Adrien suspiró, quizás por enésima vez en aquella mañana. No sabia por qué pero las clases de ese día le estaban cayendo bien pesadas. Su profesor de lengua le estaba explicando algo de las conjugaciones verbales… ¿o eran los géneros literarios? Ya ni sabia de qué le hablaba y no era solo por el hecho de que detestaba las letras sino porque su mente divagaba en otro lado. Quería ir a un colegio de verdad, donde poder estudiar como los chicos de su edad, hacer amigos y jugar, ¿pedía demasiado? Para su padre así era. Antes no le daba mas importancia de la que debía, dado que solo era un niño y no tenia la conciencia suficiente para desear ser un chico normal, pero ya llevaba un tiempo deseando eso precisamente. Su padre exigía mucho de él, siempre supervisando sus estudios, organizándole sus sesiones de fotos, sus reuniones con agentes… ¡si hasta tenia un agenda organizada de principio a fin! Resopló con ese pensamiento. Si solo tenia doce años y ya parecía un adulto importante con un negocio que mantener en pie. De no ser por su madre, probablemente ni tendría tiempo libre, tiempo que empleaba evidentemente a estar con Marinette, porque… ¿acaso tenia algún hobby propio? Frunció el ceño. No quería decir con ello que no le gustaba la esgrima y aprender idiomas, pero realmente, si se paraba a pensarlo, no había tenido la oportunidad de desarrollar algún tipo de gusto por algo: ni deportes, ni cine, ni videojuegos, ni música… nada. Se preguntaba si algún día podría hacerlo, sabiendo que vivía bajo el mismo techo de su tan célebre y famoso diseñador de moda que era su padre. Todos esos pensamientos, esas dudas, esas inseguridad, se las había confiado a su madre y a su mejor amiga, y ambas lo apoyaban y le daban la razón, al mismo tiempo que comprendían y se entristecían por su situación. Se dijo a si mismo que lograría ser una persona normal, alguien que podía vivir su vida como él quisiera, bajo sus criterios y decisiones. Eso le hizo rememorar, no hace mas de unos días, una escena complicada que había oído a escondidas.
En la mansión Agreste…
Era la hora de comer. Adrien había terminado sus clases de biología, latín y chino y el estómago ya le rugía de anticipación. Su profesor se retiró con educación y él bajó como una exhalación hacia la planta baja donde estaba el comedor. La mansión Agreste era un enorme chalet que se componía de dos plantas: un amplio vestíbulo ocupaba la primera planta, decorado únicamente con algunas plantas y un gran retrato de toda la familia, junto con el salón y el comedor; al subir a la segunda planta, esta se dividía en dos, una parte dirigía al dormitorio del matrimonio Agreste y el despacho, y en la otra, se encontraba la recamara de Adrien y el dormitorio de Nathalie, la asistente personal del señor Agreste.
El rubio estuvo a punto de llegar al comedor cuando oyó voces en el otro lado, provenientes del salón. Eso le extrañó porque creyó reconocer a sus padres en esas voces. Rara vez hablaban allí, normalmente lo hacían en su dormitorio o en el despacho. Lleno de curiosidad, se aproximó a la puerta del salón y pegó la oreja en la madera, semioculto tras una planta.
- María, por favor, estoy ocupado, ¿no podríamos hablar en otro momento? –dijo Gabriel Agreste con tono neutro.
- ¿Hasta cuándo vas a rehuir esta conversación? Siempre hay algo que te impide hablar conmigo y es importante –replicó su mujer con suavidad.
- Tú le das la importancia que yo no le doy, querida
- ¿Ni siquiera cuando se trata de tu hijo?
- Precisamente porque es mi hijo el involucrado
El corazón de Adrien latió un poco mas deprisa y se atrevió a empujar ligeramente la puerta. Tras esa rendija, pudo atisbar a su padre reclinado en el gran sillón de cuero y a su madre de pie cruzada de brazos frente a él.
- Gabriel, por favor, sé razonable. Es solo un niño, únicamente plantéate la posibilidad de matricularlo en un…
- No pienso meter a mi hijo en un colegio público, María. Estarías loca si piensas eso de mi –replicó con una calma atroz, mirándola a los ojos sin titubear.
María resopló con una sonrisa que no le llegó a los ojos. Su marido era capaz de sacarla de quicio cuando quería y esta situación no era una excepción.
