NOTA IMPORTANTE: Buenas mis lectores, me gustaría comentaros una cosa. Para aquellos que estéis leyendo "Hechos el uno para el otro" y también los que todavía no lo conocéis, he subido recientemente un nuevo cap, el 16. Por ahora no está recibiendo la atención que esperaba (en reviews) y la verdad es me desmotiva mucho. Si veo que la situación no mejora en los próximos días, no actualizaré. Espero que lo entendáis. Invierto parte de mi tiempo a escribir estas historias, no solo por placer, sino por ustedes que me leen. Yo respeto vuestra decisión de no dejarme reviews, pero también respetadme y entendedme a mi que tengo mi vida y me organizo para poder actualizar mis fics. No sé si es que no os gusta o hay algo que os desagrade, no lo sé, así que repito espero que lo entendáis. Un saludo grande a todos. Dama Felina
Unos vecinos que vivían cerca de los Cheng encontraron a la niña tirada en el suelo. Por poco su madre no tuvo un infarto allí mismo al volver de la tienda y verlos con su hija en brazos. La lesión de su tobillo, evidentemente, empeoró considerablemente. De los nervios, Sabine riñó a Marinette por su desobediencia. Era algo que inusualmente pasaba dado el carácter pacifico de la señora Cheng. Sin embargo, la posibilidad de que le hubiera pasado algo a su niña, la angustiaba. La niña oyó la reprimenda de principio a fin pero realmente no se encontraba en ese momento. Solo podía llorar en silencio al saber que había roto su promesa y que Adrien estaría muy enfadado con ella por no haber ido a su recital. Para colmo, el tobillo le dolía horrores y no se le curaría por lo menos una o dos semanas después.
Pasaron los días y no hubo señales de su amigo. Eso la destrozaba. La mayor parte del tiempo la pasaba en casa, reposando el tobillo con una venda, mientras veía la tele o estaba en su cuarto, creando en su nuevo libro de dibujo que el rubio le había regalado. La situación empeoraba por momentos. Finalmente, sus plegarias parecían ser escuchadas cuando una tarde, el timbre de su casa sonó.
Sabine, que estaba en la cocina preparando la merienda para su hija, dejó lo que estaba haciendo para contestar:
- Casa de los Cheng, ¿quién es?
- Hola, Sabine, soy María, ¿puedo pasar? –se oyó la voz agradable de la señora Agreste tras el auricular.
- Claro, querida –sonrió, algo sorprendida por su visita.
Pronto se oyeron pasos en las escaleras y Sabine abrió la puerta con una amable sonrisa.
- Buenas tardes, Sabine. Perdona esta visita repentina –se disculpó, saludándola con dos besos cariñosos.
- No pasa nada, por suerte no me has pillado en nada vergonzoso –bromeó y se percató de que Adrien, su hijo, estaba oculto detrás de ella- vaya, vaya, has venido con el jovencito Agreste.
- Prácticamente lo he arrastrado hasta aquí –le confesó con una divertida sonrisa- nunca lo admitirá pero está deseando ver a Marinette.
- ¡Eso no es verdad! –replicó el muchacho con un mohín mientras sus orejas se teñían de rojo.
- Marinette se alegrará de verte. No ha tenido unos días fáciles. Pasad por favor –los invitó haciéndose a un lado.
María se lo agradeció y entraron juntos. Se sentaron en el salón mientras Sabine preparaba unos tés de rooibos y unas pastas deliciosas rellenas de crema pastelera. También terminó de preparar la merienda de su hija, esta vez añadiendo un poco mas para Adrien.
- Muchas gracias, querida, no tenias por qué haberte molestado
- Tonterías, nunca viene de mas tomar un buen té –le sonrió- dos de azúcar y un chorrito de limón, ¿verdad?
- Correcto –rió suavemente- Adrien, cariño, ¿por qué no vas a ver a Marinette?
- Está en su cuarto –le guiñó un ojo Sabine
- No quiero ir –protestó cruzándose de brazos.
- Adrien… ¿recuerdas lo que hablamos en casa? –lo miró su madre con una ceja alzada.
- Eso no vale, mamá –volvió a protestar, frunciendo los labios.
- No quiero mas protestas. Ve arriba y compórtate como un caballero. ¡Vamos! –dio unas palmadas rápidas, instándolo a ir.
