Capítulo 54: To Die For.

*CAPITULO PARTICULAR*

Scar narrando:

Por fin había llegado aquella mañana. Aquella gloriosa mañana, en que según yo, todas mis tristezas y frustraciones por fin se verían compensadas. Toda una vida de sufrimiento y llanto que culminaría con la desaparición de los seres que lo habían causado.

Muy temprano, fui en búsqueda del pequeño Simba. Lo encontré corriendo entre las praderas. Así que lo llamé:

—¡Simba!, ¡Ven aquí!

—¡Hola Tío! —me saludó Simba entusiasmado.

—¿Qué haces? —le pregunté, fingiendo interés.

—Iba a buscar a Nala, y a mis amigos Chumvi, Kula, Tama y Tojo, para salir a jugar.

-Hmm, ya veo —le dije fingiendo una sonrisa con ironía, y rascándome la barbilla—, por cierto Simba, tengo que decirte algo.

—¡¿Es muy importante!?, porque yo quiero ir a jugar —me interrumpió Simba muy alegre. Sinceramente, tanto entusiasmo me enfermaba.

—Ehmm… sí, Simba. Pero antes quiero que sepas que tu padre me mandó decirte que quiere verte al pie del cañón.

—¿Para qué? —preguntó Simba, arrugando la nariz.

—Ya lo verás— le dije sonriendo con una profunda satisfacción.

Lo conduje al cañón e hice que subiera a una roca que había allí.

—Tu padre tiene una maravillosa sorpresa para ti. —comencé a decirle.

—Y, ¿Qué es? —preguntó con curiosidad Simba.

—Si te dijera, ya no sería sorpresa ¿verdad?

—Si me lo dices, me haré el sorprendido.

—¡Jó,jó,jó!, eres verdaderamente un pillo.

—¡Por favor, tío Scar!

—No, no, no, no… Esto es para ti y tu papi, como algo entre padre e hijo... Bien, Ahora me voy por él.

—¡Quiero ir contigo! — Vociferó Simba alegremente.

—¡NO! —le dije con voz firme —, ¡jajá! No. Solo quédate en la roca. No querrás meterte en un lío como sucedió con las Hienas.

—¿Supiste eso?

—Simba, todo el mundo lo sabe.

—¿¡De veras!?

—¡Ah, sí!... Suerte que "papi" llegó para salvarte ¡eh!, ¡oh! ,y Aquí entre nos; Debes ensayar ese pequeño rugido tuyo, Hmm.

—Oh, está bien —me dijo Simba con resignación, y justo cuando ya me iba Simba se me interrumpió y se volvió a mí—, ¡Oye tío Scar! ¿Me va a gustar la sorpresa?

—Simba… ¡ES PARA MORIRSE!

Sin que él se percatara, sonreí lleno de maldad y Júbilo, y me alejé del lugar.

Lo que Simba no sabía es que en lo alto de la colina, miles de ñus pastaban tranquilamente, y mis aliadas, las hienas, esperaban ocultas mi señal, para embestir y asustar a las colosales bestias.

Pronto, subí a lo alto de un cerro. Shenzi me vio, y al ser la lideresa, dio la orden para atacar; Cuando ella y sus dos hermanos salieron a perseguir ñus, desde otros ángulos el resto del ejército de hienas comenzaron a salir. Los vacunos no se esperaban semejante emboscada. La jauría completa gruñían con fuerza a los toros gigantes, intentando morderlos de vez en cuando. Todo esto provocó que los animales se desbocaran y salieran de lo alto de la colina por debajo de la montaña.

Simba miró aterrado como los ñus bajaban por el desfiladero directamente hacia él. Shenzi hizo un último intento por morder a un ñu que iba bajando. El plan estaba en marcha.

Mientras esto ocurría, fui en búsqueda de Mufasa.

— Mufasa… Rápido… Estampida… en el cañón. ¡SIMBA ESTÁ AHÍ!

Sin perder ni un segundo, Mufasa corrió a salvar a su hijo.

Lo acarreé hasta el lugar de los hechos; Mufasa se lanzó en medio de la enloquecida manada.

En ese instante el atolondrado Zazú se puso a gritar como histérico, recordándome aquella vez en que su madre había arruinado mi plan en contra de Mufasa hacía mucho tiempo, así que, descargando todo mi resentimiento, le di un fuerte golpe que lo dejó desmayado. Esta vez ningún cálao interferiría en mis planes, además… no debía haber ningún testigo. Sin embargo… a lo lejos… noté un punto extraño en la distancia… un ave roja muy parecida a Zazú que me observaba detenidamente. Eso me inquieto, pero no había tiempo de ir tras él.