- Sé que te preocupas por la educación de nuestro hijo, no me cabe ninguna duda y nadie puede reprocharte el buen padre que eres pero dar clases en casa es… como encerrarlo y negarle su libertad.
- Lo dices como si fuera algo malo
- ¡Es algo malo! ¿Te has planteado alguna vez si Adrien es feliz? No tiene amigos, y menos mal que tiene a Marinette en su vida…
- Es solo un niño, cuando sea mayor, me agradecerá todo lo que hice por él –se encogió de hombros con naturalidad, sin vacilar un instante.
- ¡Por Paris, Gabriel! –exclamó indignada mientras tomaba asiento para estar mas cerca de su marido y hacerle entrar en razón- esto no es propio de ti.
- María… -dijo despacio mientras desviaba la mirada hacia ella, con esa máscara de hombre de negocios, serio e implacable- yo solo busco lo mejor para mi hijo, lo sabes de sobra, y precisamente por ello no pienso meter a mi hijo en un colegio público. Seguirá con sus clases en esta casa y continuará con su carrera como modelo. Es mi última palabra.
El semblante de María se ensombreció al mismo tiempo que el de su hijo, espiando tras la puerta. No podía creer tal cosa, creía que podía convencerlo pero ya veía que no era posible.
- ¿No vas a cambiar de opinión? ¿Ni considerarlo? –murmuró débilmente, mirándolo con tristeza y decepción.
- No me mires de esa forma, María. Deberías agradecérmelo. Nuestro hijo no es como los demás, estará mejor preparado que cualquier otro estudiante y mientras siga viviendo en esta casa, hará lo que yo diga –se incorporó con elegancia.
Adrien no quiso seguir escuchando y con todo el silencio del que fue capaz, se alejó de ese salón, directo al comedor con el dolor punzando en su pecho. La negativa de su padre le había dolido mas de lo que estaba dispuesto a admitir y mas sabiendo que no podría estar con Marinette en el mismo colegio. Comió sin apetito en el comedor y lo abandonó unos minutos antes de que llegaran sus padres para encerrarse en su cuarto. Una habitación dividida en dos niveles unidos por una escalera de caracol blanca. En el primer nivel se encontraba su gran cama, semejante a una matrimonial para él solito, un amplio escritorio con un ordenador portátil, una tele de plasma, un gran baño privado y un elegante sillón alargado blanco que daba a unos grandes ventanales exteriores; en el segundo nivel se encontraba una gran biblioteca con diversos libros y títulos de todas las clases, principalmente novelas. Una recamara demasiado grande para un adolescente como él, incluso había creído oír a su madre que su padre que tenia pensado ampliarla y proporcionarle mas entretenimiento del que ya tenia. De solo pensarlo le daba náuseas. Su soledad pronto se vio interrumpida cuando su madre abrió la puerta. Su expresión cambió brevemente al verlo frente a la televisión.
- ¿Ya fuiste a comer, cariño? –quiso saber.
- Si –respondió el chaval con sencillez, intentando disimular que los había escuchado.
- ¿Estaba bueno? –se acercó a donde estabaéel y se sentó a su lado. Besó su sien.
Adrien se encogió de hombros y ella alzó una ceja ante su gesto. Acarició distraídamente sus mechones mientras observaba lo que veía en la tele. Era un partido de baloncesto.
- Nos has oído a papá y a mi, ¿no es cierto? –dijo de repente tras unos segundos de silencio.
Los intentos del rubio por disimular su sorpresa fueron en vano porque su madre le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
- ¿Cómo…?
- Adrien, soy tu madre, no podrías ocultarme nada aunque quisieras –le dijo con ternura- pero sobra de mas decirte que no está bien que hagas esas cosas .
- Lo sé… -murmuró avergonzado.
- Siento lo que escuchaste –se disculpó, deslizando sus caricias por su mejilla. Lo oyó suspirar.
- No es justo
- Tienes razón –asintió con pesar- pero ya sabes como es…
- Sé perfectamente como es –la interrumpió en un murmullo- sé que me quiere y quiere lo mejor para mi pero a veces creo que no le importa nada de lo que yo pueda pensar. Nunca le he pedido nada por miedo a su rechazo. Tú eres la única que me escucha, mamá.
