Capítulo 49: Niñez en la sabana

*CAPITULO PARTICULAR*

REDACTORA

El tiempo pasaba muy rápido. Simba (el cachorro de mi hermano Mufasa) y Nala (la hija de Sarafina) habían crecido bastante. Ambos eran unos hermosos, juguetones y vivarachos cachorros. Les gustaba la aventura y tenían una facilidad increíble para meterse en problemas.

Por su parte las madres de ambos cachorros estaban más unidas que nunca. Cada dos días, Sarafina visitaba a Sarabi y esto a su vez hacía que la amistad entre Simba y Nala aumentara. Esto ponía muy contentas a ambas leonas pues se había decidido que los cachorros habían quedado comprometidos para que en el futuro, fueran Rey y Reina.

Nadie quería que los cachorros se enteraran de esto, pues temían que se asustaran con la noticia, así que se había decidido tener especial cuidado de no hablar del tema frente Simba y Nala. Sólo Mufasa, Sarabi, Sarafina, Rafiki y Zazú sabían de los planes para ambos cachorros.

Ambos leoncitos disfrutaban de jugar con los demás cachorros de la manda –en especial con los pequeños Chumvi, Kula y Tojo-, amaban hacerle bromas al consejero real Zazú, divertirse corriendo entre los pastizales y entreteniéndose cazando mariposas.

Cuando Simba no veía a Nala, disfrutaba de visitar a los que él llamaba "los tíos amargochitos", es decir, el tío Scar y la Tía Zira, aunque cabe mencionar que al niño le confundía un poco llamar a Zira "tía" porque su papá le había explicado que Zira y Scar no estaban casados. Él encontraba a este par muy simpático; disfrutaba viendo cómo, por más que intentaba hacerlos jugar con él, no lo conseguía. Los dos se comportaban siempre de lo más serio. No importaba si les mordía la cola, se subía a sus cabezas ó los espantaba mientras dormían. Nada funcionaba para arrebatarles una sonrisa. Pese a todo, el inocente cachorro sentía un gran aprecio por ellos. Talvés no eran los más cariñosos ó los más alegres, pero siempre eran muy amables con él; a veces Scar lo dejaba jugar con su melena ó su cola y muy de vez en cuando se ponían a platicar. Además Simba y Scar tenían la misma conversación cada vez que se veían:

"¡Eres mi sobrino consentido!," Decía Scar, al momento que acariciaba la cabeza del pequeño forma un poco ruda, y Simba entre risitas siempre le respondía: "¡Pero soy tu único sobrino!"

Con respecto a Nala, diremos que Scar y Zira sabían sobre su existencia, pero nunca la habían visto. A ambos leones les daba mucha curiosidad conocerla por ser hija de Sarafina, pero no se les había presentado la oportunidad, hasta que un día mientras Zira salía de cacería, encontró a Zazú y a Sarafina platicando así que se escondió para espiarlos:

—Zazú, te pido que me ayudes a llevarle la noticia a mi esposo Shizazen, sobre el compromiso de Nala con Simba, y su destino como futura reina.

—Con gusto, Saffy. —le respondió el ave, para después emprender vuelo.

La pequeña Nala permaneció al lado de su madre todo el tiempo, y Zira se dedicó a observarla con gran atención y hasta cierto grado de obsesión. Y conforme más la contemplaba, más la odiaba. El simple hecho de estar predestinada como la futura reina era motivo suficiente para aborrecerla. Para su mala suerte, al día siguiente de esto, Simba entró a la oscura cueva de manera revoltosa con Nala detrás de él, diciendo en voz alta y animada:

— ¡Tío Scar quiero presentarte a mi amiga Nala!

Cuando Scar la vio, no pudo evitar recordar a su niñez. Nala se parecía demasiado a Sarafina de niña, y al verla los recuerdos volvieron a él; Scar se vio de nuevo en medio de la Sabana, autoexiliado, y con una leoncita que le había confesado su amor. Un amor puro y limpio que una vez él había rechazado por una leona que ni siquiera se percataba de que existía, de una leona que nunca pudo corresponder a su amor. Y no es que Scar se hubiera enamorado de Sarafina, era sólo que recordarla le hacía sentir una gran culpa por haberla lastimado, por haber herido su corazón.

Por su parte Zira experimentaba una profunda repugnancia, pues veía en Nala un nuevo obstáculo; un obstáculo que la alejaba de sus ilusiones de ver feliz a Scar, de permanecer a su lado como su reina, de gobernar juntos. Para Zira, la felicidad de Scar era su felicidad, y ella odiaba cualquier cosa que pudiera obstruirle el paso.

Pero Zira, no se atrevía a decirle a Scar directamente sus sueños y anhelos. Talvés por vergüenza, talvés porque Scar no daba señal de interés alguno por ella, Talvés porque ella aún no se sentía preparada… sea como sea, ella tenía un objetivo y no descansaría hasta verlo cumplido.

Simba y Nala comenzaron entonces a jugar a perseguirse las colas, y a reír como locos. Todas esas carcajadas y alegría en verdad fastidiaban a los dos leones quienes estaban acostumbrados a su silenciosa, apacible, y ¿por qué no decirlo?, amarga vida.

Al caer el ocaso, Simba y Nala se retiraron de la cueva, y una vez que esto pasó Zira se acercó a Scar y escondiendo sus verdaderos sentimientos, le comentó:

—¿Sabes Scar?, Hay algo en esa niña que no me gusta y con sólo verla, la detesto.

Scar le lanzó una sonrisa maliciosa, y con voz suave y un dejo de misterio le dijo:

—No te preocupes, Zira, tengo un plan para acabar, no sólo con Simba, sino también con esa pesada de Nala.

Zira la miró estupefacta. Scar continuó:

—No olvides que esos cachorros van a todos lados "juntos" —Decía Scar haciendo especial énfasis en la palabra "Juntos".

Zira le devolvió una mirada de complicidad, comprendiendo perfectamente el mensaje que Scar le había querido trasmitir...

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