Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 30
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BPOV
Edward se toma el tiempo de explicarme cómo los papeles del divorcio alteraron tanto a Rosalie que dejó de comer y comunicarse con los demás. Emmett hizo los trámites a costa de su abogado, algo que la enfureció muchísimo, porque todavía tenía esperanzas de poder hablar con él a solas. Cuando los papeles llegaron a sus manos, empezó a gritar su nombre y tuvieron que encerrarla en un calabozo. Lo demás es confuso, nadie sabe de dónde cogió trozos de vidrio roto.
—¿Se cortó las venas? —pregunto en voz baja.
Edward toma mis manos todavía recostado sobre su estómago.
—Perdió mucha sangre. Al igual que James, Rosalie está aislada de las demás reclusas. Y esa es otra de las teorías que se forman; puede ser tanto por Emmett o por las amenazas de muerte que le han hecho.
No puedo mentirme a mí misma diciendo que me es indiferente su situación. Siento pena, por extraño que parezca, lástima, ya no lo sé. Esto va mucho más allá del odio y el resentimiento que puedo tener y supongo que aquellos sentimientos no los controlaré nunca. Mi cuerpo adormecido se sorprende cuando menciona que los especialistas poco pueden hacer por ella desde que decidió dejar de hablar. Igual que lo hice yo en algún momento.
—Bien. —respondo, frunciendo el ceño y acomodándome en la cama como él. No necesito saber nada más, no quiero los detalles y Edward lo entiende— Buenas noches.
No asocio debilidad y apego ante las primeras lágrimas que brotan por mis ojos. Estoy limpiando algo dentro de mí, y porque no sé qué más hacer o decir al respecto, así que no me detengo. Recuerdo haber pensado para mí que las malas acciones regresan. A veces tardan, tardan mucho, pero llegan. Y eso es justo lo que está sucediendo en este minuto.
Edward murmura una respuesta devuelta y peina mi cabello con sus manos hasta que me quedo dormida.
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Por la mañana tengo una terrible migraña. El problema es que ni siquiera estoy segura de que esté de día. Tengo picazón en la nariz, y cuando enfoco bien la visión, Edward pasa una margarita alrededor de mi cara, haciéndome cosquillas.
—Buenos días, Garfield. —saluda enronquecido.
Ya vestido y bañado. Parpadeo.
—¿Qué hora es? —exijo en un gruñido. No hay manera de que sea tan activa como él por las mañanas, así que froto mis ojos con las manos para despertarme por completo— ¿Por qué está tan oscuro?
—Son las 5:50 de la mañana.
—¿Y se puede saber qué haces levantado a las 5:50 de la mañana?
—La mayoría de la gente se levanta a las 5:50 de la mañana. —contesta distraído— Incluso diría que antes.
Me cubro el bostezo con la mano, estirando los brazos hasta que mis manos tocan el respaldo.
—¿Y eso tiene que ver conmigo porque…? —doy media vuelta para acomodarme, como si eso fuese a hacer que me dejase en paz. Algo que no ocurre, por supuesto.
—Eso tiene que ver mucho contigo y con todo lo que has hecho en el último año.
—¿A qué te refieres? —inquiero escondida en la almohada.
—Me refiero al trote.
—¡Es temprano! —protesto.
Me tira de los pies, logrando que el edredón caiga al suelo.
—Por eso mismo. —contesta burlón.
—No iré. —sueno tajante, balaceándome sobre la almohada para evitar que me saque de la cama. algo que, como es de esperar, no funciona, porque termina tomando el control de la situación sacándome en brazos— ¡Es sábado!
Soy arrastrada como un saco de papas hasta el cuarto de baño. Mis pies tocan el frío suelo de baldosas y bufo ante mi pelo enmarañado en el espejo. Edward me lanza un beso y un guiño desde la puerta, dándome cinco minutos para cepillarme los dientes. El dentífrico me da arcadas y termino lavándome tan deprisa que me daño las encías. Cuando salgo del baño, encuentro la margarita sobre la cama tendida de mi habitación, la que no ocupé anoche, y a Garfield sonriendo a un lado. Mi ropa de deporte ya está lista sobre el edredón, cortesía de él, y ruedo los ojos.
