Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 19
.
.
.
EPOV
Bella titubea en la desolada y mohosa entrada principal de su antigua casa. El suelo ruge bajo nuestros pies, y sacudo el polvo y telarañas de la biblia sobre la repisa, la que Mars acostumbraba a leer antes de salir a cualquier lugar.
Desde que había muerto, mi madre se hizo responsable de sus llaves. Al principio venía a limpiar un poco, pero luego ya no había motivos. Nadie vendría. La casa seguiría desierta. La anciana no tenía más familiares, de modo que nos hizo prometerle que nadie tocaría una sola cosa del lugar, en su lecho de muerte. Nunca nadie externo ha entrado aquí, ni siquiera para robar.
—Wow… hace tanto tiempo que no vengo aquí. —expresa Alice extrañada, asomando la cabeza y cubriéndose la nariz, justo antes de que un estornudo haga eco en la habitación— Este lugar apesta.
Bella no tuvo problemas cuando Alice pidió venir con nosotros.
—Necesita una limpieza urgente. —digo— Antes de que lleguen los ratones… si es que no han llegado ya.
Alice se estremece.
—Vale, vale, pero por favor no menciones ratones en mi presencia.
Bella, sin prestarnos atención, se encuentra en medio de la salita absorta en sus propios pensamientos. Se abraza a sí misma expulsando un sonoro suspiro.
—Nena ¿te sientes bien para continuar? —pregunto, a lo que sólo obtengo un asentimiento de cabeza.
Alice y yo nos quedamos recogiendo la suciedad mientras Bella recorre los pasillos. Buscamos utensilios de limpieza y ordenamos un poco de todo. Las paredes agrietadas levantan una nube de polvo sobre mi nariz. Alice arranca las telarañas. No medimos el tiempo hasta que recuerdo que Bella ha estado por mucho sin hacer ruido. Subo la escalera y la encuentro dentro de su recámara contemplando sus antiguos diarios de vida, los que solía usar a menudo. Nunca me dejó leer ninguno de ellos.
Me siento junto a ella en la abandonada cama.
—Esta habitación… es justo como la recordaba.
—A Mars le gustaba conservarla igual a cómo la dejaste.
Apoya la cara en mi hombro.
—No sé qué pensar de Mars ahora. No comprendo por qué permitió que… a Lily la enviaran a un orfanato.
—Creo que quién puede responder eso… es Charlie.
—No quiero ver a Charlie.
—Pero estará en el juicio.
—Lo sé —responde decaída— No estoy preparada para verlo todavía.
Bella observa la pintura que Mars había colgado en la pared de su habitación, la de dos niñas a espaldas y tomadas de la mano. Antes nunca se había detenido ante ese cuadro, pero ahora, observándolo de pie en la gran alcoba, reconoce que esas niñas son ella y su hermana.
Muchas veces vi ese cuadro también, aunque nunca se me hubiese pasado por la cabeza la historia detrás de esa pintura.
Encontramos fotografías de su madre fallecida. Una mujer rubia, muy similar a ella, achicando los ojos a la cámara por el sol. Bella decide guardarse esa fotografía como recuerdo. Luego, se dirige a la cocina y al patio trasero abarrotado de césped seco, dejando atrás el precioso jardín de flores que a Mars le encantaba mantener.
Hace mucho tiempo que esta casa dejó de ser lo que era; una casa llena de vida y colores, apagándose poco a poco, agrietándose con el tiempo.
Perdiéndose con los años.
Después de un momento de meditación, Bella está lista para regresar a casa. A su casa.
.
.
.
La llegada del juicio nos generó tal ansiedad que estuvimos en vela la noche anterior. Nos levantamos con la desagradable sorpresa de los periodistas esperando fuera de casa.
Mi madre cierra las cortinas y se cerciora de poner seguro a las puertas.
Bella se pasa el cepillo de peinar frente al espejo de baño. Me paro detrás de ella y le ayudo en su trabajo. Se deja mimar por mis manos en su cabeza.
