Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi autoría.
Capítulo 13
.
Antes de marchar, me doy cuenta que hay un manojo de llaves en el suelo. Me bajo del auto creyéndolas mías, pero no. Supongo que deben ser del hombre del cacharro. Las giro en mi mano, esperando para ver si regresa por ellas. Como eso no sucede, decido guardarlas en el compartimiento.
Vuelvo a casa más tranquilo.
Carmen me dice que ni se me ocurra entrar a la habitación de Bella, ya que sigue muy enojada. Y empieza a regañarme.
—¿Cómo se te ocurre hablarle de esa manera? Ella todavía se altera con las voces, y su impulso es defenderse como lo hace. No puedes permitir que comience a desconfiar de ti, ahora que ha estado tan bien consigo misma.
Me apoyo en la pared. Carmen está muy molesta conmigo.
—Lo siento. No era con ella mi enojo, pero da igual. Ahora tengo que ver cómo arreglo esto.
Cruza los brazos con el ceño fruncido.
—Pues espera y arréglalo. Yo tengo que irme a casa. Le di sus medicinas e hicimos algunas actividades por la tarde. —cierra su bolso de mano— Por favor, no la fastidies de nuevo.
—No lo haré.
Sue encoge los hombros, tan pronto como Carmen se va.
Llamo al teléfono de Alice y le cuento lo sucedido. Al igual que Carmen, me sermonea. Creo que, si pudiese haberme golpeado por el teléfono, lo haría. Sin pensárselo mucho, me dice que la espere en casa. Bella no sale de su habitación. Las únicas excepciones son cuando Sue entra para darle la cena y por Leti cuando quiere hablar con ella. "Asuntos privados" dijo que se trataba, y no me entrometo.
Alice llega, y continuaría su sermoneo si no acabara de advertirle que no lo hiciese. Junta los labios y asiente, dejando su cartera a un lado y sentándose junto a mí en el sofá. Le explico todo desde un comienzo; como me levanté con el pie izquierdo, la pelea con Emmett, lo que gatilló el enfado de Bella.
Alice sacude la cabeza sin poder creérselo.
—Lo que me quieres decir es que culpaste a Emmett porque has tenido un mal día… —Suelto un jadeo.— Bien, no te puedo culpar. Todos estamos muy nerviosos con esto. A mí me tiene loca esta situación, pero eso no quiere decir que vaya a enfadarme con todo el mundo sin motivo.
—Emmett debe querer matarme.
—La verdad es que si estoy en sus zapatos también querría matarte.
—Gracias.
—No hay de qué.
—Pero tú sospechas de Ángela.
—Y no se lo ando restregando en la cara, Edward, porque no tengo pruebas que lo ameriten. Nunca dije que lo fuera, de todos modos.—Le tengo una envidia sana a Alice porque siempre tiene algo que decir— Voy a hablar con Bella, a ver si quiere ir conmigo por un algodón de azúcar. Le ofrecería un helado, pero creo que va a llover. —antes de ponerse de pie, pone una mano en mi brazo— No estás invitado, por cierto.
Pongo los ojos en blanco.
.
.
.
No regresan hasta una hora más tarde, cuando el sol se cuela detrás de los árboles. Bella se despide de Alice y entra a la cocina para estar con mi madre y Leticia.
Por la mañana, Alice vuelve a venir, y salen a hacer deportes con Carmen.
Durante la semana, Aro nos convoca a una interrogación en privado.
No fue tan difícil como imaginé en un principio. Preguntas simples para respuestas simples.
En el trabajo, Emmett y yo no nos dirigimos la mirada. Tampoco comentamos la interrogación, y Rose habla conmigo para que arreglemos las cosas.
—Admite que a veces eres idiota.
—Nunca dije que no lo fuera.
—Al menos estás claro. —me entrega una taza de té caliente— Oye, habla con Emmett. Las cosas se resuelven conversando. Con-ver-san-do.
No resuelvo nada ese día. Emmett me evita. Y yo también. Puedo soportarlo por unos días. Lo que no puedo soportar es que otra persona me evite a propósito.
Lleva tocando el piano tres días seguidos. Sus dedos parecen sacados de una película, moviéndose agiles en el teclado.
El piano la transporta, la relaja.
La escucho escondido detrás de la puerta hasta que la canción acaba. Por el rabillo del ojo puedo verla cerrar el piano y guardar las partituras. Una vez que se dispone a ir a la habitación, salgo de mi escondite.
Suelta un grito que se escucha hasta en júpiter.
—Por suerte sigues gritando. —le digo.
