Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Epílogo
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Nunca me acostumbré tanto a la modernidad. Había pequeñas cosas, detalles que no quería cambiar. Los álbumes de fotos eran muestra de ello. No me gustaba ver las fotos en el computador, no me gustaba guardarlas en las carpetas. Prefería tener la foto en mis manos, pegarla en el álbum. Era una costumbre que nunca se me fue, y terminé contagiando a Edward. Tenemos un espacio en nuestro armario lleno de álbumes de los últimos veinte años, o un poco más. Las fotografías de nuestra boda impresas en papel, navidades, cumpleaños, el nacimiento de nuestra hija Mila.
Una sonrisa automática se asoma en mis labios con la imagen de Mila camino al colegio. Era su primer día y también, su cumpleaños, así que aparte de tener su uniforme puesto del jardín, llevaba una corona en la cabeza.
Comparé el rostro de Mila por el de otras fotografías, como la de su cumpleaños número catorce, el mismo día que ella se enteró de toda la verdad. Se suponía que Edward y yo no íbamos a contarle hasta después de ese día. Tenía edad suficiente. En la televisión nunca se mencionó nada más referente al tema, pero aquel día había ocurrido algo que hizo que los noticieros me recordaran. La muerte de James dentro de la cárcel, por motivos que hasta hoy se desconocen.
Con aquella muerte fue imposible que no recordaran las razones por las que él había terminado en la cárcel, y cuando Mila me vio en la televisión, quiso saber qué ocurría. Siempre pensamos que ella lo sabría a una edad temprana porque todo estaba en internet, por los padres de sus compañeros, pero por algún motivo eso no ocurrió. Fue un alivio saber que ella no era blanco de habladurías, aunque a veces creo que solo hacía oídos sordos o solo no entendía lo que querían decir, y ella nunca nos preguntaba nada.
Fue difícil tratar de encontrar las palabras correctas para no asustarla, pero luego nos dimos cuenta que eso no iba a suceder, que no existían dichas palabras. Ella lloró después, confundida, dolida y me preguntó si yo estaba realmente bien, si no era solo para tranquilizarla.
Y le dije que sí, porque era cierto.
Ningún otro cumpleaños fue similar a ese año.
Mila era espontánea, liberal, sociable, a veces un poco desobediente. Pero también era demasiado confiada. Y aquella confianza fue mi temor desde que era chiquitita. La confianza con extraños, de nunca ver lo malo en las personas. Y cuando Mila supo la verdad, no solo perdió rápidamente la confianza, sino que un poco en sí misma también.
Sin embargo, eso no duró para siempre.
Al menos, hasta hace un año, en la fotografía de ella en su último cumpleaños, volví a encontrar la misma sonrisa que vi cuando cumplió los catorce.
—Estás aquí. —levanto la vista del álbum de fotos— Sabía que te encontraría aquí. —Edward entra a la habitación y se sienta junto a mí en la cama, echando un vistazo— Charlie acaba de llamar.
—Uh. —asiento con la cabeza— Podría adivinar que lo que dijo fue…
—"Queda pendiente tu regalo de cumpleaños"
Nos reímos.
Charlie nunca dejó de ser Charlie. Con el tiempo envejeció y él nunca me pidió ayuda. Nuestra relación no es para nada cercana, pero si hay algo que puedo rescatar de él, es que nunca se olvida que tiene una nieta. Fue lo único que me pidió que no le negara cuando volvió para saber si yo estaba bien, cinco o seis años después del viaje a Roma. Vio a Mila corriendo detrás de una liebre, y sus ojos se llenaron de lágrimas. No sé si se acordó de mí de pequeña o porque no podía disfrutar a su nieta tanto como quisiera. No sé. Lo que sí sé es que yo no podía negarle a mi hija un abuelo.
—Creo que vamos a necesitar un álbum nuevo. —digo, contando las hojas que quedan en blanco.
Él me mira y besa el tope de mi cabeza.
—Todos los que tú quieras. —me asegura, envolviendo un brazo por mi espalda y acercándose lo suficiente para que pueda sentir su olor— Me gusta esa foto de allí.
Podría decir que es mi favorita también, pero estoy intentando huir de un abejorro.
—Te gusta burlarte de mí, ¿verdad?
Se ríe.
—Me gustas más tú, de todos modos. —se muerde los labios, lo que hace que se gane un codazo— Ya, tal vez me divierte un poco. —me hago la ofendida un segundo antes de darle un beso corto en los labios, y aprovecho esa cercanía para sentir su olor de nuevo, porque me sigue volviendo loca. Cuando se aclara la garganta, sé que quiere decirme algo— ¿Sabes que Jasper me contó…?
—Ya lo sé. Alice me lo dijo.
—Ah.
Podría haber esperado y que me contase, fingir que no lo sé, que se yo. Sin embargo, no lo hago porque no me importa. Alice me lo había dicho esta mañana en la cocina. Kate salía en libertad esta semana. Después de un sinfín de problemas, como ella intentando arrancarse de la cárcel hace años, habían terminado aumentándole la pena.