Subí entonces, a lo alto de un risco a observar con detenimiento el espectáculo.

Vi que Mufasa había logrado poner a salvo a Simba colocándolo en una gran piedra. Eso me hizo enfurecer, pero cuando noté que la manada de ñus lo había empujado, tirándolo al suelo, creí que finalmente moriría. Sin embargo la perseverancia de mi hermano pudo más y logró salir de entre las bestias enloquecidas, lanzándose poderosamente al risco, intentando escalar por él.

Sonreí. Sonreí porque me di cuenta de que nada sería más delicioso que acabar con él por mí mismo. Y ¿Que significaba para mí hacerlo de esa manera?, pues nada menos que la venganza. Venganza por la memoria de Fabana, por un trono que me pertenecía, por el rechazo constate de mi padre, Porque mi hermano me había quitado la oportunidad de haber sido feliz al lado de la cosa más sublime sobre la faz de la tierra; la única cosa que me había mantenido con vida durante el tiempo que estuve fuera de casa, el motor de mi vida, la razón de mi ser: Mi bella Sarabi.

¡SCAR! ¡Hermano! —suplicaba Mufasa, y yo me deleitaba con ello—: ¡Ayúdame!

Yo me encontraba por encima de él, en el borde del precipicio, mirándolo con indiferencia ante su evidente sufrimiento. En un arrebato de infinito odio, clavé mis garras violentamente en sus patas delanteras, y contemplé sus ojos preciosamente aterrados por varios minutos.

En fracción de segundos pasaron por mi mente muchas escenas de mi vida, las cuales mi enferma y envenenada mente había interpretado como desgracias… desgracias que según yo, habían sido provocadas por el león que ahora dependía de mí para vivir, el mismo que ahora suplicaba por su vida cuando me había arrebatado la mía.

Su mirada llena de terror era mi placer, mi júbilo, ¿Quién era el débil ahora?, ¿Quién era el vencedor?, ¿Quien el triunfador?

'Se acabó', pensaba entre mí, 'se acabó mi calvario para siempre; Nunca más sería su sombra otra vez, ¡NUNCA MÁS!'

Y Así, en un susurro que revelaba todo el odio que en mi interior ardía, y lanzándole una mirada capaz de helar la sangre de cualquiera, le susurré a mi hermano lenta y pausadamente al oído:

¡Que VIVA el Rey!

Tras lo cual, lo dejé caer hacia una muerte segura.

Simba observaba al borde del peñasco, mientras su padre desaparecía entre los animales.

Volteé hacia arriba y vi a lo lejos de nueva cuenta aquella misteriosa ave color rojo que me observaba con detenimiento para después emprender el vuelo. Entendí que aquella ave era un cálao, pero, ¿por qué un cálao rojo me observaba?, debía ser mi imaginación.

Segundos más tarde, bajé al fondo del cañón. Satisfecho de mi perversa acción. Entonces, encontré a Simba sollozando sobre el cuerpo de su padre. Y se me ocurrió algo; tenía que lograr que Simba se sintiera culpable por lo ocurrido, y le susurré:

—Simba… ¿Qué has hecho?

—Una manada... —me decía con la voz quebrada—. Trató de salvarme. ¡Fue un accidente! ¡NO QUERÍA QUE LE PASARA NADA!

—Por supuesto, por supuesto —le decía abrazándolo y fingiendo dulzura—, Eso ya lo sé. Nadie... Jamás quiere que estas cosas pasen... Pero El Rey Ha Muerto.

Cuando dije estas últimas palabras mis ojos destellaron llenos de júbilo. Proseguí:

—Y de no ser por ti, Todavía viviría. ¡Oh!.. ¿Qué va a decir tu madre?

Simba lloraba todavía con más fuerza.

—¡¿Que voy a hacer?!

—Huye Simba —le dije en susurros—, ¡Huye!, Vete lejos, y nunca regreses.

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Simba salió disparado a su auto-exilio. En cierto modo me recordó a mí cuando era cachorro. Sonreí con ironía. Todo había salido muy bien.

Shenzi, Banzai y Edd se acercaron a mí, de manera sigilosa.

—Mátenlo —les ordené en tono seco y frio.

Las tres hienas iniciaron la persecución del cachorro; Yo tenía la ciega fe en que las hienas lo exterminarían.