Capítulo 32: La advertencia de Sarabi.

Pasó un tiempo. Sarafina día a día comenzaba a enamorarse más y más de mí. Yo seguía muy sorprendido de lo rápido que había caído, de lo rápido que me había aceptado.

Me pude dar cuenta así, de la soledad que invadía su vulnerable corazón, de lo frágil de su alma, y eso la hacía una presa suculenta.

Quise sentir un poco de compasión; A veces hubiera preferido echar para atrás todo el plan, y decirle toda la verdad, pero no podía darme el lujo de hacer eso. Mi plan estaba en marcha. Mi corazón pedía su venganza, Y la iba a tener.

Zira estaba molesta conmigo. En esos días le dije a Sarafina que se quedara a vivir en nuestra cueva, y Zira no estaba nada de acuerdo con eso.

A veces era grosera con ella; Un día, por ejemplo, Sarafina llegó con un antílope que había atrapado. No era muy grande, pero sí lo suficiente para comer los tres, Sin embargo, Zira se puso enfrente de ella y le dijo:

—¡¿Eso es lo más grande que pudiste conseguir!?

Para después reírse con sarcasmo e irse a conseguir ella sola uno todavía más grande.

Zira le hacía muchos desaires a Sarafina. Se notaba que le molestaba su presencia. El chisme se difundía rápidamente por todo el reino.

Por donde Zira, Sarafina y yo caminábamos, las miradas de desaprobación, las miradas curiosas, los murmullos no se hacían esperar. Decían cosas como:

"Ya viste; el príncipe segundo anda con dos leonas al mismo tiempo: Una adulta, y una jovencita", ó también; "Algo malo le pasó a Sarafina desde que anda con Scar. Ya no quiere salir, solo quiere estar metida en la cueva del príncipe, y ni siquiera están casados", de igual manera cuchicheos como: "¿Que harán los tres solos metidos en esa cueva todo el día?" ó "¿De dónde habrá salido aquella joven leona color marrón?"

Toda esa palabrería, llegó a los oídos de la leona con la que menos quería tener problemas.

Una tarde, Sarafina y Zira tuvieron una fuerte discusión, y al final, fastidiadas, cada quién salió a tomar aire por su cuenta, dejándome solo en la cueva donde habitábamos.

No había nada que hacer, así que decidí tomar una siesta.

Mientras dormía tranquilamente escuché que alguien me gritó, despertándome sobresaltado:

— ¡Scar!

La vi. Era Sarabi. Estaba furiosa.

— ¡¿Qué le has hecho a Sarafina?! ¡Contesta!

Intenté guardar la calma. No quería pelear, y menos con el amor de mi vida.

—Nada, ¿Por qué lo preguntas?

Sarabi, me miró, llena de Rabia.

—Desde que vive contigo, ya no quiere hablarme, se la pasa encerrada aquí. Todo el reino habla de eso. ¿Qué le hiciste?

—Sarabi —, le dije-Lo único que ha pasado es que ella es mi novia ahora. Eso es todo.

Sarabi me fulminó con la mirada.

— ¡Tu novia!, ¡Tu novia!, ¡Pero si la habías rechazado! ¿Acaso se te olvido?, el día que la rechazaste fue corriendo conmigo a desahogarse. No le fue fácil superarlo, ¡y ahora me sales con eso!

Al verla, un impulso surgió de repente en mí, un impulso colmado de ira y rabia; hábilmente me abalancé sobre ella, tirándola al suelo, y puse una garra en su cuello:

— Si en verdad quieres que la deje en paz, entrégame tu amor, y todo esto habrá terminado.

Pero Sarabi, quien era una leona fuerte, con sus patas traseras, hábilmente me empujó y me lanzó unos centímetros, para después ponerse de pié.

— ¡No, Scar!, tú estás muy mal, y si crees que yo me tragaré ese cuento, estás muy equivocado.

Ella me miró desafiantemente, como retándome.

— No sé qué te traes con ella, ni cuales sean tus intenciones, pero escúchame bien Scar: Si me entero de que vuelves a lastimarla, no tendré piedad de ti. Ella es mi mejor amiga, y sólo sobre mi cadáver la dañarás, ¡entendido!

Y con estas palabras, Sarabi, salió de la cueva.

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