A regañadientes, el rubio obedeció y además cogió la bandeja con la merienda para llevarla arriba. Subió las escaleras despacio y se asomó para observar la estancia. En contra de su propia voluntad, su corazón pareció encogerse para luego latir un poco mas deprisa. Hizo una mueca. No entendía sus reacciones físicas hacia su amiga pero odiaba admitir que la había echado de menos. Marinette se encontraba en su escritorio, dibujando algo. No sabia lo que era y tampoco es que le interesase así que reanudó su marcha hasta pisar el suelo de la habitación. Carraspeó a propósito para llamar su atención y la niña se viró bruscamente, sorprendida. Abrió mucho los ojos cuando vio a Adrien frente a ella. No había oído el timbre, ni las voces, ni nada desde su cuarto, tan ensimismada que estaba en lo que hacia. Casi al instante la culpabilidad la inundó con fuerza y desvió la mirada de nuevo, incapaz de enfrentarlo. Adrien alzó una ceja y nuevamente, sus acciones lo traicionaron, avanzando hasta ella y colocando la bandeja justo al lado de su cuaderno a una prudente distancia. La observó detenidamente y se percató del vendaje de su tobillo lesionado. Su madre le había informado de la lesión de su amiga pero desgraciadamente no la había creído. Ahora que lo veía con sus propios ojos, empezó a sentirse como un completo imbécil.
- Hola… -susurró casi con timidez.
La peliazul lo miró por el rabillo del ojo, encogida sobre si misma por miedo a su reacción. Sus ojitos azules parecían mas pequeños, avergonzados. Adrien tragó saliva. Nunca la había visto así y saber que era por su culpa, en cierta forma, no le gustaba.
- Lo siento… -fue lo primero que dijo la niña tras un silencio eterno.
El rubio se mostró desconcertado por unos segundos para luego empezar a entender.
- ¿Cómo estás? –señaló el tobillo, cambiando bruscamente de tema.
- Mejor –respondió con evidente sorpresa aunque apenas se movió del asiento- mañana iré al medico… otra vez.
El niño no pudo aguantarlo mas. Verla así de frágil hacia que se le revolviera el estómago. Por puro impulso, la abrazó torpemente, acercando su rostro a su pequeño pecho. Marinette abrió mucho los ojos y su cuerpo tembló con ese abrazo. Su amigo la estaba abrazando, ¿acaso no estaba enfadado con ella? Al principio no supo como responder pero poco a poco, con extrema timidez, correspondió y oyó el suspiro entrecortado del rubio. Uno, dos, tres minutos… y nerviosamente, se separaron.
- Lo siento, yo… -intentó disculparse, rascándose la nuca- soy tan tonto…
- Adrien… -murmuró sin entender muy bien como se sentía pero necesitaba librarse de esa carga, de no haber cumplido su promesa- no sabes cuanto lo siento… no sé que mas puedo decir, lo siento… soy una mala amiga.
- ¡No! –se apresuró a decir, quizás demasiado alto, porque asustó a la peliazul- quiero decir… el tobillo… tu te… ¡agghhh!
- ¿No estás enfadado conmigo? –murmuró abrazándose a si misma.
- Lo estuve –admitió apretando la mandíbula y desviando la mirada- pero… ya no lo estoy, ¿entiendes?
Marinette negó con la cabeza aturdida. Tendría que estar mas que enfadado con ella y con toda la razón del mundo. Desvió la mirada.
- No lo entiendo…
- Mari, yo… quería que fueras a verme, quería que vieras como toco y eso –se sonrojó mientras hablaba sin mirarla- me hacia mucha ilusión.
- Y yo quería verte… mas que nada, de verdad- le hizo saber con toda seguridad.
- Te creo –dijo, sorprendiéndola gratamente- si, te creo, pero estaba tan decepcionado de no verte que…
- Tenias todo tu derecho a enfadarte conmigo. Habría ido pero mi padre trabajaba hasta tarde y mi madre no tiene coche.
- El caso es que… ya no estoy enfadado contigo… y quería pedirte perdón por mi comportamiento –se rascó la nariz.
