Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 32

Final (Segunda parte)

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Edward tiene ahora tres botones desabrochados de la camisa.

Su posesiva boca succiona mi labio inferior, y sus manos suben por el contorno de mi cintura hasta posarse por debajo de mis pechos. Apoyo la palma en el escritorio de caoba, y gimoteo en voz alta. Cuando Edward me levanta para sentarme en la mesa, tengo claro el recuerdo de nuestro primer intento. Aquel desastroso intento.

Pies ágiles comienzan a sonar contra el suelo y Edward y yo detenemos el beso.

—La puerta. —susurro.

—Diablos.

Nos volvemos a besar. Al cabo de unos segundos, no son pies lo que escuchamos, sino portazos.

—¿Deberíamos…?

—¿Cerrar la puerta? —termina él— Así es más intenso ¿no crees?

Le sonrío en los labios y lo atajo a mí. Envuelvo las piernas alrededor de su cintura, mezclando nuestro calor corporal mientras hago una marca en su cuello con lápiz labial. Sus brazos suben y bajan por mi cuerpo, sus labios chupan los míos con desesperación. Cuando siento que necesito aire en mis pulmones, la puerta de la oficina se abre de golpe.

Tengo la blusa a medio abrir y Edward se apoya en mí para cubrirme.

—Lo siento, no quise interrumpir.

Estoy esperando la voz impertinente de Ángela fingiendo sus disculpas, sin embargo, no se trata de Ángela, sino de Emmett.

Me bajo del escritorio de un salto.

—¡Emmett! —mi grito logra que se eche para atrás, pasmado ante el sonido de mi voz.

Hago acopio de mi dignidad alejando el rubor de mis mejillas, y cuando eso sucede, me doy cuenta que estoy esperando que Emmett se ría por la interrupción, cosa que no hace. En cambio, su mano sigue intacta en el pomo en un evidente estado de shock. Uno que, para mi horror, no tiene nada que ver con nosotros.

—¿Y Bree? —como si una parte de mí lo supiese, corro fuera de la oficina mientras arreglo mi blusa a medio camino. Por supuesto, él no me contesta nada— ¿Bree? —repito, cruzando la puerta.

Recibo silencio absoluto a cambio, lo que quiere decir que la habitación está vacía.

Me apoyo en la pared tras unos segundos, soltando las palabras de mi boca sin ser pensadas con anticipación.

—Dios mío, Emmett. ¿Qué le hiciste? —me la imagino reuniendo valor para confesar sus sentimientos y que estos no sean correspondidos. Se me parte el alma— Te lo dijo.

Quiero golpear a Emmett, pero porque no obtengo una reacción todavía por su parte.

Edward entra y mira a su alrededor.

—¿Qué pasó?

Tomo el celular del bolsillo, marcando su número rápidamente.

—Bree se ha ido.

Emmett se pasa una mano por el pelo.

—No quiero darle falsas ilusiones.

La llamada pasa a buzón de voz, y suelto un gruñido.

—¡Diablos!

—¿Cómo es eso de que se ha ido? —pregunta, ligeramente culpable.

Edward contesta por mí, mientras intento de nuevo la llamada.

—Regresa a Roma. —contesta ante la impresión de Emmett.

Pero es demasiado tarde para arrepentirse.

Después de todo, esa fue la última vez que vimos a Bree.

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El peluche de Garfield me mira intacto desde la cama. Una sonrisa cansada se asoma en mi rostro, mientras descanso las manos en las caderas y me permito un minuto de tregua después de una ajetreada mañana. El silencio humano reina en casa y solo me acompaña el canto del canario de Leticia, regalo hecho por Carlisle.

Miro mi valija y tomo la difícil decisión de desechar algunas prendas, pero no sé cuál. Cojo algunos vestidos y los vuelvo a ordenar. Saco zapatos y los regreso. ¿Una bufanda? Sí, eso no sirve. ¿Demasiados pares de calcetines? Tampoco me sirven. Suelto un suspiro. No estoy acostumbrada a viajar, así que guardé… prácticamente todo. Saco toda la ropa de la valija y me doy cuenta que guardé ropa de invierno. ¿Para qué quiero ropa de invierno?

Una risita silenciosa me saca de mi aturdimiento.

—Yo tampoco sé qué cosas guardar cuando viajo. —Esme deposita su taza de té en mi escritorio y se para delante de la valija igual que yo— Empecemos con esto.