No estaba asustada de que saliese. Me sorprendió escuchar su nombre de nuevo, pero nada más. Sabía que ella era la única que saldría de allí algún día. No como Rosalie, que no corría con la misma suerte. Alice dice que cada día está más vieja y desequilibrada. Habla sola gran parte del tiempo y casi nunca está cuerda. Ella la visita de vez en cuando porque cree que a Rosalie no le queda mucho tiempo más.
—¡Chicos! —nos grita Bree desde el primer piso— ¡Edward, te mandé a que fueras a buscar a tu esposa, no que te quedaras allí!
Este rueda los ojos a cambio.
—Salgamos de aquí antes de que Bree se enoje de verdad.
Bajamos en el mismo instante que Emmett le arranca la cajetilla de cigarros a su hijo de catorce años, regañándole con la vigilancia de Bree desde la distancia. Cuando esta se voltea, Emmett le devuelve un solo cigarro y lo amenaza con quitarle la mesada si la madre se entera. Lo que Emmett no termina por entender es que Bree siempre sabe todo lo que ocurre con su familia.
Estoy empezando a creer que ella tiene ojos en la espalda. Y probablemente Emmett duerma en el sofá por dejar a su hijo fumar.
La casa estaba repleta; la misma gente de siempre, más adultos, tocando otros temas de conversación.
Los hijos de Bree y Emmett. El primer nieto de Alice y Jasper. La nueva novia de turno de Leticia. Y Mila.
Mila es nuestra única hija. Fue una decisión que tomamos entre los dos. Ella nació cuando cumplí los 35. No nos apuramos, queríamos disfrutarla al máximo. Cuando nos sentamos a hablar sobre el tema de los niños, nos dimos cuenta que estábamos bien así. No fue por la edad, no fue porque no pudiéramos, simplemente no quisimos.
Nunca nos arrepentimos.
Esme se apresura para entregarme el pastel de cumpleaños y sacar las velas de su bolsillo al mismo tiempo.
Mila llega detrás de mí, con el cabello castaño y la mirada despierta, igual que Leticia.
—Abuela, pusiste los números al revés.
Esme se acomoda las gafas en el puente de su nariz, como si no le creyera.
—Pero si… Oh, un momento ¡tienes razón! —se ríe, cambiándolos de lugar— Todavía pienso que mi niña tiene 12 años.
Mila sonríe y retrocedo para buscar la cámara fotográfica. Cuando llego allí, Edward me está esperando con ella en las manos.
—Supuse que querrías congelar este momento.
Sostengo la cámara en mis dedos y le lanzo un beso.
—Me conoces tan bien.
Apoyo la cámara en una posición y obtengo la imagen perfecta de mi hija con su sonrisa radiante, igual que en sus veinte cumpleaños anteriores.
Antes de que sople las velas, Mila nos echa un vistazo, como si nosotros hubiésemos sido su deseo. Esa es la impresión que me da cuando unos segundos más tarde, sopla las velas de cumpleaños.
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Alguna vez tuve 21 años y alguien intentó arruinarme la vida.
Alguna vez dejé de comunicarme con los demás durante mucho tiempo porque no recordaba cómo hacerlo.
Nunca di una entrevista sobre mí. Nunca escribí un libro sobre ello.
No lo necesitaba.
Me sentía como si hubiese combatido una terrible enfermedad con pocas probabilidades de sobrevivir. Luché contra esta enfermedad a base de terapias, medicamentos, compañía. A veces no podía soportarlo, a veces solo quería volver a desaparecer, pero nunca lo hice, nunca renuncié. Batallé con ella y gané. En ese momento podía verlo con mucha más claridad que antes; le había ganado a la muerte tantas veces en los últimos años ¿por qué creí que no lo iba a lograr ahora?
Y me di cuenta también que por mucho que las enfermedades se traten y sanen, siempre te dejan marcas.
Los golpes de la vida dejan marcas que crees que nunca vas a superar.
Un accidente de coche. Un incendio. Una violación. Una muerte inesperada.
Todo deja una marca. Y ninguna de ellas se borra con una crema cicatrizante ni vendas y que uno no hable del tema no quiere decir que no exista o que no duela. Siempre está ahí, pero depende de uno si va a permitir que aquella marca sea visible ante los ojos de los demás, e incluso, si aquella marca va a ser tu destrucción.
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Alguna vez fui Isabella Swan, la misma que le había cerrado la puerta al fracaso, la misma que quiso intentarlo otra vez… la misma que estuvo secuestrada por once años.
No hay mucho que decir salvo agradecer que llegaran hasta aquí y por esperarme.
Si bien les quedo debiendo el outtake, este ya es un adiós.
Gracias por los favoritos a lo largo de la historia y por cada comentario que me dejaron con tanto cariño. Acorralada estuvo en el top10 de fics favoritos del 2016 y eso me tiene muy contenta :D
Así que nada, espero que esta no sea la última vez que nos leamos ;)
Un beso enorme para uds!
Cambio y fuera.