María tragó saliva ante sus palabras. Su hijo siempre había demostrado una madurez que pocos a su edad tenían y dado el padre que le había tocado, su rebeldía pocas veces se veía manifestada. Temía que en cualquier momento, explotara todo lo que tenia guardado. Amaba a su marido pero no estaba de acuerdo con algunas cosas que hacia.
- ¿Y qué hay de Marinette? –cambió de tema con suavidad, conteniendo las ganas de llorar que tenia- ella te escucha también, ¿verdad?
Al mencionar a su mejor amiga, la expresión del rubio cambió a una mas dulce y una sonrisita asomó sus labios. Era hablar de ella y el mundo le parecía mas hermoso.
- Es la mejor –asintió de acuerdo- la mejor amiga del mundo. Siempre ha estado ahí, incluso cuando no le he pedido nada. Me hace feliz.
Su madre sonrió conmovida y no perdió detalle de las expresiones y los gestos de su hijo cuando hablaba de la joven peliazul. Quizás algún día… Sacudió la cabeza alejando esos pensamientos. Tiempo al tiempo. Un silencio se adueñó de ellos un momento mientras juntos veían la tele.
- Mi amor… -empezó su madre con cuidado, tras darle vueltas a una cosa- ¿y si te dijera que hay alguna manera de que estuvieras con Mari en el colegio?
Los ojos verdes de Adrien se iluminaron al instante, entusiasmados e ilusionados con la idea.
- ¿La hay? ¿Cuál? Quiero estar con ella –afirmó muy decidido.
- Bien, pues haremos lo siguiente –se inclinó suavemente hacia su oído y le cuchicheó algo.
Él prestó toda su atención a sus palabras y asentía alguna que otra vez. Conforme hablaba, su semblante era de pura felicidad y un deje de preocupación por como se desarrollaría ese plan pero confiaba en su madre. Cuando terminaron de hablar, el timbre de la entrada resonó desde la planta baja. María suspiró.
- Se me olvido comentarte un detalle importante –rodó los ojos con fastidio.
Por su expresión y por el tono de su voz, el rubio se hizo una idea de quién podía visitar su casa. Un intenso escalofrío erizó todos sus pelos de un modo desagradable. Oyó como el mayordomo iba a abrir la puerta y alguien subía a toda prisa las escaleras.
- Por favor, dime que no es… -murmuró casi con agonía a su madre justo cuando entró el visitante.
- ¡Adriencito! –chilló una voz aguda con tanto ímpetu que se abalanzó sobre él, sin importar que su madre estuviera delante.
Adrien sintió que el aire le faltaba, esquivó su intento de beso y con toda la delicadeza de la que fue capaz, sujetó aquel delgado cuerpo, notando hueso prácticamente y la alejó de él con un jadeo. Aquella melena rubia y ese rostro pálido pintado como una muñeca no auguraba nada bueno.
- ¡Chloe!
El colegio Françoise Dupont era un centro público donde se podía aprender la secundaria únicamente. La perspectiva de un nuevo comienzo allí ponía nerviosa a Marinette. Nunca había sido fácil para ella adaptarse a nuevos sitios y nuevas formas de socializarse con otras personas. Su personalidad introvertida y tímida le impedía avanzar e integrarse mejor. Es por ello que tenia cierto temor a lo que iba a encontrarse.
Gracias al apoyo de sus padres y el ánimo incondicional de Adrien, empezó su primer día de clases. Su padre la dejó en la entrada del colegio, le dio un beso en la frente y le dio ánimos reforzados. Con un gran suspiro, salió del coche y agarrándose firmemente de su mochila, subió las escaleras con los demás estudiantes, cabizbaja. Un poco perdida, cruzó el pequeño vestíbulo hacia una ventanilla con un cartelito que decía "Información". Preguntó por su clase y se encaminó a paso lento, subiendo unas escaleras de hierro. Vio a varios alumnos de su edad entrar en una de las aulas cercanas al barandal y los siguió por intuición. Tímidamente se asomó. Una profesora se encontraba ya en su mesa correspondiente, esperando pacientemente a que los alumnos entraran dentro. El aula era espaciosa y poseía desniveles, en los cuales había cuatro pares de bancas y mesas a ambos costados y un pasillo que conducía al fondo de la habitación, en cuya pared se encontraba un estante con libros. El piso era de madera y las paredes eran de un suave color crema con grandes ventanales a ambos lados.