Nos toma lo que queda de la mañana reorganizando prenda por prenda, zapato por zapato. Regreso toda la ropa de invierno al armario y gano a cambio un poco más de espacio en la maleta.

—¿Y si hace frío?

—Llevas una chaqueta extra. Incluso calcetines y bufanda. Nada excesivo. No es necesario que guardes todo dentro de la maleta.

—¿Entonces ya está todo?

Ella me regala una sonrisa.

—Está todo listo.

Cuando Edward me dijo que quería hacer algo especial por su cumpleaños, no creí que se tratara de esto. Un viaje era lo último que se me hubiese cruzado por la cabeza. Sobre todo si ese viaje resultaba ser dentro de un avión. Al principio dudé, porque nunca anduve en un avión antes. Y era algo que me llamaba muchísimo la atención. Sin embargo, si me ponía pensar en las más de diez horas de vuelo, empezaba a echarme de a poquito para atrás.

Una vez que Edward regresa a casa del trabajo, estoy a punto de vomitar de los nervios. Todo el tiempo que él se toma para darse una ducha, cambiarse de ropa, alistar los últimos detalles de lo que debemos llevar, estoy sentada en el sofá moviendo la pierna sin parar.

—¿Tienes tu pasaporte listo? ¿Botiquín de primeros auxilios? ¿Protector solar? —Alice comienza con su interrogatorio.

Jasper detrás de ella, se empieza a reír.

—A Bella le hace falta una copa de brandy ahora mismo.

Él estaba en lo cierto, de todos modos. Al despedirnos, todavía necesito una copa de brandy, o tal vez la botella completa. Recibo más abrazos y besos como nunca antes. Incluso Leticia casi me rompe las costillas.

—Voy a vomitar. —le digo ya instalada en el taxi.

Edward toca el tope de mi cabeza con los labios.

—No lo harás.

Arrastramos nuestras maletas en la entrada del aeropuerto y estoy sorprendida de la cantidad de gente a nuestro alrededor. Es algo que me estaba imaginando, pero verlo en vivo y en directo es impresionante. A lo mejor no es tan impresionante para nadie, pero para mí lo es. Eso me calma un poco, ya que entre toda esa masa de seres humanos, hay muchas que nunca han viajado en avión… como yo.

—¿Todavía quieres pasar tu pre-cumpleaños en un avión?

—¿Tú no quieres?

—Sí, pero el pre-cumpleañero eres tú.

Le muestro mi mejor cara, y él pone los ojos en blanco.

—¿Y si mejor abordamos el avión?

Estoy inquieta. Dejamos nuestras cosas a un lado y nos permiten entrar. Soy una gallina. Al menos no voy sola, me digo. Si tuviera que viajar sola, tal vez me encerraría en la cabina del baño. La única vez que vi un avión por dentro, fue en una película. E incluso allí, no era tan grande como este.

Edward se ríe cuando finalmente decido no sentarme junto a la ventana.

La azafata pasa por nuestro lado ofreciendo chocolatines. Saco tres de inmediato y me los guardo en el bolsillo.

Tomo la muñeca de Edward, ya con el cinturón puesto, escuchando el ruido insoportable del motor.

—Espero que te des cuenta de cuánto te amo, porque estoy a punto de hacerme pis en los pantalones.

¿En serio, Bella? ¿Estás mostrando tu cobardía con un simple avión?

Inhalo por la nariz, luego boto por la boca. Parece funcionar bien, al menos no siento que quiero devolver la comida por la boca.

Eso, hasta que el avión se comienza a mover.

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Tanto el despegue como el aterrizaje me dejan atontada. Me inclino en la silla y veo el suelo a nuestros pies y suspiro. Dios. Jamás mi sonrisa fue tan tranquila como ahora. El viaje fue pacífico, la vista era hermosa y resplandeciente, pero en momentos me vino una especie de desesperación y tuve que cerrar los ojos.

Además, no ayudó en nada que bromearan con la sacudida que tuvo el avión durante la noche. Fue solo una vez, pero casi se me salió el corazón. Aparte de eso, todo estuvo bien. Dormí la mayor parte de la noche. Me comí los tres chocolatines sin convidarle a nadie. Fui al baño cinco veces solo para sentir que caminaba por los aires.

Salimos al exterior y encontramos un taxi sin dificultad.

Una sensación de placidez me embarga y necesito una cama, aunque no es lo primero que hago al llegar al hotel. Dejamos nuestras cosas, comemos un poco y miro por la ventana. El paisaje es bellisimo y lo último que necesito ahora es perder tiempo durmiendo. A pesar de la insistencia de Edward para que descanse unas horas, me pongo zapatos cómodos y lo arrastro a la calle.

