Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía


Capítulo 22

.

.

.

BPOV

Mitigo los temblores de mis manos sentada en un sitio fuera de la universidad.

Había ocurrido otra vez, y estaba sola. La ansiedad que vino junto con el miedo, empezó a ser desesperante. No podía pensar ni sentir. No podía recordar mi nombre. Me había pasado otras veces. Muchas. Carmen dice que serán parte de mi vida. Ella le llama ataques de pánico. Yo le llamo infierno.

En aquel momento no había nadie conmigo, ni Ness ni Jacob, y tampoco estaba en periodo de clases. Mientras me secaba las manos en el baño de chicas, la situación empezó a ser agobiante de la nada. No puedes controlarlo, el miedo te corroe como espinas, sientes que vas a morir en cualquier minuto.

Luego, cuando la sensación se fue le envié un mensaje a Edward, el cual no contestó enseguida. Recordé entonces la publicidad de disfraces que se estaría haciendo en este minuto, y solté un bufido. Todavía me quedaban unas horas antes de que la jornada terminase, así que caminé de regreso a la cafetería. Media hora más tarde Edward contestó mi mensaje. Compré un café de máquina y salí a esperarlo fuera.

El problema es que acabé mi café, los temblores desaparecieron, y todavía estaba esperando. Mi estómago protestó de hambre.

Estaba a punto de llamarlo devuelta cuando Emmett aparcó en la acera frente a mí.

—¿Y Edward? —es lo primero que sale de mi boca.

Emmett se baja y me ayuda con la bolsa.

—Tuvo algunos inconvenientes y me pidió que viniera por ti. —no suena muy seguro— ¿Estás bien?

—Sí —contesto—¿Qué pasó?

Mientras me subo al asiento junto a él, se aclara la garganta.

—Puede que Edward haya atropellado a una persona.

—¿Qué? —giro despavorida en el asiento— ¿Cómo es eso de que puede haber atropellado a una persona?

Hace una mueca ante mi reacción, sin echarme un vistazo.

Emmett me explica todo el asunto de camino al hospital, y de cómo Edward le había hecho prometer no llevarme, lo que de ninguna manera ocurriría. No iba a dejarlo solo. No hubo un solo momento en que no le preguntase a Emmett que demonios hacía Charlie allí. Froto mis palmas en mis rodillas en el estacionamiento y salgo como una corriente hacia el vestíbulo. No tengo que buscar por mucho tiempo a Edward entre la multitud, porque estoy segura que nadie más lleva un disfraz de piña.

Me acerco deprisa a su asiento.

—Edward.

La sorpresa de su rostro se vuelve un lamento.

—Se suponía que no tenías que venir.

—Pero ya estoy aquí. —murmuro.

Nuestros ojos permanecen mirándose inamovibles. Quisiera decirle algo chistoso por su aspecto, pero creo que no es el momento.

—La policía está afuera. —recuerdo haber visto una patrulla, pero como vine corriendo no me detuve a averiguarlo.

—Es el procedimiento. Lo atropellé, se supone que soy el culpable.

—¿Qué hace aquí? —encojo los hombros.

Edward parece cansado.

—Creo que… quiere verte. —mi corazón se acelera al instante— Y a Rose.

—Pero yo no quiero verlo. —sueno tajante.

Edward aprieta nuestros dedos, y toda discusión de ayer queda olvidada. Lo había intentado esta mañana, pero el ambiente cargado de tensión en el auto fue imposible. Y ahora que estábamos aquí, apoyándonos el uno al otro, nada de lo de ayer existió. Aunque de todos modos me siento mal por él, porque en parte tiene razón en enojarse.

—¿Por qué querías que fuera por ti? —pregunta de pronto.

Le resto importancia al suceso, ya que no viene al caso.

—Quería ver si podíamos hablar, pero dejémoslo para más tarde.

No me cree del todo.

Charlie tiene una fractura en la rodilla y no toma acciones legales en contra de Edward, por suerte. Suficientes recuerdos tengo de la policía como para no sentirme sofocada. Es como si en cualquier momento se acercasen a mí para interrogarme. Al menos, eso no ocurre ahora, y nada recae en mí. Antes, lo único que pedía era estar un minuto tranquila. Y esta vez he conseguido un año parecido.