Se acercó a la mesa de la profesora. Era una mujer alta, delgada y de tez clara con el pelo corto recogido en algo parecido a un moño. Y al alzar la cabeza para mirarla, apreció unos ojos verdes cercanos al verde caribe.
- Buenos días, jovencita, ¿en qué puedo ayudarte? –le preguntó amablemente.
- Emmm… soy Marinette Dupain-Cheng –se presentó casi sin voz por los nervios.
- Ohh, entiendo, la alumna nueva, ¿verdad? –sonrió y la joven asintió- bien, Marinette, espera aquí un momento.
Cuando el aula se llenó, la profesora pidió silencio a los alumnos. Otros dos alumnos, una chica y un chico, se pusieron al lado de la peliazul.
- Muy bien, chicos. Buenos días. Bienvenidos a este nuevo curso –empezó la profesora, haciéndose oír- me gustaría presentaros a los nuevos alumnos este año. Serán vuestros nuevos compañeros así que portaos bien, por favor.
Se presentaron ante el aula entera con nerviosismo y luego la profesora los invitó a tomar asiento. Marinette subió los escalones mirando a ambos lados buscando un sitio donde sentarse. Finalmente, pilló asiento libre al lado de un chico pelirrojo que se movió como un resorte al verla acercarse. No le dio importancia. Aquella mujer se presentó como Miss Bustier, profesora de Literatura francesa e Idiomas. Sacó su cuaderno y su estuche y se dispuso a prestar atención a clase. Durante el transcurso de esa hora, observó su alrededor. Un chico corpulento, alto y de aspecto gruñón, una chica con el pelo corto rubio vestida de rosa, un chico mulato con gafas grandes y pelo oscuro estilo tupé. Había variedad de eso estaba segura, toda una aula para ella sola y conocer a tanta gente. La idea le resultaba tentadora y seguro que le iba estupendo (nótese la ironía) Cuando su mirada se desvió hacia su derecha, su curiosidad se disparó casi al instante. Aquel chico pelirrojo estaba dibujando y con la cabeza gacha como si no quisiera ser visto. Un largo fleco ocultaba el lado izquierdo de su cara. Sin darse cuenta de lo que hacia, se inclinó un poco para ver que dibujaba pero el chico se dio cuenta y pegó un brinco en el asiento. La miró con los ojos muy abiertos, de un precioso azul turquesa, entre asustado y sorprendido. Marinette retrocedió por instinto.
- Perdona… -susurró rápidamente y volvió su atención a la profesora. Movió nerviosamente los dedos en su cuaderno.
Cuando se calmó, volvió a mirar de reojo a su lado. El chico había vuelto a su tarea como si no hubiera pasado nada. Se moría de ganas de saber que dibujaba pero su timidez y el susto de antes, impedían que articulara palabra. No volvió a interactuar con él ni con ninguna otra persona. En las siguientes clases, conoció a la Srta. Mendeleiev, profesora de Ciencias, una mujer alta, ojos azules, gafas negras, cabello corto morado y mentón pronunciado, y al profesor Armand de Educación Física y Esgrima, pelo desaliñado y gris oscuro, larguirucho y con bigote. Se permitió el lujo de sacar su propio libro de dibujo y distraerse y alguna que otra vez percibió la mirada atenta del chico pelirrojo cuando dibujaba. Eso la ponía nerviosa al mismo tiempo que la hacia sonreír pero ninguno de los dos se atrevió a hablar. La mañana pasó realmente rápida para la peliazul y cuando se quiso dar cuenta, el timbre resonó por todo el colegio y su padre fue a recogerla.
Los siguientes días fueron transcurriendo con normalidad. Y su lugar en el aula fue cambiando periódicamente lo que le permitió conocer a otros compañeros. Ella nunca iniciaba las conversaciones, mas bien la "obligaban" a responder a sus saludos. Esto le pasó cuando conoció a Rose, la chica vestida de rosa. Era tan alegre y espontánea que enseguida intentó entablar conversación con ella. Junto a ella, conoció a Juleka, su mejor amiga y compañera de pupitre en la mayor parte del tiempo, por no decir siempre. Una chica alta y delgada, largo cabello negro con mechas violetas en las puntas y en un fleco que le cruzaba el lado izquierdo del rostro. Era igual o mas tímida que lo era ella, pero logró intercambiar algunas palabras, motivada por Rose. Al principio, se sintió bastante apabullada con tanta espontaneidad pero pronto se dio cuenta de que eran chicas simpáticas y agradables… a su manera. Con el chico pelirrojo no tuvo suerte, se negaba a hablar con él y viceversa y siempre andaban observándose el uno al otro en sus distracciones artísticas. No entendía por qué se alargaba esa situación pero no iba a ser ella quien la rompiera. Todas sus vivencias se las contaba a sus padres y a Adrien.