Su sinceridad le proporcionó tal alivio que no pudo evitar suspirar de alegría. Su amigo había vuelto y saber que la entendía y que no la culpaba de su accidente la hacia sentir bien.
- Gracias, Adrien, gracias –le dijo de todo corazón. Se incorporó con cierta dificultad con el pie bueno y avanzó un paso para abrazar a su amigo con fuerza.
Sorprendido, el rubio la rodeó con sus pequeños brazos, sosteniéndola como bien podía para que no se cayera. La niña se separó un momento y le regaló un cariñoso beso en la mejilla. Los dos se sonrojaron y se miraron a los ojos durante unos segundos. Orbes esmeraldas y Orbes zafiros. Sonrieron al mismo tiempo, con complicidad.
Reconciliados nuevamente, Marinette se recuperó exitosamente de su lesión y volvió a sus clases de ballet. Como compensación por no haber ido a su primer recital, Marinette asistió a todos los demás sin falta y Adrien hizo lo mismo con sus exhibiciones de ballet. El tiempo seguía transcurriendo sin tregua y ellos con él. El padre de Adrien metió a al niño en clases de carisma y de modelaje y contrató a un fotógrafo profesional exclusivamente para él. Su deseo era que su hijo fuera un modelo profesional para las revistas de moda que él trabajaba. También lo metió en clases de chino y le compró ropa nueva, mas adecuada para sus nuevas clases. A su vez, Marinette se matriculó en cursos de arte y dibujo como complemento a sus clases normales.
Con la llegada de la adolescencia, los cambios físicos en ambos amigos fue notoria, especialmente para la peliazul. La menstruación hizo acto de presencia en su cuerpo a la edad de once años y su cuerpo sufrió las consecuencias de ello. Su altura creció considerablemente, su cintura y sus caderas se pronunciaron y ondularon en curvas que distaban mucho de una niña, su busto aumentó y tuvo que empezar a usar sujetador, su melena creció hasta la media espalda en bucles indefinidos y sus pecas aparecieron en otras partes de su cuerpo, a parte del rostro. Por otra parte, Adrien también creció pero no superó en altura a su amiga, llegándole solo al hombro. Y gracias a la esgrima y correr todos los días, dejó de estar tan rellenito como al principio, su cabello rubio aumentó de tamaño y se volvió mas rebelde y desordenado que antes, sus rasgos aniñados empezaron a desaparecer poco a poco, pareciéndose mas a un chaval de doce años. Los cambios físicos no pasaron desapercibidos para ninguno de los dos, especialmente para Adrien que cada vez que estaba con ella, siempre había algún chico que se fijaba en su amiga. Y no era para menos, Marinette era muy linda y hasta para él no era indiferente. Ya no era esa niña de siete años que conoció en el parque, en ese jardín de flores en busca de mariquitas. Era una adolescente en proceso de convertirse en toda una mujer, y estaba seguro que una mujer hermosa. Si, era extraño… pero esos cambios empezaban a hacer estragos en el rubio, no podía evitar observarla. Su amistad y su complicidad era tal que con solo mirarse, ya sabían lo que el otro pensaba y sentía, lo que le gustaba y lo que no, y a pesar de las discusiones que seguían ahí como cualquier relación, siempre buscaban la manera para solucionarlo y volver a como eran antes. Ya no recordaba lo que era estar sin Marinette, eran tan inseparables que hasta sus madres buscaban separarlos un poco para que conocieran a otros amigos, algo sumamente difícil.
Después de graduarse de la primaria, los padres de Marinette tuvieron algunos problemas económicos. La panadería ya no daba los beneficios de antes y Sabine se vio obligada a trabajar. La joven cambió de colegio y se inscribió en el Colegio Françoise Dupont para cursar la secundaria. Adrien también se graduó de la primaria y al saber de la situación de su amiga, habló con su madre para intentar inscribirse por primera vez en un colegio de verdad y así estar con ella.
En el parque, "su rinconcito prodigioso… "
Las dos madres estaban sentadas en la cafetería situada al lado del parque. Este había sido reformado y ampliado para el placer y el contento del vecindario. Podían observar tranquilamente a sus hijos, mientras tomaban un cortado.
- Es increíble como pasa el tiempo, ¿verdad, Sabine?
