Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 26

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BPOV

Me gusta mirar a Edward y notar que esto en verdad no le agrada. Me divierte, porque eso quiere decir que tuve razón. No le va eso de los museos. Le gustan mis dibujos, pero no el arte en general, así que está un poco perdido y fuera de lugar.

La encargada del recinto invita al grupo de turistas a nuestro lado para que le sigan. No es de extrañar que Edward y yo fingimos que veníamos de Irlanda. Lo mejor es que nos ofrecieron jugos naturales y bocadillos gratis.

Tiro de su brazo.

—¿Qué?

—Vamos. —le sonrío.

Caminamos fuera del museo a toda prisa tomados de la mano. Nos hacemos espacio entre la gente petarda y distinguida bajo el manto oscuro de la noche. A pesar de que intento darnos prisa, los zapatos que Alice eligió para mí esta noche me están volviendo loca; negros y de cuatro centímetros de alto. No soy buena usándolos, y creo que he apretado el pie más veces caminando de lo que hago puño mis manos. Y el sonido de estos es lo único que escuchamos en la acera.

—¿Dónde me llevas?

—¿No confías en mí? —cuestiono justo cuando tira de mi brazo devuelta, poniéndome frente a él. El resplandor de su mirada entra en mi alma, desordenando cada fibra de mi ser e impidiendo el paso de mi respiración. Por mucho que intenta besarme, no lo dejo. En cambio, echo la cabeza hacia atrás— No tan rápido.

Él sonríe.

—Me torturas.

Tuve dos novios en mi vida. El primero fue a los dieciséis, pero no duramos ni dos meses. Entonces no estaba demasiado familiarizada con el tema. Edward ha sido la única persona con la que verdaderamente tuve sentimientos de amor, tanto en el pasado como en la actualidad.

Siento el calor subirme por las mejillas.

—¿Todavía te doy vergüenza?

Su pregunta me hace sonreír esta vez.

—Todavía te amo.

Con mi mano anudo una parte de su camisa, y estamos a punto de besarnos cuando una voz nos lo impide.

—¡Edward! —no tengo necesidad de voltearme a ver— Qué casualidad.

El beso queda en el aire, convirtiéndose en un espectro y presiono los labios con disgusto.

Edward intenta ser amable.

—Ángela. —saluda en una inclinación de cabeza— No sabía que te gustara el arte.

—¿El arte? —frunce el ceño, agitando un puñado de llaves— No me gusta el arte, vine a buscar mi abrigo. —abre la puerta del auto— Deberían ir.

—¿A dónde? —pregunta él y me echa un vistazo. No sé qué cara tendré, pero entrelaza mis dedos.

—Al parque de atracciones. Lo acaban de inaugurar esta noche. Eso sí, hay mucha gente. —ella me mira, bajando sus gafas— Demasiada.

Es obvio que lo dice por mí. Me hierve la sangre. Debería controlar los celos, pero no puedo.

—Está bien, nosotros ya nos íbamos a casa.

Aprieto su mano.

—No, yo quiero ir.

Mi respuesta lo sorprende.

—¿Estás segura? —susurra.

Puedo ver la advertencia de Ángela en su ceja alzada. Ella todavía quiere tener a Edward. Este todavía espera que me arrepienta o algo. Y eso me enoja. Me enoja que crea que no puedo hacerlo. Me enoja todavía más porque me duelen los pies y no pienso dar marcha atrás. Sostiene mi mano entre la suya con fuerza, evitando cruzar palabra conmigo.

El estacionamiento se encuentra saturado. Ángela se quedó corta al decir que había mucha gente. Este lugar… Dios, está repleto. Casi tenemos que caminar rozando nuestros brazos de tan poco espacio.

Mi primera reacción es hundirme como un caracol por inercia. Me tranquilizo repitiéndome en silencio que es solo gente. Gente como yo, y eso sirve.

Ángela avanza delante de nosotros y señala un lugar a lo lejos.

—¿Por qué no vamos allá y jugamos a los bolos? —ninguno de los dos responde, por lo que ella lo intenta de nuevo— Es divertido. Puedes ganar tickets y comprar comida gratis.

Hago un hueco en el suelo con la punta de mi tacón.

—Bella y yo recorreremos por aquí y luego nos iremos. Gracias de todos modos, Ángela.

Alcanzo a ver el segundo exacto en que el rostro de Ángela se contrae.

—Como quieran. —se va, gracias a Dios.

La vemos alejarse y desaparecer entre el tumulto.

—Bolos. —murmura Edward con una sonrisa.

—¿Te gustan los bolos?

—Algo así.

—¿Y por qué no fuiste?