A Bella todavía le cuesta asimilar que no hago las cosas por lástima. Y supongo que no puedo culpar su desconfianza. Alice piensa que no espera cuentos de hadas ni promesas falsas. Ella espera que la gente sea sincera, y nuestra conversación aquella noche dio paso a que viésemos de otra perspectiva nuestra amistad; una amistad mucho más centrada y natural. Menos incomodidad, menos silencios absolutos. Sin incluir los besos, sin incluir nuestros sentimientos.
Sentimientos que revolotean como aves en el cielo.
Quiero empezar a ver a la nueva Bella Swan. No a la Bella Swan que sale en los noticieros día y noche. No a la deprimida y silenciosa. No a la Bella postrada en una cama sin ganas de enfrentarse al mundo. Quiero ver esta nueva faceta de su vida, dónde por mucho dolor que haya sufrido, ella quiera vivir.
—Es hora. —digo.
Para el resto del mundo, Rosalie seguirá siendo Rosalie, incluso para Bella. Pero sé que por mucho que intente verla como su agresora, siempre tendrá en mente el nombre de su hermana. Se tatuará el recuerdo de la traición de su lazo más cercano. Su única unión de sangre en la tierra por la que no debía arremeter.
Podría haber sido un reencuentro de hermanas precioso, pero Rose lo quiso de otra manera.
La angustia que recorre su rostro me hace presionar más fuerte mis manos en sus brazos. Pero en vez de esperar su propio llanto como modo de desahogo, Bella me sorprende diciendo:
—Tienes la corbata torcida.
Quita cualquier expresión de tristeza de hace un par de segundos atrás, dándose la vuelta para dedicarse a la corbata, desatándola y volviéndola atar. Al terminar, alisa mi chaqueta del esmoquin con las manos, dando leves palmaditas.
—Omitiré comentarios. —murmuro.
Asoma una media sonrisa.
—Date prisa, Arlene. —haciendo referencia a la novia de Garfield.
La tensión se siente en la sala. Nos miramos unos a otros, preparándonos psicológicamente, y salimos de casa.
.
.
Rosalie lleva el cabello largo y sucio.
Baja la cabeza a sus manos esposadas, escuchando atenta las palabras de su abogado, que no cesa en darle instrucciones. Como un simple arrebato, Rosalie pega un salto en el asiento, haciéndole callar. El abogado se molesta y termina ignorándole por completo.
Bella desliza su mano hasta enredar nuestros dedos. Hay un notorio nerviosismo en ella, porque no deja de moverse.
Se crea un mutismo a la espera del veredicto. Es un momento extraordinario. No puedo explicar la mezcla de sensaciones por saber ya la resolución. Aunque también tengo este otro sentimiento negativo con respecto a Emmett. Sentado en una esquina de nosotros, entrelaza sus manos con la mirada puesta en la banca del frente. Se ha afeitado la barba, por suerte, y lleva la solapa del esmoquin mal arreglada. Alice se sienta junto a él, y detrás de este, Bree, moviendo una pierna arriba abajo.
Cuando le toca el turno a Charlie de declarar, Bella se tensa a mi lado.
El hombre lleva el pelo más corto de lo que recuerdo, y se rasca el bigote con inquietud, echando vistazos a Rosalie, que no esconde su sorpresa de verlo. Apenas el nombre fue declarado en voz alta, las chicas Swan saltaron en su lugar.
Jasper nos explicó que Rosalie había intentado sacárselas por loca. Si los exámenes psicológicos arrojaban eso, entonces no podría ser sentenciada. Por suerte, estos mostraron lo contrario.
—¿Lo reconoces? —susurro, indicándole con la barbilla.
Bella se aferra a mi chaqueta.
—Sí
Charlie afirma que no tiene ningún contacto con Rosalie y Bella.
La coincidencia de que él volviese justo cuando Bella había aparecido, no es más que eso. Un viejo amigo le contó lo sucedido con su hija menor, y a pesar de que lo pensó algunos días, decidió arriesgarse a volver a Denver. Allí se enteró de la muerte de Mars y que el orfanato había cerrado hace mucho tiempo por explotación infantil. Su intención era poder hablar con Lilian para pedirle perdón, y tal vez con Bella, pero dado que se encontraba en malas condiciones, prefirió que no era el momento. No supo cómo conseguir información sobre Lily Swan, ya que no existía dicha persona en la ciudad.