- Desde luego, amiga mía, crecen tan deprisa. Parece que fue ayer cuando tuve a Marinette en mis brazos –sonrió con ternura y un brillo de emoción en los ojos.
- ¡Y tanto! Tu hija es preciosa. Le sienta bien la adolescencia –bromeó María, dándole un sorbo a su bebida caliente.
- No es porque sea su madre, pero es verdad –le siguió la broma con una risita- pero tu hijo no se queda atrás. Está bien lindo. Madre mía, la de chicas que tendrá detrás.
- Adrien no es de esos –le aseguró con una sonrisa- además está pegado como una lapa a tu hija.
- Puedo decir lo mismo. Parece que es imposible separarlos
- ¿Te imaginas que algún día…?
- ¡Ohh, querida! Son solo unos niños todavía –la interrumpió casi con sorpresa por sus intenciones.
- ¡Oh, vamos, Sabine! Es una suposición, se ven tan bien juntos que no he podido pensarlo alguna vez.
- Ya tendrán tiempo de pensar en eso. Son muy jóvenes, les queda mucha vida por delante.
- Quien sabe, a lo mejor se parece a ti
- ¡Dios quiera que no! –negó con la cabeza y Maria rió de buen grado por las ocurrencias de su amiga. Sabine siempre tan reservada y con el pensamiento de otra época.
- En cualquier caso, es bonito pensarlo. Míralos, son felices y se entienden mejor que nadie. No había visto a mi hijo tan feliz. De hecho me ha dicho que quiere ir al colegio de tu hija solo para estar con ella.
- ¿En serio te ha dicho eso? –abrió mucho los ojos sorprendida.
- Como lo oyes. Estoy elaborando mi estratagema para convencer a mi marido –rodó los ojos de solo pensarlo- a ver si le deja un poco de libertad a Adrien. Estar tanto tiempo en casa es como vivir en una cárcel.
- Ay, querida, cuánta razón. Seria maravilloso que Adrien pudiera estudiar como una persona normal
- ¿Verdad que si? Es lo que mas deseo para mi hijo. Que estudie, que se forme en lo que le guste y que sea feliz. No pido mas… ah, si, y una novia
- ¡María! –exclamó divertida y ambas se echaron a reír de buen grado.
Adrien perseguía a un gato negro por todo el parque con mucho esfuerzo. El felino era tan rápido que le costaba seguirle el ritmo. Finalmente, el gato desapareció en un arbusto y trepó por un árbol. Maulló desde arriba, agitando la cola triunfal. El muchacho jadeó y se detuvo sujetándose de las rodillas.
- Se te ha vuelto a escapar, minino –se jactó la peliazul llegando a su lado.
- Inténtalo tú a ver qué tal se te da, bichito –enfatizó su apodo con el ceño fruncido, recuperando el aliento.
- A los gatos no hay que perseguirlos, hay que dejar que se acerquen –replicó con orgullo.
- Y ya salió la sabionda –se rió estirando sus miembros después de la carrera. Observó al gato desde la rama- si no estuviera tan alto, subiría.
- Me encantaría verte intentándolo –bromeó con una risita- pero avísame para pedirle la cámara a mi madre y grabarte. Así podré reírme todo lo que quiera.
- Pero qué graciosa –la fulminó con la mirada en un tono claramente irónico.
- Vamos, admite que si es gracioso. Un minino humillado por otro minino. Es épico. ¿O prefieres que lo llame Chat Noir? –señaló al gato, divertida.
- Qué ingeniosa, Mari, llamar a un gato negro, Chat Noir –bufó como si fuera obvio.
- No te enfades –se acercó a él y lo abrazó por detrás con cariño. Besó su mejilla- ambos sabemos que tú eres mas adorable que ese gato.
Adrien tuvo que hacer grandes esfuerzos para no sonrojarse delante de ella. Notó como su amiga apoyaba su cabeza en su hombro, debido a la diferencia de altura y sonreía divertida. Últimamente sus acciones cariñosas e inocentes hacían estragos en él, le producia sensaciones que nunca había sentido y no sabia a qué se debía. Y no solo estaba el hecho de los abrazos y los besos en la mejilla, el simple hecho de observarla, de verla sonreír y mirar sus ojos azules provocaba algo extraño en su estómago, como si estuviera contrayendo una enfermedad. Carraspeó y se separó de ella lo mas despacio que pudo, saboreando tenerla tan cerca.