Me pone mala cara. Antes de que trate de zafarse de mí, inmovilizo el paso poniendo un brazo en el umbral. Su barbilla queda por debajo, y gruñe.
—Dame cinco minutos. —pongo mi mejor expresión de humildad— ¿Por favor? —tengo que moverme para que pueda mirarme a la cara— Bella.
Baja la guardia y suspira. Indica con la barbilla el pasillo.
—Garfield, no he querido ser grosero contigo. Por favor, discúlpame. —le pido, entrando a su cuarto detrás de ella— Fui un completo idiota con todo el mundo ese día. La única cosa buena que hice fue ayudarle a un hombre a empujar su auto. —rio sin gracia— pero no quiero que mi estupidez dañe tu confianza hacia mí. Ni que sigas enfadada de por vida conmigo.
Veo el cruce de su enfado hacia mí, pero también veo rendición. No sabe qué pasos dar. De modo que opto por darlo yo. Dudando si va a alejarse o no, me muevo y la tiro a mis brazos. Huele a jabón de yogurt y arándanos, el mismo que usa Alice.
—¿Me disculpas? —pregunto alejándome un poco— ¿O quieres hacerme pagar con algo?
Bate sus largas y espesas pestañas, pensando en algo. Una sonrisa traviesa cruza su rostro, y soplo de alivio.
.
.
.
Diablos.
Con la cantidad de golosinas y sopas de sobre en el carrito, terminaré en banca rota. A Bella no le importa. Tira cosas al azar sin siquiera mirarle el precio. Gimoteo y espero que no se vaya a la sección de helados. Error. Trae dos potes, gigantes, de chocolate nuez y chocolate avellana.
—Creo que deberíamos pagar todo esto antes de que las cajas se llenen…
Niega con la cabeza, tirando el carrito con ella. Con un suspiro, la sigo devuelta. Después de un cuarto de hora, por fin hemos salido del supermercado.
Cuando le pregunté a Bella si quería que pagase con algo mi comportamiento, no pensé que se trataría de esto. Las bolsas pesan en mis manos, y ella camina delante de mí, agitando su cabello al viento.
Guardo nuestras compras en el maletero, reorganizando los espacios y cerrando de un golpe la puerta. Bella ya se ha puesto el cinturón, y se mira las uñas.
—Vas a volverme loco. —le digo en cuanto me subo. Su sonrisa traviesa se amplía, y sus ojos no me están mirando a mí, sino a mis labios. Acto que no solo le ocurre a ella, sino que instintivamente hago lo mismo. Luego de un momento, ambos volvemos la mirada al frente— Creo que deberíamos ir a casa antes de que los helados se derritan.
Demasiado incómodo para hablar, me mantengo en silencio hasta que llegamos a casa.
.
.
Es irónico, porque ayer Bella se atiborró de helado y galletas toda la tarde, y hoy estamos preparándonos para salir a correr. Ya no son los trotes matutinos, sino las corridas.
Le encanta correr.
Le pongo un cintillo amarillo patito en la cabeza y un cronómetro en su muñeca izquierda.
—¿Estás lista?
Se pone en posición, como si estuviese acarreando animales. Con trampa, empieza a correr antes. Damos una vuelta a la manzana, manteniendo el ritmo y acompañándonos. Le digo que apriete los puños y suelte la respiración por la boca. El cronómetro da quince minutos. Giramos en una esquina y volvemos.
Se nos ha hecho costumbre el deporte. Y he visto sus cambios, ya que su cuerpo se ha puesto más duro. Ya no suele detenerse por el cansancio. Nunca afloja, eso me gusta de Bella, que nunca se rinde.
—Vamos, Garfield come-helados, ¡corre más rápido!
Acelera con prisa. Toca el buzón de casa y cae de rodillas al césped. Se ríe mientras abre brazos y piernas en el suelo. Doblo una rodilla y me apoyo con los codos. Recobro la respiración, viéndola jadear por el cansancio aún sobre el césped.
Sue la llama por sus medicinas, y le ayudo a levantarse, haciendo una mueca de cansancio. Le doy un beso en la frente y se marcha, sacudiéndose el trasero de césped mojado. Todavía de pie, me dispongo a entrar en casa cuando un carraspeo me interrumpe. Al voltearme, veo al mismo hombre que hace días atrás ayudé con su auto. Al principio, dudo un momento, porque no tengo idea de su presencia aquí.
—Vaya ¿el cacharro de nuevo? —intento aligerar mi sorpresa.
El hombre, el cual recuerdo como Charlie, se ríe moviendo la cabeza.