Además, estuvo en la cárcel por mucho tiempo, lo que era imposible que hubiese estado involucrado.
La jueza corrobora sus dichos con pruebas que ameritan su prisión, descartando participación en los hechos ya que para el secuestro él estaba en alguna cárcel de España cumpliendo condena por narcotráfico.
Charlie termina su declaración y Bella me entrega el puñado de llaves.
—Dáselas cuando lo veas.
—¿No lo harás tú?
—No creo que pueda.
Todo el mundo se queda en silencio de nuevo.
Los hermanos adoptivos de Rose están aquí. Jasper dice que ella podría haber interpuesto una demanda en su contra, pero que al no hacerlo ellos no tienen ninguna culpa que pagar, de modo que están aquí como si de verdad les importase su hermana.
El micrófono silva.
Las luces tintinean.
Puedo escuchar el corazón de Bella desde aquí.
La jueza condena a Rosalie McCarthy a presidio perpetuo por el delito de secuestro, privándole de cualquier beneficio antes de los 40 años de prisión cumplidos.
A mi lado, Bella se cubre el rostro con una mano.
Charlie abandona el tribunal.
Los flashes interceden por nosotros. Emmett no puede dejar de mirar a Rosalie, con una mezcla de rabia y tristeza.
Nadie celebra.
Si Rose no hubiese sido lo que es de Bella, las cosas serían diferentes. Entonces sí estaríamos celebrando. Y Bella no estaría llorando ahora mismo.
La policía se lleva a Rosalie a la salida, y ella logra zafarse lo suficiente para echarnos un vistazo. Sin embargo, su intención no es fijarse en nosotros, sino en Emmett.
—Cariño —musita, siendo empujada por los policías— Emmett —marca la voz, nublándosele los ojos— Lo único verdadero que he tenido en mi vida, fuiste tú, mi amor.
Emmett se hace a un lado, apretando los labios y abandonando el lugar antes de que se la lleven entre tirones.
Alice le sigue los talones, llamándole a gritos.
.
.
Para cuando logramos zafarnos de las cámaras a las afueras del juzgado, veo por el rabillo del ojo a Charlie caminar hacia la dirección inversa de nosotros. Asegurándome que Bella no nota dónde me encamino, trato de alcanzarlo. El hombre es rápido, pero no tanto como yo.
—¡Oye, espera! —grito, y una vez que he llegado, agito las llaves en mi mano— Esto te pertenece.
Charlie tiene una mirada consumida en la vergüenza. Ni siquiera consigue mirarme por más de cinco segundos.
—Vaya, pensé que las había dejado por ahí. Creí que ya no las recuperaría. —sonríe y las guarda en su bolsillo— Gracias, muchacho.
Se dispone a andar de nuevo.
—¿No vas a intentar hablar con ella?
Se da la vuelta.
—Es mejor así.
—¿Así cómo?
—No tenerme en su vida. Nunca he sabido cómo cuidar a mis cercanos… sin dañarlos —confiesa apesadumbrado— Lo siento. —sacude su cabeza— No sé qué decir a estas alturas.
—¿No sabes qué decir con el hecho de que nada de esto hubiese pasado, si no decidieras marcharte?
—Probablemente.
—Uno no puede esconderse de los problemas para siempre, Charlie.
Se ríe.
—Tienes razón. Pero no creo que sea el momento. —el sonido de un claxon nos interrumpe— Tengo que irme, muchacho. Les deseo lo mejor.
Se va, y no tengo motivos para hacerlo regresar, porque a lo mejor él también tiene razón.
.
.
.
Hubo un antes y un después en nuestra familia luego de la sentencia de Rose.
Tuvimos que soportar las interrogaciones y las seguidillas. Mi padre tuvo que hacerse el tiempo para recoger a Leticia en casa y luego desde el colegio para que no la siguieran también.