En casa de los Cheng…
Marinette y Adrien estaban en el salón viendo la tele mientras merendaban. María lo había dejado con la familia Cheng un rato y ella se había ido a hacer unos recados. Sabine estaba haciendo una lavadora y ya se escuchaba el ruidoso centrifugado en toda la casa. La peliazul alargó la mano y alcanzó una cookie. Mordisqueó entusiasmada. Estaban viendo un episodio de la serie Detective Conan.
- Me pregunto cuando se dará cuenta Ran de que Conan es Shinichi. Es exasperante –comentó frunciendo el ceño.
- No habría serie si lo averiguara tan deprisa. He oído que van a hacer una quinta temporada –le dio un sorbo a su refresco de cola.
- ¡¿La quinta temporada?! –exclamó casi pegando un salto del sillón- pero si estoy por la tercera todavía.
- Imagínate
Marinette gimió angustiada y volvió a acomodarse, inquieta. Observó la tele enfadada.
- No es justo jolin.
- También he oído que…
- De eso nada. Ni se te ocurra desvelarme mas. ¡Odio los spoilers y lo sabes! –lo amenazó con un dedo, arrugando la expresión de su rostro.
- Vale, vale –alzó las manos en son de paz, conteniendo la risa. Era tan divertido hacerla enojar- no quiero ser hombre muerto.
- Ya te gustaría a ti ser un hombre –se burló sacándole la lengua.
- ¡Retira eso! –abrió la boca en una gran "O" de incredulidad.
Ella negó divertida, mortificándolo y al segundo tenia a Adrien sobre ella, atacándola con su mayor debilidad: las cosquillas. Se retorció de inmediato, riendo a carcajadas y suplicando por su vida. Intentó recuperarse y fue a por él también, no tenia tantas cosquillas como ella pero sabia que tenia punto débil y ese sitio era su cuello. El rubio se revolvió e intentó encogerse para no sentirlas pero su amiga era implacable. Pellizcó su costado, ella brincó y lanzó su contraataque.
- ¡Para, para!
- ¡Retíralo!
- Vale, vale, me rindo, me rindo
Victorioso, Adrien la soltó con una gran sonrisa y la dejó respirar. También se permitió el lujo de recuperar el aliento. Estaban un poco sudorosos por el ejercicio y con las mejillas sonrosadas de tanto reír. Como si estuvieran sincronizados, se llenaron un vaso de agua y bebieron saciando su sed. El rubio se recostó en el sillón, satisfecho.
- Qué bien sienta ganar
- Eres perverso –hizo un mohín, colocándose algunos mechones desordenados de su pelo.
- Pero soy un ganador –le guiñó un ojo, picarón.
- Un manipulador mas bien. Y sigues sin ser un hombre, y si lo fueras, serías mini hombre
Pensó que volvería a por ella después de lo dicho, pero recibió una mueca de su parte.
- No es mi culpa ser tan pequeño –replicó con frustración.
- La palabra que buscas es enano –soltó una risita.
- Muy graciosa, bichito –la fulminó con la mirada. Parecía que le lanzaba dagas con los ojos.
- Yo siempre –dijo con cierto tono engreído. Algo que últimamente hacia. Mala influencia de su amigo.
- Engreída
- Enano
- No me digas eso –protestó haciendo ojitos tiernos y un mohín.
Marinette enmudeció con esa carita tan adorable. Sintió como su pecho se agitaba un instante y sus latidos se aceleraron. Un cosquilleo agradable le picó en las manos y por instinto, cogió otra galleta, intentando aplacar esa sensación.
- Bueno, está bien, perdona –murmuró quedamente- pero no le des importancia. A mi me gustas así.
Adrien jadeó de la sorpresa con sus palabras y la miró sorprendido. Su amiga tenia la vista fija en la tele, sin haberse percatado del impacto que había causado en él. Sacudió la cabeza alejando los fantasiosos pensamientos que amenazaban con adueñarse de su mente. Debía de controlarse mejor. Sus reacciones, todavía sin entenderlas, lo frustraban en incontables ocasiones.
