Capítulo 20: ¿Cómo podría quererme?
Scar narrando:
Una noche, acompañé a Fay de cacería. Hacía mucho frío. Nos acompañaban dos hienas más. En realidad yo solo iba de espectador.
Una manada de antílopes pastaba desprevenida. Fay y sus compañeras, dos hienas gemelas de nombres Loebanna y Loebenna, observaban con detenimiento, pero Loebanna en especial, lo hacía de una forma inquietante y sospechosa.
Por desgracia, mi presencia hizo que las cosas salieran muy mal.
—Cuidado, Taka –Escuché que Loebenna, gritó.
Un antílope corría directo hacia a mí a gran velocidad, me apuntaba con sus cuernos dispuesta a atacarme. Fabana desvió la mirada del antílope que acechaba, e inmediatamente corrió hacia a mí, poniéndose enfrente.
Los enormes cuernos del antílope quedaron a los lados del cuello de Fabana, como sujetándola. Después vi, como ella fue lanzada, cayendo de espaldas al suelo.
No lo podía creer. Ella me había defendido, sin ser yo su real hijo.
Vi que no se levantaba, tampoco abría los ojos. Comencé a temer por su vida.
—¡Fay! –Grité.
El antílope emitió un extraño ruido que alertó a los demás. Todos comenzaron a huir despavoridos.
—La regresaré al cementerio –Gritó Loebenna.
—Llévala con Shimbekh y llévate a Taka –Gritó Loebanna. –Yo cazaré algo para cenar.
— ¿Estás segura, que podrás cazar tu sola? –Preguntó Loebenna.
—Muy segura. Ahora ve.
Fuimos a donde la sacerdotisa Shimbekh. No me permitieron entrar a su cueva, así que esperé afuera. Adentro también estaba otra sacerdotisa de nombre Kokasha, y un sacerdote llamado Rómulo, y entre los tres comenzaron a curarla. Después de un rato, Loebenna y Shimbekh, salieron del lugar, cargando el inconsciente cuerpo de Fay; —Solo necesita reposo. –Dijo Shimbekh. –Tuvo suerte de que el antílope no le enterrara los cuernos. Y El golpe de la caída no fue muy duro, en realidad.
Loebenna y Shimbekh, con dificultad, llevaron el cuerpo de Fay hasta nuestro hogar, y digo "nuestro" porque ahora yo vivía junto a Fabana.
Después ambas se retiraron, y me dejaron solo con ella.
Sentí en mi corazón un vuelco, y un enorme sentimiento de culpa.
—Perdóname Mutti... Yo provoqué esto...
En ese momento, los pequeños Shenzi, Banzai y Edd, llegaron de repente.
— ¿Qué le pasó a Mutti?—Preguntó Banzai.
No quise responder. En ese momento, Fay hizo ruidos con su boca, y lentamente comenzó a abrir los ojos.
— ¡Mutti! –Exclamé. – ¡Estas bien!... Por favor, perdóname, si yo no te hubiera acompañado, esto no…
—No te disculpes... esto no es culpa tuya.
Con mi zarpa, acaricié su rostro.
—Nunca nadie había hecho por mí algo tan bello. Me defendiste de esos antílopes. ¿Cómo podría pagártelo?
Las lágrimas corrían por mis mejillas. En verdad, nunca nadie había hecho algo por mí. Aquel suceso era como haber recibido caricias directas al corazón.
—Las madres podemos dar la vida por nuestro cachorritos –Dijo Fay, soltando una lagrimita, pero a la vez dibujando una tierna sonrisa en su rostro. Después de decir esto, se quedó profundamente dormida.
Con sus palabras, me sentí amado. Inmensamente amado. No me había sentido así, desde la última vez que mi madre Uru me había acogido entre sus brazos.
Fabana me escuchaba, me alentaba y me despertaba de mis pesadillas. Ella se había convertido en mi apoyo principal.
¿Cómo podía quererme alguien de una especie diferente a la mía?, ¿Cómo quererme si yo no era su verdadero hijo?, ¿Cómo querer a alguien tan despreciable como yo? ¿Cómo?
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