Luego de terminar de amarrar mis zapatillas, recojo la margarita de la cama y salgo de la habitación.
Todavía está de noche y pese a que estoy despierta ya, sigo queriendo regresar a la cama.
Edward me lanza una barrita de cereal, junto a una taza humeante de café que la deja alrededor de mi mano.
—No sé lo que pretendes. —lloriqueo.
Él se encoje de hombros.
—Piensa que veremos el amanecer.
Tomo un sorbo del café, agradecida del líquido caliente que viaja por mi garganta.
—Voy a dormirme en mi primer día de trabajo. —recuerdo.
Edward hace caso omiso de mí y engulle su barrita de cereal rápidamente. Doy pequeños sorbos al café caliente, pero no alcanzo a terminármelo, ya que señor prisas no se detiene por mí. La calle está vacía y oscura y somos bombardeados por un montón de perros callejeros. Me subo la cremallera hasta el cuello y encojo los hombros para aligerar el frío. Edward parece tan feliz de lo que ve a su alrededor que me dan ganas de apalearlo.
Empieza a trotar por la calle principal dejándome atrás. No soy capaz de alcanzarlo porque mis piernas no responden como deberían.
—¿Eso es todo lo que puedes hacer? Te creí experta en deporte. Me extraña araña.
—Cállate.
Con trampa, permite que pase algunos tramos por delante de él. No puedo verle con tanta claridad como me gustaría, pero siento su respiración acelerada por encima de la mía. Aun con la oscuridad de la madrugada, trotar juntos me trae bellos recuerdos. De esos recuerdos nostálgicos que vienen a tu mente de pronto sin tiempo a detenerlas, y que por mucho que te hagan sacar una sonrisa, no quieres que vuelvan a ocurrir. Por ejemplo, mis salidas con Carmen. Edward estaba allí en cada oportunidad, animándome a seguir adelante, y yo estaba callada y agradecida de su compañía, deseando demostrárselo con hechos y no con silencios.
Me gustaba su compañía, todavía me gusta, me hace saber que no estoy sola. Él trotaba conmigo cuando podría haber estado haciendo cualquier cosa. En aquella época, todavía creía que lo hacía por lástima.
Edward me pilla sonriendo.
—¿Te acordaste de mí?
Incluso sin luz, puedo ver su hoyuelo marcado en la mejilla.
—Engreído. —el cielo comienza a volverse grisáceo en unos minutos. No nos damos cuenta. Mi respiración se detiene por el cansancio, pero me niego a parar— ¿Ese no es un patito volando?
—¿Un patito volan…? —no termino la pregunta cuando echo a correr despavorida por la acera.
Me precipito a la velocidad de un rayo, sintiendo el viento primaveral golpearme el rostro con su frescura. Estoy feliz y excedida, pero excedida en el buen sentido. Edward me sujeta de la cintura parando abruptamente. Sus labios fríos acarician mi cuello y esconde su rostro en él, tratando de recuperar la respiración después de echar a correr conmigo. En ningún momento podemos recobrar el equilibrio, y caigo sobre él en el suelo.
—¡Jesús, gatito! Eso que acaba de sonar fue mi hueso roto.
—¡Lo siento! —me paro en mis pies, ayudándolo a levantarse— ¡Por Dios, Edward, caíste sobre un montón de piedras! —mi risa no cesa, al contrario, solo aumenta.
Él me ignora.
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En algún pasado no muy lejano, llegué a soñar con ver el amanecer. Armé un boceto en mi cabeza durante años, arrinconada en una pared de concreto, preguntándome si mientras lo pensaba, estaría ocurriendo. Y hoy no era necesario que lo imaginara de nuevo. Acomodo el rostro en el pecho de Edward y observo al sol naranjo exhibir destellos por encima de una nube esponjosa.
