
La casa es un caos, pero no por lo sucedido, sino porque es Acción de Gracias. Todavía no sé qué hizo Bree para convencer a mi madre de que papá pudiese venir. Tal vez le dijo que a Leticia le haría bien tener a sus padres juntos, aunque sea en una velada familiar. Ninguno se dirige por mucho tiempo la mirada. Mamá le ofrece champán, y él lo acepta. Luego, cada uno se va por su lado.
Tomo una copa de vino tinto, sintiendo el ardor amargo en mi garganta. Alice aleja la reciente conversación, recibiendo tarta de fresa ofrecido por mi madre.
—Lo ha hecho Sue. Le queda riquísimo.
Sue y Carmen tienen el día libre. Carmen vino esta mañana porque la llamé desesperado por Bella.
Ni siquiera quiero recordar la sensación de pánico que sentí al darme cuenta que no estaba en ninguna parte de la casa. Su pijama estaba doblado y la perilla de la puerta movida. Pensé un millón de cosas malas. Y cuando la vi bajarse del vehículo, el aire volvió a mi cuerpo.
Por un momento pensé que la historia se estaba repitiendo de nuevo.
Bree aparece por el pasillo tirando la mano de Bella con ella.
—¡Cha-ran! —exclama, y mis ojos viajan hacia la chica del cabello castaño, pequeña y hermosa en un vestido otoñal rojo y botas negras largas hasta la rodilla. El apenas visible maquillaje resalta el color verde de sus ojos, que por alguna razón hoy han renacido.
—¡Sí! Le pusiste ese vestido. —grita Alice contenta por el resultado. Entre Bree y ella, estaban ayudándole a elegir un atuendo cuando la llamé para hablar.
—De hecho, el vestido lo terminó eligiendo ella. Y me parece perfecto. Se ve exactamente como su nombre, Bella. —opina Bree, pasando los dedos por los rizos castaños de su cabello, hechos con algún rizador de Leticia. A pesar de que Bella ya tiene rizos, no son tan marcados como los de ahora— Para no saber de la moda actual, tiene buen gusto.
La mirada de Bella se clava en mí, y mis articulaciones se disparan. No puedo pasar por alto el roce casi intangible de su boca en la mía esta mañana. Sé que fue producto de la emoción, ya que está confundida en las decisiones que toma y sus actos, y diablos, yo también. Pero es diferente, porque Bella ha estado inmune a cualquier tipo de tacto con otra persona en años, y soy el único que ha estado tan cerca de ella por unos meses, entonces es normal que se siente un poco… atraída. O extraña. O como mierda se diga.
Sonrío para ella, y sus mejillas se encienden como el fuego, ambos apartamos la mirada.
Emmett vitorea, y Rose, al igual que la última vez, se acerca y la hace girar en su lugar.
—Tan cierto con el buen gusto. —le guiña un ojo con picardía— Creo que tenemos gustos similares. A mí también me agrada el rojo.
Mi madre viene con la tarta y les ofrece a las chicas. Estas aceptan gustosas, y mientras Rose regresa con Emmett, Bree y Bella se sientan junto a Alice.
La mesa está repleta de comida; pavo relleno con salsa de arándanos, pan de maíz, puré blanco, pastel de calabaza, judías verdes, tarta de verduras. Tanto para regodearse que es imposible mantener la línea con este apetitoso banquete. De solo verlo ya quedo satisfecho. Todo el mundo toma su lugar. Bree mira entre Rose y Bella, y finalmente le ofrece a esta última sentarse junto a ella, así que está en medio de mi prima y Alice. Leticia en medio de mis padres. Yo junto a Emmett y al otro lado de él, Rose.
Se forma una conversación variada. Nuestras voces se mezclan como el coro en Navidad.
Bree cuenta sus infaltables historias en Roma, recalcando el poco disimulado tono italiano que con los años ha adquirido. Mi padre la escucha, maravillado. Es el modo en que habla con el corazón en cada relato, expresándose con los brazos abiertos, ojos asombrados, sonrisa en el rostro. Ojalá todos nosotros pudiésemos ser así de expresivos.