Si tuviera que describir la majestuosidad de Roma, con sus áreas verdes, su ciudad histórica y arquitectónica, diría que esa palabra es muy pequeña.

Pienso en lo que sería vivir aquí.

Vamos hacia un callejón sin salida, y cuando creo que debemos dar media vuelta y volver, descubro con sorpresa que se trata de una feria artística.

—¿Aquí es? —pregunto.

Edward mira por encima de la multitud, frunciendo el ceño.

—Creo que sí. —nos movemos alrededor de la gente, buscando por todas partes a Bree, pero no lo logramos— Ella sabía que vendríamos hoy ¿verdad?

—Por supuesto que lo sabía.

En el lado posterior a la feria, saliendo de una pequeña tienda de antigüedades se encuentra Bree con un enorme pastel de cumpleaños, mientras sus secuaces, personas que no conocemos, comienzan a cantar para Edward en su idioma. Mujeres de extravagantes ropas y excesiva energía, cantan como si hubiesen conocido a Edward de toda la vida.

A este se le ilumina el rostro por la sorpresa, y solo intercambiamos una mirada de complicidad. Después de que las voces se callan, me envuelve los hombros con su brazo.

—¿Tú sabías de esto?

Le sonrío y me pongo de puntillas.

—Feliz cumpleaños, mi amor.

Nos besamos hasta que Bree se aclara la garganta. Con el pelo teñido de negro nuevamente, ella se abalanza sobre Edward en su muy natural muestra de cariño.

Tres meses pasaron para volverla a ver, y cuando ella por fin me abraza, me doy cuenta de cuánto la he extrañado.

—¿Qué hiciste con el turquesa? —murmuro.

Ella se toca el pelo envuelto en una pañoleta.

—De hecho, estuve a punto de pintarlo de rojo.

—Gracias a Dios cambiaste de opinión. —se mofa Edward.

Bree por su parte, le regala un codazo.

—Mira, todavía tengo tiempo para pintármelo de rojo. —desafía. La gente empieza a esparcirse y el pastel está devuelta en nuestras manos. Bree aprovecha la oportunidad para mostrarnos su lugar de trabajo; un pequeño habitáculo con bocetos al aire libre, de los cuáles me quedo prendada— Estaba por comenzar a hacer uno, pero estaba pensando que podrías ayudarme, Bella.

—¿En serio?

—No. —murmura, por lo que me quedo callada— Solo bromeo, tontita, claro que es en serio. —hay una pila de cuadros sobre sillas, las que intenta quitar— ¿Edward, puedes ayudarme con estas? Podrías ponerlas allí.

—Yo también puedo ayudar. —propuso alguien detrás de Edward y me hago a un lado— Solo si quieres.

Bree deja caer uno de los cuadros, blanca como la leche, mirando en shock la silueta de Emmett justo detrás de Edward.

—¿Tú?

Cuando Bree se fue, Emmett quedó devastado. No lo demostraba con sentimientos, pero sí con su insoportable humor. Y a pesar de que por mucho tiempo siguió su estigma de no darle falsas esperanzas, no era la misma persona alegre de siempre. Así que, luego de unas semanas, se dio cuenta que había cometido un error.

Había intentado llamar a Bree en varias ocasiones, pero ella nunca le quiso contestar. Cuando la llamó de un número desconocido, ella reconoció su voz y le colgó. De este modo, la idea de viajar a Roma por el cumpleaños de Edward, con dos meses de anticipación para prepararnos, le cayó como anillo al dedo. No era llegar y comprar un pasaje, mucho menos dejar la empresa de un momento a otro. Además, estaba el hecho de que tanto Emmett como Edward no estarían a cargo. Sin embargo, él quería hacer algo por Bree, después de todo lo que ella había hecho y lo había arruinado.

—Podemos dejarlas debajo de esa sombrilla, así no se estropean.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—O allí, debajo de la silla.

—¡Emmett!

Edward me mira y avanzo por detrás de Bree, sin que se dé cuenta, para llegar hasta él.

Emmett, luego de la advertencia de ella, suelta un suspiro.

—¿No puedo venir a verte?

—¿Y por qué ibas a venir a verme a mí? —la misma mujer del aspecto extravagante, se acerca corriendo y le dice algo en el oído, lo que hace que Bree se aparte— ¿Qué haces exactamente aquí?