Los pájaros manifiestan su melódica música sobre las ramas de los árboles, endulzando la mañana.
—Oye —Edward descansa la barbilla en mi cabeza— Sé que lo de Rosalie te afectó, por mucho que quieras ocultármelo. —susurra.
Un insecto se posa en mi dedo índice, y no lo espanto.
—¿Por eso es que me sacaste esta mañana?
Edward suspira.
—Pensé que podría animarte. —quiero decir algo sarcástico respecto a eso, hasta que añade—: Imaginé que te gustaría ver el amanecer conmigo.
Su suave voz eriza mi piel, igual que el primer día.
—Este es el primero de muchos amaneceres que quiero tener contigo.
Eso era una certeza patente. Edward sonríe y presiona su boca en mi frente mientras nos acomodamos en el césped.
—¿Entonces estoy en lo cierto? ¿Te afectó?
Me muerdo el labio.
—Más de lo que esperé de mí.
—No te sientas mal por eso. —susurra, envolviéndome con su brazo— Son situaciones que no puedes controlar. Suceden. Cada quien es responsable de sí mismo.
—Lo sé. Es difícil no ponerme a pensar en ello. —admito— Pero… tienes razón, cada quién es responsable de sí mismo.
Cuando comienza el movimiento en la carretera, decidimos regresar a casa.
Estamos rodeados por cielo despejado, lo que permite que pueda ver a un ave volar por los aires en completa libertad. No tardo demasiado en darme cuenta que no se trata de un ave, sino de un avión.
—¿Qué haces? —inquiere con curiosidad, viéndome levantar el índice en dirección a la máquina.
—Nunca he viajado en avión.
Se vuelve un punto negro, lejano y transparente.
—¿Te gustaría?
El pensamiento me aterra.
—Me dan miedo las alturas.
Resopla— Ah, pero no tienes que mirar por la ventana si no quieres. Lo importante es que disfrutes el viaje. Volar es maravilloso si sabes controlar tus emociones.
—¿A dónde me llevarás? —pregunto en broma.
Edward me coge de la mano, frunciendo el ceño.
—Lo meditaré con mi almohada.
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El primer fin de semana de trabajo fue agotador. No fueron tantas las horas que estuve atendiendo y ordenando las ventas de la bodega, sino lo que significa trabajar como cualquier ser humano. La última vez que tuve un trabajo normal tenía veintiún años y fue en Burger King. También atendía gente, pero no recordaba que fuese tan difícil. La madre de Alex me ayudó un par de veces cuando las palabras no salieron nunca de mi boca y el cliente estaba exasperándose por mi demora.
Para el segundo fin de semana, pude controlar mejor mi verborrea.
Meto la llave en la cerradura con la pesadez de mis ojos por el sueño. Encuentro a Esme conversando en voz baja con Alice y Bree.
—¡Gatito! —saluda Edward, saliendo de la cocina. Deja la bandeja de las manos en la mesita de centro y me besa— Iba a llamarte para saber dónde venías.
—Te ves agotada, Bells. —murmura Alice, cogiendo una galletita del plato.
Suspiro y me echo el pelo hacia atrás, recordando repentinamente el cuchicheo que había cuando entré.
—¿Qué está pasando?
Conozco a esta familia lo suficiente para saber que cuando hablan en voz baja, es porque algo ocurre.
Todos se miran entre sí.
—Carlisle está hablando con Leticia en su cuarto. —responde Esme por todos.
Me siento en un hueco junto a Alice, quitándome los zapatos.
—¿De verdad? —me sorprendo— Bueno, eso es lo que tenía que pasar alguna vez ¿no?
—Sip —reconoce Bree—, ¿pero… qué me dices si te digo que también está Sheila en el cuarto?
—¿Cómo…?