- Bueno, bueno… haciéndome la pelota, no lograrás nada –intentó hacerse el duro.
- Claro, claro –rió divertida.
Un grupo de chicos de quince años caminaba alrededor de la cerca del parque y al ver a Marinette, empezaron a silbar.
- ¡Guapa! –gritó uno de ellos con una sonrisa encantadora.
- ¡Menudo pelo, preciosa!
- ¡Qué ojazos! Ya me gustaría tener es azul tan vivo
Los halagos hicieron que la joven enrojeciera y desviara la mirada con timidez mientras que Adrien apretaba la mandíbula y una desagradable sensación encogía su pecho. ¿Qué demonios había sido eso?
- Vente con nosotros. Serás la envidia del pueblo
- Anda, vamos –farfulló el rubio sujetando a su amiga del brazo, alejándola de la vista de aquellos idiotas.
Marinette lo miró agradecida sin imaginarse lo que pasaba por la mente del muchacho. Aquel tipo de sucesos ocurría con frecuencia y normalmente era él quien la sacaba de ellos en actitud protectora. Descansaron en un banco y tomaron un tetrabik de frutas.
- Nunca me acostumbraré a esto
- ¿A qué te refieres? –preguntó el ojiverde haciéndose el tonto.
- Sabes a que me refiero –replicó todavía con las mejillas encendidas.
- Es tu culpa por ser tan linda –se le escapó sin darse cuenta y su amiga enrojeció aun mas, sintiendo sus orejas arder- bueno… eso es lo que dicen, ¿no?
Su intento de huida pareció funcionar porque Mari rió nerviosamente y se concentró en sus pies, repentinamente interesada en sus zapatos.
- Deberían ponerse gafas entonces –rebatió con sencillez.
Adrien frunció el ceño y la miró detenidamente. ¿Acaso no era consciente de lo guapa que era? Definitivamente no, aunque al mismo tiempo la entendía, ella era tan sencilla, tan reservada, que no cabía en sus pensamientos la idea de fijarse en chicos. Algo parecido le pasaba a él.
- ¿Te molesta que se fijen en ti? Mi madre me dice que es normal que pase con esta edad, aunque es peor con los quince mas o menos.
- Algo me ha dicho mi madre también, es frustrante, es como si los chicos solo pensaran en una cosa –resopló negando con la cabeza- ni que no hubiera otras cosas.
- Eso es porque eres muy inteligente –la halagó con una sonrisa. Aquello le resultó divertido a Mari.
- Anda, qué ligón te me has vuelto –le dio un codazo amistoso.
- Ni se me ocurriría hacerlo –dramatizó con una fingida cara de horror- prefiero seguir con mis extremidades intactas.
Mari soltó una sincera carcajada, limpia e inocente, y Adrien se sorprendió a si mismo mirándola embobado. Realmente era guapísima, con su rostro contraído en esa risa y ese brillo en sus ojos.
- Eres de lo que no hay –dijo la joven cuando calmó las convulsiones de su cuerpo- estoy segura de que las chicas irán detrás de ti.
- Ya lo hacen de hecho –comentó como si nada.
- ¿En serio? –abrió mucho la boca con sorpresa- ¿y no habías dicho nada?
- Si no es nada del otro mundo, mi padre se ha empeñado tanto en mis sesiones de modelo que ya he salido en algunas revistas adolescentes –rodó los ojos, igualito que su madre, para mostrar su indignación.
- ¡Qué fuerte! –exclamó entusiasmada- ¿no tendrás una revista aquí por casualidad?
- ¿No has visto ninguna? –alzó una ceja, incrédulo.
Ella negó, algo avergonzada y vio como su amigo buscaba en su mochila. Extrajo una revista y se la entregó. Marinette la hojeó con verdadero interés y se quedó de piedra. Adrien se veía realmente guapo en aquellas imágenes, muy natural resaltando sus atributos. Esos brillantes ojos verdes, esa sonrisa encantadora, las poses que hacia y la ropa que publicitaba. El rubor volvió a cubrir sus mejillas y un nudo se formó en su garganta. ¿Qué era aquella sensación?
- Vaaa… vaya… es… estás… muy guapo –tartamudeó ridículamente sin atreverse a mirarlo.