Mientras Edward se acerca a los oficiales para hacer un par de preguntas, le espero en una esquina de la sala de urgencias.

—Creo que estaré cojo por un par de semanas. —la voz grave de Charlie me estremece la espalda. Lo encuentro de pie en el espacio vacío junto a mí— Hola, Bella.

Me enderezo en la silla y no respondo.

Cuando descubrí que Rose era Lily, los recuerdos que tenía de Charlie se volvieron claros, y la casi inexistente vida que tuvo conmigo fueron contados con los dedos de una mano. Podía recordar su voz alcoholizada, el cariño que emanaba en la sobriedad. Solía estar a su alrededor hasta agotarlo.

E incluso si esos recuerdos hubiesen sido siempre vívidos para mí, no creo que le tomase demasiada importancia, dado que de todas formas se marchó.

—Te ves bien.

Frunzo los labios, sin saber absolutamente nada de este hombre.

—No tomare represalias en contra de Edward, para que no te preocupes.

Quisiera de verdad no prestarle atención, pero si una persona se acerca y me habla de ese modo es imposible que me haga la desentendida. Y quiero darme la vuelta para encararlo. Quiero ver cuánto ha cambiado en realidad. Quiero preguntarle si alguna vez me quiso, a pesar de que la respuesta es evidente; no lo hizo.

—No te quito más tiempo, Isabella. —dice él taciturno— Espero que podamos hablar algún día… cuando quieras. Y por supuesto, que seas feliz en tu matrimonio.

Permanezco un tiempo analizando lo último que ha dicho. Una total confusión se apodera de mí y me giro hacia él de nuevo.

—¿Cómo?

—Se nota que es un buen muchacho.

¿Él pensaba que Edward y yo estábamos casados? ¿Eso es lo que demostramos?

—¿Perdón? —Charlie frunce el ceño y rápidamente reacciono— Sí. —me pongo seria— Gracias.

Edward regresa con el traje de piña a un lado de su brazo. Emmett le había traído la ropa por si tenía que ir a la delegación, pero dado que Charlie no pondrá una demanda, no fue necesario. Sus ojos me buscan ante la presencia de este, y antes de que pueda decir algo me acerco a él, y afirma una mano en mi espalda baja.

—¿Te acercamos a algún lado?

La idea de nosotros tres en el auto no es un panorama que me gustaría, pero está herido. Sin embargo, él se niega.

—Vendrá un amigo por mí. Muchas gracias.

Edward intercambia un par de palabras más con Charlie y le tomo la mano para irnos. Me mira por el rabillo del ojo todo el camino al estacionamiento, y cuando me subo, apoya los brazos en la ventana para observarme.

—¿Estás así por Charlie o por algo que no sé?

—¿Así cómo?

—Inquieta. ¿Pasó algo en la universidad?

—No

—Bella…

Es imposible ocultarle algo. Maldita intuición.

—Tuve una crisis de nuevo. —exhalo.

Le preocupa, lo veo en su cara. Pone una mano detrás de mi oreja como si de esa forma pudiese tranquilizarme. Lo que sorprendentemente ocurre.

—¿Qué pasó?

—No lo sé, no estaba haciendo ni pensando nada. Pasó sin que lo buscara.

—Carmen te lo advirtió.

—Sí

Se muerde la boca. Aquel acto envía escalofríos a mis brazos.

En casa, estamos solos. Y cada uno se va por su lado. Saco mi tarea del día, pero no puedo concentrarme. Así que cierro el cuaderno, me hago de tripas corazón y bajo a la cocina; está sentado en la mesa del desayuno, adelantando trabajo.

Sirvo dos tazas de té y me siento en silencio frente él. Me agradece el suyo y remuevo la bolsita de té en el agua caliente hasta que el color se vuelve marrón intenso. Ahora es cuando debería sacar el tema a colación. Es extraño estar de este modo, porque nunca peleamos. Y no soy buena sacando a relucir situaciones incómodas, pero uno de los dos debe hacerlo, sino, nunca llegaremos a buen puerto.

