Actualizo hoy y deprisa, porque me marcho este fin de semana! jajajaja por eso quería dejar subido algún capítulo, creo que después de como se queda el anterior, es justo que os de la continuación y no os haga sufrir.

Muchísimas gracias de verdad a los que comentan, de verdad que me suben los ánimos en estos días y me anima mucho a seguir con el fic. Tengo muchísimas ganas de poder terminarlo, me he propuesto no dejarlo a medias.

Un beso a todos, espero que lo disfrutéis y paséis un feliz fin de semana!

Zoro la cogió de la cintura con una mano y con suma facilidad la atrajo hacia él para terminar la acción en un beso. A pesar de que era lo que Sara esperaba, aquello la tomó por sorpresa, había mucha demanda en ese beso. La chica no podía sacarse de la cabeza que mientras que él estaba depositando su confianza en ella, su objetivo era venderles. Iba a acabar con los sueños de ocho personas a cambio del suyo. No podía evitar sentir que estaba siendo una egoísta.

- ¿Te ocurre algo? – Le preguntó Zoro de repente – Estás distraída.

- No, no tranquilo.

- No era una pregunta – la chica se quedó en silencio – Creía que tú también querías…

Sara abrió mucho los ojos debido a la sorpresa. Zoro empezó a separarse de ella quitando la mano de la cintura. No paraba de pasarse la mano por la cabeza revolviéndose el pelo mientras gruñía por lo bajo.

- Ha sido una tontería. Yo no hago este tipo de cosas. Ni siquiera sé por qué he venido – decía sin mirarla – Olvidemos esto.

Sara vio como se daba media vuelta para salir por la puerta, pero antes de que éste pusiera la mano sobre el pomo, la chica se adelantó para cortarle el paso. Se quedó mirando al espadachín. Estaba teniendo una pelea interna sobre si dejarlo ir y quitarse de complicaciones, o dejarse llevar esa noche. Solo esa noche. Zoro la observaba, esperando.

- No te vayas – le susurró finalmente mientras echaba el pestillo a la puerta. Zoro suspiró mientras se pasaba la mano rascándose la nuca – No te vayas.

Ella se aproximó a él, pasó su dedo índice por los tres pendientes que colgaban de su oreja izquierda, le miró los labios y entonces, le besó.

Había estado fumando, justo antes de que él apareciera, Sara había consumida el último cigarro de uno de sus paquetes. Sabía demasiado a tabaco, no era lo más agradable para un beso, pero a Zoro, en aquel momento, le daba igual, solo quería quitarle aquella camiseta.

Fue ella la primera en reaccionar, le quitó el Haramaki y luego su camiseta tirando ambas prendas al suelo. Se quedó mirando su cicatriz. Pasó sus dedos sobre ella, recorriéndola de arriba abajo hasta llegar a su entrepierna, que en aquel momento estaba visiblemente abultada. Le acariciaba mientras el beso continuaba. Le empujó levemente hasta llevarlo al borde de la cama y hacer que se sentase. Él sentado y ella frente al espadachín, de pie, hizo como aquel día que estuvieron juntos, allí mismo, cogió la parte inferior de la camiseta y se la quitó, dejando ver todos sus tatuajes. Zoro no dijo nada, sólo la contempló. Durante unos segundos ninguno dijo nada.

- Ya sé que quizás, no es el cuerpo más bonito que hayas visto.

Sabía que todos aquellos tatuajes podían afear un poco la visión de ella, "quizás no lo vea bonito". En respuesta, Zoro la agarró y la atrajo hacia él para besar su abdomen.

- Es perfecto – le dijo roncamente.

A Sara nunca le habían dicho que su cuerpo era perfecto con todos esos tatuajes y la cicatriz, aquella respuesta le sorprendió. Zoro le desabrochó los pantalones y se los bajó mientras le besaba cada parte del cuerpo que sus manos recorrían. La descalzó y la obligó a que se sentase sobre él para que notase entre sus piernas el bulto de sus pantalones, lo que provocó que la chica, inconscientemente soltase un pequeño gemido. El espadachín le besaba el cuello mientras ella cerraba los ojos dejándose llevar a la vez que se deleitaba pasando sus manos por su musculosa espalda, aquella que le volvió loca la primera vez que la vio. Pudo notar como él posó sus manos sobre el broche del sujetador y un segundo más tarde, estaba tirado en el suelo. Se separó un poco de ella para verla mejor.

- Vaya, así que tienes otro piercing – le dijo triunfante – ¿Alguno más que deba saber?

- No, este es el último - le contestó susurrando.

Zoro se acercó a su pecho, aquello le volvió loco. Sara notó como éste pasaba su lengua sobre el piercing que acababa de descubrir, lo besaba, lo mordía y lo volvía a besar.

- Eres perfecta.

Puso sus manos sobre las caderas de la chica y la empujó hacia un lado para tumbarla sobre la cama, colocándose entre sus piernas, éste la cogió de las muñecas para que tuviera los brazos sobre su cabeza y dejarla prácticamente inmóvil. Le gustaba eso, le gustaba verla toda para él, de esa forma tenía una visión completa de todo su cuerpo, sus piercings, sus tatuajes y su cicatriz. En ese momento, el espadachín comprendió que pasaría mucho tiempo hasta que pudiese sacarse esa imagen tan perfecta de su cabeza, para él, todo en ella era perfecto. Aquella noche, ambos se dejaron llevar, sin pensar en lo que ocurriría más adelante, ni siquiera al día siguiente. Aquel era su momento.