Luego, hay un instante en que el silencio reina y lo único que se escucha es el ruido de los cubiertos. Bella trocea su pollo relleno, y reprimo las ganas de pararme y cortarlo por ella. Carmen me ha dicho incontables veces que no soy su padre, y que ella puede cortar perfectamente un trozo de carne por su cuenta. Se lleva la porción a la boca, y mastica mientras me echa una mirada. Le guiño un ojo y sonríe con timidez.
En la sobremesa, jugamos a las cartas. Pero Bella prefiere retirarse. Con un asentimiento, se marcha con la sonrisa esfumada de su rostro. Gano la primera partida y me disculpo con los demás.
La encuentro dibujando en el escritorio, concentrada en las líneas puestas sobre el papel. Me apoyo en el tocador, llevando una mano dentro del bolsillo de mi pantalón, esperando paciente a que termine de dibujar. Como eso no parece ser posible, decido alzar la voz de todos modos.
—Tenemos que hablar.
Su concentración no mengua por mis palabras.
—Lo que pasó en la cocina… —cambia el lápiz negro por el verde— Estabas confundida. Fue un impulso. Es mi culpa también, lo siento. —después de un momento, detiene el movimiento del lápiz, parpadeando y levantando su rostro hacia mí— Me dejé llevar también. No pensé… Quiero decir, no te detuve…
Niega con la cabeza.
En vez de usar la pizarra como generalmente, utiliza la misma hoja para escribir.
«Excusas»
Me mira a los ojos.
«No eres tú el confundido.»
—¿Ah…?
«Tranquilo, Edward.»
«Tengo un lío de pensamientos y sensaciones desde que he vuelto a la normalidad»
Me regala una media sonrisa y piensa en algo más.
«No estoy enamorada de ti, si es lo que te preocupa»
Lo cierto es que me deja más tranquilo. Si eso fuese verdad, sería un caos.
Alice surge en la habitación.
—Lamento la interrupción, pero vamos a dar una vuelta a la calle. ¿Se unen?
Bella se pone de pie, siguiendo a Alice como si tuviese seis años.
Me quedo mirando la hoja de su dibujo.
Una mesa gigante llena de comida con ocho personas sentadas, todos sin rostros. Es un simple dibujo, pero con tanto talento. Yo no podría hacerlo.
Lo observo y cuento de nuevo. Ocho personas, y somos nueve.
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Ha dejado de llover, pero tanto el césped como la carretera están empapadas. Y hace mucho frío. Tanto, que a veces mis dientes castañetean. Soy consciente que llevo solo una camisa de franela, sin embargo, la brisa parece impregnarse y burlarse de la tela a expensas mías. La calle rebosa de gente por la ocasión. Se suele hacer lo mismo cada año, y de vez en cuando, sin llegar a conocernos personas se acercan a saludarnos, deseándonos un buen día. Claro que, con el tiempo, esta costumbre se ha vaciado, dejando entrever lastimosamente la poca empatía de las personas a causa de la tecnología.
Leticia enlaza su brazo con el mío.
—Mira a papá y mamá.
Sigo su mirada hacia atrás, y ambos están uno junto al otro, charlando amistosos y riendo sobre lo que no sabemos. Espero de corazón que esta sea la tregua para tanta ley del hielo. Y que Leti pudiese entender que es así como debe ser. Después de un momento, ella se va junto a Bella, que camina sola por delante de todos nosotros. Me he dado cuenta lo mucho que le gusta caminar sola.
En su reemplazo, Bree se une a mí en la caminata, vestida con una chaqueta militar estampada.
—Alice me ha contado lo del giro de la investigación. —comenta precavida— ¿Cómo estás?
No me detengo a pensarlo.
—¿Preocupado? —suena más a pregunta.
—No te culpo —se lleva las manos a los bolsillos. — No llevo casi nada aquí en Denver como para hacer un juicio propio. Pero… —se detiene y la miro— Deberías ver más allá de tu nariz, y fijarte más en lo que Bella pueda decir.
—Bree, Bella no habla.
—Ella habla de diferentes maneras. —responde rápidamente— Creo que deberías empezar a observar más y sentir menos.
No entiendo lo que quiere decir, pero sus palabras de alguna manera se quedan grabadas en mi cerebro.
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Me paso los días dándole vueltas al mismo asunto.
Sigo oponiéndome a lo que Jasper cree. Pero, también me pongo a pensar en otras cosas; todos los trabajadores que han estado aquí desde un principio, incluso muchísimo antes que yo entrara, que no es mucho. Y están los más jóvenes; Seth y Ángela.
