POR FAVOR LEER ESTO ANTES DE COMENZAR EL CAPÍTULO: El capítulo final se dividirá en dos partes, esta es la primera, porque me iba a salir muy largo y ya había avisado que el anterior era el penúltimo, y decirles ahora que no lo era, solo confundiría a algunos.
Ahora sí los dejo leer.
Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 31
Final (Primera parte)
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Rosalie desvía la mirada hasta sus manos. Sus uñas rotas y secas se arrastran por sus brazos, como si estuviera rasguñándose igual que un gato. Por unos minutos no hago más que tratar de reconocer a la mujer que vi durante tantos años. Sigue dándome tanto miedo como en un principio, pero ahora estoy de este lado. Ahora soy yo la que lleva ropa linda y maquillaje. Soy yo quien se pinta las uñas. Soy yo quien está libre.
Trago en seco. No sé qué decir.
Ella levanta el auricular blanco de la mesita y se lo lleva al oído.
"No se comunica con nadie" recuerdo.
Emocionalmente estoy angustiada por su cercanía, podría trabarme y rebajarme a lo que su mirada desquiciada me provoca, pero no se lo permito. Respiro por la nariz. Me recuerdo lo que he hecho en el último año y todas las veces que he reído a carcajadas, todas las veces que me he sentido en paz y tranquila como pensé que nunca estaría. Y aquello funciona de tal manera que el aura a mi alrededor me protege.
Rosalie no puede hacerme daño.
No puede hacerme daño.
No puede hacerme daño.
—¿Qué haces aquí?
Su voz me pilla desprevenida. No esperaba que hablase tan pronto.
—Pensé que ya no hablabas.
—A menos que no tenga nada importante que decir, claro.
Su boca se mueve, el resto de su cara está intacta.
Tomo aire.
—Tengo algo que decirte.
—Podrías haber enviado a tu abogado a decírmelo. No es nada nuevo.
Está hablando de Emmett. Todavía le duele. Puedo ver cómo sus ojos se oscurecen ante el recuerdo. Inquieta, se echa en la silla y empieza a juguetear con la venda de su muñeca izquierda. Le pongo un pare a mi inspección. No quiero observarla tanto tiempo. Su moretón, sus labios secos, su cabello dañado… todo me distrae.
—Es sobre Marie.
—¿Por qué le llamas Marie?
—Porque así se llama.
—Mi madre.
—Sí, tú madre. —recalco.
Acaparo toda su atención, algo que no me gusta. No me gusta que me mire tanto como puede. Pienso que recuerda todas las torturas que me hizo pasar y todas las veces que le rogué que parara. Escondo mis brazos. Incluso con el tiempo, todavía tengo marcas en las muñecas. Marcas que no duelen, pero que las siento en el corazón. Marcas visibles que llevaré para siempre.
Por primera vez, me pongo en el lugar de Charlie, incapaz de sacar las palabras de mi boca. No es tanto por su reacción, sino la forma en que quiero comenzar. Explicarle que su madre y la mía no son la misma persona, explicarle que Marie sufría de esquizofrenia, explicarle cómo esta terminó matando a Renee, fue vivirlo en carne propia. De pronto, me sentí partícipe de aquel crimen. Sin embargo, peor aún fue explicarle las razones que tuvieron Charlie y Mars para dejarla en un orfanato.
Empieza a sacudir la cabeza.
—No es verdad.
—Sé que es difícil de digerir.
—No es verdad. —insiste— ¿Qué te hacen fumar afuera? ¿Cómo puedes decir tanta estupidez junta?
—Tu madre mató a la mía. Marie se suicidó, Rosalie.
—Mamá no era una asesina.
—Nunca dije que lo fuera. Marie estaba enferma…
—¡Cállate! —gruñe. El guardia le grita que se detenga— Si estás intentando lastimarme por lo que te hice, lo estás logrando. Ahora vete, Isabella, ya cumpliste con tu cometido.
—No estoy tratando de lastimarte. No soy como tú.
Eso es lo último que espera que diga, y me sorprendo a mí misma pronunciándolas con tanta convicción.
Sus ojos secos se humedecen con las lágrimas.
—Charlie sigue siendo un hijo de puta. —susurra, posando sus ojos en los míos— Esto solo me confirma que siempre fuiste la consentida.
—¿Eso importa ya? ¿No te das cuenta?