—Siento mucho no haberte avisado ayer que Alex me traería. Tienes razón en estar enfadado. —no espera que diga eso. Baja la mirada a su taza— A veces no manejo bien mis acciones. Y no lo hago a propósito, solo me nace. Lo siento de verdad.

Es justo como quería que sonasen mis disculpas.

—No te voy a decir con quién debes o no debes relacionarte, pero, aunque sea que me avises que no estarás para no preocuparme… Si me enojo no es porque quiera controlar tu vida.

Es porque te importo. —susurro para mí y no soy consciente de haberlo dicho en voz alta.

—Me importas.

Estoy tranquila de escuchar eso, a pesar de que ya lo sabía de sobra.

—Y porque me quieres…

—Porque te quiero —consiente. Lanza un bufido al vapor de su té, deteniéndose en lo que quería decir a continuación. Sacudo la cabeza por su esfuerzo, y de pronto recuerdo las palabras de Charlie.

—Él piensa que estamos casados.

—¿Quién? —levanta la cabeza.

—Charlie. —espero que diga algo, mas no lo hace en absoluto— Me dijo que esperaba que fuera feliz en mi matrimonio contigo. —dejo de revolver el té, extrañada por su silencio— ¿Lo dijo porque es lo que ve, o lo dijo por otra cosa?

No puedo evitar detenerme en sus ojos; tan claros y expresivos.

—Me lo preguntó. —una parte de mí sabía la respuesta. Incluso cuando Charlie lo mencionó tan seguro de sí mismo, lo supe— Le respondí que lo era.

—Le respondiste que sí. —murmuro.

No fue una pregunta. ¿Por qué lo admitió? Necesito saber por qué lo hizo.

—¿Eso te incomoda?

—No. Yo también le dije que sí. —¿por qué lo admití yo, sin embargo?

Se me encienden las mejillas. En un momento así la ansiedad me juega una mala pasada, y estoy a punto de decir cualquier barbaridad. Nunca sé qué hacer. Nunca sé cómo reaccionar. Mi único impulso es dejarle solo, marcharme, evitarlo por unas horas. Así que eso es lo que estoy a punto de hacer si no fuera porque me toma del codo antes de que ose salir de la cocina.

Hay un mueble detrás de mí el cual me topo de imprevisto.

—Tienes esa maldita costumbre de arrancar cuando no debes. —gruñe.

—Arranco porque me da vergüenza. —admito.

—¿Qué te da vergüenza?

—Tú.

—¿Yo te doy vergüenza? —pregunta asombrado por mi respuesta— ¿Por qué te doy vergüenza?

¿Es lo que estoy a punto de decir? Siento el fuego crecer y subirme por la garganta. La extraña sensación de poder, capacidad, valentía. Cierro los ojos, como si eso hiciese que nada se borrara para mí.

—Porque te amo.

Mi corazón siente. Mi corazón salta. Pude haber estado encerrada durante mucho tiempo, pero sigo viviendo. Y no puedo evitar sentir lo que siento por él. Había asumido que se debía a mi desorden emocional, porque estaba recién saliendo a un mundo que yo desconocía. Entonces estaba Edward, mi ex novio, tan atento y cariñoso, y su cariño estaba empezando a confundirme. Pero no estoy confundida. Él lo está, yo no.

Ya no.

Parpadea sorprendido y sin palabras ante mi confesión.

Quisiera que dijera algo para que la vergüenza me abandone, pero ni para exigírselo soy capaz de hacer. No es llegar y sincerarte con alguien. Va mucho más allá; están en juego tus ilusiones, tus esperanzas y tu atormentado corazón que puede derrumbarse en mil pedazos ante cualquier palabra.

No creí que pudiese llegar a volver a sentir de esa forma. Y eso me asusta demasiado.

—Dijiste... —susurra— ¿Dijiste que me amas?

—Sí.

Me suelto de su agarre porque acaba de sonar un portazo. En un par de segundos, Leticia entra a la cocina tarareando una canción. Parece sospechar el momento incómodo porque después de sacar leche de la nevera, sus ojos viajan de mí a Edward, y su boca forma una mueca de disculpa.