Emmett se encoje de hombros.

—¿Te acuerdas ese día en la oficina? Hace tres meses. —recuerda. Bree aparta la mirada inmediatamente— Me dijiste idiota. Justo después te marchaste. Y lo que es peor aún, te marchaste de verdad.

—Para tu suerte.

—Perdóname, Bree.

Le tomo el brazo a Edward.

—¿Deberíamos irnos? Esto se está poniendo…

—Muy bueno. —contesta él— Espera un segundo, creo que se viene la mejor parte.

Miro devuelta, cuando Bree sacude la cabeza.

—¿Perdonar el que no me quieras del mismo modo?

—Por no ser sincero contigo, ni conmigo.

Ella se echa a reír.

—¿Me vas a decir que ahora, además, amas a tu esposa y a mí?

—Rosalie no es mi esposa. Y no, no la amo.

—Emmett, no soy tonta, eso es lo que me dijiste ese día.

Jalo a Edward del brazo y nos alejamos un poco más, escondiéndonos detrás de un cuadro gigantesco de pintura.

—Te dije que estaba enamorado. —dice él— Nunca te dije de quién.

Las mejillas de Bree se encienden y por un momento, puedo ver la esperanza en sus ojos.

—Justo después dijiste…

—Que no quería darte falsas esperanzas, porque era cierto en ese momento… sin embargo, después de que te fuiste…

—Dios, te odio tanto.

—No odies a Dios, ódiame a mí. —le sonríe.

Edward entrelaza sus dedos con los míos.

—¿Te parece si ahora sí nos vamos? —susurra.

Sonrío, porque a pesar del rechazo de Bree, Emmett ya ganó esta batalla. Damos una vuelta y mientras nos alejamos, la misma mujer de hace cinco minutos, empieza a brincar.

¡Bacio! ¡Bacio! —grita emocionada.

Ni Edward ni yo nos volteamos a ver, pero estamos seguros de que el viaje hasta aquí, fue una buena idea.

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Son las nueve de la noche.

El mar salado estremece mis pies. Edward, con aspecto burlesco, me salpica agua y tengo que correr a la orilla de nuevo. La gente abandona la playa cuando acabamos de llegar. Corro a pies descalzos por la arena, mientras él me sigue y me atrapa por la cintura.

Me levanta en el aire, aun si le pido que no lo haga. Después, me suelta y nos arrodillamos en la arena.

—¿Sabes nadar? —me pregunta.

—Creo que no. —contesto. A juzgar por su traviesa expresión, me preparo psicológicamente para seguirlo, y después de robarme un beso, se echa a correr directo al mar, lo que sospecho desde un comienzo— ¡Edward, espérame! ¡No te vayas!

Se detiene antes de que el agua les llegue a los talones. Miro mi vestido, empapado en las puntas. ¿Cómo nos iremos al hotel, empapados de pies a cabeza? Tengo ese dilema en mente hasta que miro a Edward de regreso. Entonces, la respuesta viene de inmediato.

No importa cómo lleguemos.

Corro hasta coger su mano y adentrarnos en el mar. El agua me tapa las rodillas en un par de segundos. Seguimos avanzando con dificultad, y escogemos un lugar en las rocas, dónde el agua, para entonces, me llega a la cintura.

Tenemos a la luna justo delante de nosotros, tan llena de luz, que no necesitamos una luz extra para vernos.

—Bree tenía razón en extrañarlo. —empiezo, flotando en mis pies.

—¿A quién? ¿Emmett?

—Aparte de él… me refiero a Roma.

—Lo sé.

Edward se quita la camiseta. Tengo esa irresistible necesidad de tocar su brazo, o su pecho, pero no lo hago. No me mira, no me busca, solo observa la luna. Y yo, junto a él, chupada en ese vestido, me siento del mismo modo en cómo lo describió Carmen:

Y cuando estés lista, no lo vas a dudar.

No vas a ver el rostro de las personas que intentaron arruinar tu vida.

Ni vas a recordar cada lágrima que derramaste.

Vas a ver a Edward.

Lo miro de soslayo. No sabía que ese día llegaría, parecía imposible, inalcanzable. Pero aquí estaba… viéndolo solo a él.

Con una valentía que me compete, tomo la punta de mi vestido y lo tiro hacia arriba. Lo lanzo hacia las rocas, junto a la camiseta de Edward. Este, a su vez, me mira sorprendido. Contempla mi abdomen, como si no pudiese creerlo.