—¿Darme cuenta de qué? ¿Qué lo único que cambió de esta historia es que mi propio padre me creía enferma? ¿Qué prefirió sacarme de su vida por eso? Mi madre mató a la tuya…
—Irónico ¿no te parece?
Chasquea la lengua; rendida, confundida. Limpia sus ojos con las mangas de su overol naranjo.
—Vete. No me gusta verte, no me gusta hablar contigo. —sisea— Ya cumpliste con decírmelo, ahora vete.
—Por supuesto.
Pero no lo hago y la miro. Todavía sobrecogida de saber que llevamos la misma sangre, que somos hijas del mismo padre e incluso darme cuenta que jugamos juntas en el árbol, a las muñecas y que probablemente dormimos con los mismos peluches. Es difícil imaginarme una infancia con ella, donde no había problemas y el odio no existía.
Es difícil. Tan difícil.
Rebusco en mi cartera. Tengo ganas de llorar.
Rosalie lo hace.
—Oye. —su rostro estropeado y enrojecido por el llanto, me curiosean, pronunciando las siguientes palabras con verdadero disgusto— Mírate… pareces normal. No eras tan débil después de todo.
Rencor o no, eso no se va de la noche a la mañana.
Alzo una ceja.
—¿Esa es tu inteligente forma de pedirme perdón?
A cambio, pone los ojos en blanco.
—¿Sirve de algo hacerlo? ¿A estas alturas?
Su pregunta revuelve algo dentro de mí. Acto seguido, me levanto de la silla aún con el auricular puesto.
—No me sirve a mí. —respondo, siendo franca— Pero a ti sí te puede servir. No es a mí a quién debes pedirle perdón. ¿No te has pedido perdón a ti misma?
Me quito el auricular y ella no me detiene. Baja el rostro a sus manos de nuevo, pasando los dedos por las vendas de sus brazos, mientras pongo mi cartera en mi hombro. Firme y segura como nunca antes, camino fuera de la cabina a paso tranquilo, sintiendo un peso menos encima. Cuando la puerta se cierra detrás de mí, soy otra persona.
Inhalo, luego exhalo.
Alice llega hasta mí, dándome un abrazo.
—Te felicito, Bella. —dice en mi oído— Te felicito.
Miro la puerta, rasgada y anticuada, haciéndome a la idea de que este pudo haber sido nuestro último enfrentamiento.
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—Todavía es temprano. —digo.
Bree camina por delante, casi dando brincos.
—Son las siete. Siete y treinta. —verifica su reloj— El atardecer es joven.
Alice y Bree hablan sobre caipiriñas y mojitos mientras veo al jeep de Edward aparcado en la salida y a él sentado en el asiento del conductor. Necesito urgente un trago, al alcohol quemarme la garganta para olvidar a Rosalie, pero más que eso, lo necesito a él; a sus brazos, sus palabras de consuelo, su cariño, sus besos.
Las chicas me preguntan si el pub es una buena opción, hasta que Alice se da cuenta de dónde estoy mirando.
—Creo que vamos a salir las dos esta vez, Bree.
Ambas me empujan hacia el jeep. Todavía estoy lejos y mis pies comienzan a moverse en su dirección sin ser consciente. Estoy sedada, atontada por el encuentro. Dándole vueltas a la frase de Rosalie una y otra vez.
Mírate… pareces normal. No eras tan débil después de todo.
—No soy débil. —sigo avanzando, sigo pensando. Edward se baja del jeep y el viento desordena su cabello— Nunca fui débil. Nunca lo fui.
Nunca lo fui.
Sus brazos se abren en el último tramo que nos separa.
¿Sirve de algo hacerlo? ¿A estas alturas?
Recuerdo sus uñas, su voz. Su tortuosa voz.
¿No te has pedido perdón a ti misma?
Me pregunto si eso en realidad es suficiente. Al menos para mí, hubiese sido difícil darle una respuesta ahora. ¿Perdonar? ¿Me hace ser una mala persona no perdonar? ¿Rencorosa? ¿Orgullosa?
No sé si alguna vez abra los ojos y sienta que lo hice, que la perdoné. No sé si esa posibilidad existe, pero estoy conforme con lo que tengo. No necesito decirle algo que no siento solo para vivir tranquila. Por otra parte, ella nunca ha perdonado a Charlie ni a Mars. Supongo que, de alguna manera, es lo mismo. Ninguna de las dos sabe perdonar.
Corro lo último que queda y Edward me recibe en sus brazos.
—Estoy aquí, nena. —murmura.