Carmen no tarda en llegar, y nosotros pasamos a tercer plano. No lo miro en ningún momento, y le pido a Carmen que trotemos alejadas de casa esta vez. Uso una playera de Garfield, y paso junto a él sin siquiera mirarlo. Por más que ella intenta sonsacarme información, no estoy lista para confesárselo. No se lo he confesado a nadie, ni siquiera a Carmen que es de mi absoluta confianza. Ella deja de insistir, y se lo agradezco.

.

.

.

.

Las paredes vibran por el llanto de un bebé.

Me levanto de la cama a hurtadillas, sacudiéndome los ojos. Estoy en pijama y sin zapatos. El llanto no cesa, y alguien trata de consolarlo. No puedo ver bien, pero sé que escucho a alguien en algún lugar del cuarto.

Sh… sh… está bien. Vas a estar bien. —susurran.

La habitación se agranda con cada paso que doy, nunca llego a la puerta.

Que hermosos ojos tienes. Te pareces a papá.

Conozco esa voz.

Pego un salto hacia atrás. Mi otra yo está tendida en el suelo debajo de la mesa del escritorio. Mi pijama está empapado en sangre y parezco a punto de desmayarme. A mis pies, una persona extraña sostiene un bebé.

Aquí está el bebé, Bella. Es precioso. Es un niño. —dice la voz— No se parece a ti. Se parece a mí. Es igual a mí.

La persona lleva una capucha, y cuando se voltea notándome, mi corazón se detiene al ver el rostro impoluto de Mike Newton.

Arrulla al niño en sus brazos, y no soy capaz de gritar.

Despierto sudando.

Por suerte, ya es de día. Me echo sobre la almohada, asimilando la realidad.

De eso tratan mis pesadillas siempre. Desde hace un año que sueño con todo lo que tenga que ver con el secuestro. Por lo general trato de recordar cada uno de ellos para contárselo a Carmen, ella dice que las pesadillas se irán algún día, y que tengo que tener paciencia. Que eso no significa que no esté evolucionando.

Había soñado con un bebé antes, mas nunca con Mike sosteniéndolo. Y tampoco había soñado que fuese un niño.

Mi mente lucha contra la pesadilla.

¿Y si eso quiere decir que Mike era el padre? ¿Y si el bebé iba a ser niño?

Sacudo la cabeza.

Tengo que dejar de pensar en eso. Tengo que dejarlo ir.

Me lavo la cara. Cepillo mis dientes y escupo el dentífrico dentro del lavabo. Cuando me miro al espejo me noto cambiada. Me gusta mi nuevo aspecto. Antes fue un verdadero reto aceptarlo, pero prefiero este rostro que el de la Bella de hace un año; la Bella que parecía un animalito asustado, la Bella que estuvo embarazada y decidió abortarlo. No fue fácil para mí en ningún sentido. Una parte de mí se rompió ante la noticia de un bebé no deseado, y cuando ya no lo tuve dentro, me sentí vacía y doblemente ultrajada. No fue tanto la culpabilidad de haberlo hecho, sino la rabia de que hubiese sido de esa forma.

Todo eso me hizo creer que nunca amaría de nuevo. Que nadie me amaría por lo que soy. Por eso creí que las intenciones de Edward no fueron más que compasivas, ya que no podía imaginar que alguien no lo sintiese de esa forma.

Estaba errada.

Al salir del baño, no alcanzo a cerrar la puerta cuando Edward intercede y la cierra por mí, dejándonos a ambos solos en la habitación.

—Tenemos que hablar.

Su voz envía todo tipo de sensaciones a mi cuerpo.

Yo también quería hablar.


¡Actu sorpresa! Vine muuucho antes de lo esperado. Tenía el capi listo, y no quise dejarlos esperar.

Bueno, Bella ya admitió sus sentimientos. ¿Lo hará Edward también?

Quiero explicar que las pesadillas de Bella, no significa que ella esté empeorando. Creo que lo explico en alguna parte del capítulo, pero no recuerdo bien. Sus pesadillas y los ataques de pánico son algunas de las cosas que tuvo por consecuencia del secuestro. Ella está bien y tratando de salir adelante. Con el tiempo dejará de tener esas alucinaciones, por supuesto. Es cosa de tiempo.

Gracias infinitas por leer cada capítulo, por esperar y por dar fav a la historia!

Nos leemos prontito :)