Emmett pasó una semana sin presentarse a trabajar, y tuve que ponerme de lleno en sus responsabilidades.
Bree preparó sus maletas y prometió regresar pronto a visitarnos. Bella estaba triste, pero con el celular nuevo que le regaló, iban a poder mantenerse en contacto siempre. Fue una pena ver marcharse a Bree, porque de alguna manera ella vino para alinearnos a todos. De un modo más indirecto, nos hizo abrir los ojos.
Bella empezó a hacer más ejercicios transcurrido el mes. Sus secuencias aumentaban con las semanas, logrando así correr tantos kilómetros como le era posible, con GPS en mano y sin acompañamiento. Carmen le esperaba fuera de casa hasta que volvía.
Habla mucho más ahora. A veces tengo que decirle que pare y descanse, porque quiere decir todo muy rápido.
No habla de Charlie. No opina de Rose. Ella estaba triste por cómo resultaron las cosas para ambas, pero por otra parte tranquila de que todo haya terminado.
Empezó a ir a clases de danza con Alice, y a veces le ayuda a mi madre los fines de semana en la cena.
En casa, todos estamos de acuerdo con su drástico cambio. Y eso me pone contento.
—Garfield ¿A dónde vas? —le pregunto.
Lleva una sudadera con la cara de la pequeña Lulú y su infaltable cintillo amarillo patito en la cabeza.
—Quiero ir a la tienda de pasteles. —gira la manilla— Carmen dice que tengo que empezar a ir a ciertos lugares. Comprar cosas, hablar con otra gente. —encoge los hombros— Y quiero un pastel con crema.
—¿Quieres que te acompañe?
Se le desbarata una mecha rebelde de pelo del cintillo, haciendo que este vuele a cualquier dirección.
—Si tú quieres…
Su belleza me embarrulla por un momento. No importa que lleve la sudadera y el cintillo. O es la sonrisa que me lanza por esa respuesta que vacila. La que dice sí, sin decirlo directamente.
Caminamos en medio de la calle a sabiendas de que puede venir un auto a toda velocidad. Eso lo hace mucho más interesante y emocionante. Y nosotros necesitamos un poco de emoción en nuestras vidas.
Aquella noche de Navidad, no quise indagar mucho en lo que pasé por ella a lo largo de los años. Supuse que debía saberlo para que entendiese que de verdad la quiero. Pero hasta ahí. No tenía para qué seguir contándole los detalles. Cada uno ha pasado sus propias penas; la angustia, el dolor y la desazón mezclados en una olla a presión. Nuestra historia escrita en un diario de vida sin haber ocupado un bolígrafo, solo plasmados en nuestras mentes y recuerdos que quedarán ahí hasta que la muerte nos llegue.
Físicamente no somos los mismos. Y aunque poco queda de la Bella de antaño, la manera en cómo ella trata a la gente, me hace recordarla; la forma en que sonríe arrugando la nariz, en cómo tuerce una ceja cuando se enoja. Y eso es suficiente.
Ella pudo haberse rendido en el primer intento. Ella pudo haber decidido tener al bebé de su agresor. Pudo haber callado la verdad para siempre o peor aún, pudo haber decidido no hablar nunca más. Pero lo hizo, y no fue fácil.
—¿Qué? —inquiere.
—¿Qué con qué?
—Llevas mirándome fijo desde hace cinco minutos.
—Oh. Perdona.
—No, está bien. —responde con una sonrisa— Me gusta que me mires.
Por un instante pienso que acabamos de conocernos, que somos dos desconocidos caminando en la calle cada tarde para ejercitar. Y nos hacemos amigos. Y conversamos. Y nos reímos.
Y seguimos siendo desconocidos con intención de conocernos.
O tal vez, solo es nuestra forma de empezar de nuevo.
No se asusten, sé que parece final, pero no es el final.
Los personajes están cerrando un ciclo, o como bien ha dicho el mismo Edward y el nombre del capi: Empezar de nuevo.
De más está decir que yo no soy experta en leyes ni nada parecido, probablemente esto no sea así en la realidad.
Aclarando eso, Gracias por leer!
Hasta la próxima semana!