—Porque estás celosa. —no tengo cara para negárselo— Nena, ni siquiera hay motivos para que te pongas celosa.

—A ella todavía le interesas. —las palabras salen sin ser premeditadas.

Cierro la boca evitando así decir otra cosa más que no debo.

Levanta mi mano.

—¿Y a mí eso qué? —encoje los hombros— Ya sabes quién me interesa a mí en realidad. —me sonríe— Y no tenemos que estar aquí solo para desafiar a Ángela.

—Yo sí quiero estar aquí.

—¿Segura?

—Sí. —continúo— Tal vez me embarulle un poco, pero eso no quiere decir que no quiera estar aquí. Es como si me diese miedo el baño, pero iré de todos modos.

—¿Te da miedo el baño?

—En sentido figurado.

Edward se echa a reír.

—Fue una comparación un poco extraña.

—Oh, vamos, cállate. —escondo una sonrisa, y le cambio el tema— Mira, vamos allá.

Caras conocidas cruzan mi rostro y por la agitación del entorno se pierden de vista. Hay un puesto vacío, el único de la hilera de juegos. No sé de dónde he sacado esta incitación a jugar cuando hace cinco minutos quería largarme y estaba enojada por la presencia de cierta persona.

—¿Quieres jugar…? —pregunta, mirando el letrero— ¿a dispararle a la botella?

—¿Por qué no? ¿Te da miedo?

—Obvio que no. —responde.

El encargado nos entrega nuestros tickets y soy la primera en comenzar. La pistola es realmente pesada en mi mano, lo que me complica ubicar los dedos en ella. Cierro el ojo izquierdo y apunto a una de las botellas. El estallido me hace dar un salto, pero la botella sigue intacta.

—¡Rayos!

—Mi turno. —Edward me quita la pistola con una sonrisa petulante. Toma posición levantando la pistola y posando los dedos en los lugares correctos. Inclina la punta de esta y dispara. Un estallido y la botella cae.

—Wow.

La segunda vez que disparo, Edward me ayuda y logro derribar una de las botellas.

En su segundo intento falla, a pesar de que estaba seguro de sí mismo.

Continuamos así hasta que terminamos empatados.

—¿Cuál es el premio? —el encargado abre el cortinaje detrás de él para ver todas las opciones; hay un montón de tantas cosas que no me decido por ninguna, hasta que me fijo en algo que desborda a mi corazón de emoción— ¡Edward, mira!

Señalo el peluche de Garfield sonriendo hacia nosotros.

La sonrisa de Edward crece, y le señala el gato al encargado.

—Queremos ese.

Garfield se siente suave y esponjoso en mis manos.

—Es tan bonito. —abrazo al peluche con amor, como si se tratara de un tesoro. Edward sigue sonriendo— ¿Qué?

Sacude la cabeza.

—No tienes idea de lo hermosa que eres.

Se me acaloran las mejillas, pero no dejo de abrazar al peluche.

Una mujer rubia se aproxima hasta nosotros. Automáticamente retrocedo, pero al cabo de unos segundos, me doy cuenta de que no la conozco. Sin embargo, ella al parecer sí nos conoce a nosotros.

—Hola.

Edward se da la vuelta, encarando a la mujer.

—Oh. Hola, Tanya. —Tanya fija su mirada en mí y estamos en silencio hasta que él se percata— Lo siento, que descuidado. Bella, esta es Tanya… Tanya Denali.

Denali. No tiene que explicarlo. Tanya tiene que ser familiar de Kate, probablemente su hermana o algo así.

—Un gusto. —dice ella, y parece sincera. Aprieto al peluche con mis uñas— Edward, me gustaría hablar de algo contigo. Algo serio.

—¿Qué pasó?

Ella le dice que sabe lo de Sheila y Leticia. Parece muy molesta criticando la acción de Carlisle, y le asegura que aunque Kate no esté aquí, no dejará que nadie la pase a llevar. Ante la mención de Kate, Tanya echa un vistazo hacia mí.

Estoy tan pendiente de su conversación que me espanto cuando alguien me toca el brazo.

—¡Bella! —Alex me envuelve con su brazo. Él es mi viejo amigo de la escuela y docente en la universidad que asisto yo, y a veces quedamos a almorzar en la cafetería en nuestras horas de descanso. Eso, por supuesto, no se lo digo a Edward— No esperaba encontrarte acá.

Me deshago de su abrazo.

—Yo tampoco. —contesto, más por mí que por él.

Como cada vez que estoy cerca de él, saca su celular y busca rápidamente lo que sospecho.