—De todos modos, tu vestido ya estaba empapado.

Antes de que pueda decir algo más o yo responda algo al respecto, desabrocho mi brasier en sus narices y lo lanzo a las rocas también.

No lo miro devuelta, toda mi atención puesta en la luna. Esa misma luna que va y viene, esa misma luna que se esconde al amanecer, esa misma luna que llega en el momento preciso y para algunos, en un mal momento.

Este es un buen momento.

—¿Te puedo llamar exhibicionista?

Ruedo los ojos.

—Cállate.

Y lo beso. Enlazo los brazos alrededor de su cuello, y lo beso. Me aparta el pelo mojado en sal con los dedos, y lo beso, presiona su nariz en mi cara mientras me busca la mirada, y todavía lo beso. Estamos solos en medio del mar, en esta ciudad que no nos pertenece, pero que esta noche se convierte en algo especial. Y quiero seguir, y quiero que siempre sea así de maravilloso.

—¿Confías en mí?

—Confío en ti —respondo, a punto de perder el juicio—, porque te amo.

Lo repito en susurros cerca de sus labios varias veces hasta que decide callarme y besarme. Una roca no es la clase de cama que uno se imagina, mucho menos para mi espalda, pero no estoy pensando en la comodidad ahora mismo. No hay nadie a nuestro alrededor, estamos escondidos y deseándonos el uno al otro. Todavía debajo del agua, enredo las piernas a su alrededor después de que su pantalón corto haya volado lejos de él.

Quiero gritar que no veo a nadie más que a él, que así es como debe ser y que soy una mujer que es capaz de vivir y ser amada sin recordar sus traumas.

Porque en este momento, lo último que me importan son los recuerdos o la crueldad.

Cuando Edward entra en mí, mientras flotamos en el agua, los últimos y casi trece años, no han pasado para mí.

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—¿Finalmente te mudarás a mi habitación?

Todavía flotando en el agua, inclino la cabeza hacia atrás y miro el crepúsculo sobre nuestras cabezas.

—Pensé que ya vivía ahí.

—Oficialmente, no.

Edward me abrocha el brasier por delante, mientras le muerdo la barbilla.

—Tengo una idea.

—¿Sí?

—No me mudaré a tu habitación. —declaro en rotundo, en nuestro minuto de promesas y confianzas— Quiero que vivamos juntos.

Una sonrisa traviesa se asoma en su rostro. De esas sonrisas cómplices que hablan por sí solas.

—¿Solos?

—Solos. —asiento.

Edward me besa en los labios con suavidad, girándonos en el agua en un pacífico balanceo. Desearía que esta noche fuera tan eterna y la vida no transcurriera tan pronto. En sus brazos, nada es más interesante. Ni el sonido del mar, ni que seamos descubiertos infraganti. Y si alguna vez dudé que podría intentarlo con alguien, si alguna vez creía imposible volver a enamorarme, estaba tan equivocada.

Mi corazón estaba roto, desgarrado y destrozado. Mi alma había sido ultrajada y había sido dañada de mil maneras distintas. Lo que menos estaba pensando hacer, era formar una familia.

Pero eso no era del todo verdad.

Edward es mi familia.

—Vivir juntos… me gusta eso. —admite, apretándome más a su pecho— Como marido y mujer.

Sonrío y descanso mi frente en la suya.

Con aquello, acabábamos de cerrar un ciclo. Un ciclo duro, en momentos imposible de sobrellevar. Heridas abiertas que fueron sanadas. Gritos atorados en cuatro paredes. Mentiras, cinismo, traición.

Y ahora, después de un sinfín de lucha contra mí misma, tenía la posibilidad de abrir una nueva puerta, un nuevo camino.

Una nueva vida.


Tengo sentimientos encontrados, como cada vez que termino una historia. Al igual que Bella, hemos cerrado un ciclo con Acorralada. Un buen ciclo. Queda un outtake y el epílogo, y allí sí nos decimos adiós o hasta pronto.

Quiero agradecer a cada uno de ustedes por hacer posible esto, por las recomendaciones, por cada palabra linda, por las críticas, por las amenazas (broma) Esta historia se lleva un pedacito de mi corazón, pero estoy feliz de acabarla.

Gracias, gracias, gracias!

Aprovechar también para invitarlas a leer mi nueva historia "Muñeca de mi vida" su sucesora.

Ahora sí, me despido. Que sea un bello viernes.

Un beso grande!

Cambio y fuera.