Zoro no sabía qué hora era cuando decidieron descansar. Pero estaba seguro que aún era noche cerrada. Ambos acabaron exhaustos. Cuando la luz comenzó a despertarle, abrió un poco los ojos y estiró la mano palpando el resto de la cama para encontrar a Sara. Pero ésta ya no estaba. Al darse cuenta soltó un pequeño gruñido. Una parte de él hubiese querido despertarse con la chica al lado. Decidió no pensarlo. Se vistió y salió de la habitación intentando hacer el menor ruido posible.

Cuando se acercaba a la cocina pudo distinguir algunas voces.

- Nunca nos has contado qué son esos tatuajes – le escuchaba preguntar a Nami.

- Bueno, los tengo desde hace un tiempo.

- ¿Y te dolió mucho? – le preguntó Usopp.

- ¡No me los hice todos a la vez!

Escuchó de repente cómo Sara reía. Le gustaba escucharla reír. Entonces abrió la puerta de la cocina y entró. Estaban Nami, Robin, Usopp y Sara alrededor de la mesa, cada uno con una taza de café. Todos se giraron para mirarle.

- Buenos días.

- Eres un vago, ¿tú sabes la hora que es? – le regañaba Nami.

- Acabo de levantarme, es demasiado pronto para escuchar tus quejas.

Y dicho esto se sentó al lado de Robin. Él también tenía curiosidad por saber más sobre sus tatuajes.

- ¿Y qué significan? – le preguntó la arqueóloga.

- Nada.

- ¿Nada? – se le escapó a Zoro. El espadachín sabía que mentía, ella le había dicho que aquello era un cuento.

Sara le miró muy seria.

- Nada – dijo llevándose la taza de café a los labios.

Sara pensó en aquel momento que el espadachín era un idiota. Ya le dijo que el tema de sus tatuajes era algo personal. Le miró de reojo después de darle un pequeño sorbo al café. Y recordó sus labios. "Este es el problema".

- Pero todos los tatuajes, suelen significar algo – insistió Robin.

- Me los hice prácticamente en la adolescencia. Intentaba llamar la atención, eso es todo.

Todos salieron de la cocina, Sara aún seguía hablando animadamente con Usopp, había desarrollado mucha simpatía hacia él y hacia Franky. De repente, el francotirador suspiró.

- ¿Qué te ocurre? – preguntó la chica.

- Bueno, ojalá Nami de la noticia de que nos retrasaremos un poco más. Quiero pasar más tardes contigo en el taller – Sara no supo qué decir. Usopp, sin darle importancia al comentario siguió hablando – Creo que hoy intentaremos pescar algo, ¿te apuntas?

- Claro. Nunca he pescado.

- ¿Nunca? – Dijo sorprendido – está bien, el gran capitán Usopp te enseñará. Iré a preparar las cosas.

Y dicho esto, la chica vio cómo desapareció de la cubierta.

- ¿Por qué no te vienes a tomar un poco el sol con nosotras mientras? – Le propuso Robin.

- Eso estaría bien.

Al rato las tres estaban en la cubierta tomando el sol con unos zumos preparados por Sanji. Desde allí, podía ver cómo el espadachín estaba con su entrenamiento diario, haciendo flexiones. Sintió como algo le subía por el estómago, comenzó a recordar lo que había sucedido la noche anterior. Cogió el vaso y le dio un largo trago para calmar esa ansiedad. No habían tenido la oportunidad de hablar. Ella despertó demasiado pronto y no podía soportar estar más tiempo metida en la cama despierta, por lo que dejó al espadachín solo. Tampoco sabía cómo reaccionar, no quería encapricharse, pero… El chico le gustaba.

- ¿Qué miras con tanto interés? – Le preguntó Nami sacándola de su trance.

- ¿Yo? No, nada en particular.

- Estabas mirando al espadachín – dijo Robin, lo que provocó que se le resbalase un poco el vaso.

- Bueno, me sorprende la energía que tiene, eso es todo – intentó disimular.

- Ese estúpido sólo tiene músculos, es un cabeza hueca, no sabe hacer otra cosa – comentó Nami.

- Bueno, a veces tiene buenas ideas… – intentó defenderle Sara.

- Da la imagen de tipo duro, pero luego daría todo por su Capitán – Sara y Robin se miraron – Y por nosotros.

Sara se volvió a mirarle de nuevo, giró la cabeza a un lado como hacía siempre que se quedaba pensativa, y sonrió.

Usopp aún no había subido con las cosas para la pesca y Sara ya se había cansado de tomar el sol, aquello no era lo suyo, además, no tenía ningún sentido intentar ponerse morena, con todos esos tatuajes, apenas se le notaría. Decidió ir en busca del francotirador. Por el camino se encendió inconscientemente un cigarro. Pasó justo enfrente de la puerta de Zoro. Se quedó parada mirando. Estaba empezando a dudar sobre su objetivo. Quizás, podría simplemente dejar que los Sombrero de Paja se marchasen y no entregarles. Ella podría partir a otra isla pequeña y empezar allí una nueva vida. Todos le caían genial, pero Sara seguía pensando que necesitaba tranquilidad, no podía irse con ellos. Podía seguir el consejo de Robin y hablar con ellos, contarles todo, pero entonces… le etiquetarían de traidora. "Pero es lo que estás haciendo, los vas a traicionar" le decía una voz en su cabeza.

Sara se sentó en las escaleras que había unos metros más adelante. El cigarro se había consumido. No podía hacerle esto. La estaban tratando tan bien y había conectado tanto con ellos, que no tenía el valor de venderlos. Notó cómo alguien se sentaba a su lado.

- ¿Qué te ronda por la cabeza?