—Mira a mi pequeña Clary. —el video muestra a una pequeña niña dando sus primeros pasos— Por fin quiso soltarse de nuestros brazos. ¿No es genial?

Alex es un padre orgulloso. Tiene tres hijos, y Clary es la menor. Cada vez que nos sentamos a almorzar, nuestra conversación no trata de otra cosa que de sus hijos y su esposa.

—Es preciosa, Alex.

Él sonríe— Lo sé.

Me muestra a su esposa y sus niños de lejos sentados en un puesto de comida, quienes sacuden sus manos hacia mí. Levanto la mía un tanto avergonzada por la lejana presentación. Cuando Edward termina su conversación con Tanya, vuelve de inmediato conmigo. Alex es efusivo en su saludo con él, pero éste solo le da la mano por cortesía. Después de unos cuantos intercambios nada animosos, la esposa de Alex lo llama por el móvil, y él se despide de nosotros. Lo veo alejarse a toda velocidad, recogiendo a la pequeña Clary del suelo. Suelto un suspiro melancólico.

Presiono a Garfield entre mi pecho, metiéndonos en el espacio reducido del lugar. Cogidos de la mano, tardo en darme cuenta que Edward todavía no me dice nada. Cuando la añoranza abandona mi cuerpo, me rio por nuestra absurda reacción.

—Y era yo la que estaba celosa.

Por fin, hemos salido del parque de atracciones. Nunca he amado tanto una calle vacía.

—No estoy celoso. —niega en rotundo y sé que está mintiendo. Cuando Edward miente, siempre mira a otro lado mordiéndose la boca. No espera que yo no diga nada respecto a eso, así que me dice—: Nunca me dijiste que Alex era casado y que tenía hijos.

—Nunca preguntaste.

Ajá.

—Bueno, sí, pero…—chasquea la lengua— da igual… ¿Nos vamos a casa?

Su humor cambia y apoya su mano en mi mejilla, depositando un beso en el tope de mi cabeza. Adiós celos.

—Vamos a casa.

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Esa noche sueño con el sonido de una voz que grita:

¡Bellaaaaaa!

¡Lilyyyyyyyy!

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Bree trae rollos de canela de la tienda por la mañana. Lleva el pelo recogido en una evidente resaca.

—Puedes dormir en mi habitación si prefieres. —ofrezco— Yo tengo que salir, de todos modos.

Trocea el panecillo con los dedos, negando con la cabeza.

—Gracias, estaré bien. No es como si no estuviera acostumbrada a hacer siempre lo mismo; en Roma podía salir y al otro día levantarme a la seis para trabajar.

—Niña, ¿cómo le haces? —inquiere Esme curiosa.

Bree ladea la cabeza.

—El libertinaje lo llevo en la sangre.

Edward me ha dicho que los padres de Bree son una mezcla de lo que es ella hoy; su madre tiene el aspecto de una hippie que nunca se toma nada en serio y su padre es amante del rock alternativo, pero al menos es consciente de sus responsabilidades. Así que Bree sacó la inestabilidad de su madre y el deber de su padre. Por eso ella anda de allá para acá, porque nunca le enseñaron a mantenerse en un lugar.

—Lo que se hereda no se hurta. —se mofa Edward, dándole un beso en la nuca a su prima.

El timbre suena y él aprovecha estar de pie para atender.

Leti nos sirve café a todas, excepcionalmente animada esta mañana.

Edward regresa con Emmett y Alice siguiéndole los talones.

—¡Chicos! Llegan justo para comer. —Esme se pone de pie y arregla sillas para unirlos con nosotros. Leticia trae más tazones para café y ellos se sientan. Emmett suspira— ¿Estás enfermo?

—No. —responde él— Me duele la cabeza.

—¿Puedes decirme cuántos dedos ves aquí? —Alice levanta una mano delante de su cara— No está enfermo, tiene resaca.

Emmett jadea.

—¿Es necesario que grites?

—No estoy gritando.

Continúan una discusión sin sentido hasta que Esme deposita panecillos con queso derretidos. Me alejo de los panecillos por hoy y me pongo de pie, tomando mi tazón y dejándolo dentro del lavaplatos. Sé que Edward se aproxima hasta mí porque siento su loción rodearme.

—¿Estás lista?

Me tiemblan las manos.

—Creo que sí.

Por suerte nadie nota mi rápida inestabilidad porque todos están pendientes de la resaca de Emmett. Me despido casual de los que están sentados antes de dirigirme a mi habitación. Cojo mi bolsa y la fotografía de la repisa. Edward espera junto al jeep y abre la puerta para mí.

El ruido del motor me forma un nudo en la garganta.