- Estoy deseando dar el estirón –murmuró en un hilo de voz.
- ¿Qué? –preguntó su amiga prestando atención, puesto que no lo había escuchado.
El chico inspiró hondo y carraspeó para encontrar su voz. Se removió incómodo y cogió un mantecado, disimulando su nerviosismo.
- Que quiero dar el estirón –repitió mas claro.
- No te apresures. Además es divertido ser mas alta que tú
- Exacto, divertido para ti –bufó de mala gana.
- ¿Te he contado ya qué tal me ha ido en el colegio? –cambió de tema, con tanta rapidez que Adrien parpadeó.
- No…
Así fue como Marinette le contó todo lo relacionado con el colegio. Las clases, las asignaturas, le habló de sus compañeros, de Rose y y Juleka, y cuando mencionó al chico pelirrojo, cuyo nombre aun no sabia, el rubio se sorprendió a si mismo frunciendo el ceño.
- ¿Por qué tienes tanto interés en ese chico?
- No es que tenga interés, es que dibuja y ya sabes lo que me gusta eso. Quiero hablar con él pero no me atrevo –murmuró apenada.
- Mejor, así evitarás la vergüenza –soltó sin pensar en lo que decía.
- Gracias, eso me anima muchísimo –replicó con ironía- ¿por qué te molesta?
- No sé de qué hablas
- Pareces molesto –lo miró detenidamente- ¿he dicho algo malo?
Adrien la miró. Suspiró largamente al contemplar esos grandes y expresivos ojos azules. Reposó la cabeza en el sillón y cerró los ojos un momento.
- No, no has dicho nada malo –se resignó mas de lo debido.
- No puedes mentirme, lo sabes ¿no? –medio sonrió la peliazul y volvió la vista a la tele.
El cuerpo del muchacho se hundió aun mas en la textura del sillón, con la extraña sensación de haber metido la pata. Un silencio incómodo se instaló entre ellos mientras miraban la televisión. La cabeza le daba vueltas sin cesar, devanándose los sesos con todo lo que habían hablado y poco a poco se le fue formando una idea demasiado retorcida como para expresarlo en voz alta. Marinette lo miró de reojo y leyó cada una de las expresiones que se iban formando en su rostro. Arqueó las cejas, curiosa.
- ¿Qué estás pensando? –se atrevió a preguntarle. Adrien dio un respingo, sorprendido de escucharla.
- ¿Cómo sabes que estoy pensando en algo?
- Adrien Agreste, después de tu madre, soy la mejor persona que te conoce –respondió con orgullo.
- Bueno, está bien –resopló dándole la razón- pero no puedo decírtelo.
- ¿Desde cuando me ocultas algo? –se olvidó de la serie y giró su cuerpo hacia él, tremendamente interesada- anda, suéltalo.
- Me vas a matar si te lo digo
- Si no lo he hecho ya, no creo que lo haga ahora. Estoy curada de espanto –se encogió de hombros y le guiñó un ojo.
- Luego no digas que no te advertí, ¿de acuerdo? –dijo serio y cuando ella asintió, se preparó para lanzarle la bomba- ¿recuerdas aquella conversación que tuvimos en el parque sobre…?
- ¿Te refieres al asunto del matrimonio? –se le adelantó, perspicaz- si lo recuerdo, estuve a punto de morir ahogada.
- Ya te pedí disculpas por eso –replicó algo molesto- y no te me adelantes.
- Bueno, en fin, sigue
- Pues… me dijiste que no te casarías conmigo, y he de deducido que quizás no estoy… "a tu altura" ¿entiendes? –hizo el gesto con los dedos, tímido y algo nervioso.
- ¿En sentido figurado o literal?
- Creo que ambas cosas –admitió con una sonrisilla de pena.
- ¡Vaya tontería! Sabes que yo no pienso eso de ti –se acercó mas a él, dando tumbos en el sillón.
- Ya lo sé, pero no puedo evitar pensarlo. Y luego está mi altura de verdad.
- Adrien, ya darás el estirón pero ¿se puede saber a dónde quieres llegar con esto? –dijo con impaciencia.
- ¿Y si hacemos un trato? –le soltó de repente con la amenaza de un nudo en su garganta.
- ¿Qué clase de trato? –farfulló con tono serio.