Alice sospecha de Ángela, pero creo que es porque no le cae muy bien. A mí me parece una tontería. Ángela tiene veinticinco años. Tendría que haber empezado de muy niña.
El otro más joven es Seth, 16 años.
Me he vuelto insoportable fijándome en cada movimiento de todos en la empresa. De todos. A veces me gustaría dejar de calentarme la cabeza con pensamientos estúpidos, absurdos.
Tan absurdos como que desconfiara de Alice o Rose.
Tamborileo los dedos en el mesón, incapaz de prestar atención a la planificación del día. Llevo el material hacia la oficina de Emmett, donde discute con los distribuidores de Yogurt por el teléfono, alzando la voz y pasándose las manos por el rostro. Hay más ira de lo que alguna vez le vi.
Las palabras de Bree regresan.
Deberías empezar a observar más y sentir menos.
Me siento mal por recobrar ese pensamiento, porque si hay algo que no debería reflexionar, es sobre esa posibilidad.
—Muchas gracias. —gruñe Emmett cortando la llamada— Maldita sea.
—¿Qué pasa ahora?
—Las distribuidoras no quieren seguir trabajando con nosotros. Llevo recibiendo tres llamadas por día de lo mismo, si esto sigue así, vamos a terminar en la quiebra.
No era una sorpresa para nadie saber de dónde venían James, Kate y Mike. El nombre del supermercado comenzó a pasar de boca en boca, hasta el punto de desprestigiarlo. La clientela ha disminuido considerablemente, y Emmett está a punto de mandar todo a la mierda. Su actitud me exaspera, pero supongo que no puedo culparle si su fuente de trabajo está peligrando.
—Cálmate, una vez que esto se resuelva todo va a volver a la normalidad.
Resopla.
—Y ese es el tema. "Cuando todo se resuelva" ¿Quién me dice que eso llegará pronto?
—¿Por qué te preocupa tanto?
—¿Qué por qué me preocupa tanto? Estamos siendo partícipes de una investigación, Edward. Independiente de todo, la gente nos apunta con el dedo.
—Todavía no comprendo por qué te preocupa tanto. Si no tienes remordimientos, entonces no hay nada que temer.
Basta, Edward. Cállate.
—Yo no tengo remordimientos.
—No estaría tan seguro.
Los ojos de Emmett me escudriñan, frunciendo el ceño ante mis palabras. No lo comprende. Rose nos interrumpe, pidiéndole a la nueva secretaria que cancele la reunión de esta tarde. No parece percatarse del altercado hasta unos minutos más tarde.
—¿Qué pasó?
Mis ojos expulsan dagas. No estoy siendo coherente.
—Explícate, Edward. No lo comprendo. —me dice él.
Gruño por dentro y dejo las planificaciones sobre el escritorio.
—No es tan difícil; extrañamente los tres personajes involucrados en el secuestro de Bella, son empleados de este lugar. Contratados por ti. —lo apunto con el dedo— "Uno es casualidad, dos coincidencia, tres una acción enemiga" ¿Lo has escuchado alguna vez?
Emmett se pone de pie.
—Sé más claro, Edward. Ahórrate tus frasecitas.
La ira me consume. La ira nos consume.
—¿Quién me dice a mí que tú no estás involucrado también?
Rosalie jadea. Los ojos de Emmett se abren desmesurados.
—¡Cómo puedes decir una cosa así! —grita él.
—¡Porque puedo! Porque todo esto es confuso. Yo tampoco creo que sea coincidencia que todos vengan de aquí ¿A ti te parece?
No sé cuál de los dos está más dolido, pero algo en mí se rompe. Jamás creí que sería capaz de culpar a un amigo, y al parecer, Emmett tampoco.
—¡Y tu brillante conclusión es que soy yo! ¡Te volviste loco!
—¡No estoy loco!
—¡Basta! —grita Rose.
Pero ya es tarde. Emmett se acerca con el puño levantado y logro zafarme.
—¡Soy tu amigo, maldita sea! —gruñe.
Me siento mal.
—¡Basta ya los dos! —vuelve a gritar Rosalie, poniéndose entre nosotros y tratando de empujarme lejos de su marido— Edward, estás perdiendo la cabeza. No sabes lo que dices… —mira detrás de mí, a la puerta de la oficina—¿Y ustedes qué miran? ¡Regresen a sus labores!