Mi corazón vuelve a latir.
—Lo sé, mi amor. Siempre estás aquí.
Apoya las manos en mi cara, luchando contra mi rebelde cabello y el viento, regalándome un beso.
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La casa de Carmen es un sahumerio. Tiene figuras en cada espacio del cuarto de egipcios hechos a base de greda. El aroma es agradable; dulce, floral.
Ella trae ropa cómoda y un pañuelo cubriéndole la cabeza.
—Siéntate dónde gustes, mi niña.
Me deja sola. Contemplo los cuadros de pintura y objetos que a menudo los utiliza para coleccionar. Recicla más de lo que alguien se puede imaginar. Estar aquí me reconforta, me tranquiliza.
Trae una bandeja con ella.
—Te traje plátano con leche.
—Gracias. —nos sentamos. Ella se cruza de piernas y asume su papel de terapeuta, mirándome con esa expresión que lo haría una madre: Te conozco, algo te ocurre— Fui a ver a Rosalie ayer.
Asiente y tomo un sorbo de la bebida.
—Cuéntame.
Es tan fácil hablar con ella, tan fácil de expresar mis sentimientos. Carmen me deja hablar hasta que me quedo sin aliento; lo que sentí al verla, la tristeza que me embargó a pesar de todo el daño, lo mucho que me hubiese gustado que las cosas fueran de otra manera, que la vida no hubiese sido tan injusta con nosotras. Incluso recuerdo a la Bella de entonces, tan triste y silenciosa, consumida por una vida que no merecía, desconfiada de todo el mundo, a ratos llevada por sus propios miedos y actitud defensiva, alejándola de su entorno.
Hablamos de la historia de mi familia, de Mike, James y Kate.
Inclusive hablamos de mis sentimientos por Edward, y el sexo.
—No tienes que deprimirte por eso. Me gustaría decirte cuándo ocurrirá, pero estaría mintiéndote. Tu cuerpo está soltándose poco a poco. Estás descubriéndote a ti misma por fuera ahora y el sexo… Bella, el sexo en ti, que has pasado por todo eso, que te niegues… no es descabellado. Es tan normal como tomar plátano con leche. —sonríe— Eso va a pasar. Tus miedos se irán sin que te des cuenta. Y cuando estés lista, no lo vas a dudar. No vas a ver el rostro de las personas que intentaron arruinar tu vida, no vas a escuchar sus voces en tu cabeza ni vas a recordar cada lágrima que derramaste. Vas a ver a Edward. Él va a estar allí y vas a saber que con él nada malo te va a pasar.
Hay una parte en sus palabras que me llega en lo más profundo: "No vas a ver el rostro de las personas que intentaron arruinar tu vida" Es ta cierta. Ellos no me arruinaron la vida, ellos lo intentaron, pero nunca lo consiguieron.
Después de hablar durante mucho tiempo, abrazo a Carmen con fuerza, agradecida de su ayuda, y me voy a casa.
No sé lo que sería de mi vida sin Carmen.
Sin Edward.
Sin la familia que tengo.
El ruidoso tono de mi celular me detiene a media calle. Miro la llamada entrante y no dudo en contestar.
—¿Bree?
Me voy por la sombra, tapándome el oído desocupado para escuchar mejor.
—¿Bella? Necesito tu ayuda.
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Caminamos una al lado de la otra en un silencio irritante. No pierdo el tiempo buscándole conversación porque está tan nerviosa que probablemente me mandaría un grito para que me callara. Muevo las manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta y entramos en la agencia.
—No es una buena idea. —susurra por quinta vez.
—Ya estamos aquí.
—Todavía tengo tiempo para irme. —se da media vuelta, pero le tomo el codo.
—Ni lo sueñes.
Coge aire en sus pulmones, a punto de desplomarse al suelo. Parece que, con los nervios, su pelo color turquesa está mucho más luminoso. Avanzamos el despoblado pasadizo y nos detenemos en la mesa de recepción, junto a unas cuantas sillas y al bidón de agua para visitantes. Bree toma un vasito del compartimento con desesperación.
—Diossss
—No tiene alcohol eso, por si acaso.
Ella pone mala cara.
Ángela nos recibe con una muy fingida sonrisa, agitando una carpeta cerca de su rostro.
—Hola, Ángela. ¿Está Emmett?
La chica en cuestión mira su reloj de mano, sin darme demasiada importancia.
—En su oficina. ¿Quiere que le avise que están aquí?