- ¿Te casarías conmigo si… fuera mas alto que tú? –murmuró despacio como si temiera su inminente muerte tras la pregunta.
- ¿Te has vuelto loco, gatito? –soltó un jadeo de risa y luego empezó a reír suavemente- creo que el refresco se te ha subido al cerebro y el gas te lo ha fundido.
- Hablo en serio. Seguro que si fuera mas alto, también seria mas fuerte y podría protegerte de todos esos chicos que te siguen, ¿qué me dices? –prosiguió, mas entusiasmado y seguro de lo que decía.
- Aunque fuera así, no pienso casarme contigo por eso. ¡Por Dios, no sé ni que hago hablando contigo de esto!
- ¡Vamos, Mari! Eres mi mejor amiga, no podría hacerlo con otra persona aunque quisiera –se atrevió a extender su mano y tocar la de ella. El contacto provocó que ambos se estremecieran, sintiéndolo al mismo tiempo.
Se miraron a los ojos unos segundos y tragaron saliva. Aquel tema era muy delicado, eran solo unos adolescentes. ¿Acaso no podían hablar de otra cosa mas… normal?
- No seas tonto –se soltó suavemente como si el tacto la quemara- no juegues con esas cosas.
- Yo no juego. Si yo fuera mas alto, ¿te casarías conmigo? –repitió sin dejar de mirarla.
Esos penetrantes ojos verdes no dudaban, no titubeaban, eran francos y transparentes. Marinette se cruzó de brazos e intercambió varias miradas entre la tele y él, él y la tele.
- Ya lo veremos… enano- masculló sin hablar realmente en serio pero para zanjar la conversación de inmediato.
No pudo atisbar la sonrisa que cruzó por los labios del rubio. Una sonrisa sincera, feliz y con aspiraciones altas.
Ya habían pasado dos meses desde el comienzo de las clases y poco a poco Marinette se iba integrando. Pasaba la mayor tiempo sola y en ocasiones con Rose y Juleka que procuraban que estuviera cómoda. Y un día, algo revelador ocurrió.
Estaban en clase de Literatura Francesa e Idiomas y le había tocado sentarse de nuevo con el chico pelirrojo. Como siempre no intercambiaron ni un "hola" y los minutos corrían. De repente, sintió que alguien tocaba su antebrazo pero lo ignoró. Volvió a sentir ese toque y algo molesta, desvió la mirada. Se sorprendió mucho cuando vio que era el pelirrojo quien estaba llamando su atención. Él retiró rápidamente la mano y deslizó una hoja blanca hacia ella. No la miró ni le dirigió la palabra. Intrigada, la peliazul recibió la hoja y al darle la vuelta, ahogó una exclamación de sorpresa. Era un dibujo, un retrato mas bien de ella misma, sentada en el mismo pupitre donde estaba, inclinada hacia delante en clara posición de atención y un bolígrafo entre sus dedos, como si estuviera jugando con él. Sus ojos lo buscaron unos instantes. Él seguía dibujando, ajeno a las reacciones que había causado en ella. Ya era hora de romper esa barrera de una vez.
- Hola –saludó con timidez- me ha encantado tu dibujo, pero dime ¿esta soy yo?
Le mostró la hoja delante suya y señaló el retrato. Esbozó una suave sonrisa para no asustarlo y esperó pacientemente. El chico pelirrojo detuvo lo que hacia y con lentitud, dirigió su mirada hacia el retrato. Asintió a su pregunta, compungido. La sonrisa de Marinette se amplió un poco mas.
- Muchas gracias. Es realmente precioso. Dibujas muy bien, ¿sabes? –lo halagó sinceramente.
Quería que hablara con ella pero deducía que no había sido fácil para él relacionarse con ella, así que lo respeto. Con cuidado, guardó el dibujo en su carpeta y volvió su atención a clase.
- Nathaniel…
Marinette se giró como un resorte, estupefacta. ¿Había oído bien? ¿O era su imaginación? Estudió el rostro del chico pelirrojo que la miraba de reojo.
- ¿Qué has dicho?
- Me llamo Nathaniel –murmuró de nuevo, con voz débil y avergonzada.
- Yo soy Marinette, encantada de conocerte –sonrió mas tranquila y contenta de por fin saber el nombre del artista que se sentaba a su lado.
No era un mal comienzo. Aquella etapa parecía augurarle buenas vibraciones.