—He olvidado cuán pequeña puede ser esta ciudad a veces. —dice para sí, y sus ojos me escudriñan— ¿Casa de los Cullen?
—La misma —respondo.
Parece perdido, de pie con una hoja de papel arrugada en una mano. Lleva un jockey gris que cubre la mitad de su cabeza. Por un instante creo que va a dar media vuelta e irse, pero no lo hace.
—¿Tienes un minuto?
Asiento y pido que me espere. Le digo a Sue que tengo cosas que hacer, y Bella está en la sala, ayudándole a sacar figuritas de Navidad. No he visto tanta emoción en ella antes mientras limpia las figuritas, y recuerdo que esta será su primera Navidad en mucho tiempo. Me pongo en cuclillas para que pueda echarme un vistazo.
—Sé que prometí que ayudaríamos a Sue con lo del árbol de Navidad, pero me surgió algo de improviso. Regresaré en unos minutos. —sin una muestra de compasión, continua su limpieza— Eh, no te enojes. Bree está en casa. Voy a estar aquí afuera, así que cualquier cosa, puedes lanzarme una almohada… o un libro —hace su mueca propia de gato enojado ¡Qué carácter!— ¿Y si te digo que podemos ver una peli más tarde? —me mira, y nos señala a ambos, como una pregunta— Sí, tú y yo.
Se lo piensa un momento, y su rostro se ablanda, pasando el dedo índice por mis mejillas. Traza la yema de su dedo como si estuviese dibujando, y me contempla con una especie de admiración. Si antes ya estaba confundido, ahora lo estoy más. Se siente extraño, en el buen sentido.
Cuando se da cuenta de lo que hace, aparta la mano.
Me da un beso en la mejilla, y sigo un poco petrificado mientras sonrío poniéndome de pie.
Sin embargo, petrificado es poco para describir lo que ocurre a continuación.
—Buena suerte. —susurra con voz ronca.
Transcurren un millón de cosas por mi cabeza en un segundo; las noches interminables que pasábamos en su habitación conversando. Sus gritos, su risa, incluso nuestras peleas. Esa voz puede estar lejos de parecerse a la de antes, porque no está acostumbrada a usarla, pero lo es. Muy en el fondo lo es.
Su expresión de sorpresa me advierte que no esperaba que eso pasase.
—Bells —murmuro, esbozando una sonrisa y volviendo con ella. Todavía sostiene la figurita de Navidad, y sus ojos se agrandan con sorpresa. Una media sonrisa comienza a asomarse en su rostro— Bella, hablaste. —digo emocionado, como si no se hubiese dado cuenta. Asiente y respira profundo— ¿Te das cuenta? Tú puedes hacer esto, nena. Tú puedes hacer cualquier cosa que te propongas.
Si no estuviese tan apurado, me hubiese quedado allí esperando que dijese algo más.
Acuno su rostro con mis manos.
—Dios ¡esto es genial! ¿Puedes decir otra cosa? ¿O sientes que te estoy presionando? No, espera ¿sabes qué haremos? Saldré y volveré lo antes posible y hablaremos de esto ¿de acuerdo? Entonces podrás decirme lo que quieras. Incluso si quieres insultarme está bien para mí, demasiado bien para mí. —se me agita el pecho. Bella se echa a reír. Le devuelvo el beso en la mejilla— Volveré pronto…
Salgo, todavía sonriendo, porque Bella acaba de hablar.
Acaba de hablar.
.
.
.
Charlie está esperando junto al buzón, el viento agitando con violencia su suéter azul marino. No lleva con él su cacharro, así que pienso que se le ha echado a perder de nuevo. Se pasa las manos por el bigote bajo su nariz, y guarda el papel arrugado que imagino es una dirección.
—¿La chica que ha entrado…?
—Bella.
—Sí, Bella. —asiente de acuerdo— Ella es mi hija.
Lo dice tan de repente, sin anestesia, que creo que no he escuchado bien. Se forma un pequeño remolino a nuestro alrededor.
—¿Perdona?
—Viví en España en los últimos años, por lo que nunca me enteré de la noticia. Además, no siempre tuve la libertad de ver televisión.
—No entiendo.
—Pero me encontré a un viejo amigo de la infancia, y me contó lo sucedido. Por eso he venido.
—¿De verdad eres su padre?
—No con todas sus letras, pero sí.
No hay nada en él que me recuerde a Bella; cabello negro azabache, ojos como el chocolate.
—Si esto llega a ser cierto, no veo por qué te interesarías por ella ahora. —rebato— Nunca te importó. La abandonaste.