Le quito el vaso a Bree y tomo su mano.
—Estoy segura que Emmett no tendrá reparos en atendernos. Gracias, Ángela. Hasta luego.
Y pasamos por su lado. Se siente tan bien ser una perra a veces, aunque mi lado bueno no está de acuerdo. Nos hacemos paso al ahora concurrido pasillo, tan distinto al anterior, hasta llegar a la puerta con el nombre de Emmett McCarthy en la placa. Bree suelta un quejido, enterrando las uñas en mi brazo.
—No puedo, soy cobarde, no puedo.
En vez de gritar de dolor, le aparto la mano con cuidado y le regalo una sonrisa.
—Todo estará bien.
Cuando Bree me llamó hace una hora para decir que estaba decidida a contarle la verdad a Emmett, pensé que estaba bromeando. Sin embargo, su voz denotaba decisión, así que aproveché aquella determinación antes de que se arrepintiera. Ella quería al menos sacarse un peso de encima, igual que hice yo con Rosalie. De alguna forma la visita que le hice fue lo que culminó a que Bree tomara la decisión.
Rosalie nunca más estaría en la vida de Emmett, al menos no sentimentalmente hablando ¿por qué no la aceptaría a ella?
Toco dos veces antes de que su voz varonil me indique que pase.
Entramos y somos recibidas por su evidente sorpresa.
—¿Tienes un minuto?
Emmett se levanta de su cómoda silla, arreglándose la camisa blanca y dirigiéndole una mirada comprometedora a Bree.
—Considerando que ambas son tan guapas, no tendría corazón para negarme. —no estoy segura si eso lo dijo por mí también y solo mencionó el "ambas" para pasar desapercibido.
Bree no se ríe, sin embargo.
Me hago a un lado.
—Bueno, los dejo a solas entonces.
Emmett, notando que me acerco a la puerta, frunce el ceño.
—¿No tienes que quedarte?
Me hago la desentendida, fingiendo que no he visto a Bree sonrojarse. Nunca la había visto sonrojarse. Ni siquiera sabía que Bree Cullen podía sonrojarse de esa manera.
—No, yo no, pero Bree tiene que decirte algo… muy importante.
Si no supiera que su mano está caliente sobre la mía, diría que Bree acaba de morir.
Le guiño un ojo, ella se muerde la boca y los dejo a solas.
Camino a la que creo es la oficina de Edward. Pese a todas las veces que he venido a visitarlo, siempre me pierdo. Todos los pasillos son iguales y las puertas no tienen distinción. Sé que está cerca de la de Emmett, pero nunca me he tomado el tiempo en aprenderme el número de placa.
Según yo, es el número siete.
Está de pie frente al ventanal que da a la ciudad, hablando por teléfono. Cierro con cuidado la puerta de la oficina y camino de puntillas hasta que dejo un beso en su cuello. Sorprendido, mira por encima de su hombro y una sonrisa cálida de reconocimiento se forma en su rostro. Después de intercambiar unas cuantas palabras en el teléfono, cuelga y me gano toda su atención.
—¿Y esta sorpresa?
Nos tomamos de las manos.
—Bree vino a hablar con Emmett.
—¿En serio? —me besa en la punta de la nariz— ¿Hablar sobre lo que tú y yo sabemos? Pensé que nunca lo haría.
—También lo pensé. —admito— Ahora sabemos quién de los dos tiene los pantalones bien puestos.
—Eso es porque Emmett necesita que se le explique todo con peras y manzanas.
—Piñas y manzanas. —corrijo.
—Peras y manzanas. —repite esta vez con una sonrisa en mi boca.
—Piña.
Se ríe de nuevo y cierro nuestra distancia, incapaz de seguir aplazando el contacto de su boca. Recorro mis dedos por el botón desabrochado de su camisa. Edward pasa sus manos por mi trasero, apretándome contra él. Estamos besándonos durante tanto tiempo que se me adormecen los labios, lo que, sin embargo, no me incita a parar.
Estamos solos en su oficina, besándonos con tanta intensidad que pierdo la cabeza.
No me despido aquí porque todavía queda. En unos días les subo la segunda parte del final, y luego nos quedaría un outtake y el Epílogo.
Aun así, mil gracias por el apoyo! A todas ustedes, las que leen de forma anónima, a las que siempre se manifiestan en un review y a quienes siempre están en facebook preguntando por el fic. Gracias por estar hasta el final!
Que tengan una linda noche.
Cambio y fuera!