- ¿Lo dices en serio? –la observó sorprendido, advirtiendo su sonrojo.
- Claaa… Clarooo –asintió tragando saliva para bajar el nudo. Pero ¿qué diantres le pasaba? ¿y ese tartamudeo? – eres muy foto… foto…
- ¿Fotogénico? –la ayudó con una sonrisa.
- Eso –señaló agradecida.
- Vaya, gracias –se pasó una mano por el pelo, nervioso- significa mucho.
- No me extraña que las chicas estén detrás tuya –le devolvió la revista, avergonzada.
- De hecho, suelen tartamudear como has hecho tú ahora –dijo como si nada, guardándola en su mochila.
Mari casi se atraganta con el zumo ante ese comentario y empezó a toser fuertemente. El rubio se alarmó momentáneamente y palpó su espalda, preocupado.
- ¿Estás bien? Casi te ahogas –rió suavemente.
- Si… perdona… se aclaró la garganta y suspiró- no es nada… ¿qué decías?
- Que no es para tanto, tú sigues siendo mucho mas linda –le guiñó un ojo.
- Ojalá fuera invisible –replicó en desacuerdo.
- Podríamos casarnos y así no tendrías a tantos chicos detrás –se distrajo con el vuelo de un gorrión.
Ese comentario provocó otra acción vergonzosa. La peliazul escupió el zumo que había ingerido hacia un momento, tan fuerte que sobresaltó al rubio. Segundos después, estaba partiéndose de risa con la expresión de horror de su amiga.
- Pero ¡¿te has vuelto loco?! ¡¿Qué mosca te ha picado?! –exclamó exaltada con aquella descabellada idea. Decidió dejar el zumo a un lado, a estas alturas estaba mejor en el suelo que en su estomago.
- ¡Por Paris! ¡Qué risa! ¡Qué bueno! –se retorció sin poderlo evitar.
Su amiga hizo un mohín de indignación e infló los mofletes. Se estaba burlando de ella, ¿seria posible?
- No tiene gracia
- ¡Oh, vamos! –intentó calmarse con una gran sonrisa en el rostro- admite que seria la solución a tus problemas.
- ¡Tú estás majara! Ni siquiera sabes lo que es el matrimonio
- ¡Ilumíname, por favor! –se burló enseñándole la lengua.
- El matrimonio es algo muy serio, no hay que tomárselo a la ligera. O al menos eso dice mi madre –añadió compungida. Hablar de ese tema con su mejor amigo era algo bochornoso y además eran unos niños.
- Mi madre también me dice lo mismo. Aunque no sé como aguanta a mi padre –medio bromeó medio dijo en serio.
- Es porque lo quiere –dijo con sencillez, encogiéndose de hombros- las personas están juntas porque quieren estarlo, no porque las obligan.
- Yo quiero estar contigo, ¿eso significa que tengo que casarme contigo? –arrugó la frente, contrariado.
- ¡No! –exclamó alarmada- además ¿por qué querría casarme contigo?
- Porque soy tu mejor amigo y además soy muy guapo –alzó las cejas con picardía para luego cambiar su posición en el banco y acostarse, apoyando la cabeza en el regazo de su amiga.
Marinette se estremeció, nerviosa y miró a su amigo desde arriba. Éste le sonreía, una hilera de dientes blancos perfectos que le regalaba a la vista, y esos intensos orbes esmeralda. ¡Por la buena suerte que su mejor amigo era guapo!
- Eres de lo que no hay –repitió en un susurro, antes de atreverse a acariciar sus mechones dorados.
Automáticamente, Adrien cerró los ojos, sintiendo mejor sus caricias y emitió un sonido parecido al ronroneo.
- Me gusta –susurró para no romper ese momento.
Se quedaron así un buen rato, con el eco de aquella conversación en sus mentes. El silencio solo era roto por los acelerados latidos de ambos adolescentes.
-AUTORA-
Reviews, por favor? Me harian muy feliz.
Lamento la tardanza de esta actualización, fue por fuerza mayor, lo mismo me pasó con el otro fic de MLB. Gracias por su paciencia :) disfrutenlo! Muchisimas gracias a todos por sus comentarios, favoritos, etc.
Dama Felina.