—Espero que no se estén agarrando del moño allí dentro. —se mofa Alice.
Edward sacude su cabeza.
—Con el carácter que se gastan los dos, hace rato hubiésemos escuchado los gritos.
Para nuestra sorpresa, los gritos nunca llegan. A pesar de que esperaba que esta reconciliación se efectuase, estuve realmente conmovida de que por fin las cosas empezaran a tomar su lugar. Carlisle estaba arrepentido, dolido y enojado consigo mismo. Él no pretendía dividir a su familia y que la situación todavía lo abrumaba, mas no le extrañaba. Había tenido tiempo suficiente para darse cuenta que estaba solo a su alrededor; no solo comenzaba a perder el contacto con sus hijos y su ex esposa, ahora también lo hacía con su sobrina favorita, que casi no frecuentaba la casa. Y todo eso le hizo ver con más claridad lo que de verdad tiene importancia. Lo último que quiere es ser un padre ausente por su orgullo.
No estoy segura si él realmente asume la sexualidad de Leticia, pero al menos lo está intentando. Y lo importante es que quiere intentarlo.
—En el fondo, muy en el fondo, mi tío Carlisle no es tan malo. —Bree la da una calada a su cigarrillo, apoyándose en el alféizar de mi ventana— Sabía que desistiría en algún minuto. —me tiende el cigarrillo en el aire y me niego— Pero bueno, al menos voy a dejar a esta familia unida en mi ausencia.
El humo cae directo a mis fosas nasales y empiezo a toser.
—¿Todavía estás pensando en irte?
—Por supuesto.
—Pero… —me interrumpe.
—Mi viaje está escrito en alguna página del universo, aquel que designa el destino de las personas.
—Bree, no bromees.
Ella se ríe. Después de un momento, cuando se da cuenta que no me rio devuelta, me mira.
—Tengo que hacerlo, Bella.
—¿Y eso por qué? ¿Porque no te atreves a confesar lo que sientes? ¿no? Por miedo al rechazo.
—No es eso.
—Claro que es eso, solo asumes lo que él siente. Estás escapando.
—Quiero irme por mi cuenta, porque extraño Roma. Y está bien, tal vez hay un poquito de eso. Tal vez también estoy escapando, pero porque la situación es absurda.
—Tú eres absurda. —me molesto.
Bree emite un ruidito de sus dientes.
—¡No te enojes conmigo!
—¿En serio quieres irte?
—En serio.
Pongo cara de borrego.
—Te divierte que la gente se encariñe de ti y abandonarlos.
—No exageres, eso no es verdad.
—Es verdad. —corrijo— Eres de esas personas que dejan huella en cualquier lugar. No importa si estás un día o dos, siempre terminas dejando a las personas marcadas por tu alegría y empatía. Las mismas que dejan un vacío cuando se van.
—Maldición, tengo una basurita en el ojo. —se ríe, pero puedo ver que de verdad le conmueven mis palabras— Tú también vas por la vida dejando huella. —admite— Tú no lo ves, por supuesto.
—Y tú tampoco. —digo— Te estoy diciendo que dejas una huella en las personas. —le quito el cigarro y le doy una pitada rápida, ameritando el momento— Emmett es una persona.
Bree se estira en la ventana, resoplando.
—Como demonios sea, no quiero pensar más. —nos quedamos en silencio observando las estrellas, y al momento siguiente, la escucho decirme—: Te quiero, Bella. Tienes que saberlo. Eres una gran amiga.
No seré yo la que siga con el tema. Lo bueno de Bree, y que me consuela, es que puede volver en cualquier momento si quiere. ¿Lo peor? No se sabe cuándo.
—También te quiero, cabezota.
Le tengo un cariño especial a Bree, más que con cualquier otra persona. Con ella podemos mirarnos con complicidad, comunicarnos sin palabras. Y de solo pensar lo mucho que la voy a extrañar hace que me entren unas ganas terribles de llorar. Es imposible que olvide que ella fue la única que me entendió, cuando nadie más lo hizo.