—Tienes razón. —contesta a la defensiva— Pero eso no quiere decir que no lamente lo que le ha pasado. —murmura— Quería saber cómo estaba.
—Entonces viniste a Denver solo para preguntar por su salud.
—Y por otras cosas. —responde contrariado— He cometido error tras error por culpa del narcotráfico. Ella hubiese estado peor quedándose a mi lado. —Sí, hasta que un mal nacido la secuestró, torturó y privó su libertad— Quiero arreglar un par de situaciones inconclusas que dejé. Me gustaría mucho cerrar un ciclo. No soy un jovencito como tú, con un largo camino lleno de oportunidades.
Algo tiene que me hace creer en sus palabras, aunque una parte de mí todavía desconfía de él porque no lo conozco.
—Ella está pasando por un periodo difícil. Ha tenido sus momentos, pero es una mujer muy fuerte a la que admiro muchísimo.
—¿Eres su esposo?
No veo cómo podría ser su esposo en tan pocos meses, a menos que crea que nos casamos antes o realmente no sabe cuánto tiempo estuvo desaparecida.
Sin embargo, me sorprendo respondiendo:
—Sí, lo soy. —sueno creíble— ¿Esto quiere decir que estás intentando, no sé, conocerla?
—No intento tener un vínculo con ella, chico. No se debe acordar de mí. Era muy pequeña.
—Vaya, tienes un gran corazón.
Su risa se vuelve un resoplido.
—A estas alturas uno no puede dárselas de victimario. De todos modos, pareces un buen hombre. Cuídala mucho.
Se prepara para irse, pero lo detengo.
—Creo que tengo algo que es tuyo. —le digo— Espérame un minuto.
Entro a casa rápidamente, asustando a Sue en el pasillo. Cojo las llaves de mi buró, girándolas y dándome prisa para salir. No obstante, una vez que he salido, Charlie no está por ninguna parte. Frustrado, suelto el aire de mis pulmones, revisando los amuletos de las llaves; una L y una I de platino, desgastadas. Entro nuevamente a casa.
Todavía no me creo que acabo de estar frente a frente con el padre de Bella. Nunca fue un tema para nosotros, ni para ella. Su padre se fue, así de simple. La abandonó a los cinco años. Ni siquiera Mars sabía cómo ubicarlo, así que, con el tiempo, Bella dijo que se había olvidado de su rostro. Con cinco años, es difícil mantener una imagen visible de alguien a quién no ves nunca más.
Su madre murió cuando era un bebé, entonces Bella nunca ha tenido la imagen de una familia real. No veo por qué lo tendría ahora.
Además, es evidente que a él no le importa conocerla.
Pienso en retomar la conversación con Bella, para escucharla hablar de nuevo, pero me detengo ante el murmullo de Bree en su habitación.
—Prométeme que lo harás.
No escucho respuesta alguna, así que supongo que Bella ha respondido con señas.
Guardo las llaves en el buró de mi habitación y estiro los brazos. Bree me asusta ganándose en el umbral, y tengo la tentación de contarle que Bella ha hablado. Cuando me dispongo a hacerlo, ella se echa sobre mi cama, con los codos apoyados en el edredón.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Por supuesto —contesto echándome en la cama también.
Entrelaza sus pequeños dedos.
—No pienso comentar absolutamente nada de lo que ha pasado con Emmett, pero contéstame esto. —toma una inspiración— ¿Quién más aparte de él es el encargado de los contratos?
Mi nuca choca con el respaldo.
—Uhm… Rose y Kate. Pero por lo general Emmett.
Bree se oculta entre la mata de pelo azul-verde de su rostro. Mueve las piernas de un lado para el otro.
—Ah… —es todo lo que dice.
Y ese simple Ah provoca una mezcla de curiosidad en mí. Una especie de escalofrío empieza a recorrerme el cuerpo. Entonces pienso en la respuesta que le he dado, y recuerdo todas las cosas que han pasado últimamente. Pienso en Emmett, mi amigo del alma.
Pienso en mí.
Pienso en Bella.
Y de nuevo, al igual que he hecho en los últimos días…
…Empiezo a dudar.
Lo prometido es deuda.
Edward está dudando ¡por fiiin! Charlie volvió a la vida de Bella, o por lo menos de lejos. No se rebanen los sesos con Charlie. Sí, es un personaje importante, pero no es malo.
Y lo más importante, Bella habló!
El final del capi, da cuenta que a Rosalie no le queda mucho tiempo...
Gracias por comentar y seguir la historia.
Besos