—¿Estás seguro que Jasper te dio la dirección correcta?

Me entrega un papel doblado con la residencia.

—Estoy seguro.

—¿Y si se fue?

—Todavía está aquí, Bella. Tranquila.

Abro la ventanilla del coche, impaciente.

—Tienes razón, lo siento.

Con suavidad, su mano cubre la mía.

—¿Confías en mí? —su expresión es sincera, él de verdad creer que todo irá bien.

Estuve sopesando mi decisión más veces de las que recuerdo en realidad. Con un pie en el olvido y otro en el pasado, sabía que necesitaba respuestas a preguntas que nunca formulé en voz alta, que nunca se las formulé a él. Esa sensación de vacío interior, de que algo falta y algo no sabes, estaba volviéndome loca.

Edward inclina su cuerpo más cerca y me da un beso. Su labio inferior se amolda a mis labios de una forma muy dulce. Es un beso esporádico que dura hasta que recuerdo a lo que vamos.

Aun así, su cara no se aleja de la mía.

—Bella.

—¿Sí?

—Te amo.

Me saca una sonrisa. Es primera vez que lo dice directamente.

—Y yo a ti —contesto más relajada ahora—, también te amo.

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Charlie vive a las afueras de Denver, en una pequeña casa cerca de la gasolinera que da hacia la carretera. Edward se queda en el asiento del jeep mientras tomo una bocanada de aire y toco la puerta.

Su cara aparece en la ventana, por lo que trago en seco. Un instante después, la puerta se abre.

—Isabella. —dice, sorprendido de verme. Sus ojos viajan deprisa hacia el auto— Qué sorpresa.

—¿Tienes un minuto?

Parece tan sorprendido y choqueado de verme, que tarda en entender lo que he dicho.

—Por supuesto.

Miro hacia atrás y Edward asiente con la cabeza, prometiendo en silencio esperarme hasta que salga. No hay mucho que ver en cuanto pongo un pie en el lugar; un sofá desgastado, una televisión, muebles varios, cocina y una mesa de centro. Las fotografías adornan las paredes y no sé por qué razón, pero me siento incómoda viendo que varias de ellas se tratan de mí y Lily de pequeñas.

—Perdona si te he interrumpido.

—No, para nada. —me ofrece jugo y creo que sabe a lo que vengo porque se demora más de lo habitual. Tomo asiento en el frío sofá y espero. El jugo de kiwi nunca ha sido mi favorito, pero lo acepto y de los nervios, bebo un gran sorbo— ¿Te enseño algunas revistas?

Me aclaro la garganta.

—No estoy en la sala de espera de un hospital, Charlie. Ya sabes a lo que vine.

Con un chasquido, él se sienta.

—Bien. Pregunta lo que quieras.

Busco aire con desesperación en aquella claustrofóbica habitación. Si tuviera el valor de mirarlo a los ojos y exigírselo, todo sería diferente, pero, aunque trato de mostrarme serena y tranquila, saberlo mi padre claudica cualquier intento.

—Quiero saberlo todo. Quiero saber quién fuiste tú y quién fue Mars. Quiero saber de Lily y de mi madre. —miro mis manos— Quiero saber quién soy yo.

Mis hombros se relajan y de pronto me siento capaz de enfrentarlo de verdad. Levanto el rostro y nuestros ojos se encuentran.

Soy más fuerte de lo que pienso, más fuerte de lo que creo.

Charlie deja su vaso de jugo sobre la mesita.

—¿De verdad quieres saberlo?

—No estaría aquí en primer lugar.

Eso fue como un golpe en el estómago. Él se ríe ante mi respuesta, pero es una risa ácida.

—Bien. Tienes razón. —se pone de pie— Es lo que he querido hacer contigo y Lily desde que volví.

Mi pierna se mueve inquieta cuando Charlie abandona la sala. Siento que, si me pongo de pie, voy a desmayarme. No es una sensación agradable.

Una vez que él regresa, estoy lista para escuchar todo lo que tenga que decir, pero en vez de eso, Charlie está en silencio y arroja un periódico sobre la mesa.

Es un periódico viejo, arrugado y amarillento.

—¿Qué es esto? —pregunto, levantándolo.

Entonces leo el titular.


Dejaré este final de capítulo por aquí y me voy antes de que me atrapen.

Muchas dudas se resolverán, y tal vez este sea el comienzo de uno.

Como siempre les digo, mil gracias por acompañarme. Me hacen muy feliz.

Y también las invito a unirse a mi grupo de fics (Link en mi perfil de fanfiction) donde subo adelantos de Acorralada cada semana.

Espero que estén teniendo una linda semana.

Un abrazo!