Ella me leyó entre líneas.
Ella captó mi terror.
Ella me ayudó a confesar.
—¡Vamos! No te pongas triste. —ruega.
Una lágrima se me escapa rápidamente.
—Esto es tu culpa.
—Lo sé. —exhala— Recuerda que dejo huella.
Me tiende la mano con un guiño, y rompo a reír.
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Hundo las manos entre medio de mis piernas. No hace frío, pero mis manos tiemblan de anticipación. Soplo contra mi blusa azul transparente y observo el rostro impaciente de Alice.
—¿En serio cree que se ve bien con ese corte de pelo? —señala a una mujer desdeñosa en la banca de enfrente.
Le hago ojitos para que deje de mirarla con tanta fijación.
—No hables tan fuerte.
—Es que… —se calla. Ladea la cabeza y la levanta hasta que su nuca choca con la pared— Tengo sed.
—Uf. —Bree se cruza de brazos— Me tomaría una caipiriña. Todavía tenemos tiempo de cambiar de opinión.
Muevo la pierna sobre la otra.
—No.
La escucho jadear.
—De acuerdo.
El hermano mayor de Rosalie Hale sale por la puerta de salida junto a un guardia, mientras la madre adoptiva de esta se levanta de la silla. La mujer me dirige una mirada incómoda desde la distancia; ambos me conocen, saben quién soy y probablemente saben que sé muchas cosas sobre ellos, por lo que tratan de fingir que no existo. Algo que tampoco me importa.
Se van deprisa. No veo una sola señal de pena o preocupación. Se van como si acabasen de salir de pagar las cuentas.
El guardia me señala.
Alice y Bree no dicen nada porque ya saben cuál es mi respuesta a la pregunta que vinieron repitiéndome desde que salimos de casa. Mientras cruzo la puerta, con la mano firmemente apoyada en mi cadera, me pongo a pensar en lo que estoy a punto de hacer. Lo había estado pensando desde hace mucho tiempo, pero nunca me atreví. No fue porque quisiese asegurarme que estuviera bien, aunque aquello me motivó a venir finalmente. Desde que Charlie se marchó sin decir nada más, siempre creí que Rosalie debía saber la verdad sobre nuestra familia. Al menos, para sentir que no tengo solo yo esta carga en los hombros.
Saber quién fue ella, quién fui yo. Unir piezas perdidas. Recuerdo algunas veces que culpó a Charlie de la muerte de Marie. Pero resulta que la culpa de la muerte de Marie no es de nadie. Y ella mató a mi madre.
La cabina es pequeña y sofocante. La silla emite un ruido cuando la tiro hacia atrás. Me muerdo el labio inferior y tomo un par de bocanadas de aire.
El gendarme recibe instrucciones por interno en una esquina y en unos minutos abre la puerta detrás de la cabina.
No hay ninguna reacción facial en mi rostro ni en el de ella. Su aspecto es un desastre. Luce tan envejecida que por un segundo no la reconozco. Las vendas en las muñecas y el oscuro moretón en la boca le hacen ver sumamente enferma. Bolsas y ojeras cubren sus ojos, así como manchas marrones en las mejillas.
Sus apagados ojos no apartan los míos.
Y sentada aquí de piernas cruzadas, agradezco que haya una cabina que nos separe porque, lo cierto, es que su aspecto me da miedo.
Llegamos al penúltimo capítulo... creo.
Y todavía hay muchas preguntas... ¿Cómo reaccionará Rosalie? ¿Decidirá hablar con Bella. ¿Bree volverá a Roma?
Gracias por seguir aquí! Por manifestarse en cada capítulo, no saben lo gratificante que es :)
Los invito a unirse a mi grupo de fics (link en mi perfil de fanfiction) dónde subo adelantos todas las semanas.
Un beso enorme, y espero que estén teniendo un lindo fin de semana.
Cambio y fuera.