No puedo dejar de mirar a Emmett, porque tal vez estoy cometiendo el peor error de mi vida. Sin embargo, tengo tanta cólera que no hago nada. Aprieto los labios y salgo hecho una furia de la oficina.
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Todavía no puedo creer lo que acabo de hacer. Me he vuelto completamente loco. El arrebato parece ir creciendo a medida que pasan las horas. Sue y Carmen me saludan desde la cocina, sorprendidas de verme tan temprano en casa. Yo no las saludo de vuelta. Mi vista se vuelve roja, y camino directo a la habitación de Bella, que hojea un libro sobre su regazo, concentrada e interesada en la lectura. Mi presencia rápidamente llama su atención.
—¿Qué es lo que quieres decir y no puedes?
Parpadea, intuyendo que las cosas no van bien.
—¿Qué es? ¿A quién no quieres delatar?
Me mira con una mezcla de ansiedad y desconcierto. Mueve la punta de la hoja con los dedos.
—¡Bella, háblame por Dios!
Sigue jugueteando con la hoja, y termino quitándosela de las manos. Mi acción le sorprende o le asusta, no estoy seguro, pero empieza a retroceder en la cama.
—Emmett no puede ser ¿verdad? ¿O sí? —se convierte en la misma chica de hace meses atrás; aturdida, recelosa, asustadiza— Di la maldita palabra, Bella. No es difícil. ¡No es tan difícil! ¡Habla, maldita sea!
No veo venir la almohada en mi cara. La arroja tan fuerte que de verdad duele. Luego otra, y al final, toma el libro que le he quitado para lanzármelo también. Lo esquivo con el brazo. Bella está furiosa. Se ha puesto colorada de enojo, y como no tiene nada más que tirar, va hacia el buró, lanzándome labiales y demás.
Carmen viene en mi ayuda.
—Es mejor que salgas de aquí. —me pide la mujer— ¡Vete, está muy nerviosa!
Salgo de la habitación a toda prisa. Soy un idiota. Me lo repito mientras salgo de casa y entro de nuevo al vehículo. Jamás debí sonar así de prepotente. Jamás debí inculpar a Emmett de esa forma. Jamás debí levantarme esta mañana. Podría haberme reportado enfermo, ya estaba exhausto sin haber empezado el día.
Conduzco hasta que la ira se desvanece. A lo lejos, un auto gris se encuentra detenido en plena carretera. Un hombre de mediana edad hace señas con los brazos. Podría pasar de largo para evitarlo, sin embargo, está en plena carretera, y nadie tiene la amabilidad de prestarle ayuda. Aparco detrás de él.
—Me he quedado sin gasolina. Hay una bomba de bencina a unas cuadras. —me muestra el camino— ¿Me ayudarías a empujar el auto? Vengo de Louisville. Llevo años sin venir a Denver, no sabía que el camino siguiese tan rocoso. Pensé que el cacharrito aguantaría.
—Ningún problema. —me arremango las mangas de la camisa. El hombre enciende el motor y entre los dos empujamos. Se nos hace difícil, al principio el auto ni se inmuta. Una camioneta más atrás se detiene y nos ayuda. El hombre se sube rápidamente al vehículo y entre el otro ayudante continuamos el trabajo. Minutos más tarde, el auto comienza a avanzar.
Se baja y nos da la mano a ambos. El chico se marcha, y nos quedamos nuevamente a solas.
—Dime cuánto te debo.
—No, nada. No hay problema.
—Pero me has ayudado.
—Sin esperar nada a cambio. De verdad, vaya tranquilo.
El hombre lo agradece. Me vuelve a dar la mano, en señal de agradecimiento.
—¿Un gusto…?
—Edward.
—Un gusto, Edward. —saluda amistoso— Soy Charlie.
Nos despedimos, y él se marcha en el cacharrito. Lo veo girar hacia la bomba de bencina, mientras regreso al vehículo.
Si todo va bien, mañana igual habrá actu
Voy a tratar de responder los reviews del capi anterior más tardecita (acabo de llegar) pero quiero que sepan que siempre las leo!
Estos capis que vienen son claves, mucha atención.
Gracias por estar, por leer y por supuesto, comentar!
Besos y hasta mañana
